Desde hace años, cada vez que alguien afirma que One Piece es una obra política, surge una reacción casi automática: “no es política, es una historia de piratas”; “es una aventura”; “no habla de partidos ni de ideologías”. El reflejo dice más de nuestra comprensión de la política que de la obra. Porque si entendemos lo político no como la gestión administrativa del presente, sino como la distribución del poder, la legitimación de la autoridad y la organización de la desigualdad, entonces el cómic no solo es político: es una de las narraciones políticas más consistentes y populares de nuestro tiempo. La clave está en asumir algo elemental: lo político no empieza en el parlamento, sino en las preguntas: quién manda, por qué y para quién.
Vayamos por partes. El mundo ficcional de One Piece no es caótico ni espontáneo. Está organizado bajo un sistema de poder perfectamente reconocible: el Gobierno Mundial. No se trata de un mero antagonista genérico, sino de una estructura jerárquica que gobierna territorios, administra la ley, monopoliza la violencia legítima y decide qué vidas valen más que otras. En la cúspide se encuentran los Tenryūbito, una aristocracia hereditaria que vive literalmente por encima del resto del mundo y cuya impunidad está garantizada por la ley. “La casta”, diría algún habitante de Galapagar.
Aquí no hay ambigüedad moral. Oda no presenta este sistema como un “mal necesario”, sino como un orden profundamente injusto cuya estabilidad se sostiene en la coerción, el miedo y la desigualdad legal. Los privilegios no se ganan; se heredan. La ley no protege a todos; protege a quienes ya mandan. El poder no rinde cuentas; se perpetúa. Eso es política en su forma más clásica.
Voy más allá: el conocimiento es poder y peligroso en manos del pueblo (como bien supo la Iglesia en su momento). Al hilo de esto, uno de los gestos más reveladores de One Piece es la prohibición absoluta de investigar el Siglo Vacío. El pasado —no el futuro— es lo que más teme el poder. Saber qué ocurrió antes del Gobierno Mundial es un crimen castigado con la muerte. No porque ese conocimiento permita una rebelión inmediata, sino porque cuestiona la legitimidad del orden vigente.
Así pues, controlar la historia es sinónimo de controlar el presente. El relato oficial no es un archivo neutral, sino un instrumento de dominación. Esta idea, central en la obra, conecta con una larga tradición de pensamiento político: desde la censura de los regímenes autoritarios hasta la reescritura interesada de los relatos nacionales. En la obra pirata, el conocimiento no se libera por accidente; se libera porque desmonta el mito fundacional del poder. Y no sean crédulos e hipócritas, hasta sus historias familiares o personales tienen tintes de storytelling.
Un ejemplo claro de la persecución del conocimiento es Nico Robin. Es objeto de búsqueda por parte del gobierno no por sus actos, sino por su capacidad de leer y comprender, convierte la cultura y la memoria en campos de batalla políticos. La arqueología, la lectura y la investigación aparecen como actos subversivos. No es casual.
Además, One Piece también es profundamente política porque traza paralelismos claros con la realidad. Pocas obras populares contemporáneas han representado la esclavitud con tanta crudeza y normalización como la obra nipona. No como una reliquia del pasado, sino como una práctica vigente, legal y asumida por las élites. Los collares explosivos, los mercados de personas y la deshumanización sistemática no son excesos narrativos: son mecanismos estructurales de dominación.
El trato a los gyojin funciona como una alegoría transparente del racismo institucional. No se trata de odio individual, sino de una desigualdad sostenida por leyes, discursos y prácticas sociales. Hay territorios segregados, cuerpos marcados como peligrosos, vidas consideradas prescindibles. El paralelismo con el colonialismo histórico es evidente, pero Oda evita la comodidad del mensaje simple: incluso las víctimas reproducen, a veces, la violencia que han sufrido. La política, aquí, no es moralina; es análisis de cómo la opresión se hereda, se interioriza y se perpetúa.
Por otro lado, la existencia del Ejército Revolucionario introduce una dimensión política especialmente incómoda para la ficción comercial: la posibilidad de que el sistema no sea reformable. Dragon y los suyos no buscan mejorar el Gobierno Mundial; buscan derrocarlo. No creen en su legitimidad ni en su capacidad de corregirse. Su proyecto no es personalista, sino estructural.
One Piece no glorifica la violencia por sí misma, pero tampoco la elude. Plantea una pregunta política de fondo: ¿qué ocurre cuando la ley protege la injusticia? ¿dónde queda la legitimidad del orden cuando este se sostiene en la opresión sistemática? La obra no ofrece respuestas cerradas, pero sí una intuición clara: hay sistemas que no pueden humanizarse sin dejar de ser lo que son.
Bien es cierto que hay quien afirma que el capitán de la banda “no es político” porque no habla de ideologías ni de programas ni de “escuelas de cuadros”. Sin embargo, esa lectura confunde política con retórica. Luffy encarna una ética profundamente política: la negación radical de cualquier forma de dominación ilegítima. No quiere gobernar, no quiere mandar, no quiere decidir por otros. Quiere que nadie esté encadenado, que sean profundamente libres y puedan comer pan, paz y … Luffy no le envidia nada a Lenin ni a Kropotkin ni a Bakunin.
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Luffy, cuyo nombre completo es Monkey D. Luffy, es el carismático protagonista del manga y anime One Piece, un joven pirata con un sombrero de paja que sueña con encontrar el tesoro One Piece y convertirse en el Rey de los Piratas.
Cada arco narrativo repite el mismo gesto: derribar a quien ejerce el poder mediante el miedo. El líder de los sombreros de paja no impone un nuevo orden, pero sí destruye uno injusto. Su rechazo a la autoridad no es ingenuo; es coherente con una concepción de la libertad como valor absoluto. Esta es una política sin parlamento, pero no sin principios.
Los cambios en las islas por las que pasan los mugiwara no los producen las instituciones, sino las personas cuando dejan de obedecer. Las revoluciones locales, las sublevaciones y las alianzas entre oprimidos no son accidentes narrativos, sino el motor del mundo. El mensaje es insistente: el poder no se cae solo; se cae cuando deja de ser aceptado, cuando se rompe el contrato social, Rousseau mediante.
Un punto muy a tener en cuenta y que habla muy bien del genio creador de Oda es que no hay una idealización romántica del pueblo, pero sí una afirmación clara de su agencia. Frente a la ficción que presenta el orden como inevitable, el texto insiste en algo profundamente político: toda estructura de poder es contingente.
Hechas estas consideraciones, se debe mencionar que no porque One Piece sea una de las obras más leídas del mundo, la vuelve menos política; la vuelve más relevante. En una industria cultural que a menudo neutraliza el conflicto para no incomodar, Oda ha construido durante décadas una narrativa que señala, una y otra vez, al poder concentrado y despótico como el problema central.
La obra no adoctrina, pero tampoco se esconde. No ofrece consignas, pero sí preguntas. Y eso —en tiempos de entretenimiento anestesiante— es una forma muy clara de compromiso político. Negar ese carácter no es proteger la obra de una lectura “ideológica”. Es, simplemente, no querer ver lo que nos está diciendo desde el primer capítulo. El subtexto de esta obra literaria es lo que es y todos sabemos que en nuestro mundo IM o los IMs ya habrían matado a Luffy. ¿Quizá por eso ahora se ven tantas banderas de los mugiwara en las protestas sociales de diversos países?















