La separación solo está en la consciencia. En la Realidad no existen los otros.
(Meher Baba)
Yo estaba involucrado en aquella disputa. Era una de esas típicas reuniones, donde como grupo, intentamos ponernos de acuerdo en algo. Sucede todo el tiempo, en la familia, con un grupo de vecinos, en los contextos políticos y en reuniones de las empresas del sector público o privado. Cuando un colectivo de seres humanos intentamos ponernos de acuerdo en algún curso de acción.
Sin duda, en la reunión yo estaba afirmando mi punto de vista, desarrollado gradualmente, a lo largo de un largo camino de aculturación, familia, sociedad, tiempos, impulsos e instintos personales. Eso soy yo, mis puntos de vista, desde donde veo, interpreto y establezco, mis conceptos, sobre todo, sobre mí mismo y las situaciones circundantes, las personas y todo lo que constituye esta aparición llamada vida.
En la reunión a la que asistía, debe haber habido al menos otras 30 personas, con cuerpos diferentes, con mentes albergando distintos puntos de vista. Cada uno tenía su contexto, por supuesto, su historia personal, una personalidad única y un proceso particular de aculturación, que dieron origen a las ventanas a través de las cuales cada uno se asomaba al mundo y a los demás, en aquel momento colectivo particular que compartíamos.
Las mentes reaccionaban a un guión conceptual, a palabras clave que resonaban o estaban en desarmonía con el punto de vista de cada uno. A contextos informativos que justificarían el apego de uno, a ciertos objetivos, aunque no sirvieran para todos, ya sea porque no lo entendían o porque había algo equivocado en ellos.
Y ahí estaba yo, en medio de argumentos entre puntos de vista, participando en un debate colectivo de vecinos sobre acciones dirigidas a la comunidad.
Había investigado mucho sobre el tema de la reunión y de vez en cuando intervenía o tomaba notas. Era otro momento más de vida vivida, otra interacción con los demás. Ha habido muchísimos de estos a lo largo de mi vida. Ha sido una larga vida… y fue una larga reunión.
Por momentos, mi mente se iba a otro lado, mientras escuchaba los largos debates que transcurrían en la sala. Los puntos de vista enfrentados, expresados en palabras, expresiones faciales, tonos y lenguaje corporal. Y recordaba haber estado muchas veces en situaciones similares, con la familia, con completos desconocidos a nivel local o en reuniones internacionales. Y pensé, a la verdad que hay muchos puntos de vista, y que la vida era una lucha constante para lograr un consenso, a través de intercambios de información, que conllevaban muchas veces distorsión y supresión.
Y los conceptos siempre están empaquetados y envueltos en emociones, y almacenados en nuestras mentes, ¡y hay tantas mentes! Y me maravillaba, pensando que cada una de esas mentes era un punto de consciencia individual. Cada una, aparentemente fabricada por combinaciones exquisitas y desconocidas de percepciones, impresiones conscientes e inconscientes, átomos, energía, fisiología y alma. ¡Qué misterio, esta vasta existencia de tantas cosas, y nuestra capacidad de estar conscientes de que somos conscientes de ellas! Además, todos los intentos de explicar este misterio, con conceptos y palabras, se multiplican en muchas teorías, en muchos puntos de vista.
De repente, un momento tenso en la reunión me sacó de mis pensamientos al garete. Ya yo había perdido el hilo del debate, para afirmar mis puntos de vista, y ahora estos me llamaban a usar mi voz, mi personalidad, mi tono y mi lenguaje corporal para manifestarlos. Desde ese viaje hacia los recuerdos y sentimientos internos, sobre lo que era la vida, me sentí arrastrado de nuevo al momento. El pequeño grupo de personas estaba en modo de ataque/defensiva, en alerta. Las típicas confrontaciones de este tipo de reuniones.
Pero, de alguna manera, me invadió una extraña sensación. Mientras discutía y presentaba mis puntos, sentí simultáneamente, que me estaba viendo a mí mismo y a todos los demás, como desde otra dimensión, viendo mi participación en el intercambio de puntos de vista.
Desde esa dimensión desapegada, las personas que dirigían la reunión, aunque tenían un punto de vista diametralmente opuesto al mío, y generaban animosidad hacia mi punto de vista, de repente se convirtieron en parte de una obra, y los veía interpretando su papel, igual que yo actuaba el mío, y vi la angustia detrás de la jactancia, la inocencia detrás de la connivencia, y mi propio orgullo, defendiendo mi punto de vista. O sea, de repente percibí un continuo de actores, interpretando cada uno su papel, pero que éramos todos un continuo, íntimamente conectados por la esencia de la Existencia, atrapados en las trampas de ego creyéndonos que éramos nuestras personalidades y egos.
Mi mente estaba confundida, la sensación de mi consciencia iba más allá de las paredes del local de la reunión. Percibía átomos y células, danzando la vida y la historia. Desde esa otra dimensión todo se convirtió en una especie de película. Las personas presidiendo la situación radiaban inocencia y perplejidad, mientras interpretaban con seriedad su papel, una con el rostro suplicante parecía decir: "Estoy aterrada..." mientras a la vez mostraba la severidad de su punto de vista. Y veía su dolor como mi dolor.
Hay momentos en donde el alma toma consciencia de su propio ser infinito... donde el alma a veces percibe un leve eco de su propia Realidad... y estos momentos llegan sin aviso.
(Meher Baba)
A veces, incluso a través del análisis racional, se llega a un punto en que con toda honestidad, uno se vuelve humilde cuando compara su propia personalidad, deseos, disgustos, alegrías y dolores, con la majestuosidad y vastedad del Ser, con la infinitud de la multitud de otras formas vivas, el cosmos y las infinitas historias que nos rodean, en esta aparición continua que lo envuelve todo.
Sí, cuando uno se hace la pregunta ¿quién soy yo? y utiliza la información científica actual sobre la composición del universo, se da cuenta de la exquisita coordinación, el entretejido y el despliegue de todo el ensamblaje. Y si a esto sumamos la creatividad, la belleza interior, los momentos de amar, la dualidad adentro y fuera de nosotros, y los ciclos que moldean la evolución, todo en una unicidad tan íntima, desconocida y espontánea, uno se ve superado por un profundo asombro.
Observamos que todo está hecho de una misma energía o substrato fundamental. Que la vida está íntimamente entrelazada: relaciones, emociones, belleza, creatividad, alegría y sufrimiento. Y a veces el corazón tiene una sensación de ser que va más allá del pensamiento. Y la humildad surge, de forma natural e involuntaria.
Esta experiencia, que uno siente inesperadamente, se desvanece, tan pronto como nuestro ego intenta tomar el control. Y nos decimos ¿qué fue eso?, y tratamos de analizarlo. Pero el análisis mental, desde el punto de vista del ego, no puede captar este sentido de Ser que está más allá de la mente, un sentido que se percibe en sentimiento, y que experimenta por un santiamén el continuo oceánico de todo.
Cuando nos damos cuenta de la unicidad —incluso a nivel mental— nos resulta en un asombro abrumador el reconocer la inmensidad de la cual formamos parte —y que somos, la Existencia. De reconocer que nuestros egos no crean el existir existencia, sino que la existencia nos hace a nosotros. Que no controlamos: ni nuestro aliento, latidos, consciencia o acceso a la percepción, que todo esto no es dado. Y en esos momentos nos sobreviene la humildad: vemos que nuestra consciencia no es nuestra, nos es dada de momento a momento. Y entonces surge el verdadero misterio: Si recibimos la consciencia, ¿de dónde surge?, ¿quién nos la da?
Desde un nivel puramente científico: cada átomo de nuestro cuerpo se forja en las estrellas, cada pensamiento, surge de procesos que no controlamos, cada intercambio de respiración se mezcla con elementos de la atmósfera y los océanos, cada latido ocurre sin nuestro control. La arrogancia del ego no puede soportar esto y lo ignora entreteniéndose con sus puntos de vista. Pero hay ocasiones espontáneas en donde surge un saber secreto y silencioso y sentimos: No estoy separado del Todo. Soy una expresión del Todo. Y algo adentro se postra en reverencia, ante ese sentido de Ser.
En esos momentos, breves y espontáneos, nuestra conciencia vislumbra la magnificencia de la Existencia, y nuestro ego deja de intentar poseer y procesar la realidad, y empieza a formar parte de ella. Entonces se abre un espacio interior y uno experimenta algo que con la mente no puede experimentar. Normalmente nuestros egos afirman: "Estoy separado"; "Yo soy el que hace": "Mis pensamientos, deseos, opiniones, mis puntos de vista me definen".
Pero en esos momentos en que se percibe el continuo, uno siente que nuestros deseos y dolores personales no son nada, en comparación con la inmensidad de la Existencia. Que los puntos de vista de uno y de los demás no importan. Y un ser unitario se insinúa a sí mismo, y la empatía y el amor surgen espontáneamente. Cuando uno percibe la magnificencia de la Existencia, percibe la pequeñez de nuestros dramas personales, y surge la humildad, no como una virtud, sino como una consecuencia de ver con claridad.
Entonces uno siente que uno no es el centro, sino un participante en algo inmensamente vasto. Y por un instante, uno percibe la verdadera belleza del continuo, de la sustancia viva que lo hilvana todo, como una fragancia desconocida, que no está sujeta a ninguna descripción en palabras. Y si uno intenta describirla, la mezcla con su personalidad y la contamina con sus prejuicios mentales y puntos de vista. Y esa descripción entonces no puede reflejar ese momento intangible, vulnerable y todopoderoso, que uno percibe, en esos momentos breves y espontáneos de Ser. (Cualquier adjetivo que podamos imaginar no podría capturar ese momento más allá de la mente.)
Momento en el que, de alguna manera, la consciencia revela la realidad del Ser, antes de que la mente pueda nombrarla, reclamarla o explicarla. Y en cuanto intentamos describirlo, el lenguaje y la personalidad lo vuelven a ocultar.
Las palabras que nacen de la mente nunca podrán expresar la Verdad.
(Meher Baba)
Intentar "capturar" estas revelaciones momentáneas, en conceptos y pensamientos, es como tratar de atrapar agua con las manos: cuanto más fuerte aprietas, más rápido se te escapa. Pero si permites que pase a través de ti, sin adueñarte de ella, su humedad profundizará en tu interior. Así que cuando sientas uno de esos inefables momentos, de esa sensación de Ser, no te apresures a analizarlo. Siéntelo con gratitud —y guarda silencio. Tu mente egoísta tratará de llamarlo "mi experiencia", pero la esencia de esos momentos está más allá de la personalidad —es una comunión tácita, entre una gota de océano y el océano.
Ese momento de "presencia" no es algo nuevo que surge dentro de ti —es tu misma consciencia que, por un instante, se recordó que era el Océano. Y por un instante, observa el juego de sus propios reflejos. Y si consideras esta percepción como un regalo de tu ser interior —sin hacerlo propiedad de tu ego, y sin el análisis y juicio de tu mente— madurará naturalmente en una compasión y una alegría silenciosa adentro de ti.
Esos momentos permiten que nuestra consciencia se haga consciente de que nuestros puntos de vista, ego y personalidad son solo la expresión de una actuación momentánea, en la vastedad de la Existencia que uno realmente es.















