Las estrellas se acercarían a nosotros si las llamáramos por su nombre…
(Erin Morgenstern)
En el principio de los tiempos –cuando la Eternidad dejó de hablar y comenzamos nosotros a hablar por ella, y lejos de ser un objeto de estudio para la astronomía, la bóveda estrellada fue una fuente inagotable de mitologías, leyendas e historias…– el relato mítico ordenaba el cielo y el cielo generaba los mitos para que el ojo del Hombre –con sus miedos y anhelos– tomaran alguna clase de forma. No hubo en el Hombre original nada que se pareciera a una intención científica como la encaramos hoy, por lo menos… o si la había, estaba misturada con arte y espíritu religioso... un pensamiento mágico universalista.
Los objetos celestes en sí mismos eran, antes de ser un objeto de estudio, un libro que se abría cada noche para darnos una visión de nosotros mismos a través de la libre interpretación de lo que en él se veía. Entendemos que las mitologías celestiales han servido para traducir el espíritu del corazón humano a otro lenguaje. Un lenguaje que inauguró y dinamizó rincones afectivos de la mente recién formada. Nuestro yo sólo puede decir –lo que significa que no puede ser dicho– sencillamente porque él es la fuente de todo lenguaje y consciencia de sí mismo. El yo es mudo respecto de sí: mudo, ciego y sordo: sólo existe en la ilusión del espejo, tal como lo entendía el sociólogo estadounidense Charles Horton Cooley: el yo de cada uno nace en el reflejo del otro (como hemos visto en nuestro artículo “Espejos: el símbolo del simbolismo”1).
De modo que los diferentes lenguajes de la Naturaleza se desplegaron ante nuestros sentidos como metáfora de un yo siempre tiránico y siempre moribundo, que molesta desde su rincón inexistente en el Palacio de la Mente. El yo no sabe que no existe y por esa causa es molesto: porque es absolutamente ineficiente: no nos deja volar sin indicarnos antes caminos ficticios y destinos ilusorios que nos distraen del camino único y verdadero, en donde nos está esperando el prójimo al que hay que amar para encontrar la unidad de la que naceremos como un nuevo “yo soy”. Así, los mitos celestiales –y los de la Naturaleza toda– han sido leídos para identificar en ellos el corazón del Hombre que se refugia en su poema liminal, siguiendo el proceso inconsciente de proyectar en el cielo sus fantasías más íntimas. Dijo el filósofo Gastón Bachelard acerca de las constelaciones zodiacales: “El zodíaco es el test de Rorschach de una humanidad niña”.
Sobre este tapiz del firmamento están bordados los mil y un misterios del corazón humano y del alma de su civilización. En el cielo no se proyectan palabras o definiciones: se proyectan nuestras metáforas internas, las cuales nos habitan desde siempre. Se proyecta el poema de cada uno, aunque no conozcamos a las estrellas y sus constelaciones, ni sepamos leer los atlas astronómicos, el Hombre mantiene siempre hambre de cielo. Aunque para la mayoría de los neófitos apenas se identifiquen alguna de las constelaciones “fáciles” de ver como es la Cruz del Sur, Orión, La Osa Menor o Escorpio y algunos asterismos (agrupamientos estelares reconocibles popularmente pero que no son constelaciones) como lo son Las Tres Marías o las Pléyades, la Galaxia boreal Andrómeda y las australes Nubes de Magallanes… aunque no pasemos de ese límite, vemos, en el cielo nocturno, un lugar tan mudo como dicente, un decir de pura imaginación que, en el fondo, no será del todo nuestra, sino que será nacida de nuestro más hondo vínculo con lo universal y con todo lo de humano que haya en el abismo del Cosmos.
Cada noche, ese negro palacio de estrellas nos espera. Y en esa distancia, llena de nuestra extraña presencia, nos hundimos con la mirada… pero no nos perderemos si sabemos asirnos de aquellos mensajes que se esconden en y entre las constelaciones. Es el Universo el que imagina ese cielo a nuestro través como guía coevolutiva: el Universo nos devuelve, en su diálogo con nosotros, imágenes de su (nuestra) mente absoluta para que reconozcamos nuestra intrínseca libertad creativa. Un cielo elemental, total, desnudo, tendido a nuestra mirada y a nuestra soledad para que dispongamos entre sus estrellas las constelaciones que se imaginaran en nuestros sueños más antiguos. Sueños de una especie a la que le cuesta deshacerse de la condena de un yo limitante, pero que conforman un caleidoscopio de eternidades para todos aquellos que recapacitan que dentro de apenas cien años, ni el que esto escribe ni el que esto lee, vamos a estar vivos.
Los habitantes
El cielo nocturno libre de luces urbanas, humos, nubes o resplandor lunar es un mundo heteróclito lleno de objetos: triángulos, caballetes, sextantes, cálices, niveles de albañilería, brújulas, compases, una balanza, una lira, una flecha. Pero también el cielo estático se llena, a lo largo del año, con una cabellera, con coronas, animales fabulosos y un navío que aún comandan Jasón y sus argonautas, yendo en su aventura por el Vellocino de Oro que le robaran a Aries.
También habitan la bóveda celeste animales como una abeja, una mosca, dos perros, un cuervo, un camaleón, una jirafa, una paloma, un león, una serpiente, una liebre... Entremezclados todos con personajes míticos como un unicornio, monstruosos dragones, hidras, centauros, caballos alados y héroes…
Y volvemos a Bachelard: somos ante ese cielo, soñadores semiconscientes: “El soñador de ensoñaciones conserva bastante consciencia como para llegar a decir: soy yo el que sueña la ensoñación, el que está feliz de soñarla, el que está feliz del ocio en el que ya no tiene la obligación de pensar”. El cielo nocturno es un bálsamo para el alma que se reencuentra, mirando hacia arriba, con las miradas protectoras de papá y mamá que alguna vez descendieron hacia nuestra estatura de niños…
Para los psicólogos y los hermetistas (más emparentados de lo que muchos quisieran reconocer) las constelaciones representan divinizaciones genéricas que son, de últimas, testimonio de una realidad mágica evaginada y poéticamente organizada. Son imágenes elementales de “fuerzas” psíquicas proyectadas antiguamente en el cielo y que allí se quedaron a vivir… aunque también calaron en el corazón del Hombre. Incluso presentes en sus proyecciones mitológicas modernas, especialmente en las estrellas y constelaciones australes –invisibles desde el Norte– cuyos nombres refieren, en muchos casos, al instrumental naviero y a la fauna descubierta por los viajes europeos al hemisferio Sur.
Se reconocen reproducciones prehistóricas de Tauro y las Pléyades en la cueva de Lascaux, en Dordoña, Francia, basándose en el cúmulo abierto de las Híades, donde se sitúa la estrella anaranjada Aldebarán: el ojo inyectado en sangre del toro… aunque se sabe que es una estrella que no pertenece a las Híades sino que está cruzándola desde nuestra perspectiva. Otras representaciones prehistóricas aluden al agrupamiento de la actual Orión.
Ya en el s. XII muchas constelaciones europeas tenían los actuales nombres. Beda el Venerable, astrólogo y primer enciclopedista inglés, –precursor de la reforma del calendario juliano–, trabajó desde la astrología, a la que tomó como una expresión viva del paganismo grecolatino analizando cómo se fueron infiltrando en los monasterios los conceptos astrológicos, intentando, como contramedida, cristianizar la astrología sin haber modificado sustancialmente las formas de las constelaciones.
No obstante, Beda propuso reemplazar los nombres paganos de las constelaciones (y especialmente de los signos zodiacales) por nombres sacados de la Biblia: nombrar, por ejemplo, a los doce signos del zodíaco como los doce apóstoles: Aries sería San Pedro, Tauro era San Andrés, etc. También cambiaba los nombres de algunas constelaciones: la Lira sería el “Pesebre de Jesucristo”, Andrómeda “El Sepulcro”, al Gran Perro (Canis Majoris) sería “David” y Hércules sería la constelación de “Los Magos”. No obstante, su iniciativa nunca prosperó: el Universo decía sus decires e impone a la mente sus reglas del decir (que el yo siempre desafía absurdamente). De hecho, siempre hubo numerosos intentos de cristianizar los nombres de las constelaciones inspirándose en los intentos de Beda e, incluso, asociando los nuevos nombres a estudios astronómicos.
El conflicto entre estas intenciones astrológicas y astronómicas se daba porque el astrólogo sostenía, por ejemplo, que Marte tiene ese nombre porque su influencia astrológica nace desde su condición de dios y, de hecho, muchos creen que el mito de Marte es una poetización de datos astrológicos, verificables a través de la horoscopía. Para el pensamiento astronómico, en cambio, este nombre podía haber sido aplicado a cualquier otro planeta del sistema solar, aunque su color rojizo en el cielo invita a asociar términos como “guerra” y “sangre”.
La propuesta de Beda, sin embargo, era, en el fondo, astrológica: él no aplicaba los nombres cristianos al azar: consideraba antes la influencia astrológica de cada carácter del personaje o episodio bíblico a los que referían las constelaciones. Es de notar, por otra parte, que fueron variadas las corrientes míticas que coagularon en agrupaciones de estrellas. Así tenemos el ejemplo de las Tres Marías –el asterismo de “el cinturón de Orión” griego– que hacían referencia a María de Magdala, María Salomé y María de Cleofás… aunque también se refirieron a ese asterismo como las Marías de Magdala, de Cleofás y de Betania, y otras veces fueron llamadas, simplemente, “Las Tres Señoras”.
En algunos casos, incluso, Beda no tuvo nada que ver en la asignación de nombres bíblicos. Entre los griegos, por su lado, Orión era un gigante cazador nacido de los orines (de ahí su nombre) de un anciano que (beneficiado por Zeus, Hermes y Hefestos) orinó durante 9 meses sobre un cuero de toro y de allí nació el niño, ya que el anciano quería mantenerse célibe pero al mismo tiempo ansiaba tener un hijo. El color dorado de la orina la volvía especial en la simbología y explica parte del rumbo de este mito.
El cazador resultante tenía por lo menos un atributo extraño a su supuesto oficio de cazador: un arco de estrellas que oficia de escudo enfrentando a Tauro. Es más: antiguas representaciones escultóricas lo representan directamente como un guerrero armado de espada, escudo y armadura. Bellatrix –la guerrera– es una de las estrellas que rodean a las Tres Marías, sosteniendo el escudo, mientras Betelgeuse sostiene, en general, un mazo y, según otras representaciones, una espada.
La constelación de Orión fue, entre los antiguos Hebreos, Nemrod hijo de Kush, hijo de Cam, hijo de Noé, y rey, según el Génesis, de la tierra de Sinnar, en Mesopotamia. Curiosamente, Nemrod fue también un poderoso cazador amado por Jehová, lo que lo acerca al Orión cazador griego. También fue Marduk: el “ternero del sol” babilonio, asociado al orden, la justicia, la curación y el gobierno de cielo y tierra, y fue Osiris entre los egipcios, demarcando el camino del Duat hacia la divinización de los Hombres. Entre los Incas, Orión fue un mapa celestial de su propio imperio: el cuadrilátero de estrellas que rodean a las Tres Marías, las mencionadas Betelgeuse y Bellatrix al norte y Saiph y Rigel al sur, representando los cuatro “suyos” (en quechua: “regiones”) en los que se dividía el imperio andino.
Las tres estrellas del Cinturón se llaman hoy Alnilak, Alnitak y Mintaka: nombres árabes, como los de la mayoría de las estrellas. Alnitak está sobre el ecuador celeste reforzando así la idea del mapa imperial, ya que éste se extendía a ambos hemisferios del ecuador terrestre y entre los Andes y el Pacífico.
Algunas constelaciones fueron desmanteladas para fines científicos como la gigantesca “Argo Navis” (la nave de Jasón y los Argonautas) que fue fraccionada en Carina (quilla), Vela y Puppis (Popa). Las historias de las constelaciones más antiguas y sus cambios sólo quedaron en registros gráficos, quedando algunos restos de antiguas constelaciones hoy extintas, como es el caso de Cáncer, cuyas dos estrellas principales son “Burro del Norte” y “Burro del Sur”, herencia de alguna antigua constelación ya perdida: seguramente un Pesebre. Otra que quedó modificada por la ciencia astronómica fue Escorpio, cuyas pinzas quedaron en Libra.
De las 88 constelaciones oficiales (y donde la Cruz del Sur es la más pequeña), la única dividida en dos es Serpens o La Serpiente, dividida en Serpens Cauda (la cola, al Norte) y Serpens Caput (la cabeza al Sur, acercándose peligrosamente a Virgo). Aparece como estando detrás de “Ofiuco” o “El Serpentario”, siempre de espaldas y quien, se descuenta, está luchando contra la serpiente. Lo interesante es que uno de sus pies está sobre uno de los tres Caballeros Blancos, Sagitario junto a San José –hoy Boötes o el Boyero– y el Centauro, siendo los tres defensores de Virgo.
Ya vimos en los artículos “Simbolismo zodiacal y la puerta de los dioses”2 y “Simbolismo zodiacal y la puerta de los hombres”3 los diferentes simbolismos asociados a los signos zodiacales y sobre el Serpentario, dijimos que al apoyarse en Sagitario, “El Flechador”, representaba la opción del Bien. De hecho, su flecha apunta a Escorpio, representante del Mal, mientras que el otro pie del Serpentario se apoya, precisamente, sobre Escorpio. ¿Quién ganará en esta lucha entre el Bien y el Mal, representada por Ofiuco? Ese resultado dependerá de si el Serpentario –modelo del ser humano– se decide por seguir el camino correcto o simplemente chocará contra los muros de un Universo de implacable legislación. Tampoco hay que olvidar que el centro galáctico está entre Sagitario y Escorpio, lo que termina dándole al conjunto una trascendencia simbólica y un saber que parece haberse borrado rápidamente entre las brumas históricas.
Desde la más remota antigüedad hasta el siglo XVIII en Occidente (y aún hoy por los astrólogos orientales) se utilizaban las constelaciones y sus estrellas fijas, interactuando con los signos del zodíaco, donde cada signo tiene su influencia particular. De hecho, la astrología hindú actual también es un sistema basado en las constelaciones zodiacales y sus influencias entre estrellas y seres humanos. Los astrólogos occidentales del s. XX suelen olvidar en sus exámenes horoscópicos considerar la influencia de las constelaciones por sobre la de los planetas, Sol o Luna. En la simbología china, por su lado, la constelación es un elemento fundamental de la interpretación, relacionado con el principio activo o “fuerza luminosa”, –yang– y con el segundo principio, de carácter pasivo o “fuerza tenebrosa” –yin–. La constelación, entonces, es símbolo del conjunto de relaciones y lazos que pueden existir entre todas las realidades de este mundo y entre todos los mundos que viven en estas realidades.
El caso chino
Las constelaciones chinas son 31, compiladas, a su vez, en Tres Recintos (三垣 san yuán) y Veintiocho Casas (二十八宿 el shi ba xiù). Las Veintiocho Casas –del mes lunar– están en el plano de la eclíptica, equiparables a los 12 signos de zodíaco occidental. Estas Veintiocho Casas reciben a la luna en cada fase y suelen ser llamadas “palcos lunares”. Los Tres Encierros o Recintos y las Veintiocho Casas se reparten entre 283 asterismos. Cada estrella (星: xīng) tiene su asterismo e, incluso, algunos de los asterismos tienen sólo una estrella. Además, cada estrella recibe un nombre relacionando su asterismo y un número identificatorio.
Los recintos son el “Recinto del Púrpura Prohibido” (紫微垣, Zǐ Wēi Yuán) relacionado al cielo boreal; el “Recinto del Mercado Celestial” (天市垣, Tiān Shì Yuán) en la zona ecuatorial y el “Recinto del Palacio Supremo” (太微垣, Tài Wēi Yuán) que remite al cielo austral (“Supremo” porque el sol pasa por él). Los recintos están separados por asterismos llamados “muros”.
El Recinto del Púrpura Prohibido ocupa la zona más septentrional del cielo, considerado como el centro del cielo y, obviamente, contiene a Polaris, como centro de aquel centro, y con ella Draco, Camelopardalis (Jirafa, en su denominación antigua de “camello pardal”), Cefeo, Casiopea, Auriga, Boötes y partes de la Osa Mayor, Canes Venatici (los perros de caza), Leo Minor (el león pequeño) y Hércules. Mientras que el Recinto del Palacio Supremo abarca Virgo, Coma Berenices (la cabellera de Berenice) y Leo y algunas estrellas de Canes Venatici, Osa Mayor y, de vuelta, Leo Minor. El Recinto del Mercado Celestial incluye a Serpens, Ofiuco, Aquila y Corona Borealis y partes de Hércules.
Cada uno de los tres recintos está rodeado por dos asterismos “murales”, llamados 垣 yuán: “muro bajo o barda”, distintos de los “palcos lunares”, cuyos asterismos son “Murallas”. Estos recintos, a su vez, se dividen en: Púrpura Muralla Izquierda Prohibida 紫微左垣 (Casiopea - Cefeo - Draco); Púrpura Muralla Derecha Prohibida 紫微右垣 (Draco - Osa Mayor - Camelopardalis); Pared izquierda del Palacio Supremo 太微左垣 (Virgo - Coma Berenices); Muro Derecho del Palacio Supremo 太微右垣 (Leo - Virgo); Muro Izquierdo del Mercado Celestial 天市左垣 (Hércules - Serpens - Ofiuco - Aquila) y Muro Derecho del Mercado Celestial 天市右垣 (Serpens - Ofiuco - Hércules).
Como sea, el número de asterismos nunca llegó a ser estable. Mientras Claudio Ptolomeo en el siglo II tenía 1022 estrellas catalogadas en 48 constelaciones (hoy son 88), el mapa estelar de Suzhou del siglo XIII tiene 1565 estrellas en 283 asterismos; el Cheonsang Yeolcha Bunyajido (mapa estelar coreano del siglo XIV), tiene 1467 estrellas en 264 asterismos y el globo celeste realizado por el jesuita flamenco Ferdinand Verbiest para el emperador Kangxi, en 1673, tiene 1876 estrellas en 282 asterismos. A mediados del s. XVII se incluyeron las estrellas australes en los nuevos mapas celestes chinos.
Resulta imposible en nuestro contexto, enumerar y describir los mapas celestiales de cada civilización, pero es de notar el mismo ahínco por quitarle al cielo nocturno todo lo caótico que tiene a la vista desprevenida.
Para terminar
En la tradición eurasiática el sol atraviesa 13 constelaciones pero deja fuera una, recordando aquí y obviamente, a Ofiuco y el modo en que Judas de Iscaria deja el grupo para “entregar” (no para “traicionar”) al Cristo a la soldadesca romana y se cumpla, en este gesto, lo profetizado. Por su lado, los Mayas incluyeron las 13 estaciones astrales, aunque se evidencia la influencia eurasiática de donde provinieron los primeros pueblos nómades norteños: seguían el plano de la eclíptica y la división especial en 13 constelaciones (la astrología cristiana, lo repetimos, tenía también 13, aunque negando una). Pero entre los mayas había diferencias formales importantes, como lo es el complejo calendario cíclico, diferente del nuestro, que es lineal. En general, los mayas tenían al cielo fraccionado en constelaciones, una de las más conocidas era Orión, a la que llamaban “la Tortuga” (Ak-Ek), el renacimiento del dios desde el carapacho del animal. Las “Tres Marías” eran las tres brasas de un fogón cósmico (entre los aztecas eran los Mamalhuaztli o “los palos de fuego”).
El asterismo de las Pléyades (en Tauro) era una recua de pecaríes (tayasuidos: cerdos americanos), también era la cola de una serpiente de cascabel o el Tianquiztli: “el mercado”. La constelación del Escorpión (tal como aparece en el códice de París) se correspondía, obviamente, con Escorpio, aunque hubo tradiciones mesoamericanas que veían en Escorpio a una serpiente. Aries representaba algo así como un ocelote o kuc. Tauro era un búho o Kuh. Piscis se asocia a un murciélago (zotz) o a un esqueleto. Sagitario era una serpiente de cascabel (Chan) o un animal místico del tipo “pez-serpiente”. Capricornio era el jaguar (Balam). El cangrejo de Cáncer era un perro (Ok). Virgo era un pecarí (Chitam) y Libra un tiburón (Xoc). Recordamos, por último, que las grandes obras arquitectónicas de esos pueblos tenían estrecha relación con los sistemas de constelaciones a las cuales se referían y reverenciaban.
Las constelaciones de los pueblos australes –varias de ellas invisibles en el Norte– cuentan otras historias muy diferentes y, a veces, con estilos muy particulares: la Cruz del Sur es, para los araucanos, la pata de un ñandú (el talón y los tres dedos de la Rhea americana o avestruz sudamericano) y Alfa y Beta del Centauro son “las dos marías” o boleadora de dos piedras que un mítico cazador le está tirando todas las noches sin poderlo atrapar.
El diseño celestial maorí no se basa en grupos de estrellas como constelaciones en el mismo sentido que las occidentales, sino en el rescate de estrellas individuales y otros objetos celestes, que, aunque originadas en cuestiones mitológicas, perseguían fines prácticos como la navegación (kāpehu whetū) o la medición del tiempo: el maramataka o calendario lunar. El cúmulo estelar más importante es el de las Pléyades, llamadas Matariki. Su aparición en el cielo antes de la salida del sol durante los meses de invierno (junio/julio en el hemisferio sur) marca el Año Nuevo maorí: Te Tau Hou Māori. Matariki cuenta, entre los maoríes, no con siete sino con nueve estrellas, cada una con un significado específico:
Matariki: La estrella principal, que representa la reflexión, la esperanza y la salud. También se conecta con el bienestar y actúa como un presagio del año venidero.
Tupu-ā-nuku: ligada a cultivos.
Tupu-ā-rangi: Conectada con los alimentos y recursos que provienen del cielo, como aves y frutas.
Waitī: vinculada a las aguas dulces y sus alimentos (peces, crustáceos, etc.).
Waitā: Asociada con el océano y los alimentos marinos.
Waipuna-ā-rangi: relacionada con la lluvia y la humedad, que nutren la tierra.
Ururangi: Asociada con los vientos celestiales.
Pōhutukawa: conectada con el recuerdo de los seres queridos fallecidos desde la última aparición de Matariki y uniendo sus espíritus con las estrellas.
Hiwa-i-te-rangi: la estrella de los deseos para el año nuevo: esperanza y prosperidad.
Hay otros conceptos relacionados como Te Waka o Rangi o Canoa Celestial, que remite a la creencia de que las estrellas son una gran canoa o waka y donde Matariki es la estrella de la proa. Ranginui: o Padre Cielo, que es propiamente el cielo en la mitología maorí, esposo de Papatuānuku, o Madre Tierra. Aotearoa: es el nombre maorí para Nueva Zelanda, que a menudo se traduce como “Tierra de la nube blanca”, porque se cree que el cielo proveyó nubes para que los primeros maoríes descubrieran la isla. Y, de hecho, muchas tribus polinesias se guiaban en alta mar por alfa Boötes: la roja Arturo. Por último, tenemos a Te Tira o Tāwhirimātea, que es el principio teológico que afirma que las estrellas son los ojos de Tāwhirimātea, el dios de los caprichos climáticos.
De hecho, la observación de las estrellas era crucial para predecir si la próxima temporada sería fértil o pobre, basándose en el brillo y la claridad de cúmulos como Matariki… curiosamente, es la misma técnica de predicción usada por los incas: si en los primeros días de su aparición, las Pléyades se veían claras (una atmósfera con poca humedad desde el Pacífico), el clima sería poco favorable para la agricultura.
Resulta curioso el caso de los incas y sus “constelaciones oscuras” o yana phuyu, el término en quechua para “nubes negras”: figuras identificadas no por las estrellas brillantes, sino por las nebulosas oscuras de polvo interestelar y gas que forman siluetas contra el fondo brillante de la Vía Láctea, Hatun Mayu o “Río Grande” y en otras áreas del cielo.
Entre las principales constelaciones oscuras hallamos a Yacana (La Llama): La constelación oscura más grande e importante, donde Alfa y Beta del Centauro son sus ojos. De noche bebía el agua de Hatun Mayu, para que el mundo no se seque, representando a la llama madre y su cría. Atoq: “El Zorro”, cerca de Escorpio. Hanp’atu (El Sapo): constelación oscura entre la Cruz del Sur y la constelación de Carina (la Quilla de la antigua “Argo Navis”)... era importante para los agricultores porque Hanp’atu se alimentaba de las plagas. Llutu (La Perdiz): hoy se la conoce como “la Bolsa de Carbón”, una mancha oscura sobre la Cruz del Sur y considerada un ave sagrada. Mach'aqway (La Serpiente): era la Vía Láctea en el tramo entre la Cruz del Sur y la constelación del Can Mayor. Uñallamacha La Cría de la Llama (la Yacana) y Michi el puma: otra mancha oscura en el fondo estelado…
Y así podríamos seguir y seguir con los listados del múltiple diálogo que el cielo mantiene consigo mismo a través de los ojos del Hombre y sus tiempos y civilizaciones. Fueron glifos sagrados en el viejo Egipto para guía de los muertos. Fueron brújulas celestiales de navegantes. Mensajeros para creyentes o meros senderos de significación para los que sólo gustan de mirar hacia arriba. Hoy son asimétricos diálogos de leyendas y misterios sagrados que brillaron alguna vez en nosotros, iluminando aquella nuestra legendaria vida de antaño como un sueño que se ha quedado lentamente dormido.
Notas
1 Espejos: el símbolo del simbolismo.
2 Simbolismo zodiacal y la puerta de los dioses.
3 Simbolismo zodiacal y la puerta de los hombres.















