La pólvora fue descubierta de manera accidental en China, hacia el siglo IX, cuando alquimistas taoístas anónimos, en su búsqueda de la vida eterna, mezclaron carbón, salitre y azufre sin prever sus efectos terribles. En su mismo origen, la pólvora encierra una de las paradojas más inquietantes de la historia humana, pues nació de una aspiración quimérica de prolongar la existencia y terminó convirtiéndose en uno de los instrumentos más eficaces de la muerte organizada.

En China, se empleó inicialmente en celebraciones y rituales, donde se utilizaba para producir luz y ruido, y también como una forma de ahuyentar a los malos espíritus. En Occidente, en cambio, fue rápidamente absorbida por la lógica de la guerra y del poder, puesta al servicio de la conquista, el colonialismo y la disciplina militar.

En consecuencia, cabe preguntarse: ¿la pólvora es buena o mala? La respuesta es que no es, en sí misma, ni buena ni mala. Observada en reposo, exhibe innumerables aplicaciones vinculadas a la paz, al trabajo y a la prosperidad humana. En cambio, al analizar su rostro oscuro, vemos ante nuestros ojos todas las formas posibles de muerte y destrucción. Aún hoy, cualquier arma de detonación —sin importar su tamaño o poder— continúa dependiendo, en última instancia, de la chispa primaria de la pólvora, como mecanismo inicial de su acción destructiva.

Por tanto, para bien y para mal, el ser humano no podría prescindir de la pólvora. Incluso conociendo de manera parcial o plena su potencial devastador, ha buscado para ella usos insólitos y, en ocasiones, francamente temerarios.

Aquellos alquimistas chinos, empeñados en hallar el elixir de la vida eterna, dieron luego origen a la llamada “medicina de fuego”, una sustancia que pronto derivó en remedios audaces; pero también peligrosos. La pólvora se frotaba sobre erupciones cutáneas y quemaduras con supuestos fines desinfectantes; llegó incluso a ingerirse para curar trastornos digestivos y a inhalarse para aliviar afecciones respiratorias. En el siglo XVII su uso alcanzó un extremo casi grotesco, al aplicarse directamente en la boca para aliviar el dolor de muelas. De manera sorprendente, su uso médico no ha desaparecido por completo y aún hoy pervive en la homeopatía moderna bajo el preparado Gunpowder 6x, empleado para tratar infecciones supurantes y abscesos.

Pero el ingenio humano con la pólvora no se detuvo en el campo de la medicina. Fue también una de las primeras herramientas de exorcismo colectivo, utilizada para ahuyentar demonios y espíritus malignos, y llegó incluso a emplearse como método de limpieza doméstica: pequeñas detonaciones en el interior de las chimeneas servían para desprender el hollín acumulado en ellas.

Si el azar hubiese entregado el secreto de la pólvora a grandes potencias de la Antigüedad —v. gr. al Imperio cartaginés, a las falanges de Alejandro Magno o a las legiones de Julio César—, el mapa del mundo sería hoy irreconocible. Murallas que resistieron siglos habrían caído en segundos, y los imperios antiguos se habrían consolidado como dominios mundiales con siglos de anterioridad. En manos de Roma, por ejemplo, la pólvora habría alterado de raíz el curso de la historia occidental, y es muy probable que el cristianismo, tal como lo conocemos, nunca hubiera llegado a existir. En el plano mítico, el asedio de Troya no habría durado años, sus murallas habrían perdido sentido y acaso no sabríamos nada de Aquiles y Héctor; y desde luego, quizás tampoco del astuto Ulises ni de su estratagema del gran caballo de madera lleno de intrépidos guerreros aqueos.

Por el contrario, si la pólvora nunca hubiera sido descubierta, la conquista de América habría sido probablemente una empresa fallida frente a la capacidad defensiva de aztecas e incas; la Revolución Industrial no habría sido posible sin la minería a gran escala; e incluso el sueño espacial habría muerto en su cuna: sin la balística y la propulsión química, llegar a la Luna habría sido una fantasía inalcanzable, pues el conocimiento y el dominio humanos de los cohetes tuvieron su origen remoto en la pólvora.

Pero hay un aspecto todavía más asombroso en el estrecho vínculo entre la pólvora y la psicología humana: esa extraña mezcla de temor y atracción que ejerce sobre nosotros, ese persistente coqueteo con la propia muerte, esa danza temeraria al borde del abismo. ¿Cómo explicar dicha fascinación? El fenómeno recuerda a quienes conviven o trabajan con serpientes venenosas: el riesgo es permanente y, a largo plazo, la estadística demuestra que el reptil acabará por morder. Algo semejante ocurre con la pólvora. La repetición y la familiaridad nos ofrecen una ilusión de control, una zona de confort. Sin embargo, basta un descuido mínimo para que esa confianza se desplome, y lo que parecía simple rutina muestre, de golpe, su verdadera naturaleza.

Durante años nos sedujeron, casi de igual forma, el espectáculo y el peligro de la pólvora. Entrábamos casi en trance al ver en el cielo nocturno aquellos crisantemos que se abrían, grandiosos, en plena oscuridad: flores de fuego que apenas duraban un instante antes de convertirse en humo. Al mismo tiempo, las bombetas estallaban tan cerca que dejaban en los oídos un zumbido persistente y metálico, como el eco de un yunque.

Esa doble exhibición —la belleza efímera en el cielo y el estruendo peligroso a ras del suelo— ofrece una dimensión especial del hechizo de la pólvora: nos atrae porque transforma el miedo en espectáculo y porque nos permite creer, de manera ilusoria, que dominamos una fuerza que, en realidad, jamás hemos tenido bajo control.

De esa peligrosa ilusión tratan las dos historias que narraré a continuación. Una de ellas se relaciona con mi propia experiencia juvenil, cuando estaba dominado por la atracción trágica y seductora de la pólvora. Entre la celebración desbordada de un Año Nuevo en Nápoles, Italia, y una noche remota de mi adolescencia en Cartago, este relato conserva una chispa que actúa como hilo conductor de una tradición celebrada a gran escala, donde el exceso se vuelve común y las cicatrices —del cuerpo y del alma— perduran durante años y, muchas veces, para siempre.

Pirotecnia en Nápoles

Durante las celebraciones de Año Nuevo de 2026, en la ciudad de Nápoles, un joven romano de 24 años, residente en la zona de Castelli Romani, sufrió dos accidentes graves relacionados con el uso de pólvora, en una secuencia tan absurda como trágica, marcada por la terquedad y el apego desenfrenado a los festejos de fin de año. El caso fue recogido por la prensa italiana —entre otros medios, Fanpage.it y Il Fatto Quotidiano—, lo que ilustra con crudeza los riesgos de una práctica profundamente arraigada en la cultura festiva de la región.

El primer incidente ocurrió la noche del 31 de diciembre. En las inmediaciones de la monumental Piazza del Plebiscito, rodeada por el Palacio Real de Nápoles y otros edificios históricos, el muchacho manipulaba una bombeta de gran tamaño cuando el artefacto estalló en su mano derecha. Todo sucedió en un instante aciago, de esos que se llegan a odiar para siempre: primero la detonación; luego, un zumbido agudo; enseguida, el dolor insoportable, la confusión, los gritos y el ulular de las sirenas. Fue trasladado de urgencia al hospital Vecchio Pellegrini, situado a unos tres kilómetros de la plaza.

Los informes médicos fueron contundentes: traumatismos severos en la mano, fracturas múltiples y, como consecuencia irreversible, la amputación de tres dedos. Ningún medio indicó si perdió los dedos tras la detonación o durante la cirugía. Con la mano vendada y la advertencia de continuar hospitalizado, el joven pasó apenas un rato en observación. En cuanto se sintió algo mejor, decidió marcharse. Aunque cueste creerlo, al ser las 21:05 —exactamente dos horas después del estallido— el joven firmó el alta voluntaria y abandonó el hospital, todavía aturdido.

Pero contra toda lógica médica —y contra lo que cualquiera habría vivido como un shock físico y emocional—, el joven no regresó a su casa ni buscó un lugar seguro: decidió continuar con la juerga. “¿A qué vine a Nápoles? ¡A festejar!”, habría dicho.

Son las 00:35 del nuevo año y en el hospital Vecchio Pellegrini la madrugada no concede tregua. Las camillas entran una tras otra. La guardia de emergencias atiende, sin pausa, a los heridos. En el aire se respira una mezcla de sangre, pólvora y desinfectante. De pronto, algunos médicos y enfermeras se miran entre sí sin dar crédito a lo que ven sus ojos, pues, en medio de los pacientes que vienen entrando, creen reconocer la cara de un herido grave. No puede ser —piensan—, pero no se equivocan: es el mismo joven romano que horas antes había abandonado el hospital. Y ahora ha regresado cubierto de sangre, con el rostro desfigurado por una lesión gravísima en uno de sus ojos.

Con voz entrecortada, el joven explicó que mientras caminaba hacia una farmacia para comprar los medicamentos recetados, un petardo lo alcanzó y le estalló en la cara. Su versión no convenció ni a los doctores ni a los Carabinieri. La reconstrucción de los hechos realizada por la policía fue muy clara: con la mano vendada, haciendo poco caso al dolor, el joven se había movido hasta el populoso Barrio Español (Quartieri Spagnoli), donde decidió continuar la celebración con amigos y, aunque cueste creerlo, manipuló nuevamente fuegos artificiales con su mano izquierda, la única sana.

Esta vez el diagnóstico fue definitivo y devastador: el globo ocular había quedado destruido y la única opción era extirparlo, pues el grave accidente no dejó margen a la esperanza ni a tratamientos conservadores. Tras perder el ojo y permanecer un día hospitalizado, el joven volvió a hacer lo impensable: con la cavidad vendada, solicitó el alta voluntaria, contrariando la opinión médica. Cuando los medios italianos le pidieron explicaciones por tan irracional proceder, redujo todo a una frase contundente: «¡Quise vivir el Año Nuevo como solo se vive en Nápoles!»

Ni improvisada ni falsa, aquella justificación encierra mucha verdad, pues corresponde a una realidad ampliamente conocida. La capital de la Campania italiana, Nápoles, es célebre por múltiples razones: la silueta del Vesubio y las ruinas de Pompeya, la invención de la pizza, el prodigio recurrente de la sangre de San Gennaro, la tradición del llamado “Pino Mayor”, la niñez de Sophia Loren y el fervor popular hacia Diego Maradona.

Pero junto a ese repertorio cultural, Nápoles exhibe una cara menos celebrada pero más temeraria: la de protagonizar una de las noches de fin de año más ruidosas, intensas y peligrosas de Europa. Cada 31 de diciembre, cuando el reloj se acerca a la medianoche, la ciudad entera parece estallar. Una espesa nube de humo y azufre se apodera del aire; el cielo es arañado por luces persiguiéndose como meteoros y la ciudad completa se ilumina como un bosque en llamas.

Balcones y azoteas se transforman en plataformas de lanzamiento de proyectiles; calles, en corredores estrechos donde la pólvora silba y estalla a escasos metros de los cuerpos. El estruendo oprime el pecho, golpea los tímpanos y parece quebrar los vidrios de casas y negocios. Llegada a este punto, la celebración es, literalmente, un infierno en movimiento y en medio de aquel frenesí, la línea que separa la alegría de la tragedia se vuelve casi imperceptible.

Pese a las disposiciones que cada año intentan limitar o prohibir la pirotecnia por medio de altas multas y otras sanciones, la práctica, lejos de desaparecer, tiende a fortalecerse. Las razones son profundas. Por un lado, subyace una carga supersticiosa heredada de la Antigüedad clásica: el estruendo violento de los botti —petardos y cohetes— se asocia con la expulsión de los malos espíritus y de la mala fortuna, como una suerte de limpieza simbólica para recibir el año nuevo. A ello se suma una arraigada resistencia a la autoridad, en la que la desobediencia se entiende como un gesto de libertad urbana, casi como una prueba de valor.

Finalmente, la pólvora funciona como un poderoso elemento de identidad colectiva, pues su ruido descontrolado une a vecinos y familias, y termina por reforzar los lazos de la comunidad napolitana.

Este ritual no es reciente. Sus raíces se remontan a siglos atrás, cuando la costumbre consistía en arrojar objetos viejos —platos, muebles, ropa, etc.— por las ventanas, como una forma de desprendimiento del pasado. Con el tiempo, aquel gesto material fue sustituido por el ruido explosivo, y ya en el siglo XIX aparecen crónicas que describen el uso de “i botti di Capodanno” (los petardos de Año Nuevo) en Nápoles. La diferencia es que la tecnología moderna ha multiplicado la potencia de estos artefactos explosivos, elevando significativamente el riesgo. El resultado es tan recurrente como previsible: solo en el inicio de 2026, las celebraciones dejaron decenas de heridos en la ciudad, con un saldo de 57 personas lesionadas por petardos y fuegos artificiales, entre ellos el joven romano de esta trágica e insólita historia, que, milagrosamente, no terminó con su muerte.

Pólvora en Cartago

El episodio trágico del muchacho en Nápoles me devuelve, inevitablemente, a mi propia juventud y al temprano aprendizaje del peligro que encierra la pólvora cuando se deja por la libre, más aún en manos de niños y jóvenes. En la década de 1970, su uso entre pequeños y grandes era una costumbre socialmente aceptada y apenas vigilada. Aunque la ley prohibía su venta a menores, la realidad era distinta: compradores y vendedores nos entendíamos con facilidad pasmosa, y absolutamente nadie se quedaba sin su “puñito” de bombetas, cachiflines, silbadores o luces de bengala, todos sumamente baratos.

Su bajo costo obedecía a que una porción importante del producto venía de China y de otros países de Centroamérica; pero también porque había una activa manufactura local, arraigada desde el siglo XIX. En el caso de Cartago, la fabricación de pólvora ha estado estrechamente vinculada a la familia Calvo, de Quircot, tradición iniciada por don Demetrio Calvo hacia 1890 y que, más de un siglo después, continúa en manos de sus descendientes, siendo quizá el más recordado de ellos don Custodio Calvo Barquero (1922-2006).

Ahora bien, la presencia de la pólvora tanto bélica como festiva en la vida de Costa Rica —y particularmente en la de los cartagineses— se remonta a la era colonial y merece un estudio más profundo, pues es un tema escasamente abordado por la historiografía. De momento haremos una breve mención de ambas manifestaciones.

En su dimensión bélica, aparece tempranamente vinculada a la defensa del territorio. Ya en 1599, en el documento titulado “Información seguida en Nicoya por el teniente de alcalde mayor Diego Peláez” (León Fernández, Colección de Documentos para la Historia de Costa Rica, t. I, p. 359), se menciona su uso para proteger la provincia ante la amenaza de incursiones enemigas en el litoral del Pacífico. En el caso de Cartago, quizás la referencia más temprana data de 1666, cuando se solicitaron a Panamá veinticinco botijas de pólvora para contener la presencia de piratas ingleses que intentaban ingresar por la región de Turrialba (Índice de Protocolos de Cartago, t. I, p. 167). Por tanto, desde el siglo XVII, la pólvora formaba parte del equipo defensivo de la provincia frente a peligros externos.

En cuanto al uso festivo de la pólvora, esta se integró con igual fuerza a la vida pública y ritual. Junto con las corridas de toros, los bailes y el juego, formaba parte esencial de la expresión festiva de la provincia, marcada por una religiosidad extrema a lo largo de casi todo el año. La relación de festejos del 3 de febrero de 1725 refiere que, con motivo del reconocimiento de Luis I de España como rey, la ciudad se animó desde la noche con cajas, clarines, descargas de fusiles y luminarias en los cielos; es decir, fuegos de artificio que transformaron el espacio urbano en un escenario de luz y estruendo (Alexander Sánchez Mora. Literatura colonial costarricense: el relato de una fiesta en el Cartago de 1725. Universidad de Costa Rica. 2021).

Décadas después, en enero de 1809, durante las celebraciones cívicas y religiosas en honor a la jura del rey Fernando VII, la pólvora volvió a ocupar un lugar importante: las piezas breves de teatro escritas por Joaquín de Oreamuno, representadas como acto de clausura, detallan el uso de fuegos de artificio, confirmando así que el espectáculo pirotécnico formaba parte esencial de la ritualidad política y festiva de la provincia.

La toponimia misma de Cartago recogió esta temprana familiaridad con el explosivo. En la Cartago colonial había un potrero o paraje conocido como La Pólvora, posteriormente llamado finca La Pólvora, que perteneció al presbítero Félix Alvarado Jirón (1766-1820), ubicado al noroeste de la ciudad, en el sitio donde hoy está el Colegio Vocacional de Artes y Oficios, COVAO. Al respecto, los Protocolos Coloniales de Cartago registran una transacción fechada el 24 de mayo de 1826, mediante la cual los albaceas del finado presbítero vendieron al licenciado Agustín Gutiérrez Lizaurzábal un “potrero cercado de piedra, en tierras de ejidos, en el barrio de Taras, lindante al este con el potrero llamado La Pólvora y al norte con tierras del pueblo de Quircó”, por la suma de seiscientos pesos.

Vuelvo entonces a mi relato. Mis amigos y yo, apenas colegiales, llevábamos la pólvora en una bolsa, bien resguardada y siempre a la vista, y la cuidábamos con mucho celo, casi como los apóstoles de Jesús cuidaban la bolsa del dinero. Aquella bolsa era nuestro pequeño tesoro: de ella salían alegría y travesuras a raudales; pero en el fondo, escondidos y sumergidos en el silencio, estaban la tristeza y el dolor, esperando paciente su turno para salir a escena.

Recuerdo con claridad aquella noche del 1.º de agosto de 1977, víspera de la celebración de la Virgen de los Ángeles. Caminábamos desde el centro de Cartago, en paralelo a la línea del tren, desde el mercado hacia Los Ángeles, en un trayecto horizontal de poco más de un kilómetro. Íbamos felices, valientes y, sobre todo, dominados por la irresponsabilidad propia de la adolescencia.

Al pasar frente a una cochera vacía, la atacábamos sin piedad: encendíamos una bombeta y la arrojábamos adentro, hubiera o no algún carro en ella. De inmediato estallaba el alboroto: carcajadas, empujones y una carrera endemoniada. En ese momento, éramos incapaces de comprender que aquella llamarada representaba un riesgo severo, capaz de producir una tragedia irreparable.

Por otra parte, si había una puerta abierta en alguna casa, era como doblar la apuesta, porque de la bolsa sacábamos un arma terrible: el silbador, un pequeño cohete azul y alargado, aparentemente inofensivo, del tamaño de un cigarrillo; pero que al encenderse huía de las manos silbando y escupiendo fuego, como un dragón, mientras sembraba el pánico, especialmente entre las mujeres. No explotaba como las bombetas, pero su carrera loca y chillona asustaba casi tanto como los petardos. Sus peores estragos ocurrían cuando se incrustaba en la ropa, en el pelo o en la piel de alguna víctima despistada. Y Dios guarde que apuntara a un ojo, porque ese ojo, de fijo, vería por última vez.

Al llegar a la iglesia de Los Ángeles, aquello era un hervidero de gente. Justo detrás de «La pilita»1 todos metimos mano, una vez más, en la bolsa de los tesoros y, para mi mala fortuna, fui yo quien prendió una “carpeta”: una bombeta mediana, en forma de triángulo, hecha con papel de estraza. No me importó que tuviera una mecha peligrosamente corta, pero bastó acercar el fósforo para que ardiera con rapidez. No hubo tiempo de nada. La bombeta estalló en mi mano derecha, como le ocurrió al joven romano. Solo vi el fogonazo y la huella de la explosión: una mancha negra, abierta en la piel, y un hilito de sangre. El olor de la pólvora se me metió por la nariz y, aún hoy, después de décadas, ese olor y aquel estallido los recuerdo como si fuera ayer.

El dolor fue como un relámpago en la carne, y lejos de ceder, sentía un pulso fuerte, algo vivo moviéndose bajo la piel chamuscada. Y luego vino un acto irracional: por puro instinto, en medio de gritos, metí la mano en un caño de agua sucia, babosa y maloliente que corría a mis pies, sin pensar que aquel fango podía ser más peligroso que el mismo estallido.

Mis gritos alertaron a mis amigos. Todos me suplicaban que sacara la mano del caño, pero no podía hacerlo pues era la única forma de calmar el dolor. Cuando por fin me animé a sacarla, trataron de llevarme hasta «La pilita», para lavarme mejor; pero era tal el gentío que fue imposible entrar, y nos devolvimos. Solo uno de mis amigos tuvo el gesto silencioso de prestarme un pañuelo con el que me vendó torpemente la mano. Llegué a la casa derrotado y no me explico cómo lo logré, pero soportando aquel terrible dolor, conseguí esconder la mano. La piel se había abierto, aunque no demasiado, y milagrosamente mis padres no se enteraron de nada, lo cual todavía me sorprende mucho al recordar este estremecedor episodio de mi vida. La razón principal fue, no cabe duda, la complicidad de mis hermanos: ninguno me echó al agua y todos guardaron silencio.

Con el paso del tiempo la mano se fue curando y la cicatriz cerró, de modo que no hubo amputación, ni puntos, ni hospital; pero sobre todo tuve la inmensa fortuna de no contraer una infección. De haber sido así, aquella juerga habría terminado inevitablemente en el hospital y me habría obligado a confesar todo a mis padres.

Pasaron los días. No recuerdo cómo lograba escribir o comer, pero poco a poco el dolor cedió, la inflamación bajó y la normalidad regresó a mi vida. Muchos años después le conté la verdad a mi mamá. Ella no podía creer cómo fui capaz de ocultarlo todo, ni cómo ella misma —siendo tan observadora y perspicaz como suelen ser casi todas las madres— no llegó a sospechar nada.

Hoy conservo la cicatriz, apenas visible, en el pliegue de la mano como una firma del tiempo que me acompañará hasta el final de mis días. Viendo todo en retrospectiva, aquella imprudencia juvenil tuvo algo de milagro, pues lo que pudo terminar en tragedia se redujo a una pequeña marca y a un recuerdo persistente que el tiempo no ha borrado.

Conclusión

Al repasar estas historias, resulta evidente que, a ambos lados del océano Atlántico, a los seres humanos nos domina la misma obsesión que movió a Prometeo a arrebatar el fuego a los dioses, aun a riesgo de quemarnos en el intento. Sin embargo, las dimensiones de lo ocurrido, de uno y otro lado, son incomparables.

Para los europeos, la celebración de Nápoles ofrece múltiples significados: la inquietante evocación de las trincheras de guerra, la conversión del estruendo en espectáculo colectivo y la normalización del riesgo como parte de un ritual ancestral. No existe, por tanto, punto de comparación entre la magnitud de la juerga napolitana —capaz de mutilar a un joven dos veces en una misma noche— y nuestras andanzas juveniles. Frente a la tragedia de Nápoles, lo que vivimos aquella noche en Cartago no fue más que un juego de muchachos: una travesura que buscaba solo el susto ajeno y la risa cómplice, sin plena conciencia del peligro que nos acechaba. Porque el peligro, aunque a distinta escala, era igualmente real. A diferencia del joven romano —cuya imprudencia lo llevó a desafiar toda lógica médica—, a nosotros se nos apagó la pólvora y, con ella, la sonrisa y la juerga, en el primer estallido.

Aquel petardo en mi mano, en las afueras de la iglesia de los Ángeles, bastó para que mis amigos y yo tomáramos conciencia del riesgo que conlleva perseguir un fuego desatado.

Hoy, pasadas ya varias décadas de aquel accidente, mientras contemplo la marca discreta en mi mano, comprendo que, a diferencia del joven napolitano, fui protegido por una inmensa fortuna. Porque, mientras Nápoles vuelve cada año a tentar al fuego, yo agradezco aquella cicatriz mínima que me enseñó, hace medio siglo, el precio exacto de la imprudencia.

Nota

1 Por «La Pilita» se conoce una toma de agua para los feligreses, ubicada en el sector sureste del Santuario de la Virgen de los Ángeles. Esta agua proviene de un acuífero, del cual brota un manantial, a cuyo lado está la piedra del hallazgo donde, según la tradición, apareció la imagen de la Virgen de los Ángeles a una niña mulata, hacia el año 1635. El autor tiene en preparación un libro acerca de la historia de «La Pilita» y su manto acuífero. También puede consultar el artículo “Joaquina Lobo, la leprosa de la Pilita”.