Abel, sos el nuevo de la escuela. Es tu tercer día, tu primer viernes de clases. Desde que tu familia se ha mudado a este barrio, hace dos semanas, no has salido a la calle ni para comprar un caramelo. Claro. No te gusta la gente, nunca has tenido amigos y tampoco es que te llame eso de hacerte notar. ¿Qué tenés para mostrar, Abel? No tenés historia. ¡Qué podrías contar a tus escasos 11! Mejor cerrate en vos mismo. Y si ya sos un insociable con los de tu propia sangre, más aún lo serás ante este montón de desconocidos compañeros. Por eso, te sentás en un rincón. Y no te interesa nada más.
Pero hay una nena que, aunque no quieras admitirlo, reclama tu atención. ¡Atención, Abel! Es una nena linda, por decirlo así. Podría ser tu novia. Aunque la resistas, la improbable idea te atraviesa como filo mientras, desde tu silenciosa guarida, te empeñás en observarla. Tal vez porque es graciosa, tal vez por su pelo rojo, tal vez por su actitud que, cuando se ríe fuerte, te alcanza como un chispazo de sol. Por boca de la maestra, sabés que se llama Carmina. El nombre es algo inusual, aunque no es la primera vez que lo has escuchado.
Una vecina de la cuadra –tu mami te lo ha contado– tiene una hija que se llama así. Y también te ha dicho que –casi seguro– sería tu compañera de grado. Pero a esto último, Abel, vos no le diste mucha importancia. Te quedaste pensando en ese nombre porque antes en tu casa alguien, seguro tu mamá, miraba una telenovela. Y una de las protagonistas, la villana de la historia, parece que se llamaba igual. Era rubia esa Carmina, te acordás. Porque a vos, como a cualquier chico de 11, te gustan las mujeres con pelo de colores. Esta Carmina es colorada. Y eso, Abel, también te gusta. Te gustan las nenas y los colores. Aunque esos secretos no se los decís ni se los dirás a nadie.
Pero hay cosas que no se pueden disimular. Así como también hay sorpresas que no se pueden manejar.
Porque a la salida, de manera intempestiva, Carmina te invita a su casa, a tomar chocolate como merienda y después si querés conversar. Tengo algo que mostrarte, te dice. Y eso te toma desprevenido. Que una nena de tu edad te interpele, que muestre interés en pasar tiempo con vos, es como que un tren te golpee de frente, en el pleno pecho. Te quedás duro y blando a la vez, como arrollado por esa fuerza, sin aire, sin saber qué decir. Quizá para mitigar el impacto, o quizá para mejorarlo, la pelirroja te redobla la oferta: al chocolate le agregará facturas de crema. O de membrillo. Sé que son tus favoritas, te anuncia con desparpajo. Y vos, Abel, no entendés cómo alguien que has visto por primera vez hace cuatro días te trate como si te conociera de años. Y eso te da un poco de miedo. Por llamarlo de algún modo.
Entonces recordás que la mamá de Carmina –tu mami te lo ha dicho– es la señora de la iglesia. Y también que va a ser tu catequista a partir del mes que viene, sábado de por medio. Ahora está más claro: habrá sido su mami –por indiscreción de la tuya–, la que le contó sobre tus gustos. Y también habrá sido ella, su mami, la gestora de esta merienda. Una merienda con Carmina. Y esa invitación, aunque precipitada, no suena nada mal. Carmina te gusta. Y es un plan de las madres. Y como en tu casa no va a estar nadie, y ella lo sabe, no tenés excusa para negarte. Ya no querés hacerlo, tampoco.
Además de en las clases de religión, la mamá de Carmina –te dijo tu mami– trabaja como maestra de otra escuela, por lo que es un hecho que tampoco ella estará en su casa. El papá andará un poco más cerca: trabaja en el taller de motos, a la vuelta. Y hasta ese taller van, Carmina y vos, a buscar las llaves de la entrada, además de las facturas y la chocolatada que –ella te dijo– su papi ya compró más temprano. A vos no te gusta mucho ese papi. Es un señor raro, pensás, se le nota en el trato. Como si andara a las escondidas de un secreto sinestro. Es todo lo contrario a su hija que, no bien llegan al taller, a vos te presenta con una curiosa energía.
—Papi, papi. Él es Abel, mi supercompañerito. Te acordás que te dije que blablablá…
Ese contraste de emociones, Abel, a vos te acerca a otro tipo de miedo. Uno que se refuerza acaso por la manera en que el papi te mira, acaso por el modo en que enseguida te ignora y a continuación te vuelve a mirar. O porque ni se gasta en devolverte el saludo que vos, como chico educado, le ofrecés. De hecho, el papi no dice casi nada, ni a vos ni a Carmina. Apenas un «Que disfruten», que esboza sin una sonrisa. Luego, les da la espalda y vuelve, casi apurado, a su trabajo de engrasar motores. Como quien ha cometido un crimen y rápidamente quiere olvidar.
Ahora, Abel, vos estás solo con Carmina. Y el estar a solas con una niña en su propia casa te pone nervioso. Tan nervioso como puede ponerse un nene a los 11. Te acomete ese zonzo temor a decepcionarla, sin saber bien en qué, por qué. Ella, al igual que vos –o es mejor decir: por el contrario– se muestra, a su modo, alterada. Porque sus impulsos son distintos, son casi los de una adulta apremiada. Tienen esa mezcla de solemnidad e inocencia que a vos, Abel, te obligan a fingir interés para evitar que la chica se ofenda. Esto es aburrido, pensás. Pero Carmina, como si cumpliera un rito te enseña la casa, luminosa como su pelo rojo, aunque también oscura en su inmensidad de tiempos y espacios tomados.
El tour es práctico y sin condiciones, al igual que una vendedora mostraría el lugar donde pronto el comprador va a vivir. Y por qué me tendría que mostrar toda su casa, pensás vos, mientras la seguís por los distintos ambientes que desembocan, muy pronto, en la cocina. El lugar en donde tienen que estar. Luego, ya están sentados y las facturas y el chocolate se devoran con rapidez, porque Carmina –al sentarse frente a vos– te ha exigido que apuren la merienda, que aún tiene que mostrarte lo más importante. Y qué será, pensás, mientras advertís que hay entusiasmo en su exigencia, pero también misterio. Y algo como temor.
Pronto, la merienda con Carmina es historia pasada. Ya en su cuarto, la nena de pelo rojo te enseña sus autos y sus muñecas. Vos preferís esos soldaditos de plomo que parecen observar, como vigilando, desde arriba de una repisa. Y se los pedís prestado. Ah, no, te dice Carmina, en un tono apagado, como de susurro. Esos son de Amodeo. Esos no se pueden. El nombre, o la manera en que ella lo pronuncia, te produce algo así como intranquilidad. Quién es Amodeo, le preguntás. Carmina parece esconderse, mira una pared. Mi hermano, supongo, te responde con aire distraído. Supongo, le preguntás contrariado. Cómo que supongo. Y le revalidás la primera pregunta. Quién es Amodeo.
Ante tu insistencia, Carmina se inquieta, lo notás. Y también notás que ella lo disimula haciéndose la graciosa. No preguntés por Amodeo, le hace decir a una de sus muñecas. Amodeo es el puro mal. Pero a vos, Abel, no te hace gracia la mímica ni el chiste. Te pone aún más intranquilo. Y se lo decís casi con rabia. No me parece gracioso eso. Carmina no entiende tu enojo. Te mira entre ausente y sorprendida. Y luego insiste con hablarte a través de su muñeca. Yo soy Ruca y te quiero besar, le hace decirte. En el momento en que te la acerca, Abel, vos la notás: Ruca te exhibe una expresión horrible. La boca muy abierta, los ojos retorcidos, la espantosa tensión de los músculos faciales. Como si, al instante de ser fabricada, la muñeca hubiera visto o padecido cosas horripilantes. Y a vos, de pronto y en una descarga, una muela te empieza a doler. A puntadas, tu dolor.
Pero como toda niña, Carmina pronto te cambia las reglas. Vení, Abel, te dice. Te dije que tenía que mostrarte algo. Y como a todo niño, Abel, a vos esa nueva invitación, o la manera en que te la dice, te hace olvidar las malas bromas. Y cuando Carmina sale de esa pieza para entrar en otra, donde hay una biblioteca, ahí ya estás vos, curioso, expectante, viendo cómo los libros se apilan como tablas hasta casi el techo. La chica te va pasando algunos títulos, Cumbres borrascosas, Noches blancas, Madame Bovary... que vos devolvés rápido porque te son indiferentes. No tenés historietas, le vas a preguntar, justo en el instante en que ella te pone en mano un libraco de tapa dura y de rojo sucio, como de vino seco. El libro no es del todo desagradable: promete cuentos de terror. A pesar de tu resquemor, comenzás a hojearlo y lo notás plagado de palabras horrorosas. Pero lo peor son los dibujos dementes que ilustran su interior.
—Es el favorito de Amodeo —te dice Carmina. O quizás peor, te lo dice a través de la voz deforme de Ruca. Y al escucharla, a vos, Abel, la mano se te plaga de malas picaduras.
—Por qué tenés este libro —le decís, de nuevo nervioso, intranquilo.
—No es mío, es de Amodeo —te repite la muñeca—. Se lo habrá olvidado anoche.
Antes de que le vuelvas a preguntar quién es Amodeo, la muñeca comienza a reírse en un tono chillón. Irritado y más nervioso, querés decirle a Carmina que la corte con esas bromas de ventrílocuos. Pero en sus manos, Abel, ves que ella sostiene una revista de Clemente. La muñeca parlante está allá arriba, muy en lo alto, inalcanzable. Y desde esa altura parece como leer y carcajear, como cuando alguien encarna un cuento de fantasmas.
De pronto, Abel, querés gritar. Pero la boca se te llena de desierto. Y enseguida, el libro rojo se te cae de las manos y se abre. Aterrado por el ruido a huesos en su lomo, ves cómo las hojas se pasan unas a otras debido a un repentino viento. Todas las páginas están en blanco y, sin embargo, se puede leer una palabra. Una sola, nítida, descomunal: Alarido. Y luego es un alarido el que te exige alzar el libro. Pero vos, Abel, ya no te atrevés a levantarlo. No te atrevés a tocar nada más. Solo querés irte a tu casa. Al retroceder, presentís el mareo, la lengua seca, la náusea, el hormigueo de pies. Todo eso que te pasa cuando ponés a tu sistema demasiado nervioso, demasiado bajo presión.
—En serio, Carmina, no tenés soldaditos —preguntás casi al aire, la voz quebrada. Y te apurás a agregarle—: si no tenés, me voy. Me estoy aburriendo acá.
Carmina se desespera.
—Pará, no te vayas —te susurra—. No te podés ir si él no quiere.
Como si esas palabras tuvieran el poder del que está pero no se percibe, vos sentís como si garras viscosas se te envolvieran de brazos, piernas, cuello, cintura. Y te arrastran, te llevan contra la pared. Ante tu horror, Abel, menos que gritar comprendés que no podés emitir sonido alguno. Luchás en silencio, de manera inútil, y tus ojos se hinchan en una masa histérica que pide ayuda a gritos ciegos. Pero Carmina te devuelve una mirada fría, distante. No parece que vaya a ayudarte. O tal vez haga lo único que puede hacer. Buscar una piedad inexplicable.
—Quedate quieto, Abel —te sugiere ella—. Le voy a preguntar.
Y también, ahora compungida y culpable:
—Haré todo lo posible porque te deje.
En tanto a vos, Abel, el mudo dolor te invade de manera desesperante. Aunque Carmina, por darte la espalda, sea incapaz de percibirlo, de percibirte. Porque ahora se arrodilla en una esquina de cara a la pared. Y se dobla de cuerpo hacia un huequito. Y en tu inmovilidad y silencio, Abel, apenas la podés escuchar, sin embargo aún la escuchás: Carmina habla como en otro idioma, en otras lenguas más retorcidas que tu cuerpo agarrotado. Y ya es suficiente: en un esfuerzo descomunal, te girás para irte. Pero ya es imposible: la muñeca lectora está ahora sentada a la puerta, como trabándola. Y te mira seria, con ojos espantosos. Ruca te sonríe. Y luego, la mano en el hombro te estremece. Gritás. Como una chica, gritás.
—Qué te pasa, Abel —te pregunta Carmina. Y vos ves, horrorizado, que un soldadito alemán sangra en su puño. Y tiene esa misma expresión desfigurada en el rostro.
—Qué mierda es eso —exclamás ya por completo descompuesto—. Qué mierda es todo esto.
—Tu soldadito, te lo presta Amodeo —te dice ella muy seria. Y mirándote como con dolor:
—Pero vos, Abel, tenés que darle algo también.
Es el momento en que la fuerza te agarra, te estruja, te comienza a moldear como a un muñequito de hule. Y vos, Abel, a partir de entonces te vas retorciendo en poses imposibles, como de paquete comprimido en vos mismo. Carmina te mira retorcerte, endurecerte en brutales contorsiones, a base de ruido de médulas, de huesos, de cartílagos.
—Perdón, Abel, te dice la chica de pelo rojo, como de infierno–. No tenía que haberte traído. Pero me gusta tomar la leche acompañada. Y mamá tiene razón. Cuando Amodeo te ve, ya es tarde. Perdón.
Enseguida, Abel, a vos la nariz, la boca, los oídos, te comienzan a sangrar. Profusa, brillante, escandalosa la sangre. Como cuando el alma pugna por salirse del cuerpo. Y luego, lo sentís en carne propia. Los músculos se te empiezan a endurecer y, al querer gritar de espanto y dolor, el rostro todo se te vuelve de piedra, cada nervio se te desbarata y la boca se te abre en dimensiones imposibles, como si deseara tragarse de un solo bocado el horror entero del mundo.
Seguramente, Abel, vos no te habrás enterado de lo que pasó después. Y acaso tampoco importe. Pero con la dulce Carmina te dejaremos saber que Amodeo tiene un nuevo muñeco: así lo contó Carmina en la mesa. Y eso fue todo. El silencio escandaloso de sus padres y la lógica plegaria previa a la cena cerraron, definitivamente, la conversación.















