Hoy, la línea entre la esfera pública y las redes sociales es tan fina que a menudo desaparece, dejando un panorama donde la ambigüedad se ha convertido en la ideología predilecta de la clase política. Observo con inquietud cómo muchos líderes han sustituido la ardua tarea de plasmar ideas y defender estructuras de pensamiento coherentes por la simple estrategia de seguir la tendencia.

Esta filosofía del "como va viniendo, vamos viendo" no es solo una falta de carácter, sino una profunda irresponsabilidad que mina los fundamentos de una nación, impidiendo la construcción de planes a mediano y largo plazo que trasciendan la efímera popularidad del momento. No se puede gobernar un país con la misma ligereza con la que se navega por un feed de videos virales.

La política de trends

El paralelismo con el mundo de los creadores de contenido es el espejo más honesto y terrenal de este fenómeno. Mientras un influencer espera ansioso a que un baile o una frase se vuelva viral para replicarlo y sumarse al trend, la mayoría de políticos hacen exactamente lo mismo con los temas de la agenda nacional.

La migración, el aborto, la devaluación o el costo de la vida se convierten en meros elementos de marketing discursivo, temas que solo merecen atención y una opinión "a medias" si y solo si la calle, o peor aún, el algoritmo, los ha encumbrado como trending topic.

Es fácil identificar a estos políticos seguidores, pues antes del boom mediático, su silencio sobre el asunto era sepulcral, lo que revela la falta de conocimiento o, lo que es peor, una calculada ambivalencia para no comprometerse con ningún sector.

La esencia de la crítica no reside en el medio, sino en la superficialidad del mensaje. Estos líderes, más preocupados por la viralidad que por la viabilidad, emiten opiniones que son tan frágiles como una burbuja de jabón, incapaces de soportar el más mínimo escrutinio. La falta de un marco ideológico firme los obliga a opinar al día, resolviendo la situación con frases hechas y consensos vacíos, porque carecen de la base intelectual para sentarse a discernir qué conviene más a la nación y, fundamentalmente, por qué conviene más.

Esta inconstancia discursiva, esta eterna conveniencia, es el gran riesgo que enfrentamos: la política deja de ser el arte de la visión y se convierte en la reacción oportunista, incapaz de generar la confianza necesaria para ejercer un liderazgo real y efectivo sobre el futuro.

Creadores de discurso o repetidores de eslogan

En contraparte, en la política existe, o debería existir, la figura del creador de tendencia o, mejor dicho, el creador de discurso. Este es el político que no se mete en la conversación simplemente porque es popular, sino que responde a partir de sus convicciones y de su estructura de pensamiento ya conocida y probada por el público.

Cuando surge un tema candente que exige una respuesta, el líder genuino se apoya en una visión que ha plasmado, escrito y defendido con anterioridad, demostrando que su opinión no es una pose reciente, sino el resultado de un estudio y un compromiso. El valor de este enfoque es incalculable, pues permite al ciudadano saber a quién está escogiendo o votando, otorgando una confiabilidad imposible de obtener del político camaleónico.

Esta coherencia es la divisa más valiosa en la democracia. Un político que no cambia de discurso cada dos o tres días permite a su electorado confiar en la persona detrás del cargo, lo cual es vital para la estabilidad social y la gobernabilidad.

Cuando el líder es una persona de palabra y de estructura, sus propuestas, aunque sean impopulares en su momento, están cimentadas en una responsabilidad que supera el pánico a perder un puñado de likes o votos.

Exigirles esta solidez no es un capricho, sino la obligación cívica mínima que se les pide a quien pretende definir el destino colectivo. La política no puede seguir siendo un laboratorio de experimentos donde se prueban frases virales hasta que una pegue; debe ser el ejercicio serio de la filosofía aplicada a la administración de lo público.

El mandato de la firmeza

Se debe exigir más. Debemos dejar de tolerar a los políticos ambiguos que no tienen nada que defender porque carecen de una ideología que los sostenga más allá del próximo ciclo electoral.

El lector y el votante deben castigar la mediocridad discursiva y la conveniencia como principio rector. Todas las naciones requieren líderes con la valentía de escribir y defender sus ideas con la misma tenacidad con la que se casan con una estructura o un ideal. La filosofía de una nación no puede ser el algoritmo; debe ser la visión, la firmeza y la responsabilidad que solo un político que es creador de su propio discurso puede ofrecer, en lugar del simple y hueco eco de lo que ya está de moda.