La educación de las nuevas generaciones históricamente ha planteado una serie de desafíos que fueron abordados de distintas maneras por cada sociedad. Y la actualidad nos encuentra nuevamente en una encrucijada. El rápido avance de las nuevas tecnologías y los modos de subjetivación actuales requieren una reflexión profunda que atienda a este asunto en toda su complejidad.
La educación en la era de la distracción
El mundo contemporáneo encuentra en el cambio y la transformación algo constante, y la educación es un campo que no escapa de esta premisa. Hoy en día, en el aula de las instituciones educativas a nivel mundial se produce un entrecruzamiento de tensiones que oscilan entre el cambio y la tradición, entre lo analógico y lo digital, entre una apuesta por acompañar esos cambios y el riesgo de caer en prácticas superficiales de incorporación de las nuevas herramientas sin un sentido pedagógico claro. Frente a este escenario, docentes y familias se preguntan: ¿Qué significa aprender en un mundo hiperconectado? ¿Qué saberes son relevantes? ¿Cómo contribuir a formar sujetos sociales capaces de comprender la realidad en la que viven y de pensar críticamente en un contexto de hiperabundancia de información, falta de atención y algoritmos que sesgan nuestra percepción de la realidad?
De todo el gran abanico de desafíos que encuentra la educación en la actualidad, nos detendremos aquí en dos que consideramos de especial relevancia: la disputa sobre el lugar de los teléfonos celulares en la escuela y lo que se está denominando en estos días como una nueva forma de desigualdad en un contexto de hiperestimulación del cerebro con audiovisuales cada vez más breves, caracteres limitados y el scroll que lleva a niños y adultos a saltar de publicación en publicación y de tema en tema sin que medie pensamiento o reflexión alguna. Esto es: la capacidad cada vez menos frecuente en la población de leer un texto relativamente extenso de forma paciente, profunda, y que derive en la comprensión de lo leído.
El uso de los celulares en la escuela
En los últimos años, los gobiernos de diferentes países han tomado decisiones en materia del uso de los teléfonos celulares en distintos espacios de la escuela. En este sentido, Francia prohibió en 2018 el uso de los teléfonos celulares en las aulas y dispuso que los estudiantes debían apagar sus dispositivos durante el horario escolar. Recientemente, el Estado francés dio paso a una nueva iniciativa que dispone la obligatoriedad de que los celulares estén guardados en las mochilas de los estudiantes o en los lockers de las instituciones educativas durante la totalidad de la jornada escolar. Según Élisabeth Borne, Ministra de Educación del Estado Francés, el uso de las pantallas tiene numerosos efectos nocivos y, por ello, sostiene que la promoción de una suerte de “pausa digital” contribuirá al bienestar y el éxito escolar de los niños y niñas.
Estados Unidos, así como en varios países de Europa, Asia y Australia, se encuentran evaluando la implementación de iniciativas similares. En Madrid, por ejemplo, se dispuso que a partir del próximo año escolar no se podrán utilizar dispositivos digitales de forma individual, aunque sí en trabajos grupales. En el caso de Inglaterra, al menos un 90% de las escuelas han tomado alguna medida para restringir el uso de teléfonos celulares en esos ámbitos. Según Bridget Philipson, Secretaria de Educación del Reino Unido, el enfoque adoptado por el gobierno de respaldar a los directores de las instituciones “para que implementen prohibiciones en sus escuelas está funcionando”.
En Argentina, este es un tema constantemente discutido en jornadas escolares, salas docentes y reuniones con estudiantes y familias. De él se deriva toda una serie de problemas que se ven reflejados en la convivencia cotidiana al interior de las instituciones educativas y de efectos que aún no se terminan de ver, pero que la ciencia ya se encuentra midiendo en investigaciones sobre la atención y la capacidad de procesamiento cerebral en estas épocas. Las disposiciones que han comenzado a tomarse a nivel global apuntan no sólo a reducir las distracciones de los y las estudiantes, sino también a lograr el fortalecimiento de los vínculos al interior de las escuelas y a volver a aspirar a un aprendizaje significativo de los contenidos impartidos.
Las nuevas desigualdades
Desde hace un tiempo, se ha comenzado a hablar de una nueva forma de desigualdad derivada del uso excesivo de pantallas: varios pensadores y pensadoras sostienen que, en este mundo en el que vivimos, la capacidad de leer y comprender textos complejos es un nuevo marcador de desigualdad social. La última prueba PISA (Programme for International Student Assessment; OCDE, 2022) reveló una caída de la comprensión lectora a nivel global. En América Latina y el Caribe, “tres de cada cuatro estudiantes no alcanzan las competencias mínimas en Matemáticas (...), 55% no cuenta con habilidades básicas de Lectura y 57% de Ciencias”1. Las mayores dificultades recaen en la capacidad para comprender e interpretar la información leída. Según la UNESCO, esta tendencia amenaza con profundizar la exclusión, pues, actualmente, la alfabetización ya no es solamente saber leer, sino que apunta a la capacidad de pensar crítica y analíticamente a partir de lo leído.
Maryanne Wolf, autora de Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World (2018), advierte que la lectura digital fomenta hábitos de consumo rápido y fragmentado, lo que debilita la “lectura profunda” que activa la empatía, la imaginación, la autorreflexión y el pensamiento crítico. Además, en este último tiempo, especialistas en procesamiento cerebral afirman que la lectura de una pantalla empeora la memoria y la capacidad de secuenciar la información. Según Wolf, la lectura de un dispositivo digital es un proceso profundamente diferente, a nivel cognitivo, del acceso a una composición densa y compleja de los textos analógicos, los que exigen un esfuerzo y recompensas mucho mayores.
En la misma línea, estudios de la Universidad de Stanford muestran que la lectura digital deriva en una menor retención de las ideas del texto y comprensión de contenidos complejos. En este mismo sentido, investigaciones publicadas en el año 2013 sostienen que la lectura de textos extensos en formato impreso contribuye a la memoria a largo plazo y a la comprensión profunda. La linealidad y materialidad del papel favorecen la construcción de mapas mentales más estables que la lectura fragmentada de las pantallas de los dispositivos electrónicos.
¿Qué mundo queremos?
Los debates que hemos presentado en pocas líneas más arriba en este texto tienen a la base un desafío fundamental: el de lograr captar y sostener la atención durante un lapso de tiempo sostenido en pos de la aprehensión profunda y significativa de ideas y conceptos. La capacidad de concentrarse, escuchar, sostener la atención, seguir escuchando, quizás aburrirse por un momento y volver al texto, resistir e intentar aprehender esos contenidos en el análisis de situaciones cotidianas que suceden a nuestro alrededor es uno de los mayores desafíos en estos tiempos.
En un mundo que bombardea a niños, niñas, jóvenes y adultos con contenidos que prometen placer inmediato a cambio de –casi– nada, silenciar el teléfono, desconectarse y permitirse habitar el tiempo y el silencio es un acto de resistencia. Se trata de poder pausar los estímulos y salirse de la vorágine cotidiana al menos por un rato. Y de este escenario, por supuesto, no escapa la escuela. Por lo pronto, en los últimos años se han dado algunos signos a nivel internacional que dan cuenta de una creciente responsabilización de las instituciones educativas por el uso desmedido de los dispositivos digitales en sus espacios de aprendizaje.
Las escuelas deben hacer verdadero honor al compromiso asumido y orientarse a la formación de sujetos sociales empáticos y capaces de comprender lo que leen y de pensar críticamente. Ese ha de ser, sin lugar a dudas, el norte de la educación de este siglo.















