Hay momentos que parecen detener el tiempo. Estar de pie en la cima de una montaña mientras el mundo se despliega a tus pies, un tapiz de verde y gris. Tumbarte boca arriba en un campo remoto, con la Vía Láctea como una brillante y resplandeciente cicatriz en la oscuridad del cielo. Escuchar el primer acorde atronador de una sinfonía que parece vibrar no solo en tus oídos, sino en tus propios huesos. En estos momentos, sentimos una emoción profunda, que es a la vez abrumadora y clarificadora: el asombro.

Esta experiencia, una mezcla de maravilla, reverencia e incluso un toque de miedo, es más que una simple sensación fugaz. Es una emoción humana fundamental que científicos, filósofos y artistas han tratado de comprender durante siglos. El asombro es el vértigo que sientes cuando te enfrentas a algo tan vasto que tu comprensión actual del mundo es insuficiente para captarlo. Es la experiencia vertiginosa, humillante y, en última instancia, transformadora de sentirse pequeño. Y, como revelan las investigaciones modernas, este sentimiento no solo es bueno para el alma, sino que es esencial para nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra sociedad.

La psicología del asombro: reducir el yo para expandir el mundo

Durante mucho tiempo, el asombro se consideró demasiado etéreo para ser estudiado científicamente. Era el dominio de los poetas y los místicos. Sin embargo, en las últimas dos décadas, psicólogos pioneros como Dacher Keltner y Jonathan Haidt han llevado el asombro al laboratorio, definiéndolo como una emoción que se experimenta en presencia de dos elementos clave: la percepción de la inmensidad y la necesidad de adaptación (Keltner y Haidt, 2003).

La inmensidad es el componente más obvio. Es la escala del Gran Cañón, la inmensidad conceptual de la teoría de la relatividad de Einstein o la inmensidad moral de la capacidad de perdón de Nelson Mandela. Esta inmensidad puede ser física, intelectual o incluso social. Es cualquier cosa que sea tan grande que desafíe nuestro marco de referencia habitual.

El segundo componente, la necesidad de adaptación, es el cambio cognitivo que provoca la inmensidad. Cuando nos encontramos con algo verdaderamente impresionante, nuestros mapas mentales existentes ya no son adecuados. Nos vemos obligados a ampliar, actualizar y reconfigurar nuestra comprensión de lo que es posible. Es un botón de reinicio cognitivo. No se puede mirar la galaxia de Andrómeda a través de un telescopio y seguir teniendo las mismas preocupaciones mundanas por un correo electrónico sin responder. La galaxia no solo empequeñece tu cuerpo, sino también tus problemas.

Aquí es donde entra en juego el efecto psicológico más poderoso del asombro: la disminución del ego. Keltner se refiere a esto como el “pequeño yo”. Ante una grandeza abrumadora, nuestra obsesión por nosotros mismos, nuestras preocupaciones diarias y nuestro sentido de la importancia individual pasan a un segundo plano. El monólogo interno constante de «yo, mí, mío» se calma. No es que nos sintamos inútiles, sino que sentimos nuestra individualidad como una parte más pequeña de un todo mucho más grande e interconectado.

Las consecuencias de este “pequeño yo” son profundas. Numerosos estudios han demostrado que cuando se reduce el volumen del ego, aumenta nuestra capacidad para el comportamiento prosocial. Las personas que acaban de experimentar asombro son más propensas a ser generosas, éticas y serviciales. En un experimento, los participantes que miraron hacia arriba a una arboleda de imponentes eucaliptos durante solo un minuto fueron más propensos a ayudar a una persona que “accidentalmente” dejó caer un puñado de bolígrafos que aquellos que habían estado mirando fijamente un edificio sencillo (Piff et al, 2015). El asombro parece desplazar nuestro enfoque del interés propio al bienestar colectivo. Al hacernos sentir como una pequeña parte de un gran sistema, fomenta un sentido de conexión e identidad compartida, recordándonos que todos estamos juntos en esto.

Un eco filosófico: Kant y la aterradora belleza de lo sublime

Mucho antes de que los psicólogos midieran el comportamiento prosocial, los filósofos ya se enfrentaban al mismo sentimiento poderoso. En el siglo XVIII, el filósofo alemán Immanuel Kant, en su Crítica del juicio, estableció una distinción crucial entre lo bello y lo sublime.

Para Kant, lo bello es algo armonioso, ordenado y agradable a nuestros sentidos: una flor perfectamente formada, un paisaje sereno. Nos aporta una sensación de calma y deleite. Lo sublime, sin embargo, es algo completamente diferente. Es una experiencia de magnitud o poder abrumadores que amenaza con aplastarnos (Kant, 2016). Kant identificó dos formas de lo sublime:

Lo sublime matemático: surge al encontrarnos con algo de escala inmensa, casi infinita. Pensemos en la inmensidad del océano o en las innumerables estrellas del cielo nocturno. Nuestros sentidos e imaginación son incapaces de abarcarlo todo. Intentamos comprender su totalidad, pero no podemos. Este fracaso de nuestros sentidos es inicialmente doloroso.

Lo sublime dinámico: surge al presenciar el poder abrumador de la naturaleza: una tormenta feroz, una cascada atronadora, un terremoto devastador. En esos momentos, somos muy conscientes de nuestra propia fragilidad física e impotencia. Podríamos ser destruidos en un instante.

Pero aquí está la brillante idea de Kant: la experiencia de lo sublime no termina en miedo o desesperación. En cambio, esta sensación inicial de insuficiencia da paso a una especie de placer estimulante. ¿Por qué? Porque, aunque nuestro yo físico es pequeño y nuestros sentidos son limitados, nos damos cuenta de que nuestra mente, nuestra facultad de razonar, no lo es. Nuestra mente puede concebir el infinito, aunque nuestros ojos no puedan verlo. Nuestra mente puede comprender las leyes de la física que rigen la tormenta, incluso cuando nuestro cuerpo tiembla ante ella.

En ese momento, tomamos conciencia de algo dentro de nosotros que trasciende el mundo físico: nuestra capacidad de razonar y nuestra libertad moral. Lo sublime, para Kant, es un humilde recordatorio de nuestra insignificancia física y, al mismo tiempo, una poderosa afirmación de la grandeza de la mente humana. Este marco filosófico refleja perfectamente el concepto psicológico moderno del “pequeño yo”. Sentirnos físicamente disminuidos por la inmensidad del universo nos permite descubrir un sentido diferente y más profundo del yo, uno arraigado en nuestra humanidad compartida y en nuestra capacidad de comprensión.

El cuerpo en estado de asombro: un antídoto contra la inflamación

Los efectos del asombro no se limitan a los ámbitos abstractos de la mente y la filosofía, sino que resuenan profundamente en nuestra biología. Uno de los descubrimientos más sorprendentes de los últimos años es la relación entre el asombro y nuestra salud física, concretamente su capacidad para combatir la inflamación.

La inflamación es la respuesta natural del cuerpo ante una lesión o una amenaza. A corto plazo, es esencial para la curación. Sin embargo, la inflamación crónica (un estado persistente de alerta inmunológica de bajo grado) está relacionada con una serie de dolencias modernas, como enfermedades cardíacas, depresión y trastornos autoinmunes. Esta inflamación crónica suele estar provocada por el estrés psicológico y una sensación de amenaza social.

Las investigaciones del laboratorio de Keltner en la Universidad de California en Berkeley encontraron una correlación convincente entre las emociones positivas y la salud. Descubrieron que, de todas las emociones positivas estudiadas, incluyendo la alegría, la satisfacción y el amor, el asombro era el predictor más fuerte de niveles más bajos de citocinas proinflamatorias (Monroy y Keltner, 2023). Las citocinas son proteínas que indican al sistema inmunológico que intensifique su respuesta. La citocina específica medida, la interleucina-6 (IL-6), es un marcador clave de la inflamación crónica.

¿Por qué un sentimiento de asombro tiene este efecto? La teoría es que el asombro nos saca de una mentalidad centrada en nosotros mismos y orientada a la supervivencia. Cuando estamos estresados o nos sentimos amenazados, nuestro cuerpo entra en un modo de “lucha o huida”, un estado íntimamente ligado a la inflamación. El asombro hace lo contrario.

Al promover un sentido de conexión y disminuir el ego, nos lleva hacia lo que algunos llaman una respuesta de “cuidar y hacer amigos”. Le indica a nuestro cuerpo que somos parte de un sistema seguro, estable y vasto, lo que reduce la necesidad de estar en un estado constante de alerta máxima. Experimentar asombro puede, en un sentido muy real, calmar nuestro sistema inmunológico al recordarle que el mundo es más grande, más seguro y más magnífico de lo que sugieren nuestras preocupaciones inmediatas.

Cultivar el asombro en un mundo lleno de distracciones

Si el asombro es tan beneficioso, surge una pregunta fundamental: ¿cómo podemos experimentarlo más a menudo? Nuestro entorno moderno parece estar diseñado para producir lo contrario al asombro. Vivimos en mundos digitales cuidadosamente seleccionados, pasamos nuestros días en edificios de oficinas estériles y nos bombardean con información que se centra en lo trivial y lo inmediato. Es posible que suframos un “déficit de asombro”.

Afortunadamente, el asombro no está reservado para grandes expediciones al Amazonas o peregrinaciones a la Capilla Sixtina. Es una orientación hacia el mundo, una disposición a estar abierto a la maravilla. Se puede cultivar.

Uno de los métodos más sencillos es el “paseo del asombro”, un concepto desarrollado por investigadores. Se trata de un simple paseo en el que se dirige conscientemente la atención hacia el exterior, buscando cosas que sean vastas, novedosas y sorprendentes (Sturm et al., 2022). En lugar de pensar en la lista de tareas pendientes, se puede observar la intrincada arquitectura de una telaraña, la inmensa y compleja copa de un árbol viejo o la magnitud del paisaje urbano desde un nuevo punto de vista.

El contacto con el arte es otra puerta de entrada poderosa. Escuchar con toda atención una pieza musical de Beethoven o Sigur Rós, perderse en un cuadro de Turner o Rothko, o leer poesía que aborda las grandes preguntas de la vida puede desencadenar la necesidad de acomodación. Del mismo modo, aprender sobre ciencia —las realidades alucinantes de la física cuántica o la escala temporal épica de la evolución cósmica— puede proporcionar un asombro conceptual profundo.

En última instancia, cultivar el asombro consiste en cambiar nuestra perspectiva. Se trata de buscar intencionadamente momentos que nos recuerden nuestro lugar en el gran esquema de las cosas. Requiere que levantemos la cabeza de nuestras pantallas y miremos hacia arriba: a las nubes, a los rascacielos, a las estrellas y a los demás.

El vértigo del asombro es una desorientación saludable. Nos derriba de nuestro pedestal egocéntrico, solo para aterrizarnos en un terreno más amplio y estable de conexión y maravilla.

Al sentirnos pequeños, no nos volvemos insignificantes. En cambio, encontramos nuestro verdadero tamaño, como partes vitales e intrincadas de un universo que es, y siempre será, maravillosamente, bellamente y aterradoramente impresionante.

Bibliografia

Kant, I. (2016). Critica del Juicio (Spanish Edition). Createspace Independent Publishing Platform.
Keltner, D., & Haidt, J. (2003). Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion. Cognition & Emotion, 17(2), 297–314.
Monroy, M., & Keltner, D. (2023). Awe as a pathway to mental and physical health. Perspectives on Psychological Science: A Journal of the Association for Psychological Science, 18(2), 309–320.
Piff, P. K., Dietze, P., Feinberg, M., Stancato, D. M., & Keltner, D. (2015). Awe, the small self, and prosocial behavior. Journal of Personality and Social Psychology, 108(6), 883–899.
Sturm, V. E., Datta, S., Roy, A. R. K., Sible, I. J., Kosik, E. L., Veziris, C. R., Chow, T. E., Morris, N. A., Neuhaus, J., Kramer, J. H., Miller, B. L., Holley, S. R., & Keltner, D. (2022). Big smile, small self: Awe walks promote prosocial positive emotions in older adults. Emotion (Washington, D.C.), 22(5), 1044–1058.