Las condiciones, que influencian e inciden en nuestro modo de ser, han cambiado en estas últimas décadas, pasando de un ser en comunidad a un ser en apariencias, que complica las cosas, pues el ser actual se encuentra más y más en un vacío. Nosotros percibimos reflejos de lo que significa ser en la situación actual a partir, entre muchos otros factores, del modo en que nos introducimos o a través de la autopresentación, un fenómeno que recientemente ha tomado auge a partir de las relaciones intermediadas por las redes sociales, donde el ser se distancia de la comunidad en que crece y entabla conexiones sin contacto directo. Y este hecho nos confronta con varios dilemas nuevos: cómo nos presentamos y qué perseguimos con esa presentación. Para citar dos aspectos.

A menudo, cuando decimos algo sobre nosotros mismos, lo hacemos para no decir nada. Por ejemplo, cuando afirmamos que somos “completamente normales” usando un adjetivo tan común que no posee atributos particulares. Es decir, no entrega información, o como cuando afirmamos que soy como todos. La normalidad es un escudo negativo. Cuando decimos no soy ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, ni bueno ni malo, como si la anonimidad fuese un modo de describirse, es extraño, porque presentarse insinúa una ligera diferenciación, que resalte al individuo y a su comunidad. En caso contrario, la presentación no tendría sentido.

En nuestros tiempos de intermediación tecnológica, usamos instrumentos digitales para contactar y relacionarnos con otras personas y, en estos casos, más que nunca en precedencia, tenemos que afrontar el problema de cómo presentarnos, qué palabras usar y qué imagen de nosotros mismos transmitir. La distancia, por un lado, y el ser ligeramente anónimos, por el otro, nos protegen ilusoriamente. Recuerdo, en mi niñez, que todos sabían algo o mucho de ti. Ese es el hijo de tal o cual, vive en el número 520, en el segundo piso y había poco que esconder o mostrar, por lo que el problema mismo de autopresentarse en la mayoría de los casos era casi inexistente.

Nosotros éramos quienes éramos y nada más. Pero, como podemos apreciar, los tiempos han cambiado rápidamente y las relaciones interpersonales nacen de un vacío, que hay que llenar con mensajes, comentarios y fotografías, haciendo en cierta medida de la apariencia la esencia y esto nos lleva a un problema que antes no se afrontaba de la misma manera: definir quiénes somos, qué buscamos y cómo nos relacionamos, agrandando a la vez, las dificultades que tenemos en conocer a los otros. Presentándonos para ser aceptados y en cierta medida diferenciándonos para no ser anónimos y atraer de consecuencia algunos “likes”.

La autopresentación, además, se transforma en un instrumento para conseguir fines específicos, que separa la presentación misma de la persona y su historia para subordinarla instrumentalmente a objetivos concretos y esta ruptura lleva, por una parte, a extremos como desprenderse totalmente de sí mismo, usando fotografías de otras personas o personajes y, por otra parte, a una confirmación de un vacío existencial donde todo es posible y arbitrario. Los varones se describen como más altos, deportivos, más adinerados de lo que son en la realidad y las muchachas, más jóvenes, delgadas y buenasmozas, siguiendo los criterios y parámetros del éxito social y la belleza que consideramos dominantes.

Al mismo tiempo, la cantidad de instrumentos que nos permiten alterar nuestra autopresentación como edición de fotografías, videos o creación de textos ha aumentado de modo tal que podemos pretender ser el personaje ficticio que no somos y sustentar esta narrativa en el mundo virtual sin “mayores problemas”. Pero la virtualidad tiene sus límites precisos, que no podemos ignorar, y el mundo de las necesidades se impone en presencia física, ambiente, historia personal, familia, comunidad y legalidad.

El nivel de conflicto entre estas dos dimensiones hace insostenible el pasaje de una a otra y la virtualidad nos automargina de la realidad social y esta fractura demuestra la fragilidad del mundo virtual y la “no-arbitrariedad” absoluta de la realidad.

Ciertas relaciones en el mundo virtual son insostenibles en el mundo real, donde las reglas exigen coherencia entre dicho y hecho y una presencia física real, que es un acto inalterable. La ruptura entre la narración y las contingencias físico-sociales crea vulnerabilidad y esta se manifiesta existencialmente en el sentido de que una autopresentación que entra en conflicto con lo consensualmente invariable crea una sensación de insostenibilidad que tiende hacia un confinamiento en el mundo virtual, que asume las características de una autodeportación de la realidad. Muchas veces, detrás de la presentación se esconde lo que no aceptamos de nosotros mismos y en este sentido representa una fractura o mutilación.

Un fenómeno que no podemos negar y encerrarnos en un territorio inexistente conlleva rápidamente, sobre todo en los jóvenes, una crisis existencial, cuyos síntomas son la apatía, aislamiento progresivo y, de manera creciente, autodestrucción. Decir que “uno no es quien tú crees que yo sea”, puede ser liberatorio, pero también y en la mayoría de los casos es así, un reconocimiento de vulnerabilidad que imposibilita la existencia social y la pregunta es qué tenemos que hacer cuando percibimos estos síntomas de crisis auto-representativa y de identidad entre jóvenes que no muestran características psicopáticas.

Es decir, que no usan la virtualidad, la distancia social y autopresentación como un método para obtener beneficios personales, pero sí, la usan como escudo para proteger la propia inseguridad, es qué hacer y cómo afrontar un problema que afronta una parte significativa de la última generación. En Japón, los “hikikomori” (reclusos sociales) son un caso extremo de estas tendencias y representan alrededor del 2% de la población. Este aislamiento total es simbólicamente una negación del mundo real creado por los adultos. La crisis misma de autopresentación conlleva una autonegación social y existencial.