Prats Nogueras Blanchard se complace en presentar Refugio, estímulo y deseo, la nueva exposición de Victoria Civera en su espacio de Madrid. La muestra reúne un conjunto de obras recientes en las que la artista continúa explorando nociones como el refugio, la memoria y la construcción de espacios íntimos. A través de una práctica que transita entre lo pictórico, lo objetual y lo instalativo, Civera propone una reflexión sobre la idea de “casa” entendida no como lugar fijo, sino como territorio emocional, fragmentado y en constante reconstrucción.

Los huecos y el collage

La “casa”, el supuesto territorio de pertenencia, suele ser inconcreta, inestable; muy diferente de la que habitamos en el presente y hasta en el pasado. Porque la casa es, sobre todo, el deseo de habitarla, se sitúe donde se sitúe, y reenvía a un umbral que no somos siquiera capaces de reproducir en la memoria con precisión. La “casa” -la pertenencia- es un anhelo, el hueco necesario, lo que necesitamos que hubiera estado y quizás no estuvo; la reminiscencia a retazos. Un collage de reminiscencias más bien.

De manera que mejor construirla cada vez como la necesitamos y soñar que vivimos allí, en la foto de la Alhambra que hace Clifford en 1854 y que despierta en Barthes lo que denomina en Camera lucida el desir d’habitation, un deseo de habitar y no solo mirar o visitar. Habitar hasta las “casas” soñadas por otros ya que, al fin y el cabo, la “casa” -lo familiar- brota donde menos se esperaría -si somos afortunados y brota. Qué extraño: vivir en una foto de hace tiempo; encontrar la propia casa en un pasado que ni siquiera nos perteneció.

A eso se refiere Bachelard al describir el “espacio poético” y que el escritor asocia a las líneas de un grabado cuando reenvía a la “casa” de la memoria, tiempo utópico, huecos saciados. Para él -y en esto recuerda a Barthes- se trata de un sentimiento a la vez poderoso y escurridizo, quizás igual que los que se asocian a la “casa” misma: sentir que se debería vivir allí, entre las líneas del grabado; lugares inhabitables en una fisicidad que se hace posible entre los huecos del propio deseo. ¿Dónde habita la “casa”? A qué llamamos con ese nombre si el recuerdo último de la pertenencia -el lugar que creemos reconocer y que bus la “casa”? A qué llamamos con ese nombre si el recuerdo último de la pertenencia -el lugar que creemos reconocer y que buscamos sin tregua- reenvía a un territorio de regreso imposible, el lugar que nos traslada sin remedio a un collage de huecos: los anhelos pretéritos.

Pespuntear los huecos

La lluvia sorprende a Vicky Civera en su estudio. No es extraño. Pasa muchas horas en su estudio. Allí apura el tiempo. Es su forma de trabajar: prueba colores en las paredes, hace simulaciones, ensaya las escenografías que regirán el montaje...Las obras no construyen una unidad entendida a la manera clásica. Juntas despliegan, más bien, una puesta en escena que se esparce en busca del refugio necesario, cierta arquitectura de la emergencia, entendida a la manera del arquitecto japonés Shigeru Ban y sus construcciones de papel y tubos de cartón reciclado. Preferiría llamarla “arquitectura del cobijo”.

Civera anda buscando el refugio, explorando nada menos que un espacio del confort, una “casa”; el abrazo, en palabras de Vic ky. La tarea requiere de una mano hábil que pespuntee los retazos, los retales -a menudo literalmente hablando-; el Pantone; una mano invisible que entienda cómo entrecruzar las gotas de la lluvia cuando se mezclan con el sonido del mar; cuando la verticalidad y la horizontalidad de los movimientos del agua componen una sinfonía que envuelve y lleva lejos en el tiempo, a la infancia, hasta esos primeros recuerdos del confort.

Trabajar hasta el último momento -de eso sabemos mucho las mujeres-; que nada quede al azar: bastante fuerza arrasadora tiene el azar sin poner nada de nuestra parte. Aventuraría que Vicky ama estar en su estudio y no porque su estudio sea su casa -que igual lo es también-, sino porque su estudio lo habitan esas casas que va construyendo en cada pieza, en cada cuadro, en cada objeto; en cada material, parte básica de su trabajo -elegirlos, encontrarlos, incluso buscarlos. “Salir a su encuentro es viajar a un país diferente; dialogando con el paisaje que ofrecen; sacar de contexto o visualizar lo que realmente sorprende a la retina.”, me escribe en un correo.

De manera que en el estudio habitan los refugios que propician sus obras y Vicky Civera que se las arregla para atraparlos. Crea sus espacios poéticos de la habitabilidad que se expanden en cada obra; que van saltando de una a otra obra y las salpican todas. Salir a flote entre los huecos, pespuntearlos; propiciar el refugio de unos espacios que, a pesar de construirse a fragmentos -o por eso mismo-, ofrecen el abrazo del cual habla la autora a menudo -sentirse a salvo, supongo.

Ahí, en los resquicios que conlleva cualquier collage -en esa tradición se dice a menudo que se inscribe Civera-, el modo de acercarse a la visualidad es cierta forma sincopada que se desvela incluso en los cuadros unitarios y grandes. También en estas tres obras de gran tamaño que aquí se presentan, el juego de materiales y escenografías dentro de la escenografía es evidente: a través de las obras Civera experimenta con las diferentes formas de comunicar y me atrevería a decir que con unos estados de ánimo que se mueven cómodos entre la figuración de En el camino de Saja (el nombre de la nieta de Civera y una reflexión sobre la adolescencia), y los mundos abstractos de Gensō (en japonés los mundos de fantasía que apelan al arte y de nuevo al confort, a lo agradable) o del tercer cuadro, Privado, estrategia para proteger la intimidad, sentirse a salvo. En estas dos obras últimas, Civera regresa, de algún modo con sus planos y sus formas constructivas, a los temperados trabajos en las décadas de 1980 y 1990, superficies “de patchwork” de la artista -quebradas-, con retales de tejidos deslumbrantes, físicos y metafóricos. Es una estrategia para establecer la arquitectura del cobijo que Civera busca y necesita, que confecciona para guarecerse.

Aunque el cobijo es, al fin, un concepto escurridizo, inasible. No habita el estudio desde luego, pero quizás no habita ni siquiera las piezas, si bien el cuidado de las relaciones entre cada pieza, que destila una serialidad como relato expandido que solo (re)conoce hasta el fondo en las piezas individuales y el malabarismo que se expande hacia las otras, va tejiendo -sí, creo que es esta la palabra que busco- un sitio confortable para habitar -otra vez las líneas del grabado en Bachelard. Desde luego los huecos de Civera dibujan un mapa de espacios poéticos.

La lluvia y el sonido del mar pillan a Vicky Civera trabajando en su estudio: las piezas nunca deben darse por concluidas, ni el mundo. Y unos sonidos arrastran otras músicas. Las atraen hasta la imaginación de la artista, improvisada mesa de mezclas. Al fin y al cabo, su trabajo tiene algo de mesa de mezclas, donde la aguja recose los huecos, aquellos que en una paradoja se hacen imprescindibles para cobijarse de las inclemencias del transcurso. O, sobre todo, de cualquier otra inclemencia cuando nos vamos separando del primer recuerdo infantil, donde el mundo completo era un infinito abrazo. Lo anda buscando en su estudio cuando no termina de salir y prefiere escuchar la lluvia que trae noticias de lo eterno, del instante detenido. Civera bus ca curarse y, en su búsqueda, termina por curarnos a nosotros.

Grietas, refugios

Llamo a las piezas esculturas. Civera prefiere llamarlas objetos. Refugios, para ser más exactos. Y la diferencia no es semántica -al contrario. Llamar a los refugios de Vicky Civera esculturas, es revestirlos de cierta solemnidad que no quiere ni persigue la artista. Su búsqueda es otra.

La obra de Civera es un juego de collage en el sentido más amplio del término, una maniobra en la cual lo grande y lo pequeño hablan; lo abstracto dialoga con lo figurativo; lo constructivo -frío en la tradición- con las geometrías cálidas de lo textil, lo cálido al estilo de Lygia Clark y Helio Oiticica. Y los fondos se travisten de figura-otra vez la mesa de mezclas imaginaria tan patente en las piezas sonoras-; cobijos imperceptibles y sutiles, llevando un paso más allá la radicalidad de Ángel Ferrant en sus piezas sofisticadas o dando una vuelta de tuerca al Laboratorio experimental de Oteiza. Las pequeñas piezas se encuentran, para mí, entre las más extraordinarias del trabajo de Civera.

Porque los objetos encontrados de Ferrant, en el caso de Civera piedras del río y talladas o artefactos construidos, se trastocan a partir de algo ausente en los otros dos artistas mencionados, el propio Ferrant y Oteiza; algo extraordinario y asertivo en Vicky Civera. En los refugios que realiza los años 2025 y 2026, igual que en tantos de sus trabajos, las telas, lo suave y maleable, se entrometen sutiles en el relato visual a veces azul; azul desde hace años. En Siria es el color del duelo, duelo por esa lluvia que llovió en otro tiempo, pienso frente a la obra de Civera en busca de mi propia casa. Trastocan la tradición. Los retales -textiles- añaden y trazan nuevos caminos a base de cosidos, reciclajes, que dan la vuelta al collage tradicional y vuelven los ojos hacia la idea de bricolage en Lévi-Strauss: trabajar a partir de lo que hay.

Trabajar a partir de lo que hay tiene una intención de ir incorporando lo cotidiano y por eso me gustaba hablar de una estrategia de patchwork, establecida entre las mujeres radicales. Regalos de los amigos, parientes, vecinos; colores que dialogan con los retales; retales que encuentran su refugio en la oquedad del pequeño objeto. Ahí, dentro, vive la tela. Me emociona esta pequeña pieza donde el material se guarece de la intemperie. La grieta, lo roto, se transforma en refugio, en cobijo. En las grietas necesarias encontramos consuelo. El hueco nos abraza, por fin. Si dijo Freud que sin pérdida no hay relato, quizás sin grieta tampoco hay cobijo.

(Donde habite la casa, texto por Estrella de Diego)