Hay períodos en la historia en los que el concepto de civilización capta la atención de historiadores y científicos sociales. Hace aproximadamente un siglo, Oswald Spengler, Arnold Toynbee y Pitirim Sorokin fueron los nombres que más se distinguieron en este ámbito. A finales del siglo pasado, los estudios poscoloniales y Samuel Huntington, con su Choque de civilizaciones, supusieron el retorno del interés por la idea de civilización, aunque con propósitos opuestos: los estudios poscoloniales, criticando el eurocentrismo; Huntington, defendiéndolo contra las amenazas china e islámica. Estos estudios, a pesar de todas las divergencias, tenían en común una idea central: la competencia, la rivalidad y la sucesión entre civilizaciones. Y Occidente siempre estuvo en el centro de atención.
En tiempos más recientes, el tema de la civilización surgió en un nuevo contexto: en la forma en que la civilización, sea cual sea, define sus relaciones con la naturaleza. Este es sin duda el tema del presente y del futuro. Y hasta hace pocos años estábamos convencidos de que, dado el inminente colapso ecológico, la presencia de este tema era irreversible. Pero, de repente, gracias al síntoma Donald Trump y a todo lo que lo convierte en la noticia de apertura de todos los noticiarios de gran parte del mundo, el tema de las relaciones entre civilización y naturaleza volvió a desaparecer y, en su lugar, el tema de la rivalidad entre civilizaciones volvió a la agenda política bajo diferentes denominaciones, como rivalidades entre imperialismos, conflicto entre EE.UU. y China, lucha entre democracias y autocracias. En este texto, no pretendo entrar en el debate civilizacional en todas sus dimensiones. Me limito a un problema específico.
Nuestra época abre un período civilizatorio que denomino, inspirándome en la obra de Arnold Toynbee, petrificación. Se trata de un debate occidental. La petrificación es un período de prolongado declive en el que una determinada civilización deja de responder a los retos, pierde energía creativa y espiritual y adopta formas rígidas de jerarquía. La petrificación puede retrasar incluso el momento de la desintegración y la disolución.
Aun admitiendo que, en el pasado, cada civilización, siguiendo su curso de nacimiento, crecimiento, madurez, desintegración y disolución, acabó siendo sustituida por un enemigo externo que denominó barbarie, creo que lo que se denomina civilización occidental se encuentra hoy en un estado de petrificación. Se trata de un estado que, aunque parece dominado por un ritmo vertiginoso, es, de hecho, un período de estancamiento. El estancamiento no es el resultado de la inmovilidad. Es más bien el resultado de una feroz lucha entre las energías civilizatorias que aún resisten y las energías bárbaras que la propia civilización ha creado. Es decir, el declive no se debe a un enemigo externo que, en el pasado, se denominaba generalmente barbarie. Se debe más bien a una barbarie interna que, como un cáncer, libra una lucha sin cuartel contra la vida de la civilización. La mejor definición de este tipo de petrificación la da el dramaturgo de la Antigua Grecia Menandro, cuando afirmó: «Las cosas se pudren por males que les son propios».
Liquidar toda posibilidad de innovación civilizacional
La petrificación de la civilización occidental tiene una forma específica. La barbarie interna consiste en no dar la más mínima oportunidad a cualquier energía innovadora o creativa que surja en su seno, siempre que la minoría en el poder lo vea como una amenaza. Cuanto más pequeña es la minoría, más propensa es a ver grandes amenazas en acciones que no lo son, o, si lo son, son desafíos a los que una civilización no petrificada respondería de forma creativa.
Limitándome al período más reciente, los siguientes casos tienen algo en común: Cuba (1959-), Chile (1970-1973), Irán (1979-), Venezuela (1999-) y Gaza (2006-2026). En todos estos países ha habido intentos, unos más audaces que otros, de construir una alternativa a la ortodoxia capitalista neoliberal, tanto en términos económicos como políticos. En todos ellos, esos intentos fueron neutralizados, boicoteados y reprimidos por fuerzas externas hostiles.
Cuba
Cuba comenzó siendo una alternativa revolucionaria democrática y rápidamente se transformó en una alternativa socialista e internacionalista. Los pueblos de África, sobre todo Angola y Mozambique, nunca podrán pagar la deuda que tienen con Cuba, tanto por la conquista de la independencia (Angola, batalla de Cuito Canavale) como por la formación de generaciones de jóvenes educados para continuar la tarea de la independencia (Mozambique y los cientos de niños pobres que asistieron a la Isla de la Educación en Cuba). Cuba nunca pudo desarrollar su propuesta política y social sin intentos de asfixia por parte de Estados Unidos. Las primeras sanciones datan de 1962, prohibiendo casi todo el comercio y las transacciones financieras. Se endurecieron a lo largo de las décadas, con la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996), que ampliaron el carácter extraterritorial de las sanciones.
Hubo varios intentos de invasión. El principal intento de invasión de Cuba fue la fallida invasión de Bahía de Cochinos (abril de 1961), una operación de la CIA con exiliados cubanos para derrocar a Fidel Castro. Hubo cientos de intentos de asesinato de Castro, algunos con puros envenenados, trajes de buceo infectados con tuberculosis, bolígrafos explosivos. En ocasiones se reclutó a la mafia para llevar a cabo el asesinato, que siempre fracasó. Como todo ha fracasado siempre, el imperialismo estadounidense quiere ahora hacer imposible la vida en la isla, condenando a sus habitantes a la oscuridad, el hambre y la muerte por enfermedades evitables mediante un bloqueo total que incluye el suministro de petróleo. Esto significa la asfixia total de la isla, una nueva Riviera en perspectiva, esta vez compitiendo con Miami, en la que los cubanos que queden estarán condenados a ser esclavos de los hoteles de cinco estrellas y los condominios de lujo.
Nunca podremos conocer el potencial de desarrollo del innovador proyecto de Cuba, que en sus orígenes se inspiró en la Conferencia de Bandung y en el Movimiento de Países No Alineados (ni capitalismo occidental ni socialismo soviético). Cuba lleva más de setenta años viviendo bajo el más duro sistema de sanciones y embargos, que solo se alivió durante la época de Barack Obama.
Chile
Chile (1970-1973) fue otra innovación de gran alcance en América Latina. Mientras que en Cuba la toma del poder había sido violenta y mediante la lucha armada, en el Chile de Salvador Allende el proyecto socialista llegó al poder por vía democrática, ganando las elecciones. Si la ideología liberal estadounidense fuera sincera, no habría nada que objetar, ya que el proyecto socialista chileno llegó al poder por vía electoral. Significaba que la lucha armada no era la única forma posible de concretar la resistencia contra la injusticia y la desigualdad.
Pero el problema no era la democracia, era el control de los recursos naturales, sobre todo del cobre. Por eso, Henri Kissinger prometió en ese momento que, ante el acto de desobediencia de Chile, Estados Unidos «haría gritar a la economía chilena». Y así lo hicieron, con boicots y embargos, con la doctrinación de los militares, con infiltraciones de la CIA que promovieron huelgas, en particular la de los camioneros que paralizó el país. Como Allende no tenía mayoría en el Parlamento, recurrió a las leyes de la breve democracia socialista de 1932 (nacionalización de las minas de cobre). Ante tales ataques internos y externos, Allende no pudo ejecutar su programa. Cayó el 11 de septiembre de 1973.
Irán
En 1979, Irán se liberó del monarca títere Sha de Persia (Reza Pahlavi), instalado en el poder por un golpe de la CIA contra Mossadegh en 1952. Fue una revolución popular que puso en el poder a un líder religioso, el ayatolá Jomeini. Sea cual sea la valoración de esta revolución política, lo importante es destacar que, desde el primer momento, fue objeto de embargos y sanciones por parte de los Estados Unidos, que limitaron en gran medida las posibilidades de desarrollo de esta innovación política a finales del siglo XX. La teocracia iraní no eliminó totalmente las elecciones (a diferencia de los Estados del Golfo Pérsico), promovió el desarrollo científico y tecnológico y trató de crear zonas de influencia fuera de Irán por vía religiosa (la corriente islámica chiíta).
A lo largo de los años, ha habido varios movimientos, sobre todo por parte de las mujeres, para profundizar la democracia y eliminar la discriminación sexual. Pero todas las protestas fueron aprovechadas y, en parte, provocadas por agentes de los servicios secretos extranjeros: el MI6 del Reino Unido, la CIA de los Estados Unidos y el MOSSAD de Israel. Los disturbios más recientes, debidos a un ataque especulativo intencionado contra la moneda iraní, constituyeron formas legítimas de protesta que fueron aprovechadas e intensificadas por fuerzas políticas externas.
Hoy se sabe que muchas de las muertes de manifestantes fueron provocadas por agentes del M16, del MOSSAD y de la CIA. Nada de esto impidió que la Unión Europea, de forma frívola y servil, declarara a la Guardia Revolucionaria de Irán como organización terrorista. Una vez más, los mecanismos de evolución interna de las innovaciones fueron bloqueados o infiltrados para impedir cualquier evolución creativa de la propuesta iraní. No es necesario estar de acuerdo con ella para desear que su evolución se debiera a dinámicas internas y no a infiltraciones externas.
Venezuela
Hugo Chávez fue el responsable de la innovación política más progresista e internacionalista en América Latina a finales del siglo XX y principios del XXI. Tras un intento de golpe de Estado en 1992, Chávez fue elegido presidente de Venezuela en 1998 y gobernó el país hasta 2013. Durante ese período, Chávez no solo llevó a cabo políticas que mejoraron significativamente la vida de la gran mayoría de la población (las misiones), sino que también alteró la geopolítica de la región, haciéndola más independiente de los Estados Unidos, apoyando a regímenes hostigados por los Estados Unidos (como el suministro de petróleo a Cuba) y creando instituciones de cooperación regional, como la CELAC, la UNASUR, el ALBA, el Banco del Sur y Telesur. Además, fue un firme defensor de la cooperación Sur-Sur, abriendo América Latina a relaciones más intensas con África, China y Rusia. Intentó combinar la democracia representativa con la democracia participativa, a través del poder comunal.
Una vez más, no es necesario estar de acuerdo con todas las innovaciones, y mucho menos con las que siguieron a la muerte de Chávez. Yo mismo las critiqué en su momento. Lo importante sería dejar que los venezolanos desarrollaran medidas para corregir los posibles excesos del régimen. Y, de hecho, se creó una oposición democrática que, entretanto, Estados Unidos trató de dividir para beneficiar a las corrientes más extremistas y menos soberanistas, como había hecho en Siria y en tantos otros países. Llegaron a proclamar como presidente legítimo de Venezuela a un diputado que decidió autoproclamarse como tal en una plaza de Caracas. Y, para sorpresa de los demócratas liberales convencidos, este «nombramiento» fue ratificado por la Unión Europea.
Sobre todo tras la muerte de Hugo Chávez, Venezuela fue objeto de múltiples sanciones económicas que le costaron al país la emigración de millones de venezolanos. Una vez más, las dinámicas internas de evolución del régimen se vieron pervertidas por la influencia externa. Sin ninguna preocupación por la democracia venezolana, por la suerte de los emigrantes dispersos por el continente, Donald Trump ordenó arrestar al presidente legítimo de un país soberano y llevarlo preso a Nueva York para ser juzgado allí, según las leyes estadounidenses. Fue la forma más rápida que encontró para controlar el petróleo y los minerales de Venezuela y, así, impedir que China tuviera acceso a ellos.
Gaza
Las elecciones parlamentarias palestinas de 2006 fueron ganadas por Hamás (74 de los 132 diputados del Consejo Legislativo Palestino). Todo el mundo atento a la causa palestina conocía la corrupción de la Autoridad Palestina controlada por Fatah. Las elecciones fueron consideradas libres y legítimas por los observadores internacionales. Pero pronto el llamado Mundo Occidental, bajo la presión de Israel y Estados Unidos, se movilizó para impedir que Hamás asumiera el poder. La historia es conocida. Poco tiempo después, Hamás se vio reducido al control de la Franja de Gaza, convertida en el mayor campo de concentración del mundo. Si analizamos el programa político de Hamás, no es muy diferente del programa de las socialdemocracias europeas. Eran propuestas políticas que sin duda mejorarían las condiciones de vida de los palestinos.
No fue posible ponerlas en práctica porque Israel condicionaba hasta el más mínimo detalle de la vida en la Franja de Gaza, quién entraba y salía, qué entraba y qué salía. Llegaron a definir la «dieta mínima humanitaria» (humanitarian minimum diet), en la que se calculaban las calorías que los habitantes de Gaza necesitaban para sobrevivir. Muchos objetos de consumo habitual en Israel estaban prohibidos en la Franja de Gaza. El desempleo juvenil alcanzaba el 60 %. Para ellos, que eran la mayoría de la población de Palestina, no había ni presente ni futuro.
Ante este escándalo, los medios de comunicación de todo el mundo guardaban silencio. Solo se hablaba de la normalización de las relaciones de Israel con los países árabes a través de los Acuerdos de Abraham. Nadie hablaba del campo de concentración de Gaza. Sabemos que Hamás ponía en tela de juicio la existencia del Estado de Israel. Pero, ¿qué demócrata convencido puede defender hoy la existencia del Estado de Israel tras el genocidio de Gaza? Al fin y al cabo, el Estado de Israel fue creado para existir en pie de igualdad con el Estado palestino, que, por cierto, albergaba a la mayoría de la población de Palestina. A la luz del derecho internacional y del derecho de la guerra, el Estado de Israel es hoy un Estado paria responsable de genocidio y limpieza étnica, documentado por la muerte intencionada de miles de niños, que serían el futuro de Palestina.
¿Qué tienen en común casos tan distintos?
Lo que tienen en común es la imposibilidad de que cualquiera de estas innovaciones políticas ponga en práctica sus propuestas sin interferencias externas adversas. Repito, no tenemos por qué estar necesariamente de acuerdo con ellas. Pero tampoco podemos estar en desacuerdo con ellas porque, de hecho, nunca se han puesto en práctica. Las minorías dominantes en el mundo, a las que yo llamo imperialistas, comenzaron muy pronto su labor de boicot y represión, anunciando a una opinión pública complaciente que la experiencia fracasaría. Y, obviamente, tenía que fracasar, teniendo en cuenta todo lo que hicieron para que fracasara. Las minorías imperiales siempre tienen razón porque (casi) siempre tienen el poder de transformar la realidad para que les dé la razón.
Las políticas difieren, pero los resultados son convergentes. ¿Cuál es la diferencia entre arrasar los edificios de Gaza y matar a los palestinos, y hacer la vida imposible en Cuba, matando de hambre a los cubanos u obligándolos a lanzarse al mar con el gran riesgo de morir ahogados?
La represión de cualquier innovación que represente una amenaza para las minorías que dominan el mundo crea la rigidez a la que he llamado, siguiendo a Toynbee, petrificación. Podemos decir que la petrificación se agravó exponencialmente tras el fin de la Unión Soviética. Por mucho que les cueste aceptarlo a los anticomunistas primarios y a los guerreros de la Guerra Fría, la existencia de la URSS fue durante ochenta años la garante de la vitalidad de la civilización occidental. Con su fin, la petrificación de la llamada civilización occidental se intensificó de tal manera que ella misma puede colapsar. Cuando los empresarios de la petrificación no logren petrificar todo lo que identifican como amenaza, terminarán petrificados ante sí mismos. Ese será el momento de la desintegración y la disolución. Si para ello es necesaria una Tercera Guerra Mundial, es una cuestión abierta.















