Cuando escribo Martinho en portugués y lo traduzco al español aparece Martiño. Una nh se convierte en ñ. Una imagen cambia por otra para representar algo muy parecido; una pequeña distorsión. Dos imágenes para un sonido casi igual, pero en el fondo diferente.
Pintar pintura es bailar baile. Hace más de un siglo que la pintura se debe a sí misma. No necesita ser testimonial ni referencial. Solo tiene que ser pintura. Por eso Martinho puede responder a la pintura con pintura. No todo debe ser explicado: la pintura es un lenguaje difícil de traducir a palabras. Debemos dejarnos sumergir en la pasta y sus formas.
En esta exposición la pintura se explica sola. Martinho habla de otras pinturas que tomaron forma en un tapiz y que él devuelve a una forma pictórica claramente transformada. También hay pequeños fragmentos de pintura encontrada en la calle o detalles de la pintura holandesa. Martinho pinta lo que ama, lo retuerce y lo distorsiona, como cuando un músico samplea una parte de un tema para crear una obra inédita. Se acerca a un pedazo mínimo de pintura y le da un aspecto casi sacro, enfrentándonos a la idea de que la pintura es pintura, que a veces el espectador olvida.
La pintura contemporánea peca de apoyarse en una falsa extrañeza: producirla de forma artificial, contraponiendo temas, tensionando color y forma, abusando de lo teatral; recursos que buscan impacto y producen una pintura rápida de procesar. Martinho, para mí, no funciona así. Su obra es extraña por razones más sutiles: por la elección de los pedazos de pintura que decide pintar, pequeños o grandes, y sobre todo por cómo los pinta. Puede parecer sencillo al pensarlo, pero es tremendamente complicado de hacer, porque lo extraño aquí es difícil de definir y te atrapa. No necesita acompañarse de gestos forzados para justificarse. Es extraña porque lo es, no porque intente demostrárnoslo. Es una comunicación directa, honesta y fuera de una pose forzada. No intentar serlo es la condición fundamental de lo diferente.
En esta exposición Martinho trabaja con pintura que transforma. Los humanos somos réplicas, copias distorsionadas de nuestros padres. Aquí podemos ver eso o simplemente pintura disfrutando de sí misma. Las réplicas, copias y modificaciones nos han dado grandes alegrías: Mafalda fue hija de Snoopy y Las Meninas del Matrimonio Arnolfini. Todo el arte, de una manera u otra, es distorsión de lo anterior. Martinho no lo oculta: lo trae al frente y hace de ese universo de influencias un tablero propio en el que perdernos.
Los títulos hacen referencia a la música que él escucha mientras pinta y determinan o influyen en cómo leemos su obra. Es una manera de aceptar lo aleatorio, de abrazar un juego incierto, como cuando el café de un pintor cae sobre el lienzo y decide dejarlo como signo de que la creación no es matemática. Podemos así construir una playlist imaginaria en la que los nombres nombran la música y la música nombra a la pintura.
Espero que disfrutéis, como yo lo he hecho, al asomarme al mundo de Dream distortion.
(Texto de Antonio M. Xoubanova)
















