TikTok no duerme. Mientras la mayoría apaga el celular, hay transmisiones en vivo que continúan activas a las dos o tres de la madrugada, con cientos —a veces miles— de personas conectadas. No están ahí para ver bailes ni tendencias virales. Están comprando, creyendo, pagando y buscando respuestas.

En ese espacio digital existe una economía paralela que no aparece en estadísticas oficiales ni en informes financieros, pero que mueve cantidades de dinero sorprendentes. Una economía informal, emocional y completamente visible, aunque poco observada.

Una economía que no pasa por la caja registradora

En los en vivos ocurre de todo. Personas que leen cartas, hacen limpiezas energéticas, ofrecen amarres amorosos, retornos de pareja o “trabajos” espirituales personalizados. Otras enseñan oficios: cómo poner pestañas, diseñar cejas, maquillar, hacer uñas, vender productos o iniciar pequeños negocios desde casa.

La dinámica se repite: durante la transmisión, el creador fija su número de WhatsApp, enlaces de pago y precios. No hay intermediarios ni plataformas externas que regulen el servicio. El dinero fluye de forma directa, inmediata y constante.

Lo más impactante son las cifras. Hay vivos en donde se ofrecen servicios espirituales que cuestan desde unos cuantos cientos hasta unos 15 mil pesos por persona. Y hay quienes lo pagan.

Más allá de la monetización oficial

TikTok ofrece monetización por visualizaciones, regalos virtuales o suscripciones, pero esta economía va mucho más allá. Es dinero que se mueve fuera de la plataforma, en acuerdos privados, transferencias, depósitos y pagos directos.

Para muchas personas, esta es su fuente principal de ingresos. No es un ingreso extra ni un pasatiempo. Es su trabajo diario. Pagan renta, comida, servicios y sostienen a sus familias con lo que generan en estos espacios digitales.

Ya no se trata del comercio informal tradicional, ubicado en mercados o tianguis. Es la economía informal digital, mucho más difícil de rastrear y regular.

¿Por qué la gente cree y paga?

Reducir este fenómeno a ingenuidad sería simplista. La realidad es más compleja. Muchas personas que pagan estos servicios lo hacen desde la vulnerabilidad emocional: rupturas, duelos, soledad, ansiedad, miedo al abandono o al fracaso.

No es casual que gran parte de estos vivos tengan más audiencia de madrugada. Son horarios de insomnio, de pensamientos circulares, de silencios incómodos. La pantalla se convierte en compañía y la promesa, en consuelo.

Cuando alguien ofrece certezas absolutas —“va a regresar”, “esto sí funciona”, “tu energía va a cambiar”—, la esperanza se vuelve un producto extremadamente rentable.

Testimonios que legitiman

En los comentarios aparecen personas que aseguran haber tenido resultados positivos. Cuentan experiencias, recomiendan, validan. Esa retroalimentación crea un sistema de confianza colectiva que refuerza la creencia y normaliza el gasto.

No hay comprobación objetiva, pero sí una narrativa compartida: si a otros les funcionó, puede funcionar también para mí.

La fe, en este contexto, deja de ser íntima y se transforma en transacción.

Febrero: cuando la esperanza cotiza más alto

Febrero no es un mes cualquiera dentro de esta economía invisible. El Día del Amor y la Amistad funciona como un acelerador emocional. Las rupturas pesan más, la soledad se siente con mayor intensidad y la presión social por “no estar solo” se vuelve omnipresente en redes, publicidades y conversaciones cotidianas.

En estas fechas, los vivos vinculados al amor multiplican su audiencia. Promesas de regreso de pareja, reconciliaciones, “amarres definitivos”, desbloqueos emocionales y rituales personalizados encuentran un terreno fértil. No es casualidad: cuando el calendario insiste en celebrar el vínculo, la ausencia se vuelve más dolorosa.

Para muchas personas, pagar no es solo adquirir un servicio, sino intentar llegar acompañadas a una fecha simbólica, evitar el vacío de un 14 de febrero sin mensajes, sin flores, sin alguien del otro lado de la pantalla.

El amor, en este contexto, deja de ser solo una emoción y se convierte en una urgencia. Y toda urgencia, en el mercado digital, tiene precio.

Entre el autoempleo y el vacío legal

No todo lo que ocurre en TikTok es cuestionable. Muchos vivos cumplen una función real de capacitación. Mujeres y hombres aprendiendo oficios, técnicas, herramientas que les permiten generar ingresos sin depender de empleos formales que nunca llegaron.

TikTok ha democratizado el acceso al conocimiento práctico y ha abierto oportunidades donde antes no existían.

Sin embargo, cuando se venden soluciones emocionales o espirituales sin responsabilidad, sin límites y sin respaldo, la línea ética se vuelve difusa. ¿Es emprendimiento o es aprovechamiento de la vulnerabilidad?

¿Quién regula esta economía?

Aquí surge la gran pregunta. TikTok modera contenido, pero no regula acuerdos económicos externos. Las autoridades fiscales no vigilan transmisiones nocturnas ni pagos individuales por servicios intangibles.

No hay contratos, facturas ni garantías. Tampoco mecanismos claros de protección para el consumidor digital. Todo ocurre en un terreno gris, donde la responsabilidad se diluye.

La regulación no solo es un asunto legal, sino social y cultural. Porque esta economía existe y crece sin que nadie la observe de frente.

Una sociedad conectada, pero sola

Quizá lo más inquietante no es el dinero que se mueve, sino lo que revela sobre nuestra sociedad. Personas que, en plena era de la hiperconectividad, se sienten profundamente solas. Que buscan respuestas en desconocidos porque no confían en instituciones, procesos largos o apoyos tradicionales.

La pantalla se convierte en refugio. El vivo, en confesionario. El pago, en acto de fe.

TikTok no creó esta realidad. Solo la amplificó, la hizo visible y, sobre todo, rentable.

Lo que dice esta economía de nosotros

Esta economía invisible habla de precariedad, pero también de creatividad. De abandono institucional, pero también de adaptación. De necesidad, pero también de esperanza.

Mientras no se observe con seriedad, seguirá creciendo en los márgenes, sin reglas claras y sin reflexión colectiva.

Porque detrás de cada pago, hay una historia. Y detrás de cada en vivo, una sociedad buscando algo en lo que creer.