Penetrar en la esencia de todo ser y significado, y liberar la fragancia de ese logro interior para la guía de otros, expresando en el mundo de las formas la verdad, el amor, la pureza y la belleza, es el único juego que tiene algún valor intrínseco y absoluto. Todos los demás acontecimientos, incidentes y logros, en sí mismos, no tienen importancia duradera.
(Meher Baba)
Era una sinfonía callada de pétalos abriéndose. De canciones de silencio, amaneciendo el día. Una presencia, que se expandía alrededor de todo, mientras permanecía en el mismo lugar, y envolvía el tiempo en eternidad. Una singularidad majestuosa, esencial y primordial. Mi siempre-presente futuro, el desconocido amor de mis amores, el resplandor de toda luz. Lo más íntimo de mi intimidad, lo imposible de ser captado o descrito. Más allá de todo, siendo todo. Abrázame. Sostenme.
Era cualquier otro día. Me levanté relativamente temprano, me autoidentifiqué, reconociendo mi nombre, personaje y el presente momento de mi vida. Con los achaques de mis 80 y pico de años y la agenda del día. Otro día más. A ver qué se me olvida hoy. Terminé mis rutinas matutinas y me senté a tomar café, mientras leía los últimos resúmenes de las noticias en mi celular.
Mi esposa andaba por México, visitando a una de nuestras hijas, y entre la pesadez de las noticias y la ausencia de conversación y presencia, se me fue la mente en pos de los recuerdos. Enmarque éstos en el presente, mezclados con el derrame de noticias y aspavientos, asomados por la ventanita del teléfono. Todo interpretado, por supuesto, desde el punto de vista de esta personalidad que creo ser.
Recordé cuando hace ya ocho años, salí de un centro hospitalario, donde estuve casi un mes después de una delicada operación de corazón abierto. Iba en un auto con mi esposa y mi hijo rumbo a un centro de rehabilitación, donde pasaría las próximas dos o tres semanas, hasta recobrar mi capacidad de valerme mínimamente por mí mismo.
Saliendo, hacia la autopista que nos llevaría a la ciudad donde vivo, disfrutaba el estar fuera de una ambulancia, de una cama y un cuarto de hospital, por primera vez en casi un mes. Estaba asombrado ante los paisajes. Me llamó la atención, sobre todo, el resplandor en el cielo. Era una tarde media nublada y el sol estaba escondido tras una formación de nubes. Sus haces de luz se percolaban a través de la nebulosidad y producían un resplandor espectacular, como el de un amanecer en medio de la tarde. Sentí este resplandor vespertino como una aparición sobrenatural que me conmovió. Estaba como en un trance. Mi familia quizás pensaba que estaba medio dormido, pero estaba extasiado de alguna forma interna postrado en reverencia ante una belleza extraordinaria, que sentía que apenas era solo la sombra, el eco, de la luz de la Luz.
De alguna manera surgió en mi memoria el recuerdo de aquel resplandor, mientras me tomaba el café. Entonces, todos los momentos vividos en este largo vivir comenzaron a desfilar como procesión de películas de ayer. El eco del resplandor alumbrando mis recuerdos y yo veía, bajo esa luz de aparición, los momentos vividos, formando parte de la alborada que atravesaba las nubes.
Vislumbré una asombrosa producción, una obra que presentaba el viaje de cada gota en particular, de un repertorio de gotas infinitas, que regresaban al mar sin orillas de donde surgieron. Las acciones del pasado, los amores, los errores, los momentos sublimes y los momentos de egoísmo. Escenas que todavía, al rememorarlas, remotas e insubstanciales, despertaban los sentimientos y las emociones que las acompañaron en su momento.
La vida es una revelación de imágenes en el tiempo. Asociadas con acciones y reacciones, ante los contextos y circunstancias que rodean cada uno de los puntos de consciencia que somos. Las cuales son impresionadas en nuestra mente y definen lo que cada uno pensamos que es. Nuestros contextos y circunstancias pueden ser muy parecidos, en tramas familiares, culturales, etc., pero siempre son únicos, porque son interpretados por la individualidad, este yo de cada uno, que es un punto de vista singular, desde donde construimos nuestra mente, nuestro mundo. Donde definimos nuestros personajes.
Sí, estamos conscientes de que todos estamos hechos de los mismos componentes. Que todos nacemos y morimos, que sentimos dolor y alegría y la plétora de emociones variadas, que nos acompañan en este vivir. Tenemos consciencia de que somos individuos. Cada uno con su marco de referencia, su personalidad, puntos de vista, miedos, atracciones, gustos y disgustos particulares.
Hoy vivimos en un mundo totalmente interconectado, un planeta-barco. La ciencia nos confirma la íntima interdependencia de todo en el universo. Corrobora la unicidad de todo, lo que místicos como San Francisco de Asís descubrieron a través del amor.
Sin embargo, mantenemos una consciencia tribal en un mundo planetario. Y seguimos cada vez más, en el sálvese quien pueda, en vez de comprender que nuestros destinos y sobrevivencia dependen de la interdependencia con los demás.
Alguien, observando el planeta desde otro sistema solar, diría: “Qué adelantados que están esos terrícolas”. Sí, hemos construido un planeta-hogar, pero nuestras mentes siguen viviendo en tribus, nacionalismos, partidos políticos, intereses, el sálvese quien pueda y el quítate tú para ponerme yo.
Pensando en esto, salí al jardín a echarle semillas a los comederos de los pájaros.
Así somos todos, me decía a mí mismo, se nos olvida la magia del amor y la unicidad, el resplandor que nos sostiene, y vivimos enredados en nuestros enredos, cada uno protagonizando su obra, haciendo caso omiso del propósito y la estrecha relación que tienen los demás actores con nuestro bienestar. Mientras pensaba esto y llenaba los comederos, los pájaros enramados cantaban y me miraban de soslayo, los árboles abrían sus brazos para recibir la luz del sol, las ardillas hacían sus acrobacias y carreras, y todo sin que yo ni nadie que yo conozca lo hubiese diseñado. ¡Y además esto está pasando en todos lados a la vez!
Y volví a sentir el resplandor...
Millones de imágenes en recuerdos e historias. Escenas de la obra en las cuales había participado de cerca u observado de lejos se derramaban ahora sigilosamente en mi mente. Memorias de cosas que uno ha vivido y de los cuentos que uno ha escuchado, a través del tiempo –la historia, los noticieros diarios, los aspavientos. Los cuentos, todos los cuentos. De cosas que pasan. Todo pasa. Y uno pasa ¿pero hacia dónde, y para qué es este pasar?
Los pájaros cantaban cada uno su canción, como nosotros. Arriba, el sol brillaba desde tan lejos y nos alimentaba como siempre. Y me sonreí pensando: “bueno, pero ahora al menos sabemos cómo es que nos calienta –porque está hecho de energía– y cuál es el proceso, y sabemos que está a 146,9 millones de kilómetros”.
Se me fueron los pensamientos corriendo detrás de los datos, haciéndome creer que sabía algo. Sí, lo aprendido con una educación en las ciencias reduccionistas, fascinado con un mundo intelectualizado, que conceptualiza al universo como un artefacto, con muchos circuitos superpuestos y relacionados. Y los cuales, gobernados por tiempo y distancia, teorías, composición química, física cuántica, química, etc. Una maquinaria de mente-cosas, asumiendo conocer el origen y la razón del ser de todo.
Entonces me vino aquella memoria de mi juventud. Cuando una noche, la solemnidad de la vía láctea, brillando sobre el cielo nocturno del Mar Caribe, humilló mis ínfulas de creer entender la magia del universo con información e intelecto, y de momento me confundió.
Volví a mi presente en el jardín. Sentí la mañana arropándome con su luz naciente, y de nuevo el eco del resplandor lo rodeaba todo. De nuevo estaba adentro de aquel juguete de mi niñez, del visor estereoscópico View-Master. Y todo tenía un aura mágica de luz alrededor, todo era un mundo encantado.
Supe, sin pensarlo, que los datos y el intelecto no explican la magia del darse cuenta de que uno es. Que el sentido de ser no es sensorial ni mental. Pero aun tratando de relatarles esto, sé que no lo puedo hacer, porque la experiencia sentida va más allá de lo que yo entiendo, y por lo tanto de cualquier explicación que pueda yo ofrecer. Los pensamientos que surgen para tratar de entender lo que sentí están en otra frecuencia. Es como tratar de explicar la música.
Recordé entonces el canto de los grillos y los horizontes detrás de los parpados, que se perciben en esos momentos, cuando se siente esa luz mágica arropándolo todo. Son parte de esa percepción de darse cuenta, una especie de ventana abierta a otra dimensión, que siempre nos rodea, pero que no vemos porque andamos con esos sentidos de “sentir” (más allá de medir y teorizar sobre átomos y gravedad) apagados.
Pero a veces, éstos espontáneamente se encienden, y uno se percata de lo que siempre lo está rodeando. Y quizás no esté uno listo, para perderse en ese mundo sutil paralelo, quizás esos trances en santiamén son solo para que uno se inspire a buscar más adentro, para sentir la unicidad de la vida, para ser capaz de sentir el amor, como la energía primordial y la sustancia del universo.
Recordé momentos en mi niñez, cuando de repente me extasiaba, sin saber por qué y cerraba los ojos, y sentía el canto de los grillos en mis oídos, y veía horizontes lejanos enmarcados de una luz azul. No sé qué me llevaba a sentir eso, y tampoco sé qué era ese sonido de vida en mis oídos, lo más parecido es el intenso cantío de grillos en un bosque, y los horizontes tras los parpados eran como atardeceres con ojos cerrados en un silencio absoluto de pensamiento.
De adulto algunas veces he sentido momentos así. En la tumba de Meher Baba, en el Granero donde él recibía a la gente, cuando estaba en el Centro en Myrtle Beach, y un par de veces, de ida o de vuelta hacia Ahmednagar, India, en los campos aledaños de la meseta del Decán.
Pero no puedo realmente describir lo sentido, fuera de los intentos antes mencionados, pero sé que sentí algo indescriptible y hermoso, una fragancia derramada, de un cariño inexplicable.
Mi vida oscila, entre el continuo aferramiento a esta personalidad que pienso que yo soy, esta autodefinición de mí mismo, con todo su bagaje de recuerdos, y a la vez tratando aun de entender lo que nunca se entiende. Pero a la vez siento, a veces, un asomo de esa sensación indescriptible que me arropó con el resplandor de aquella tarde, y siento los ecos de los cantos de los grillos, lloviendo sobre mi mente, bajo horizontes de adentro bordeados de un tenue resplandor. Y a veces veo el mundo con visión estereoscópica de View Master.
No tengo forma de hacer que prevalezca esa sensación sobre la “normal” que viene con el aferramiento a mi identidad. No hay método ni fórmula, para lograr que surja, no hay controles escondidos para operar, no hay rezos ni mantras, que al repetir la atraiga. Surge espontáneamente, como el resplandor de aquella tarde. Reclamar mérito por esas experiencias sería como adjudicarme la lluvia que cayó sobre la tierra seca: ocurrió, y yo simplemente estaba allí.
Esos cantos de los grillos, esos horizontes de adentro, ese resplandor, abren de alguna manera algo en el ser, donde se siente el amor, y la magia de la vida. Siento que esas puertas se abren continuamente en todos, y que de vez en cuando, cuando nos encontramos menos empecinados en nuestros egos, nos damos cuenta. Porque lo extraordinario no viene cuando lo buscamos, sino por un acto de gracia inesperado. Así es el amor.















