Hace seis años decidí cumplir uno de mis sueños más profundos: emprender y vivir de lo que realmente me apasiona. En ese momento me encontraba en una etapa de vacío laboral; las oportunidades no llegaban, y cada intento por conseguir un empleo terminaba en silencio. Fue entonces cuando pensé que, tal vez, era el momento de crear mi propia oportunidad. Así nació la idea de una empresa dedicada a la decoración de fiestas infantiles.
Recuerdo la emoción de los primeros días: compré un mini plotter, llené la casa de cartulinas, me inscribí en un curso de diseño gráfico y dediqué incontables horas a aprender. Sin embargo, mirando hacia atrás, reconozco que mientras ponía todo mi esfuerzo en prepararme, dedicaba muy poco tiempo a mostrarme, a permitirme ser vista. Tenía la ilusión y la energía, pero me faltaba algo esencial: creer en mí y en el valor de lo que hacía.
El tiempo pasó y la vida me llevó lejos, literalmente. Hace un año regresé de Nueva Zelanda, y mientras estuve allá, me prometí algo que hoy se ha vuelto mi brújula: no volver a emplearme en algo que no me haga feliz. No quiero vivir con el estrés de un trabajo que no me llena, ni sentir que estoy desperdiciando mi tiempo haciendo algo que no resuena con mi propósito. Quiero dedicarme a algo que me conecte conmigo misma y que también ayude a otros a encontrarse.
Así fue como el tejido, ese arte que siempre había estado presente en mi vida como un hobby, se convirtió en un camino de transformación. Descubrí que tejer es una forma de meditación, un espacio de silencio y atención plena. Contar las puntadas, observar el hilo deslizarse entre los dedos, sentir la textura de la lana... todo se vuelve un acto de presencia. Cuando tejes, la mente se aquieta y el corazón se expresa. Cada puntada se convierte en una conversación interna, en un gesto de amor contigo misma.
Podría decir que en este punto de mi vida encontré mi propósito. Todas las manualidades me gustan, pero el crochet tiene algo distinto: puedo hacerlo en cualquier lugar, en cualquier momento. Es portátil, íntimo y profundamente terapéutico. En los trayectos, mientras espero una cita o durante un viaje largo, siempre llevo un ovillo conmigo. Las lanas y yo nos hemos vuelto inseparables; entre ellas encuentro calma, inspiración y sentido.
Buscando crecer con este nuevo propósito, me uní a un grupo de emprendedoras. Fue una decisión acertada, aunque desafiante. En el camino hemos compartido risas, aprendizajes y momentos de vulnerabilidad. Nos hemos dado cuenta de que emprender no es fácil, pero que acompañadas el camino se siente más ligero. He aprendido que el crecimiento colectivo tiene una fuerza que te impulsa a seguir, incluso cuando aparecen las dudas.
Y sí, las dudas llegan. A veces me pregunto si estoy haciendo lo correcto, si seré capaz de sostener este sueño. Vengo de una familia donde siempre se ha creído que lo más seguro es trabajar para una empresa toda la vida, recibir un salario fijo y evitar los riesgos. Pero algo dentro de mí me dice que vale la pena intentarlo, que esta vez quiero demostrarme que puedo hacerlo, que tengo la capacidad de construir mi propio camino. Ya no se trata solo de alcanzar un objetivo, sino de disfrutar el proceso, de aprender de cada error y agradecer cada paso.
Hace poco tuve una experiencia que me recordó la importancia de salir de la zona de confort. Participé en un brunch de emprendedoras donde, además de asistir, podía mostrar mi proyecto en un stand. Sin pensarlo mucho, dije que sí. Pero dos días antes del brunch, la ansiedad me visitó: no tenía suficientes productos, mi idea aún no estaba bien definida y los nervios comenzaron a ganarme. Fue mi mamá quien me dio el empujón que necesitaba: “No importa si no llevas mucho, anda, aprende de la experiencia”.
Y allí estuve. Llevé algunos amigurumis tejidos con amor, preparé una presentación sencilla en mi laptop, me puse mi mejor atuendo y, sobre todo, llevé conmigo la intención de aprender. Al principio me sentí fuera de lugar. Miraba los otros stands llenos de productos, con equipos organizados, y por momentos me invadía la inseguridad. Pero al final del día, una de las mentoras se acercó a hablar conmigo. Le conté con entusiasmo que mi emprendimiento buscaba ayudar a las personas a reconectarse consigo mismas a través del tejido consciente. Me escuchó atentamente y luego me dijo algo que me marcó: “Eso que me dices es hermoso, pero no lo veo reflejado en tu stand”.
Sus palabras me hicieron pensar. Tenía razón. Lo que sentía en mi corazón no estaba aún reflejado en mi marca, y ese fue el punto de inflexión que necesitaba para reinventarme. Salí de ese evento con muchas ideas, nuevas perspectivas y una claridad que no tenía antes.
En las semanas siguientes decidí darle un nuevo aire a mi proyecto. Antes estaba enfocado en manualidades y decoración para fiestas. Pero ese ya no era mi camino. Así nació mi nuevo proyecto, una experiencia que combina el arte del crochet con la conexión emocional y el bienestar.
Cada taller que imparto, cada pieza que creo, tiene una intención: invitar a las personas a detenerse, a respirar, a reconectarse. No se trata solo de tejer, sino de sanar, de reconocerse, de soltar el control. Porque cuando tejes conscientemente, también te estás tejiendo a ti misma desde adentro.
Y como suele pasar cuando haces las cosas desde el corazón, las oportunidades empiezan a llegar solas. Hace poco, mientras ayudaba a una amiga a contactar a una psicóloga para unos talleres, ella me preguntó qué hacía yo. Le conté mi proyecto y me respondió emocionada que le encantaba la idea y quería incluir mis talleres en el portafolio de servicios que ofrece a sus empresas cliente. Esa conversación me recordó que cuando ayudas sin esperar nada a cambio, el universo te devuelve el doble.
Hoy me siento plena. Estoy construyendo mi futuro, paso a paso, puntada a puntada. Ya no busco aprobación ni certezas, solo seguir tejiendo con intención, aunque a veces el hilo se enrede. Aprendí que el camino del emprendimiento es como el tejido: requiere paciencia, práctica y fe. Y aunque no siempre ves el resultado desde el inicio, si sigues con constancia, al final tendrás entre tus manos una creación que cuenta tu historia.
El tejido me sacó del cascarón, me enseñó a escucharme y me mostró que siempre es posible volver a empezar. Cada hebra que tomo entre mis dedos me recuerda que estoy tejiendo no solo una pieza, sino una vida con sentido. Y eso, sin duda, es lo más hermoso que he aprendido.















