El derecho fundamental a la educación se enfrenta a su prueba más exigente y a su máxima expresión de equidad cuando la salud de un niño, niña o adolescente se ve comprometida, obligándolo a interrumpir su escolaridad y a permanecer en un entorno hospitalario o en su domicilio. La Educación Hospitalaria y Domiciliaria (EHD), por lo tanto, no se erige como un privilegio o un programa asistencial, sino como un derecho inalienable y una poderosa herramienta para el cuidado integral. Esta modalidad educativa trasciende la mera instrucción académica; se configura como un factor de normalización que interviene directamente en el bienestar emocional y psicosocial del estudiante (Calvo Álvarez, 2017), reafirmando su identidad como sujeto de derechos y de aprendizaje.
Los desafíos inherentes a la EHD persisten dada la naturaleza incierta de las enfermedades, la alta variabilidad de los contextos clínicos y la necesidad de una profunda articulación intersectorial. Sin embargo, la combinación de un sólido marco normativo internacional, una pedagogía flexible de vanguardia y un equipo docente altamente comprometido y en constante formación, constituye el camino hacia una inclusión plena y efectiva. El verdadero logro de la EHD no reside únicamente en la continuidad curricular, sino en la capacidad de mantener intactos el deseo de saber y la curiosidad, elementos esenciales del proyecto de vida del estudiante.
El marco normativo internacional: de la asistencia al derecho
La Educación Domiciliaria y Hospitalaria encuentra un robusto sustento legal que la posiciona como una obligación del Estado y un derecho de la ciudadanía. La tendencia global apunta a desvincularla de la discrecionalidad administrativa, anclándola en los principios de Derechos Humanos.
A nivel internacional, el derecho se refuerza con documentos clave como la Carta Europea sobre el Derecho a la atención educativa de los niños, niñas y adolescentes enfermos (2000), que establece parámetros claros sobre la necesidad de asegurar la continuidad de la enseñanza en cualquier entorno de internación o convalecencia. Esta mirada es fundamental, pues subraya que la educación en la adversidad no es un programa de asistencia social, sino un componente esencial de los derechos humanos del niño, tal como lo enfatiza Calvo (2017) al referirse a la Pedagogía Hospitalaria como un pilar clave en la atención integral.
En América Latina, países como Argentina han consolidado este derecho. La Ley N° 26.206 de Educación Nacional (2006) dedica un capítulo específico a la EHD, garantizando la trayectoria escolar. Esto se complementa con la Resolución CFE N° 108/10 (2010), que establece principios de práctica como la inclusión, la calidad, la intersectorialidad (coordinación con el sector salud) y la continuidad pedagógica. Estos lineamientos aseguran que la EHD se articule con el currículo común, evitando el desfasaje académico y facilitando la posterior reinserción del estudiante a su escuela de origen.
La educación como factor terapéutico y reafirmación de la identidad
La enfermedad, y especialmente la hospitalización prolongada, irrumpe en la vida del niño generando una crisis que conlleva la pérdida de autonomía, la separación del entorno habitual y la confrontación con la vulnerabilidad, reflejando fases de desestructuración similares a las descritas en el duelo (Kübler-Ross, Centro de Psicología Integral, s.f.).
En este contexto de profunda anomalía, la escuela, a través del docente hospitalario o domiciliario, se convierte en un ancla de realidad. El espacio educativo ofrece una burbuja de normalidad dentro del caos clínico. Al mantener el contacto con el currículo, las rutinas de aprendizaje y, fundamentalmente, con el rol de estudiante, el niño reafirma su identidad como aprendiz por encima de su identidad como paciente.
Esta reafirmación es esencial para la construcción de la resiliencia, entendida como la capacidad de sobreponerse a momentos críticos (García y Morales, 2018). La educación activa los "pilares de la resiliencia", al fortalecer la autoestima, ejercitar la autonomía en la toma de decisiones sobre las tareas y mantener el sentido del propósito. El aprendizaje continuo mitiga el aislamiento y la sensación de estancamiento vital, transformando el tiempo de convalecencia en un tiempo de construcción activa del futuro.
Como señala Lizasoáin (2007), es vital alcanzar un modo conjunto de entender la pedagogía hospitalaria, donde la educación sea vista como una "prioridad de vida". Esta comprensión compartida entre el personal de salud y el equipo docente es lo que permite que el niño continúe siendo sujeto de derechos y de una vida activa, incluso en las circunstancias más difíciles.
El perfil docente: epicentro de la pedagogía flexible e intercultural
La implementación efectiva y humanizada de la EHD requiere una pedagogía radicalmente flexible que se adapte al ritmo, la energía, el dolor y la imprevisibilidad del entorno clínico. Esta realidad obliga al docente a transitar una formación específica que lo dote de dispositivos y estrategias no convencionales que prioricen el vínculo sobre el contenido (Anijovich, 2009).
El perfil y rol del docente en aulas hospitalarias inclusivas es, quizás, el factor humano más crítico. Mendoza Carrasco (2022) lo describe no solo como un mediador de contenidos, sino como un agente terapéutico y de contención emocional. Este profesional exige una combinación de sólidas competencias pedagógicas y una profunda sensibilidad hacia la situación del niño enfermo:
Dominio pedagógico y curricular adaptativo
El maestro hospitalario debe ser experto en didácticas flexibles. La capacidad de "transitar la formación pedagógica" (Anijovich, 2009) implica diseñar sesiones cortas, significativas y altamente personalizadas, priorizando aprendizajes clave y respetando los tiempos de tratamiento. Además, asume la responsabilidad de trabajar en un aula multigrado en el hospital, lo que requiere un dominio de contenidos de diversos niveles académicos y de la complejidad del currículo nacional de básica regular.
Competencia en el contexto clínico y multicultural
Es fundamental que el docente comprenda las patologías, los efectos secundarios de los tratamientos y el impacto de la enfermedad en el aprendizaje. Esto le permite ajustar expectativas e interpretar señales de fatiga o dolor.
Además, el entorno hospitalario es un espacio de multiculturalidad. Como señala Colom (1992), la educación intercultural debe servir para modificar actitudes con respecto a la diversidad cultural. El docente hospitalario debe reconocer y valorar las múltiples identidades, orígenes y contextos culturales que convergen en el hospital (pacientes y personal). Educar interculturalmente es desarrollar la construcción de una realidad común de convivencia, donde se revisen y transformen los componentes culturales, promoviendo la equidad y la valoración de la diversidad.
Inteligencia emocional, creatividad y habilidades vinculares
El maestro debe desarrollar una gran empatía para conectar con niños que atraviesan miedo, dolor y ansiedad. La capacidad de establecer un vínculo de confianza es crucial. La flexibilidad y creatividad son indispensables para improvisar, modificar planes sobre la marcha y encontrar soluciones ingeniosas en un espacio físico limitado (una cama de hospital). La competencia en el "Saber Actuar en Situación", inspirada en Guy Le Boterf (2000), implica movilizar todos los recursos (conocimientos, habilidades y actitudes) para actuar eficazmente en situaciones complejas, transformando un ambiente hostil en uno propicio para el aprendizaje.
Habilidades de comunicación y trabajo interdisciplinario
La comunicación es el eje de la EHD. Debe ser clara, específica, abierta y flexible, respetando la diversidad de opiniones y pensamientos para generar una interacción eficaz con el estudiante, la familia y, crucialmente, con los miembros del ámbito de salud. Francisco Imbernón (2007) enfatiza que el trabajo colaborativo es esencial para una "nueva cultura profesional". Las habilidades blandas del docente deben asegurar un clima escolar democrático, de armonía y de cultura de paz, fundamental para contrarrestar el estrés que la enfermedad genera en los estudiantes.
EHD: un instrumento de equidad y continuidad del proyecto de vida
La continuidad es la palabra clave que define la esencia y el éxito de la EHD. Se trata de una continuidad de la trayectoria escolar y, fundamentalmente, de una continuidad del proyecto de vida del niño. La legislación busca activamente asegurar que la enfermedad, temporal o crónica, no se convierta en una causa de exclusión educativa y social.
El trabajo intersectorial efectivo es la base para este éxito. Calvo (2017) sostiene que la pedagogía hospitalaria es la clave para garantizar el derecho a la educación en estas circunstancias, ya que exige una mirada holística sobre el niño: el aprendizaje está íntimamente ligado a su proceso de recuperación, y el acto de enseñar debe estar subordinado al proceso de sanación. La escuela en el hospital opera bajo la premisa de que la recuperación es el currículo prioritario, siendo lo académico un apoyo fundamental para ese fin.
En la actualidad, la pedagogía hospitalaria avanza más allá de ser una educación compensatoria y transitoria, vislumbrando la EHD como un espacio que no solo preserve el derecho a la educación, sino que fomente activamente la equidad educativa (Calvo, 2017).
La meta final de la Educación Hospitalaria y Domiciliaria es la inclusión plena y exitosa. Es la prueba de fuego de que el sistema educativo en su conjunto es verdaderamente inclusivo, capaz de adaptarse y responder a las barreras más extremas. La EHD es una manifestación tangible de que la sociedad no abandona a sus miembros más vulnerables. El verdadero logro de esta modalidad es asegurar que su deseo de saber y su curiosidad se mantengan intactos, recordándole que tiene un futuro que espera ser escrito. La EHD no solo educa; sana la esperanza.
Referencias bibliográficas
Anijovich, R. (2009). Transitar la formación pedagógica. Paidós.
Calvo Álvarez, M. G. (2017). La Pedagogía Hospitalaria: un pilar clave en la atención integral. Revista Iberoamericana de Educación.
Carta Europea sobre el Derecho a la atención educativa de los niños, niñas y adolescentes enfermos. (2000).
Colom, A. (1992). “Identidad cultural y proyectos supranacionales de organización social”, en Educación intercultural en la Perspectiva de la Europa Unida. Sociedad Española de Pedagogía.
Consejo Federal de Educación (CFE). (2010). Resolución CFE N° 108/10: Lineamientos Políticos y Estratégicos de la Educación Domiciliaria y Hospitalaria.
García, E. L., & Morales, M. D. (2018). Resiliencia y educación: una perspectiva psicosocial.
Imbernón, F. (2007). La formación y el desarrollo profesional del profesorado. Graó.
Ley de Educación Nacional N° 26.206. (2006).
Lizasoáin, O. (2007). Pedagogía Hospitalaria. Hacia una educación sin límites. Editorial EOS.
Mendoza Carrasco, J. (2022). Perfil y rol del docente en aulas hospitalarias inclusivas. Educación, 28(2), e2642.
Le Boterf, G. (2000). Ingeniería de las competencias. Gestión 2000.
Centro de Psicología Integral. (s.f.). Modelo de Kübler-Ross.















