La historia del cine está llena de hazañas impresionantes, pero también de rodajes que cruzaron límites peligrosos. Usualmente, impulsados por un director convencido de que su visión justificaba todo. Pensemos en Fitzcarraldo: inspirada en el barón del caucho Carlos Fermín Fitzcarrald, que desmanteló un barco de 30 toneladas para cruzarlo sobre tierra de un río a otro. Werner Herzog decidió ir más allá para contar esa historia y trasladar uno de 300 toneladas entero por un terreno más empinado, con un sistema de poleas y con habitantes de la zona haciendo el trabajo. El ingeniero consultado le advirtió que tomara algunos recaudos y amenazó con renunciar si no cambiaban el plan. Sus preocupaciones fueron desestimadas. Hubo heridos graves y muertos. Para el director, en ese momento, el riesgo estaba justificado por su búsqueda artística. Las dudas y el arrepentimiento llegarían después. La imprudencia y posterior lamento de Herzog quedaron retratados en el documental del detrás de cámara de Fitzcarraldo: Burden of dreams.

Otro ejemplo emblemático de ambición desbordada es el de Alejandro Jodorowsky con su Dune, una película que no llegó a filmarse. El delirio nació en la preproducción y se descargó, sobre todo, en su hijo de apenas 12 años, que debía interpretar al protagonista: Paul Leto. En el documental Jodorowsky’s Dune, el director mismo cuenta cómo le exigió que se preparara física y mentalmente, para décadas después de reconocer que había sido demasiado exigente con un niño. Jodorowsky menciona que otras personas le advirtieron que estaba siendo muy duro con su hijo, pero, según él, en ese momento “estaba incluso listo para morir” con tal de hacer la película. Algo similar a una frase de Herzog en Burden of dreams: “Si abandono este proyecto seré un hombre sin sueños, y no quiero vivir así. Vivo o muero con este proyecto”. No sobra aclarar que si bien ambos directores se llevaron su parte del sufrimiento por elección propia, arrastraron a todo un grupo de personas con ellos.

El caso más infame es Apocalypse Now. Para retratar la Guerra de Vietnam, Francis Ford Coppola se metió en una pesadilla, hundiendo a otros con él. El ejército estadounidense no colaboró con el film por cómo este lo retrataba; entonces Coppola mudó la producción a Filipinas, donde le ofrecían ayuda militar; pero con precio y límites. Sin embargo, que el Ejército de Filipinas retirara sus aviones de la filmación cada vez que necesitaba usarlos para la defensa fue el menor de los problemas. Los contratiempos se fueron apilando: lluvias torrenciales y un tifón que destruyeron sets, reescrituras constantes del guion, consumo de drogas en el elenco y el equipo, y Martin Sheen sufriendo un infarto. Coppola estaba tan determinado a realizar su obra maestra que ni siquiera el infarto de su protagonista lo detuvo. Llegó a decir la frase “Si Marty muere quiero escuchar que todo está bien, hasta que yo diga que Marty murió”. Toda esta travesía fue documentada por su esposa Eleanor y quedó para la posteridad en el documental Hearts of Darkness.

Estos casos comparten un mismo camino: una peligrosa mezcla de poder y ambición que arrastra a un equipo detrás de la idea de un solo individuo. Todo estaba justificado porque el objetivo parecía sagrado: filmar exactamente la película que tenían en su cabeza. Todo sacrificio, propio o ajeno, parecía razonable.

Es llamativo que el caso más increíble de todos es el menos conocido. Se trata de Roar (1981), una película que se vendía con la frase: “Ningún animal fue lastimado en la realización de este film. Setenta miembros del elenco y del equipo sí lo fueron”. Roar nació del romance entre Noel Marshall, productor de El Exorcista, y Tippi Hedren, actriz de Los pájaros y Marnie. En 1969, filmando una película en Sudáfrica, se enamoraron de la fauna salvaje y soñaron una historia idílica: humanos y leones conviviendo en armonía, protegiéndose mutuamente. La realidad fue muy distinta: no protegieron a los animales y pusieron en riesgo a todas las personas involucradas.

Cuando la idea de hacer una película con animales salvajes era apenas un germen, empezaron por algo insólito: adoptar y criar cachorros de león en su casa de Sherman Oaks, Los Ángeles. Pensaban que criándolos desde pequeños formarían un vínculo con ellos como para filmar sin entrenarlos. Cuando las autoridades de la ciudad les ordenaron desalojar a los felinos, los trasladaron a un rancho en las afueras de California. Ese sería finalmente el lugar donde rodarían la película. Con los años sumaron nueve panteras, veintiséis tigres, dos jaguares, cuatro leopardos y un elefante. Marshall y Hedren montaron la producción en el desierto californiano, modificado para parecer el lugar donde transcurre la historia: Tanzania.

Quisieron contratar a Jack Nicholson para el papel principal. Él, con buen instinto, no aceptó. Noel Marshall, por lo tanto, decidió escribir, dirigir y protagonizar. Interpretó a Hank, un zoólogo que convertía su rancho en vivienda compartida con felinos salvajes. Hedren hizo de su esposa y los hijos de matrimonios anteriores de ambos —John y Jerry Marhsall y Melanie Griffith— fueron los hijos de la pareja. La trama es casi un accidente: la familia llega al rancho cuando Hank no está y se pasa la película escapando de animales que intentan devorarlos. El mensaje buscado era la convivencia pacífica entre personas y fauna en peligro; lo que queda en el espectador es gente corriendo por su vida.

Conseguir equipo fue tan difícil como conseguir dinero. Marshall impuso una regla: para trabajar en Roar solo había que querer trabajar en Roar. Entre inexpertos con ganas apareció alguien que sabía muy bien lo que hacía: Jan de Bont. Antes de dirigir Speed y Twister, y ser director de fotografía de Duro de matar, su primer trabajo en Hollywood fue en la fotografía de Roar. Talento y determinación le sobraban, pero la inconsciencia del entorno terminó pasándole factura, como a prácticamente todo el equipo. Marshall inauguró las visitas al hospital el primer día de rodaje, el 1 de octubre de 1976, intentando separar con las manos a dos leones adultos en plena pelea: recibió una mordida, y la pérdida de sangre sumada a una posible infección lo tuvieron una semana bajo cuidados médicos.

La tercera semana de rodaje le tocó a de Bont. Quería un plano de los leones corriendo vistos desde abajo. Cavaron un pozo, lo taparon con una red que se camuflara con el pasto, de Bont se metió, gritaron “acción”. En una de las tomas, un león sintió algo moverse debajo de la red y lo “atrapó” con las garras. El resultado: más de 200 puntos de sutura en el cuero cabelludo. Para sorpresa de todos, Jan de Bont volvió dos semanas después para seguir filmando. Los ataques eran frecuentes; un día, tras una agresión especialmente brutal, renunciaron veinte miembros juntos. Melanie Griffith recibió un zarpazo en la cara que casi le cuesta un ojo; incluso necesitó cirugía de reconstrucción facial. Hedren se quebró un tobillo cuando el elefante la levantó en el aire. Y estas son solo algunas de las decenas de lesiones que ocurrieron.

En Roar, casi siempre que un humano es herido por un animal en la historia, la herida es real. Cualquier persona cuerda hubiera puesto fin a esta aventura, pero había una fuerza imparable que no lo permitía. Cuando elenco y equipo describen a Noel Marshall —incluida su familia—, las palabras no son amables. Su determinación fue lo que empujó hacia adelante el proyecto cuando la mayoría le aconsejaba parar. Por su obsesión con terminar la película y conseguir metraje “impresionante”, las heridas fueron más en cantidad y en gravedad, para él y para todos.

Hay un hilo que une estos casos: Marshall, Herzog, Jodorowsky, Coppola. Algunas veces, como con Apocalypse Now o Fitzcarraldo, el resultado es una de las mejores películas de la historia. La calidad final, sin embargo, no borra los métodos. Otras veces, como Roar, el proyecto es un fracaso total y sólo deja cicatrices y malos recuerdos. En todos los casos, la pregunta es la misma: ¿qué entendemos por “rol del director”? ¿Jefe de una obra monumental a cualquier precio o líder responsable de un equipo humano?

La autocrítica más grande vino por parte de Francis Ford Coppola. En Hearts of Darkness, recordando el desastre que fue la filmación de su película y todo lo que arriesgó, propio y ajeno, declaró: “El director de cine es uno de los últimos puestos verdaderamente dictatoriales que quedan en un mundo que cada vez se vuelve más democrático”.