Cuando la filosofía pinta al claroscuro, ya un aspecto de la vida
ha envejecido y en la penumbra no se le puede rejuvenecer, sino
solo reconocer: el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo1.

(George Wilhelm Friedrich Hegel)

A mediados de 1820, Hegel escribió el Prefacio de Filosofía del derecho que habla de Atenea y su ave como símbolos de la Filosofía. Resulta interesante que siendo actualmente el búho el símbolo de tal disciplina, la idea proceda de Hegel. En el contexto griego antiguo, la imagen del ave estaba vinculada con la sabiduría nocturna y las revelaciones oníricas, pero fue el pensador de Stuttgart quien la asoció con la Filosofía como reconocimiento. En Hegel, Marx, Nietzsche: O el reino de las sombras, Henri Lefebvre2 escribió al respecto:

Hegel vio y previó la omnipresencia, la omnipotencia del Estado […] el ave de Minerva […] es el envejecimiento del mundo, el fin de la historia y de la conciencia creadora, agotamiento anunciado y provocado por la filosofía, por el sistema, por el saber y por la sabiduría.

Que el ave retrase su vuelo significa que la Filosofía se consuma como saber después de que acontezcan los hechos de la historia, cerciorándose de la plenitud de que lo acaecido en el Estado exprese la “tierra del Sol de la Idea”.

Cronos, dios del Tiempo, amparado por su madre, la diosa primordial Gea, castró y depuso a su padre, Urano, que, moribundo, profetizó que un hijo destronaría al parricida. Se casó con su hermana, Rea, correspondiéndole el dominio del universo durante la Edad Dorada. Devoraba a sus creaturas al nacer, hasta que su sexto hijo, Zeus, dios político del gobierno racional y moral, enfrentó al Tiempo y triunfó sobre él. Zeus creció y cumplió el vaticinio, destronó a Cronos, obligándole a que vomitara a sus hermanos tragados vivos. Con sus hermanos, Zeus se distribuyó que Hades reinara los infiernos; Poseidón, las aguas y Zeus, amo del rayo, gobernara el Olimpo, los Cielos, la Tierra y el Éter3.

Entre las relaciones que tuvo Zeus se cuenta la que estableció con Metis. Gea, al ver que Metis estaba encinta, auguró que daría a luz una niña y, después, nacería un niño que destronaría a Zeus. El rey de los dioses devoró a Metis y por el dolor de cabeza que le sobrevino, gritó retumbando el universo entero. Acudieron varios dioses a ayudarle y resolvieron abrir una brecha en su cráneo del que brotó Atenea, plenamente madura, armada y formada, dando un potente grito4.

Atenea evoca el pensamiento, el conocimiento, el saber y la creatividad porque nació de la cabeza del dios político, Zeus, promotor de la razón y las artes, y vencedor de los titanes a los que encarceló junto con Cronos. Carece de madre y solo se relaciona con sus iguales, los doce dioses de la Asamblea del Olimpo que deliberaban y resolvían los temas divinos y humanos. Es la diosa de la guerra justa y su poder es superior al de Ares; pero prefiere medios pacíficos para defender la ley. Enseñó las artes femeninas e inventó la flauta, la brida, el carro y el barco. Habitualmente, no lleva armas, pero se las pide a su padre, si las necesita. Es clemente y misericordiosa, absuelve a los acusados y no perdió batalla alguna aceptada. Su generosidad es superada por su castidad, y puede ser fría y vengativa, por ejemplo, convirtió a Aracné en araña por tejer perfectamente.

Siendo diosa de las ciencias, las artes y la prudencia, Atenea es fiel y solicitada consejera. Es la representación mítica por antonomasia de la Filosofía, condensando el conocimiento. Para saber, espera el diario acontecer, lo reconoce y articula en síntesis comprehensivas de todo, constituyendo a la Filosofía, no en una actividad espontánea ni transformadora de la realidad, sino en la exégesis de la realidad. Comparte el poder de Zeus y dio nombre a Atenas, superando a Poseidón: creó el olivo como símbolo de paz, pese a su indiscutible valentía y talento militar. Aconsejó, acompañó, protegió e intervino en varios trabajos míticos de Heracles, Perseo, Teseo y Odiseo.

Atenea es representada con túnica y clámide, majestuosa, moderada y grave. Porta lanza, escudo y égida. Su imagen aparece también armada con el rayo de Zeus, aunque su principal asociación es con un búho pequeño y otras aves5. Usualmente, en la Grecia clásica, homenajes y ritos a la diosa se extendían a su ave que se representó en monedas, obras artísticas y en la mitología, viéndoselo como símbolo sagrado de la vigilancia nocturna, la sabiduría y la prudencia. El ave le informaba a Atenea los acontecimientos del mundo después de que ocurrieran, levantando vuelo a la caída del crepúsculo.

En el imaginario griego antiguo es posible advertir tres concepciones del tiempo que expresan tres ideas distintas; aunque no inconciliables.

Primero, está cronos, que refiere al tiempo lineal y al dios Κρόνος, que todo lo devora. Es la sucesión secuencial, medible y generacional donde se ordena con principio y final cada acontecimiento del devenir. Como dios, Cronos fue uno de los doce titanes vencidos en la Titanomaquia y encarcelado por Zeus en el Tártaro, representando la temporalidad de lo que fluye, encaminándose a algún desenlace inexorable. Los textos de Hesíodo lo refieren.

Segundo, está el tiempo como καιρός (kairós). Se trata de algo cualitativo, el instante oportuno y decisivo, el momento de cambio o la ocasión precisa que no se puede medir. Distintos textos clásicos distinguen el tiempo cuantitativo cronológico, diferente de este, que aparece como cualitativo, siendo recomendable aprovechárselo porque inspira y genera transformaciones inesperadas. La palabra griega significaba tiempo presente, circunstancial, beneficioso y particular.

En tercer lugar, está el tiempo circular llamado αἰών (aión). Se trata de la concepción de la eternidad repetitiva, del tiempo eterno, circular y cíclico, relacionado con los procesos naturales que se renuevan. Es patente en la literatura griega y en contextos filosóficos y religiosos, particularmente, en los misterios órficos y en la filosofía helenística, con procesos que aparecen una y otra vez, manteniéndose y transformándose, actualizando la idea de la repetición y de la renovación sin final. La palabra griega significaba tiempo que dura la vida, eternidad, generación y siglo.

Tanto los textos mitológicos como los que expresan el pensamiento griego antiguo carecen de una visión universal de la historia encaminada hacia un final que dé sentido a los acontecimientos. El tiempo cronológico supone el propósito de evitar que Cronos, el dios del Tiempo, sea derrotado por uno de sus hijos; pero el vaticinio se cumple con otra edad; aunque ninguna, conocidas como la Edad de Oro y la Edad de Plata, seguiría el decurso invariable hacia un final global.

Es notable que el tiempo cíclico del imaginario griego antiguo se compagine con el tiempo lineal no teleológico y el instante del tiempo crítico de oportunidades cruciales. Respecto del ciclo, por ejemplo, los griegos explicaban las estaciones meteorológicas mediante el mito de Perséfone que señalaba su estancia, mitad del año con su madre generando la primavera y el verano, y la otra mitad, en el Hades, simbolizando el otoño y el invierno. Así se explicaban los ciclos con relatos divinos en el mundo natural; el equilibrio de los procesos con emociones humanas y las secuencias de la Tierra, y los tránsitos de muerte y renacimiento en el eterno retorno de la vida y la naturaleza.

La narrativa de Hesíodo establece cinco edades míticas del mundo en las que destacan las dos primeras. Son la Edad de Oro y la Edad de Plata que muestran una concepción enrumbada hacia la decadencia progresiva. Cronos, que fue el dios principal de la primera edad, está envuelto entre crímenes, temores de cambio de poder y ansias por conservarlo. Pero su reino es casi perfecto, estable y anuente con la naturaleza; una época idealizada de paz, abundancia y armonía, cuando los frutos emergían espontáneamente de la tierra y los seres humanos vivían felices, sin enfermedades, sufrimiento ni vejez. Gracias a la ausencia de maldad y conflictos, las leyes ni los castigos eran necesarios; el alma humana protegía a la humanidad y la muerte sucedía como un acontecimiento suave.

El inicio de la Edad de Plata, con Zeus como gobernante, está marcado por la decadencia moral y la imperfección en medio de otro asalto al poder. Hubo tenue prosperidad y seres humanos débiles, poco virtuosos; con niños longevos durante cien años, con juventud y adultez breves. Los hombres no vivían felices, eran desobedientes a los mandatos divinos y mostraban gestos pendencieros en medio de las disputas entre los dioses. Hubo castigos que Zeus infligió por la arrogancia e irrespeto de la humanidad imperfecta y conflictiva. Los hombres ignoraban los tributos a los dioses, permanecían sobreprotegidos por sus madres, no maduraban, eran violentos y carecían de fidelidad y obediencia religiosa; así, Zeus los destruyó enviando su alma al inframundo. Debían trabajar la tierra y sufrían los embates de su existencia.

Atenea convirtió a Aracné por la perfección de su tejido, en tanto que Penélope destejía por la noche la obra del día. Hegel sugiere que la Filosofía es como el ave de Atenea: levanta vuelo en el crepúsculo para interpretar lo sucedido en el día. Teje urdimbres y tramas de conceptos con perfección, iniciando de nuevo cada día lo destejido en la noche.

Según Hegel, que el devenir sea deglutido por la voracidad del Tiempo significa que el cambio es universal, aunque encaminado a confluir en el final global de la historia. Que la Filosofía —el ave— transmita la sabiduría —lo conocido por Atenea— significa la derrota de Cronos mediante Zeus. Es el envejecimiento y reconocimiento consecuentes a la noche como acontecimientos explicados que no rejuvenecen. La Filosofía, en el ocaso —cuando levanta vuelo para cerciorarse del acontecer— vence al tiempo por la política. Atestiguar que esta se consumó plenamente refiere la realización de lo social, cultural, ético, artístico, religioso, jurídico y económico; con la Filosofía como descubrimiento de la verdad y el Tiempo y el devenir inmovilizados. En las Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal6, la concepción hegeliana refiere:

Zeus, que ha puesto fin a la voracidad del Tiempo y ha detenido su paso […] ha sido devorado con todo su imperio por el principio del pensamiento, progenitor del conocimiento, del razonamiento […]. El tiempo es la negación corrosiva, pero el espíritu también lo es, porque destruye todo contenido determinado.

Pese a que Hegel refiere imágenes de la Grecia antigua, su concepción sobre su propio sistema con un final teleológico cristalizado en Napoleón y en él mismo; esto es, el sentido político y filosófico de la totalidad; no coincide con la visión griega del Tiempo ni de la historia. Solamente en el pensamiento hegeliano, no en el clásico, la realidad concreta del devenir prosigue el envejecimiento que reconoce, haciendo de la Filosofía la actividad post festum por excelencia. La historia se corona cuando el pensamiento reconoce que los hechos alcanzaron la meta de la plena libertad política y de la absoluta autoconciencia filosófica.

Notas

1 Última proposición del penúltimo párrafo del “Prefacio” de Líneas fundamentales de la filosofía del derecho, o derecho natural y ciencia del Estado. No existen fuentes clásicas. Trad. Ángela Mendoza de Montero del italiano al español. Versión italiana de Francisco Messineo. Editorial Claridad. Buenos Aires, 1968, p. 38.
2 Trad. Mauro Armiño, Editorial Siglo XXI. México, 1979, p. 64.
3 Véase de Hesíodo, Teogonía. Trad. Aurelio Pérez Jiménez y Alfonso Martínez Díez, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1978. Segunda parte: “Primera generación de dioses”, pp. 210 ss.
4 Ídem, Séptima parte: “Cuarta generación de dioses”, pp. 886 ss.
5 El mochuelo común europeo (Athena noctua, “ave nocturna de Atenea”) es un ave pequeña que ve y caza a oscuras, pertenece a la familia de los búhos (Strigidæ, aves rapaces nocturnas). Es diferente de los búhos por su cuerpo rechoncho, alas cortas, sonidos agudos como maullidos, cabeza redondeada, monogamia, territorialidad y por carecer de nidos y penachos. Era sagrado en la Grecia antigua, representando a la Filosofía, siendo frecuente su asociación con la diosa que, ocasionalmente, se vinculaba también con águilas y cuervos.
6 Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Trad. José Gaos. Alianza Universidad. Madrid, 1982, “Introducción general”, pp. 146-7.