En la obra excelsa de Gabriela Mistral no puede entenderse la religiosidad como consecuencia de una militancia doctrinal rígida. En ella se manifiesta, al igual que en otros creadores literarios universales —recordemos a Chateaubriand, a Víctor Hugo, a Nikos Kazantzakis—… como una búsqueda anhelante, e incluso desesperada. Es, más bien, una tensión permanente entre la fe, el dolor humano y el sentido de trascendencia; búsqueda que se nutre de las fuentes bíblicas —especialmente del Antiguo y el Nuevo Testamento—, que su abuela le leía, sentada en su regazo, pero que ella las reinterpreta desde una experiencia vital marcada por la pérdida, la maternidad simbólica y la preocupación ética por el otro.
En Gabriela Mistral, la religión no es un sistema cerrado, sino una forma de leer el mundo. Y en ese proceso, la Biblia se convierte en reservorio de imágenes, tonos y conflictos. El Antiguo Testamento le ofrece un lenguaje de gravedad, de justicia y de desolación; el Nuevo Testamento, en cambio, introduce la posibilidad de la ternura, la redención y el amor sacrificial. Pero en su obra ambos registros no se oponen: conviven en una tensión que define su voz.
El influjo del Antiguo Testamento se manifiesta en el tono profético que atraviesa muchos de sus textos. Mistral escribe como quien denuncia y advierte. Hay en ella una conciencia aguda del sufrimiento humano, pero también una exigencia moral que recuerda a los grandes profetas bíblicos y a ese omnipresente “temor de Dios”, fundamental para entender la herencia hebrea del cristianismo.
Su poesía no busca consolar de manera fácil; interpela. La figura de Dios en este registro no es siempre cercana ni amable: es una presencia que puede ser severa, incluso silenciosa, lo que intensifica la experiencia de abandono.
Este carácter se aprecia en poemas donde el dolor no encuentra resolución inmediata. La muerte, la pérdida y la soledad aparecen como realidades inevitables, no suavizadas por una promesa simplista. Aquí Mistral se acerca a la lógica del Antiguo Testamento: la fe no elimina el sufrimiento, lo atraviesa. Y en ese atravesamiento surge una relación compleja con lo divino, donde el creyente no es pasivo, sino que interroga, cuestiona y, en ocasiones, reclama.
Sin embargo, reducir su religiosidad a esta dimensión sería incompleto. El Nuevo Testamento introduce en su obra un giro decisivo: la centralidad del amor y la compasión. Este elemento se expresa con especial fuerza en su concepción de la maternidad, que no es solo biológica, sino ética. Mistral construye una figura materna que acoge, protege y se entrega, en una lógica claramente vinculada al mensaje cristiano.
La figura de Cristo, aunque no siempre nombrada de forma explícita, atraviesa su imaginario. No como una figura teológica abstracta, sino como encarnación del sufrimiento y del sacrificio. En este sentido, la poeta encuentra en el Nuevo Testamento una clave para resignificar el dolor: no como castigo, sino como posibilidad de vínculo con los otros. El sufrimiento se vuelve entonces un espacio de encuentro, no solo de pérdida.
Oración al Cristo del Calvario
En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.Amén.
Esta dimensión se hace evidente en sus textos dedicados a la infancia y a la enseñanza. Su preocupación por los niños no es solo pedagógica, sino profundamente espiritual. Ve en ellos una pureza que remite a la lógica evangélica, donde el niño es modelo de fe y, al mismo tiempo, ser sagrado en su inocencia. Pero esta idealización no es ingenua: está atravesada por la conciencia de la vulnerabilidad. Por eso, su voz adquiere un tono protector que recuerda la figura del Buen Pastor, una imagen de cobijo afectivo y moral.
Lo relevante es que Mistral no adopta estos elementos de manera ornamental. No hay en su obra una simple cita o reproducción de motivos bíblicos. Lo que hace es incorporarlos a su propia experiencia, reinterpretarlos desde su biografía y su contexto. De ahí que su religiosidad sea profundamente personal, incluso heterodoxa en algunos aspectos, cuando surge en su ánimo la rebeldía por los abusos contra los pobres y desamparados; podríamos decir que ella reencarna, desde el valle de Elqui, el espíritu tolstoyano de los primeros cristianos.
Este rasgo se observa en su relación con Dios, que no es lineal ni estable. Hay momentos de cercanía y otros de distancia. La fe no es una certeza permanente, sino una búsqueda que se reactualiza en cada experiencia de dolor o de amor; la fe se torna peregrinaje y ella se llama a sí misma, peregrina… En este sentido, su obra se acerca más a una espiritualidad en movimiento que a una doctrina aposentada.
Además, su lectura de la Biblia no es literal, sino simbólica. Los relatos y figuras bíblicas funcionan como matrices de sentido que le permiten pensar su propia realidad. El desierto, por ejemplo, no es solo un espacio físico, sino una condición espiritual. La figura del hijo no es solo biológica, sino también una metáfora del vínculo con el otro. Esta capacidad de resignificación es clave para entender cómo el Antiguo y el Nuevo Testamento operan en su obra: no como textos cerrados, sino como fuentes abiertas de interpretación.
La Biblia
Libro mío,
libro en cualquier tiempo y en cualquier hora,
bueno y amigo para mi corazón,
fuerte, poderoso compañero.Tú me has enseñado la inmensa belleza
y el sencillo candor, la verdad terrible
y sencilla en breves cantos.Mis mejores amigos no han sido
gentes de mis tiempos;
han sido los que tú me diste:
David, Rut, Job, Raquel y María.Con los míos éstos son mis gentes,
los que rondan en mi corazón
y en mis oraciones,
los que me ayudan a amar y a bien padecer.Por David amé el canto,
merecedor de la amargura humana.En Eclesiastés hallé mi viejo gemido
de la vanidad de la vida,
y tan mío ha llegado a ser vuestro acento
que ya ni sé cuándo digo mi queja
y cuándo repito solamente la de vuestros dolores.
Nunca me fatigaste,
como los poemas de los hombres.Siempre eres fresco, recién conocido,
como la hierba de julio, y tu sinceridad
es la única en que no hallo peligro,
mancha disimulada de mentiras.Tu desnudez asusta a los hipócritas
y tu pureza es odiosa a los libertinos.Yo te amo todo,
desde el nardo de la parábola
hasta el adjetivo crudo de los Números.
En definitiva, la religiosidad de Gabriela Mistral se construye en la intersección de dos tradiciones bíblicas que ella no separa, sino que integra, aunque de un modo personal que parece heterodoxo.
Del Antiguo Testamento toma la gravedad, la exigencia y la conciencia del dolor; del Nuevo, la ternura, la compasión y la posibilidad de redención; también la maternidad de María, que hace suya desde su propia infertilidad fisiológica. No obstante, lo decisivo es cómo estos elementos son transformados por su experiencia personal y su sensibilidad poética.
Aquí hay un punto que conviene tensionar: Mistral no escribe desde la tranquilidad de la fe, sino desde su problema. Su religiosidad no es un refugio, es un campo de conflicto. Y es precisamente en esa incomodidad donde su obra adquiere profundidad. No ofrece respuestas cerradas, sino una manera de habitar la pregunta. Y en ese gesto, su lectura del Antiguo y del Nuevo Testamento deja de ser un ejercicio literario para convertirse en una forma de existencia.















