Este último mes se ha tornado en una situación tras otra, donde en todas hay una pérdida de por medio, desde cosas materiales hasta un integrante de mi familia. Sobrellevar esta carga emocional ha sido muy pesado y doloroso, pero en medio de tanto caos quiero compartir varias lecciones que aprendí.

La primera cosa que perdí este mes fue un tomatodo que me había acompañado durante todo el año y que había decorado con stickers. Estuvo conmigo en viajes, en mi ir y venir diario al trabajo, al gym y a casi todos los lugares a donde me movía.

¿Puedes tomarle cariño a una cosa? En mi caso particular diría que sí. El hecho de adecuar algo para que sea tuyo, que tenga tu esencia, tus colores favoritos y que te sea útil lo convierte en un elemento esencial de la rutina. En casos particulares, incluso llego a hablarles. Por ejemplo: “¡Oye! ¡Qué sucio estás hoy, tengo que bañarte!”. No creo estar loca, solo es esa necesidad humana de interactuar hablando.

Recuerdo que al inicio el tomatodo tenía su etiqueta original, algo que lo envolvía. Para mí esa era su "ropa", y si se la quitaba, quedaba “desnudo”. Sin embargo, cuando la etiqueta envejecía –sí, porque también tenía vida– llegaron los stickers para darle color y cubrir ese lienzo celeste que pedía ser decorado.

Perderlo dejó un vacío que me causó frustración y tristeza. No entiendo cómo alguien puede tomar un objeto de uso personal y llevárselo. Incluso por higiene, creo que no debió hacerlo. Pero no tuve la suerte de que esa persona lo devolviera. Simplemente, lo vio y decidió llevárselo.

Luego vino otra pérdida. Fui víctima de la inseguridad que atraviesa mi país, especialmente mi ciudad. En una situación algo extraña, me sustrajeron mi laptop. Pudieron haberme robado toda la maleta, pero solo se llevaron el equipo. Otro golpe al corazón. Esa laptop también estaba decorada con stickers, pero aquí el valor no era solo emocional sino también económico.

Me acompañó desde que empecé la maestría, hace aproximadamente un año. Estaba en perfecto estado, nunca dio problemas técnicos, tenía el peso y tamaño ideal, y también viajó conmigo. Pero de manera inesperada tuve que resignarme a que la perdí a manos de un delincuente.

Las cosas materiales, aunque duele perderlas, se pueden reemplazar. Puedes volver a tener un tomatodo, una laptop nueva. Pero ¿qué pasa cuando la pérdida es una hija de cuatro patas?

Para finalizar esta racha de pérdidas, termino por contar la que más me dolió: despedir a Princesa, una perrita de nueve años con el pelaje dorado y unos ojitos café que nunca olvidaré.

Princesa sufrió un problema en el útero que requería una cirugía urgente, pero por su edad existía un alto riesgo de que no resistiera. Lamentablemente, eso fue lo que pasó. Tras la operación, su corazón no aguantó.

Entre tantos sentimientos, no podía dejar de sentir culpa. Pensaba en todas las veces que anhelé llevarlas a la playa y no lo hice. Hablo en plural porque tengo otra mascotita: Mími, la mamá de Princesa, que tiene once años. Ellas eran inseparables.

Pensaba que si hubiera tratado a tiempo esa condición de salud, tal vez la habría prevenido y habría disfrutado unos años más con ella. Fue un fin de semana difícil. En casa, todas estábamos devastadas, sintiendo que un pedazo de nuestra familia se había desprendido para siempre.

Cada mascota tiene su personalidad, y Princesa no era la excepción. Tenía cualidades que la hacían única y nos robaban el corazón. Siempre era la que cuidaba la casa porque era la más "brava". Mími, en cambio, se hace amiga de todos. Pero Princesa le ladraba a cualquiera que se acercara, especialmente a los niños. Nunca le cayeron bien, y eso nos daba risa. Ver a los niños del barrio, correr al verla, pasear era un clásico.

A pesar de eso, nunca mordió a nadie. Era como el refrán: “Perro que ladra no muerde”. Y tampoco le gustaban las muestras de cariño. Desde pequeña dejó claro que los besos y abrazos no eran lo suyo. Si me acercaba mucho, me gruñía. Si lograba abrazarla, luchaba por soltarse y salía corriendo.

Pero eso hacía que la quisiera aún más. Abrazarla era como un reto divertido: ver si lograba darle un beso antes de que se escapara.

En los paseos, Mími iba a mi lado, sincronizada conmigo. Princesa no. Ella iba adelante, nos guiaba, halando fuerte la cuerda. Por las tardes, cuando llegaba a casa, Mími se quedaba conmigo. Princesa trataba de escabullirse para ir a la calle, olfatear el punto estratégico donde todos los perros del barrio hacían pipí y, tras gritarle, regresaba a casa.

A la hora de comer, Princesa imponía jerarquía: quería comer más y primero. Había que separarlas. Si no, Mími solo miraba cómo su hija se acababa todo.

Fue mamá en dos ocasiones, nunca se perdió, siempre fue una mascota bien cuidada y muy querida. Tenía la costumbre de esconderse en algún rincón de la casa. La llamábamos, pensábamos que se había escapado, pero solo jugaba a las escondidas.

Podría escribir muchas más historias de Princesa. Nueve años son bastantes cuando los ves en retrospectiva. A pesar de su personalidad rebelde e independiente, era la más consentida de la familia. Siempre fue la pequeña hija de Mími, y la quisimos sin esperar nada a cambio, nunca aprendió a hacer un truco o algo por el estilo. Su sola presencia bastaba.

Lidiar con todos estos sentimientos no ha sido fácil. He pasado de la culpa a la resignación. Pero entiendo que las mascotas son ángeles de paso. No pueden quedarse muchos años, y mientras estén cerca, hay que darles lo mejor.

Hoy en día disfruto de la compañía de Mími. Ya tengo un plan para llevarla a conocer la playa. Ahora la abrazo más, le agradezco a diario por su lealtad. Sus ojitos me hablan, y entiendo que soy a quien más quiere. Mientras más tiempo pasamos juntas, más felices somos.

Las pérdidas nos golpean. Si duele perder algo material, mucho más un ser querido. Abrazo a quien esté leyendo esto y haya tenido que despedirse de alguien que amaba. Llora lo que necesites y atesora lo bueno que viviste con esa persona o ser querido.

Me quedo con las lecciones sobre cómo cuidar mejor mis cosas, con un libro lleno de historias de Princesa, y con mucho amor para Mími y cualquier otra mascota que necesite un dueño que la ame.

Aunque pierda, siempre hay algo que se queda en mí: ese sentimiento que le da sentido incluso a las pequeñas cosas que forman parte de mi rutina.

Gracias por leer. Un abrazo gigante.