Mirando a la educación y la repetición que implica, al habitar con las imágenes de todos los días, a la muerte en su acecho, al amor y todas sus traducciones, durante más de veinte años, Paulo Licona ha construido una práctica artística como observatorio de la vida, la cual manifiesta en procesos de arte relacional, procesos educativos, instalación, serigrafía y ensamblajes de papel a manera de piñatas.
Soltar la presa ¡Auu!, la primera exhibición de Paulo Licona en La Balsa Arte, está compuesta por un gran papel tapiz-piñata, una casa sin piso ni techo y algunos relojes sin horas, que fluyen entre imágenes del tiempo, del fuego, del aire y del agua, haciendo algunos guiños a la historia del arte nacional, como a Auras anónimas de Beatriz González y a Colombia de Antonio Caro.
Estas piezas reunidas en la Sala de Proyectos de Medellín son particulares, pues normalmente sus ensamblajes-piñata son hechos en papel seda tratado, y en papel bond impreso. Sin embargo, en estas piezas incluyó nuevas texturas que encontró en el archivo de La Balsa Papel en Bogotá.
La Balsa Papel inició hace casi dos décadas cuando Ana Patricia Gómez, fundadora y directora de la galería, recibió un container perteneciente a una compañía exportadora de papeles que estaba en una planta de reciclaje en Baltimore, próximo a ser destruido. Cuando el container llegó a Bogotá, se dieron cuenta de que tenía papeles artesanales y papeles especiales para grabado, dibujo, acuarela y tinta provenientes de Japón, India, Corea, Francia, Italia, Estados Unidos, Inglaterra, entre otros, a los que era -y es- muy difícil acceder en Colombia.
Entonces no solo es especial esta exposición por ser la primera del artista desarrollando un proyecto junto a La Balsa Arte, también lo es porque se unieron dos universos en la inmensidad del papel.
El nombre de la exhibición alude al artículo de Lucas Ospina, publicado en su blog en el 2015 bajo el título El arte de soltar la presa, donde, en un recorrido por algunas propuestas de Paulo Licona, habla de la necesidad en el arte de que existan proyectos independientes que escapen a institucionalizarse, algo característico del artista-, en palabras del autor, “que prefieran la muerte abrupta, bella y sin condición al pasmo y la perpetuación de la normalidad”. En este caso, también tiene que ver con escuchar un fluir de imágenes y pensamientos soltando el control de la narrativa.
El tiempo. El fuego. El aire. El agua.
Presa habla del embalse que se rebosa en temporada de lluvia, o con la corriente río arriba que alimenta sus aguas quietas. Cuando esta presa se suelta, sus compuertas se abren, dejando salir lo que ya no es necesario. El agua inmóvil se arremolina por una vez, cambiando el caudal río abajo. Los caballos y las vacas que pastan en potreros cercanos, para atravesar lo que normalmente es un lecho de canto rodado, apenas nadan con la cabeza afuera. Luego la presa no está suelta, pero lo que ya estaba flojo aparece en otra parte, agrupado en un orden distinto al original -si es que el origen tiene un orden.
Así igual pasa en la memoria, se revuelven las imágenes de todo aquello alguna vez visto. Inventamos miles de técnicas y dispositivos para mantener ordenados los recuerdos. ¿Qué pasaría si los dejáramos sueltos?
Presa también se dice de la víctima de caza, que al soltarla, si no está mal herida, escapa de su muerte. Mientras es liberada, deja marcas de su carrera, con restos de pelaje y huellas veloces. El cazador renuncia a su cena, pero también a su lucha. Suelta los músculos y hace una siesta. Insistir puede obligar a perseguirse la cola y quedarse con el rabo de paja en la boca. ¿Por qué no, entonces, cortar las cabezas a las culebras para que no muerdan su última vértebra?
El cazador despierta liviano, sin la pesadez de la carne en su estómago. La presa amanece liberada, de la inundación o de la muerte. Después del agite, poco importa mucho. Sea cuál sea el lado, con la lucidez de quien no tiene nada qué perder, emprende la tarea de trazar las visiones que llegan después de la conmoción. Recoge todo aquello que pasó por una casa, por una vida, por su memoria.
Cuando el techo y el piso se desploman, y los relojes apremian hasta que se atrofian, solo queda, entre tantos remolinos, prender un fósforo con el optimismo de encender el sol, anhelando un fuego que purifique de arriba hasta abajo.
En todo caso, soltar la presa habla de algo agitado, de un momento crucial, de un borde. Aprovechar un flujo antes de un orden.
(Texto de Andrea Domínguez Ramírez)












