La vida de los muertos consiste en la memoria de los vivos.

(Cicerón)

Cerca de cumplirse los 65 años de su muerte, su figura perdura, más presente que nunca. Del Paseo de la Fama, ha atravesado generaciones para instalarse en el imaginario colectivo, que le ha concedido, como a los dioses, la vida eterna.

Siempre quedarán sus películas. Y la imagen pop atemporal, que creó para ella Andy Warhol. Pero también, y por encima de todo, está el interés indiscutible que su persona no deja de suscitar: Norma Jean.

Esa frase de que el tiempo pone las cosas en su sitio es posible que pueda aplicarse a todo en la vida. A lo largo de los años, se ha ido dibujando una imagen muy distinta de Marilyn Monroe, resultado indiscutible de la evolución de la sociedad que, en el arduo trabajo de desvincularse de lo patriarcal, ha sido capaz de reinterpretar la historia desde una perspectiva más compleja.

La muerte de Marilyn Monroe siempre fue un misterio, alimentado por el ingrediente de haberse visto relacionada con los hombres más influyentes del país, caldo de cultivo para especulaciones, a lo que más tarde se sumaría la muerte de ambos.

Décadas después se tuvo acceso a una cantidad de material que ha permitido conocer los detalles que rodearon el acontecimiento de aquella noche de agosto, así como hechos que no coinciden con las versiones que se dieron. Todo lo cual conduce a afirmar que las circunstancias, efectivamente, sí fueron controvertidas, dejando, igualmente, aunque con más información, un considerable margen a la propia interpretación.

Su vida como Norma Jean fue complicada: sin haber conocido a su padre, su madre tuvo que ser ingresada por problemas mentales y ella pasó a transitar por hogares de acogida, en los que sufrió abusos. A los 16 años se casó, pero rápidamente dejó plantado a su joven esposo para correr tras la oportunidad que prometía hacer realidad el sueño que tuvo desde niña: convertirse en actriz.

Se sabe de los favores sexuales que era preciso conceder a fotógrafos y productores para no caer en el olvido. No era ninguna sorpresa para nadie, como tampoco lo era que si una de esas chicas jóvenes, guapas y talentosas no pasaba por el aro, tras ella había cientos que sí lo harían.

En documentales recientes hablan de Marilyn como una chica sencilla, de buen corazón, a la que Hollywood malogró. El mundo del séptimo arte no era otra cosa que una muestra representativa de lo que era el mundo en general: hombres poderosos mostrando su dominancia, ante los que había que rendirse para poder avanzar en tu camino. Lo que hoy se denuncia que pasa tras las cortinas doradas, en los años 50 sucedía abiertamente y era aceptado con impunidad.

Era lo que había, por lo que Marilyn no dudó en aprovecharse del sistema que se aprovechaba de ella: en lugar de ser una chica vulnerable, aplastada por hombres que la conducen en el sexo, el sexo fue el vehículo para alcanzar a su meta.

Durante mucho tiempo, la idea que se arrastró de ella fue la de una rubia despampanante, sin más bondades que su físico, como se la veía en las producciones. Idea contra la que ella quiso luchar en sus últimos años. Sin embargo, más allá de ser quizás la mujer más hermosa del mundo, era alguien con talento, inquietudes y ambición que trabajó muy duro (clases de interpretación, canto, baile, esgrima, equitación, literatura en la universidad) para estar preparada el día que una oportunidad al fin llamara a su puerta.

Al paso de los años pasaría de interpretar papeles menores a convertirse en la mayor estrella del momento, llegando a rodar entre 1946 y 1961 un total de veintinueve películas. Hizo ganar mucho dinero a la industria del momento, mientras debía conformarse con el pequeño pellizco que le tocaba por contrato; motivo este por el que crearía su propia productora.

Pero, por las paradojas de la vida, a medida que su popularidad crecía, también lo hicieron sus inseguridades, complicando mucho los rodajes y haciéndole un flaco favor a su reputación. Los fantasmas con los que tal vez siempre había convivido estaban muy presentes, en sintonía con la cada vez mayor dependencia del alcohol y los barbitúricos. Matrimonios fracasados, el deseo inalcanzable de ser madre y relaciones con hombres de intenciones dudosas….

Y, por si fuera poco, el personaje que ella misma había creado le había suplantado la identidad, hasta el punto de que ya nadie veía que detrás de la frivolidad y los guiños seductores, había una mujer que lo único que anhelaba era ser querida. Deseaba dejar atrás esos papeles de rubia tonta para demostrarle al mundo que podía ser también otra clase de actriz, una actriz a la que se tomase en serio. Pero ni siquiera el que fuese su marido, el dramaturgo Arthur Miller, contó con ello, al escribirle una vez más, a modo de dardo envenenado, el papel de musa y no de persona que vive, siente y piensa. Vidas rebeldes sería la última película en la que apareciese antes de morir.

Se ha filmado mucho sobre Marilyn Monroe, tal es el interés que despierta. Muy recientemente, la película Blonde, basada en la obra homónima de Joyce Carol Oates, mezcla realidad con ficción. Desde mi punto de vista, muy poco afortunada, que no aporta sino una historia confusa, de la que solo se puede extraer la imagen tantas veces vomitada de una mujer que se debate entre el sexo y el desequilibrio.

Mucho más interesante y esclarecedor es el documental El misterio de Marilyn Monroe: las cintas inéditas, que reconstruye la fatídica noche, aportando las declaraciones de los implicados, como la asistenta o el psiquiatra que la trataba. Parece ser que no sucedió como se quiso hacer creer: aún estaba viva cuando la encontraron, y llegó a ser trasladada en la ambulancia camino del hospital. No obstante, al determinar la muerte en el trayecto, se daría la vuelta, deshaciendo el camino hacia su domicilio, donde, convenientemente, se prepararía la escena, de modo que las altas esferas no se viesen salpicadas por el triste desenlace.

Por otro lado, Love, Marilyn recoge los escritos de la actriz: discursos, poemas, reflexiones que son narrados por artistas del momento. Junto a ello, testimonios de quienes estuvieron cerca de una u otra forma, opiniones diversas, basadas en vivencias personales retratan a la persona tras los focos.

Una visión distinta es la de la película de ficción Mi semana con Marilyn. Basada en las memorias del jovencísimo Colin Clark, que colabora como ayudante de dirección en el rodaje de la película El príncipe y la corista, en la que Laurence Olivier comparte protagonismo con Marilyn Monroe, cuenta los pormenores del rodaje, las múltiples complicaciones y su perdida adoración no solo por el personaje, sino por la persona. Tenemos a la actriz tras los focos, que ama, duda y sufre; la actriz que nos despierta compasión y ternura; con glamour y humanidad.

Aún quedará mucho por escribirse de la mujer que entonces eclipsó al mundo y que hoy, tantos años después, sin duda, lo sigue haciendo. Seguiremos sucumbiendo al magnetismo de su mirada y al brillo de su sonrisa, sin perder de vista que, tras la vida apasionante que mostraban las cámaras, había un ser complejo, de luces y sombras, que deseaba, por encima de todo, encontrar su lugar en el mundo.

Una mujer que tuvo el grandísimo mérito, como afirmó quien fuera su profesora de teatro, Natasha Lytess, de rendir el mundo a sus pies.