Hay islas que no aparecen en los mapas, y tierras que creen ser continente pero respiran como islas. Sicilia y Chile, tan distantes y sin embargo tan semejantes, laten con un mismo pulso: rodeados, protegidos y prisioneros del mar o de las montañas, generan hombres y mujeres que habitan la soledad como una forma de destino.
Desde la cuerda loca de la que hablaba Pirandello hasta la geografía loca de la que escribía Neruda, todo parece girar en torno a un mismo misterio: el aislamiento como semilla de creación y locura. Tal vez sea esta soledad, nacida del encierro, la que produce mentes visionarias, espíritus que, sin saber qué hallarán al otro lado, deciden dar el salto y cruzar el charco para alcanzar cimas inalcanzables. Es la misma fiebre que arde en ciertos personajes, todos hijos de una geografía interior que no conoce fronteras.
Cada isla es un laboratorio del alma. Quien nace o llega a una debe aprender pronto que el mundo comienza y termina en su propio horizonte, que cada llegada es un límite y cada límite una puerta. En Sicilia, el mar devora la memoria y la devuelve convertida en sueño; en Chile, la cordillera vela sobre las ciudades como una divinidad dormida. Entre ambos extremos se extiende un puente invisible de palabras y miradas, un diálogo secreto que atraviesa los siglos. Desde ahí me gusta empezar: desde esa doble pertenencia que es, al mismo tiempo, herida y privilegio.
Recuerdo cuando leí por primera vez a Pirandello y sentí que aquella fórmula resonaba dentro de mí: la cuerda loca. Es la parte más frágil y más viva del ser humano, la que vibra frente a lo imprevisto, frente al dolor o al ridículo. Es la cuerda que, si se toca, nos hace reír o enloquecer. Y cuando encontré la geografía loca de Neruda, comprendí que hablaban de lo mismo. Una locura que nace del paisaje, una vertiginosa geografía que se vuelve espiritual. Chile, estrecho entre el Océano y la Cordillera, es una hoja de tierra tensa como un arco; Sicilia, un puño de fuego arrojado al mar, es el eco de esa misma tensión.
Habito esa condición, y cuanto más pasa el tiempo, más siento que no es solo geográfica, sino existencial. Los isleños ven el mundo desde un margen y lo comprenden mejor precisamente porque están fuera de él. El isleño está condenado a la visión. Y esa visión es también una herida, pero es de la herida de donde nace la luz. Tal vez por eso los isleños son visionarios y trágicos, irónicos y metafísicos al mismo tiempo. Viven en el paréntesis, suspendidos entre la urgencia de partir y la nostalgia de quedarse. Cada partida es un exilio y cada regreso, una pérdida. Se vive en equilibrio, con una parte del cuerpo inclinada hacia el mundo y la otra anclada en su propia roca. De esa oscilación nace un lenguaje particular, hecho de sombras y de ecos, un lenguaje que no describe sino que evoca, que no explica sino que canta.
Quisiera creer que también nosotros pertenecemos a esa forma de estar en el mundo, en el filo entre dos continentes. Nosotros, por entonces, jóvenes aspirantes a escritores, trasplantados, suspendidos entre el Sur y Europa, entre la pobreza y el sueño. Hablábamos de cine, de un niño que aspira a pegamento y se vuelve símbolo de todos nuestros abismos, de un cuerpo que se convierte en espejo del cuerpo colectivo. Éramos jóvenes y no teníamos nada, pero nos bastaba la palabra.
Luego pasaron pocos años y algo de eso cambió. Hasta que un día llegó Donoso. Sus días romanos nos hicieron olvidar por un momento que no vivía aquí, sino en Chile, y que no era simplemente un autor, sino una leyenda viva. Hablaba del exilio como de una lente que deforma y aclara a la vez. Decía que mirar desde lejos permite comprender mejor lo que se ama, aunque duela. En él veíamos reflejado el destino de nuestro país: un lugar hermoso y herido, condenado a buscarse a sí mismo en las sombras de los otros.
Y luego llegó Raúl Ruiz, el cineasta mago, el alquimista de la imagen. Amaba Sicilia con una devoción casi secreta. Decía que para comprender el mundo había que partir de las islas, porque solo desde un margen puede verse el centro. Lo encontré por azar, con un abrigo demasiado grande y una sonrisa distraída, como si en su mente montara una escena invisible. Me habló de su película La recta provincia, de cómo las leyendas populares de Chile eran, en realidad, mapas interiores, y de cómo Sicilia le recordaba su infancia en Puerto Montt. “Las islas”, me dijo, “son como películas: reflejan el cielo y esconden el fuego.”
Aquellas palabras se me quedaron grabadas. Tal vez todas nuestras vidas no sean más que montajes de islas, fragmentos de memoria cosidos por el deseo. Decía que cada película es una geografía interior, un mapa del alma. Entendimos que aquella isla era su patria espiritual. Allí la luz se dobla como en un sueño, y la realidad se transforma en mito. Ruiz sonreía como quien sabe que la vida es una película que nunca se termina de montar. Era imposible no sentirse parte de su mundo: en él, lo real se disolvía en lo imaginario como el vino en el agua.
Matta, que ya vivía aquí hace mucho, llegó por último y era puro fuego. Decía ser sicileno, mitad siciliano y mitad chileno. Vivía entre Tarquinia y París, y durante años tuvo una casa en la isla de Panarea. Su taller era un templo de color y silencio. Cuando murió, en noviembre de 2002, lo enterraron en un antiguo convento de los Padres Pasionistas. Germana Ferrari, su viuda, pidió que lo recordáramos siempre en presente: “Él estará siempre aquí, aferrando el mundo del ser, en el ser del mundo.” Cantamos Volare y brindamos con vino chileno, como para cerrar el círculo entre las dos patrias. Matta fue el último de los surrealistas, pero también el primero de los terrenales: en él la materia se volvía respiración, el color pensamiento. Decía que todo pintor es un volcán y que el arte verdadero nace de la erupción.
En el fondo, también nosotros somos erupciones. Nuestra lengua nace de fracturas, de grietas abiertas entre el Océano y la Cordillera, entre el mar y la lava. Tal vez por eso el isleño nunca habla para explicar, sino para sobrevivir. Su palabra es un acto de resistencia, una manera de permanecer en el mundo.
Un día, en Madrid, apareció Gonzalo Rojas como un duende luminoso. Nos dijo: “No existe otra poesía que la de circunstancia, siempre que esa circunstancia se transfigure.” Hablaba como un profeta: “Vivir dentro y fuera, sin perder nunca el contacto, aunque duela.” Esas palabras nos acompañaron durante años. Era la definición perfecta del exilio y del arte: vivir dentro y fuera al mismo tiempo.
Pero hay trasplantes felices, como los de las mujeres que cruzan el tiempo con gracia y obstinación. Pienso en la princesa de Salaparuta, Sonia Ortúzar Ovalle, la chilena que se convirtió en duquesa siciliana. (Abuela de la escritora italiana Dacia Maraini). Hija de un diplomático chileno, nacida en París, había abandonado una carrera lírica para casarse con un duque siciliano, y de ese matrimonio nació una genealogía de belleza y melancolía que todavía hoy flota en las habitaciones de Bagheria.
Donoso la entrevistó allí, en una villa llena de sombras y perfumes antiguos. Ella le dijo: “Nací en París, viví en Chile, pero fue aquí donde encontré mi verdadera soledad.” Hablaba del príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor del “Gattopardo”, como de un hermano en la ironía y la melancolía. “Éramos cóndores solitarios, nos reíamos de los prejuicios sociales.” Su voz atravesaba las estancias como un viento cálido, y en ella se reflejaba toda la historia de nuestro exilio mediterráneo
Y luego aparecieron las hermanas Luisa y Lietta Aguirre D’Amico, nietas de Pirandello, descendientes de dos estirpes cruzadas: la siciliana y la chilena. Lietta, viuda del director Luigi Filippo D’Amico, celebró en el Campidoglio mi primer matrimonio, una ceremonia que aún recuerdo como una escena teatral. Las dos hermanas habían sido el puente entre nuestras comunidades: entre Chile y Roma, entre la política y la poesía. Lietta me regaló las fotografías de aquel día, y ese gesto valía más que cualquier título. Nosotros encontrábamos en ella una forma de elegancia que venía de otro siglo, de un tiempo en que el teatro todavía era una manera de cambiar el mundo.
Pirandello y Silvio D’Amico, ambos sicilianos, habrían sonreído ante tanta genealogía. Y entre ellos, como una constelación menor pero no menos luminosa, brilla la figura de Leonardo Sciascia, que desde su Racalmuto enseñaba a mirar la verdad sin miedo, con la paciencia de quien cava en la piedra para encontrar la luz. Hoy, en mi torre de Sipicciano, entre gatos y silencio, contemplo las colinas que se disuelven en la niebla. Pienso en Sicilia y en Chile, islas que no son islas, y comprendo que todo lo vivido forma parte de un mismo mapa secreto. Cada rostro, cada voz, cada ausencia es una latitud del corazón. La locura y la poesía se confunden, como el mar y el cielo cuando cae la tarde.
Y sin embargo, cuanto más vivo en esta torre, más descubro que la isla no es solo una metáfora, sino una ley secreta del mundo. Todo es isla: un pensamiento, una palabra, un rostro. También el tiempo lo es —se interrumpe, se separa, se vuelve a unir a otra orilla—. Cada recuerdo es una pequeña isla que emerge del mar del olvido. Vivir significa navegar de una soledad a otra, construyendo puentes frágiles que el mar, tarde o temprano, borrará. Pero es en esos puentes donde se consuma nuestra humanidad.
A veces me pregunto si la cuerda loca de Pirandello no es precisamente eso: el hilo que nos mantiene unidos a nuestras islas interiores, el temblor que nos impide hundirnos en la razón pura. Quizás la locura, al fin y al cabo, sea solo una forma de fidelidad a la vida. Pirandello lo sabía bien: detrás de cada máscara hay una herida, y detrás de cada herida, un deseo de verdad.
Neruda, por su parte, hizo de la geografía loca una manera de habitar el mundo a través del vértigo. Cada lugar, cada costa, cada montaña era para él una voz, un cuerpo que hablaba. En sus palabras, la naturaleza no es un decorado, sino un alma. En esto, Sicilia y Chile se reflejan mutuamente: ambos han dado poetas que ven en el paisaje a un interlocutor. Sus rocas, sus aguas, sus volcanes no son decoración, sino biografía.
Si cierro los ojos, todavía veo el perfil del Etna al atardecer y, detrás de él, los Andes que lo reflejan. Entre las dos montañas se extiende un arco invisible, una cuerda tensa. Es mi geografía loca, mi manera de permanecer en el mundo.















