La creciente corrupción es una de las situaciones más complejas, recurrentes y lamentables que afecta a la sociedad.
Si pudiera nombrar los casos, lugares y situaciones asociadas a este flagelo, no alcanzaría el papel ni las palabras para describir lo que sucede en prácticamente todo el mundo, por efectos de la corrupción que afecta prácticamente a todos los ámbitos de lo que consideramos público.
Son tantos los casos que la lista sería interminable, por lo que es preferible reflexionar sobre la corrupción generalizada que, desafortunadamente, vemos en nuestro entorno y que está presente en los gobiernos locales, regionales, nacionales e incluso globales.
Es muy posible que en tu entorno encuentres uno, dos y más casos de este flagelo que azota a la sociedad y a los gobiernos, con independencia del color político e incluso de la ideología que lo identifique.
De hecho, hay frases populares para referirse a la corrupción, cuando se asume que algunos gobernantes “roban, pero algo hacen", como una forma de aceptar lo “inevitable”; aunque las prácticas se mantienen y crecen de forma tan descarada que ahora se dice “roban y poco hacen”.
Para ver lo evidente, basta con observar las construcciones inacabadas, los proyectos inconclusos y los “elefantes blancos” que parecen monumentos al despilfarro, detrás de los cuales se esconden las mordidas, como se conoce a las tajadas a los presupuestos. Hasta hay “carruseles de la contratación”, para describir escándalos por el mal uso de fondos públicos, mediante el continuo reparto de contratos y comisiones para obras con altísimos sobrecostes.
La presencia de este mal es tan amplia que existe un lenguaje para describir la corrupción, por ejemplo, “se venden por un plato de lentejas”, para explicar la compra de votos o el apoyo a proyectos por beneficios particulares; o untan “mermelada” a cambio de favores para la aprobación de leyes o decretos. También están las “puertas giratorias”, que describen los nexos entre cargos políticos, que son “fichados” por las empresas privadas, ya sea para agradecer favores o para conseguirlos.
La corrupción se ha extendido como un virus letal que corroe y deteriora las estructuras más profundas de la sociedad, dejándonos con la sensación de abandono, impotencia, indignación y desolación... cada día duele más porque, con el tiempo, se verifica que son precisamente los que deben velar por el bien común quienes están implicados en los casos que salen a la luz.
Es que estamos en el tiempo de la caída de las máscaras, porque la farsa no se puede sostener eternamente y —sobre todo— porque la avaricia y el desfalco de lo público son tan amplios como vergonzantes, que llegan al punto de ser insostenibles e inocultables.
Y eso que apenas empiezan a salir las verdades que sabíamos e intuíamos, con casos que costaba ver por el ocultamiento de los implicados, pero también por la incredulidad respecto a la capacidad de actuar mal por parte de las autoridades públicas que en algún momento prometieron trabajar por el bien común, pero se desviaron para su beneficio particular.
Es como si apareciera la punta de un iceberg, que esconde una enorme montaña de corrupción llena de entramados, con acuerdos y enredos difíciles de imaginar, pero que sin duda superan los guiones más elaborados de la novela negra. Si fuera ficción, sería una ilusión o diversión; sin embargo, es la realidad de la distorsión de intereses y la conjugación de factores que operan para facilitar el saqueo, a la vez que se consolida la pérdida de principios entre los implicados y las esperanzas de los afectados.
La corrupción implica sobornos y pagos a las partes implicadas que, sin asco y con mucho tino, construyen y sostienen redes clientelares que facilitan la extracción de recursos públicos.
Para ser viable, la corrupción requiere el uso y el abuso del poder para obtener beneficios, utilizando los “privilegios” conseguidos por votación en las urnas o por el acceso a cargos públicos, a cambio de favores o por pertenecer a un entramado clientelar. Es sabido que, muchas veces, para acceder a altos cargos hay que tener “enfuches”, ser parte de la “rosca” o pertenecer a los círculos cercanos al poder para obtener beneficios, como contratos laborales que no requieren concursos ni años de estudio; o ganar licitaciones sin cumplir los requisitos ni procedimientos establecidos para el común de los mortales.
El tráfico de influencias, los sobornos, el pago de comisiones y los “favores” para beneficiar a los implicados son parte de la corrupción que corroe los cimientos del contrato social y vulnera la credibilidad del sistema democrático. Aunque también es un asunto que afecta a dictaduras y gobiernos de “larga duración”, caracterizados por el beneficio de los pocos que gobiernan, en detrimento del bienestar general de la población gobernada.
Malversación de fondos, licitaciones y contratos amañados, pago de comisiones y el uso indebido de los bienes públicos son procesos fraudulentos diseñados para conseguir ventajas económicas que se reparten y ocultan entre familiares, amigos y círculos cercanos. Así se tejen redes que parecen invisibles, pero que cada vez son más evidentes por el enriquecimiento de los implicados que ascienden en la escala de poder y económica a costa del descenso ético.
El nepotismo se consolida como una práctica de favorecimiento de familiares —desde los más cercanos como las parejas y su descendencia (también ascendencia), hasta hermanos, tíos, primos y cuñados—, con beneficios como el acceso a cargos, aunque no posean títulos o incluso estos sean falsos, o la asignación de licitaciones y subvenciones.
Además, los familiares y cercanos suelen ser testaferros que administran los “ingresos” a través de inversiones inmobiliarias, empresas fachada para el blanqueo de fondos y otros mecanismos de gestión de fortunas mal habidas, bien ocultas en paraísos fiscales.
Lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y otros engaños son habituales en los funcionarios corruptos que deberían ser ejemplo de transparencia, pero esconden sus riquezas en paraísos fiscales. Esto sucede mientras a la ciudadanía se le aprieta el bolsillo, pues sin vergüenza ni reparos se le exige el pago de tributos con crecientes cargas impositivas para cumplir con las metas fiscales del Estado.
Como si todo lo anterior fuera poco, el nivel de corrupción se ha extendido a tal grado que en las últimas décadas hay evidencias de los vínculos con el narcotráfico y otras actividades ilegales que extienden sus entramados a distintos niveles del Estado. Por ejemplo, facilitando el lavado de activos con inversiones inmobiliarias, ignorando el tráfico o contrabando, etc.
En este contexto se construyen emporios de dudosa procedencia que, bajo el amparo de corruptos que se lucran sin ética ni valores, menosprecian las consecuencias de sus acciones. Porque en el corto plazo afectan a la sociedad en general y en el largo plazo a su entorno, pues tarde o temprano habrá efectos, si no son humanos, serán por la justicia divina.
Llegados a este punto, es necesario recordar por qué la corrupción es un problema, pues, al parecer, no estamos lo suficientemente conscientes de sus efectos y consecuencias para la sociedad, la justicia, la política, las instituciones, la economía y el Estado en general.
La corrupción es un problema de magnitud inimaginable dado que debilita el sistema en general y lo público en particular, mermando la credibilidad en las instituciones que son saqueadas y debilitadas, en detrimento de la autoridad que tiende a convertirse en autoritarismo.
Igualmente es un flagelo que aumenta la desigualdad, no solo por el enriquecimiento de quienes se benefician de la corrupción, sino por el detrimento de la calidad de los servicios que el Estado debe brindar a los trabajadores y empresas que tributan para sostener un sistema que no cubre satisfactoriamente las necesidades básicas, ni crea condiciones para estimular el crecimiento económico con inversiones, infraestructuras y proyectos para el bien común.
El desvío de fondos y el asalto a las arcas del Estado afectan la calidad de los servicios públicos, en especial de la salud, la educación y la seguridad social. Es lamentable ver el deterioro de las instalaciones sanitarias, pese al aumento de los aportes de los afiliados, o la baja calidad de los servicios, que afectan una aclamada competitividad que es todo menos eficaz. Cada vez menos personal de atención para mejorar la calidad, mientras aumentan los puestos o plazas de asesores con altos salarios, dietas y privilegios de élite.
Así, la corrupción daña la economía y las posibilidades de desarrollo de un pueblo, ciudad, región y país. Como si esto fuera poco, este problema tiene una escala global y trasciende las esferas de lo público, traspasa las fronteras entre los intereses de las corporaciones y puede afectar a organismos multilaterales. También toca ámbitos privados e incluso organizaciones no gubernamentales, las que, bajo lemas de cooperación, acceden a recursos que, en algunos casos, se distribuyen con las mismas prácticas oscuras heredadas o calcadas de la corrupción.
El complejo militar-industrial es un sistema corrupto que se perpetúa a sí mismo.
El sistema está corrupto y la pregunta es: ¿qué podemos hacer para cambiarlo? Seguramente habrá que repensar el Estado, los mecanismos de control público, las formas de reparto del poder e incluso el contrato social.
Y hay un aspecto muy importante, que poco se tiene en cuenta, y es la censura social, amplia, pública y generalizada ante personajes, entidades y acciones probadamente corruptas. Porque, aunque la justicia se pronuncie, esto no implica que se restituyan los bienes y valores robados, ni que se pague el daño causado; al contrario, en el mejor de los casos se pagan unos pocos años para luego disfrutar del botín, como Ali Baba en la guardia mágica.
Así como es el tiempo de la caída de las máscaras, también lo es para recuperar el poder del honor, el valor de la honra y el buen ejemplo de honestidad que permite salir a la calle con la cara limpia, sin vergüenzas y malas herencias.
Entonces, tal vez dejaremos de ser gobernados por unos pocos sinvergüenzas, a la vez que recuperaremos el sentido común de la inmensa mayoría de seres humanos buenos, que tienen una conciencia limpia como la mayor riqueza de sus vidas.
Es necesario creer que es posible vivir en un mundo libre de corruptos, gobernado por seres honestos, coherentes y transparentes que no necesiten asaltar el Estado para ser reconocidos y enriquecidos. Todo llegará, las máscaras caerán y los buenos, que son más y mejores, gobernarán.
Y prevalecerá el valor de la verdad para vivir con honestidad y en armonía con la comunidad.















