El 15 de noviembre de 2013, tras una ardua restauración, inauguré la Casa Museo del padre de la literatura croata en el Palacio de Diocleciano de Split. Durante casi diez años, un argentino, también literato y de sangre croata, le rindió finalmente el necesario homenaje a ese fascinante escritor tras casi quinientos años de abandono.
Con la obligación de conocer más sobre el personaje, leí y acumulé la más grande bibliografía posible en varios idiomas: textos originales en croata, italiano y latín, más todas las traducciones que fui encontrando. Obtuve ejemplares nuevos y usados desde todas las ciudades croatas y desde el extranjero. Entre ellos, un compendio me pareció excepcional: The Marulić Reader, de Bratislav Lučin, a quien tuve el honor de invitar para hablar sobre su obra y sobre nuestro admirado escritor en la mismísima Casa Museo.
Siguiendo el ejemplo de lo que ocurre en España con El Quijote, leímos la obra Judita en medio de una multitud de croatas entusiasmados por rendir homenaje a uno de sus representantes culturales más importantes. Junto con la Embajada de España organizamos el encuentro cultural “Cervantes visita a Marulić”, uniendo así las dos culturas que llevo en la sangre. Lamentablemente, ciertos funcionarios de la misma embajada, mediante maniobras fraudulentas, acabaron provocando el fin de las intenciones de la Casa. Ojalá no deba esperarse tanto tiempo para que, algún otro poeta, vuelva a intentarlo. Pero volvamos al objetivo de este artículo.
El humanista que soñó en lengua croata
Marko Marulić (1450-1524), humanista de Split, es reconocido como el “padre de la literatura croata” y una figura puente en la historia del pensamiento. Desde su ciudad dálmata, elevó la lengua croata a la dignidad literaria con Judita, su epopeya inspirada en el relato bíblico. Al hacerlo, abrió un espacio donde la fe, la razón y la poesía se abrazan.
Más después que hayas aprehendido los ocultos y figurativos sentidos… aún todavía te has de levantar más en alto para que escudriñes las cosas celestiales y hagas paso de las cosas visibles a las invisibles.
Ese impulso hacia lo invisible define su obra y lo conecta con Dante, Kant y Freud, creando un arco inesperado entre la Edad Media tardía, la modernidad filosófica y la revolución psicoanalítica.
Dante en Split: la raíz poética
Los críticos —y él mismo— han llamado a Marulić “el Dante croata”. No es un epíteto vacío: ambos dignificaron sus lenguas vernáculas, ambos hicieron de la poesía un camino hacia la verdad moral. Judita juega para Croacia el mismo papel que la Divina Comedia para Italia.
La conexión lingüística está en que ambos asumieron la misión ética de la poesía. Si Dante construye su viaje del Infierno al Paraíso, Marulić despliega la historia en Judita como metáfora de la fortaleza espiritual frente a la barbarie.
Pues siempre es una victoria más recomendable vencerse a sí mismo que someter reinos ajenos….
Como Dante, Marulić sabe que la verdadera gesta es interior. Su héroe no es quien conquista por la espada, sino quien domina sus pasiones. Aquí empieza a asomar la línea que lo acerca a Kant.
La anticipación de Kant: ética y universalidad
Tres siglos antes del filósofo de Königsberg, Marulić reflexiona sobre la naturaleza de la moral en su Evangelistarium. Allí afirma que el saber sin virtud es estéril, una idea que resuena como eco prematuro del imperativo categórico kantiano:
Porque si una persona ha aprendido toda la filosofía que hay, pero no vive según sus exigencias, confesaré que es docto, pero no diré que es sabio.
Kant exigirá actuar de modo que la máxima de nuestra acción pueda valer como ley universal. Marulić, desde el humanismo cristiano, afirma que la ciencia sin virtud se convierte en corrupción. Ambos comparten la convicción de que la moral no depende de la fuerza, la riqueza ni el poder, sino de la integridad del sujeto:
Dichoso aquel que emplea bien los días de la vida, y piensa que el fin de él o será hoy, o será mañana.
En su obra, la vida buena no se mide por el éxito externo, sino por la fidelidad a los principios. Esa ética interior será también la base sobre la que Freud, siglos después, descubrirá los abismos del deseo.
Freud y la palabra que nombra la mente
Si Kant fue un eco, Freud es una ironía histórica. Marulić acuñó el término psicología en su obra Psichiologia de ratione animae humanae (1510-1517). Lo hizo para designar el estudio del alma, cuando la frontera entre teología y filosofía era aún porosa.
Los escribí porque no sabía cómo liberarme de la ansiedad que sufro.
¿Qué es esto sino la confesión anticipada del malestar que Freud convertiría en método? El humanista escribe para liberarse de la angustia, el psicoanalista convierte la palabra en cura. Ambos se enfrentan al enigma del alma, aunque el primero hable de gracia y virtud, y el segundo de inconsciente y deseo.
Freud, en sus viajes por Dalmacia en el siglo XIX, seguramente supo que las calles de Split guardaban el eco de quien había nombrado la ciencia que él haría suya. Pero la coincidencia no deja de ser simbólica: del humanismo al psicoanálisis, la pregunta sigue siendo la misma —¿qué somos?—, y la respuesta siempre se escapa un poco más allá del lenguaje.
Entre el Adriático y la eternidad
Split, además de ser la ciudad de Marulić, es un palimpsesto donde se cruzan Roma, el Renacimiento y la modernidad. El Palacio de Diocleciano, donde existió la Casa Museo, fue testigo de la ambición imperial, del recogimiento monástico y de la audacia humanista. Allí, donde el mar golpea las piedras con paciencia milenaria, un croata soñó con Dante, anticipó a Kant y nombró a Freud sin saberlo.
Así debemos concluir que es mucho mejor saber poco con virtud que mucho sin ella.
Ese es su legado: la sabiduría no es acumulación, sino elevación; no es poder, sino humildad. Por eso, cuando nos detenemos ante su estatua en la plaza de Split, no vemos solo al padre de la literatura croata, sino a un puente vivo entre mundos: entre la poesía y la razón, entre la fe y la ciencia, entre el pasado y el porvenir.















