La principal potencia capitalista del mundo, Estados Unidos, continúa siendo aún el centro hegemónico del planeta. Eso está fuera de discusión; es el país dominante en todo el ámbito capitalista, lo cual quiere decir “en la prácticamente totalidad del mundo”. Pero los tiempos están cambiando. Y cambian muy rápidamente, mucho más de lo que los mismos tomadores de decisiones en el gran imperio se imaginaban.
Después de la caída de la Unión Soviética en 1991 —su otrora gran rival— y la desintegración del campo socialista en el este de Europa, y con las reformas aparentemente capitalistas en la patria de Mao, Washington pareció quedar en un mundo unipolar dirigiendo todo, donde ponía las reglas de juego a su antojo. Eso fue así por aproximadamente una década, pero duró poco. La República Popular China, con su peculiar modelo de “socialismo de mercado” luego de las reformas y modernización introducidas por Deng Xiaoping, comenzó un despegue económico sin precedentes, disputándole —y superando— la economía al imperio yanki, dejándolo atrás en el avance científico-técnico.
La distancia que tomó el gigante asiático, reconocido por la misma derecha gobernante en Washington, parece imposible de remontar. La llamada “deslocalización” de la industria estadounidense (es decir, su reubicación en lugares del planeta donde encontraba mano de obra más barata, junto a beneficios fiscales y sin la presencia de “molestos” sindicatos) fue vaciando a la gran potencia de su capacidad productiva.
Hoy sigue teniendo una economía próspera (al menos en apariencia), pero basada en muy buena medida en la especulación financiera, con un dólar mantenido en forma ficticia. Tiene algunos campos donde su producción industrial sigue siendo de vanguardia (el ámbito informático, con Silicon Valley a la cabeza, y el complejo militar-industrial, con su maquinaria de guerra), pero incluso ahí comienza a verse rebasada en el nuevo mapa geopolítico. China ha tomado la delantera en sectores claves como comunicaciones, computación, robótica, energías renovables, investigación espacial y colosales obras de infraestructura. El imperio norteamericano se ha dormido en sus laureles y el terreno perdido es demasiado, ya prácticamente irrecuperable.
Por su parte, Rusia, saliendo del colapso que significó la desintegración del campo socialista, con un descenso en su producto bruto fenomenal, de alrededor del 40% -caso único en la historia-, volvió a mostrarse como una gran superpotencia en lo militar, evidenciando un músculo bélico que le ha permitido salir airosa en todos los conflictos en que participó (Osetia del Sur, Chechenia, Crimea, Siria, ahora Ucrania), volviendo a recuperarse en su economía, estando hoy entre las diez principales del mundo, pese a todas las sanciones occidentales.
El auge chino y ruso y la aparición de un planteo anti-dólar, como es la creación de los BRICS+, hoy ya con una veintena de países que los conforman, comenzaron a configurar un tablero nuevo en el ámbito geopolítico. El mundo comenzó a pasar de unipolar a multipolar.
Por una suma de causas, como les pasa a todos los imperios a lo largo de la historia (Egipto, Babilonia, China, Grecia, Roma, los mayas, los mongoles, el imperio Otomano, España, Gran Bretaña), Estados Unidos también llegó a su punto máximo de desarrollo (años 50 y 60 del siglo pasado) y luego comenzó su declive.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo estadounidense no tenía parangón, y su poder parecía imbatible: monopolio del armamento nuclear, la mayor economía productora de un tercio del PBI mundial, avance portentoso de su ciencia, influencia global con su cultura, consumo interno derrochador y voraz (por ejemplo: automóviles de ocho y doce cilindros, haciendo un gasto descomunal de energéticos inviable a largo plazo). Su moneda, el dólar, fue impuesta como divisa universal a la fuerza en estas últimas décadas, y todo su poderío se mantenía custodiado por alrededor de 800 bases militares a lo largo y ancho del planeta.
Ahora todo eso está cuestionado por estos nuevos actores (Rusia, China y los BRICS+), quienes buscan una economía global desdolarizada. Pero más aún: lo que empezó a provocar su caída como imperio fue su hiperconsumo desbocado, que generó deudas impagables. Vivir al crédito pasa factura, irremediablemente.
El Estado norteamericano tiene una deuda fiscal que representa más del 120% de su producto bruto, y cada familia mantiene una deuda de alrededor de 100.000 dólares en promedio (hipotecas inmobiliarias, tarjetas de crédito, créditos educativos). La única manera de mantenerse fue —y sigue siendo— una economía ficticia, mantenida con una moneda impuesta a la fuerza. Vivir del crédito, en cualquier ámbito, representa una artificial burbuja que, tarde o temprano, estalla. Eso le está pasando hoy a la gran superpotencia.
Valga decir que hoy, de los 50 estados que conforman la Unión americana, 47 están técnicamente en recesión. Solo presentan balances positivos el estado de Nueva York —donde está Wall Street, el principal centro financiero mundial—, California —en sí misma una muy próspera economía, dando cabida a Silicon Valley— y Texas —gran productor de petróleo—.
El salario medio de un trabajador estadounidense ya no da para tanto como daba antes: hay problemas. Mucha gente necesita bonos federales de alimentos para sobrevivir. Un millón de homeless y la actual —y lamentable— pandemia de uso de drogas son síntomas de su irreversible decadencia. Shannon Monnat, directora del Centro Lerner para la Promoción de la Salud Pública de la Universidad de Siracusa, de Nueva York, dijo que
El aumento de los trastornos por consumo de drogas en los últimos 20 a 30 años es un síntoma de problemas sociales y económicos mucho mayores. (…) Las soluciones para combatir nuestra crisis de sobredosis de drogas solo serán efectivas si abordan los determinantes sociales y económicos a largo plazo que están en la base.
Ante todo ello, para impedir o, al menos, lentificar esa caída, la Casa Blanca está intentando tomar a todos los países latinoamericanos como su “natural” patio trasero, como un reaseguro donde seguir basando su hegemonía. Es así que de la región continúa el robo impiadoso de materias primas (petróleo, minerales varios, biodiversidad de las selvas tropicales, agua dulce), la mantiene amarrada con las impagables deudas externas y, si bien ahora ha endurecido la situación de los migrantes, sigue aprovechando la mano de obra sobreexplotada que le representa la enorme masa de trabajadores latinoamericanos y caribeños que llega a su tierra.
Al igual que lo hizo a principios del siglo XX con su “Corolario Roosevelt” —continuación de la infame Doctrina Monroe (“América para los americanos”….del Norte, por supuesto)—, generando la noción —abominablemente supremacista— de “repúblicas bananeras” (Guatemala sería el ejemplo icónico, con la empresa bananera United Fruit Company a la cabeza fomentando el sangriento golpe de Estado de 1954), ahora, con la presidencia del ultraderechista y visceral anticomunista Donald Trump, retoma esa iniciativa, intentando transformar a todos los países del área en una única “república bananera”, que iría desde el sur del Río Bravo hasta la austral Patagonia.
Con irreverente insolencia de cowboy matón, el actual presidente —representante de la clase dirigente del imperio, que se siente dueña del mundo por un pretendido “derecho natural”, al que llaman “destino manifiesto”— se entromete en los asuntos internos de toda la región, moviendo fichas a su antojo, como si se tratara de una prolongación geográfica de Estados Unidos.
Es así que ve con preocupación, y lo expresa altisonante, la condena a Jair Bolsonaro en Brasil por intento de golpe de Estado —poniendo sanciones contra el juez que actuó en ese proceso—, o la de Álvaro Uribe en Colombia por soborno y fraude procesal —amenazando al presidente Gustavo Petro con que “podrá ser el próximo” en ser atacado—, toma partido por el candidato de derecha de Honduras llamando a no votar por candidatos “narco-comunistas”, indultando a un delincuente como Juan Orlando Hernández (probado narcotraficante) y promoviendo el abierto fraude electoral para hacer ganar a “su” elegido (Nasry Asfura), apoya sin restricciones a ultraderechistas como Daniel Noboa en Ecuador —acusado de haber robado las recientes elecciones— o a Nayib Bukele en El Salvador —acusado de violación a los derechos humanos—. Chantajea abiertamente a la población argentina ante las recientes elecciones legislativas, prometiendo premios al triunfo de Javier Milei, o castigo —ningún desembolso de ayuda en caso de derrota—.
Del mismo modo, mantiene la figura de un tibio e inoperante presidente en Guatemala como Bernardo Arévalo, defendiéndolo de bandas mafiosas locales que lo acosan, porque ese genuflexo mandatario cumple a cabalidad las órdenes dictadas por Washington.
En abierta violación a la autonomía de las naciones, con soberbia descarada, declara “narcoterrorista” al presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, a cuya cabeza pone precio (50 millones de dólares, como si fuera una burda película de vaqueros hollywoodense), pergeñando la falsa noticia de ser ese “dictador” el directivo de un inexistente cartel narcotraficante, movilizando una enorme fuerza militar al Mar Caribe, hostigando y buscando así su destitución para instalar en la dirección del país caribeño a alguien dócil (¿María Corina Machado, la Premio Nobel de la “Paz”?) que le asegure el aprovechamiento (¿robo descarado e impune?) de las enormes reservas petroleras que allí se encuentran, y que le darían aire a la alicaída economía estadounidense, teniendo en cuenta que el dólar aún se mantiene medianamente a flote a partir de la fijación de precios del petróleo en esa divisa (petrodólares), por lo que Washington “necesita” a toda costa contar con esas reservas.
Con esta avanzada de ultraderecha y la búsqueda de control total de la región —bases militares en Argentina, el intento de recolocarlas en Ecuador ahora que hay un mandatario afín a la Casa Blanca, ampliar las de Honduras, apoyo irrestricto a los nuevos presidentes ultraconservadores de Bolivia y de Chile, Cuarta Flota Naval “custodiando” las aguas del Atlántico Sur— lo que busca Washington es desarticular totalmente las propuestas molestas como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América —ALBA— y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños —CELAC—, y marcar claramente el que considera territorio propio.
Es, definitivamente, una estrategia de recolonización, tomando a toda la región como virtual “república bananera”, donde actuar con la más completa impunidad y con el aval explícito de las autoridades locales, siempre apoyadas por el amo imperial.
La historia no está terminada, porque China y Rusia, ahora tan poderosas como Estados Unidos, hablándole de igual a igual, no dejan pasar impune estas acciones, lo que constituye un foco de potencial peligro, dado que podría dispararse un conflicto militar en la región —el bloqueo naval contra Venezuela puede ser la chispa que lo inicie— del que no se saben las consecuencias.
El mundo ya no es el mismo que el de los inicios del siglo. La consigna trumpiana de “Hacer grande de nuevo a Estados Unidos” —MAGA, Make America great again— es un reconocimiento implícito de que la superpotencia ya no es tan superpotencia como en el pasado.
La desventaja económica y el endeudamiento mantenido con China y la efectiva inferioridad militar con Rusia reconocida por el mismo Pentágono, fuerzan a la clase dominante de Estados Unidos, representada tan histriónicamente por este Milei yanki —con más motosierras simbólicas que el payasesco argentino— a estos manotazos de ahogado para retrasar lo más posible su caída, inexorable por lo que parece.
Con el nuevo tablero geopolítico que se está abriendo, ¿se abren también posibilidades para el inmenso campo popular del planeta de marchar hacia el socialismo? De nosotras y nosotros dependerá, al menos en parte, ver que eso se pueda concretar. La historia no está terminada; por tanto, ¡hay que seguir escribiéndola!















