Cuando vuelan las grullas de Mikhail Kalatozov, estrenada en el año 1957, fue la primera película cuya temática se alejó del belicismo, para centrarse en una historia de la vida cotidiana y en donde el papel central recae en una mujer.

La Unión Soviética entró en guerra con los alemanes, el espíritu nacional contra el fascismo era muy fuerte y se reflejaba en todas las artes audiovisuales. Pero luego de la muerte de Joseph Stalin en 1953, los intelectuales y artistas se encontraron con más libertad de expresión para sus producciones, una época de incipiente “deshielo artístico".

La película fue el primer gran éxito internacional del director ruso. Aunque en su país, encontró resistencia por no poseer el espíritu heroico y patriótico que aún exigía el momento histórico. Sin embargo, se terminó consolidando como una verdadera obra de arte cinematográfico.

La narrativa gira en torno a una pareja de novios, Verónika (Tatiana Samóilova) y Boris (Alexéy Batalov). Ambos viven un romance juvenil con ilusión y frescura. El tiempo juntos en pantalla es breve, pero cada momento parece detener el tiempo. El director refuerza esta intimidad situando su idilio en las calles vacías de Moscú, hasta que la guerra irrumpe con violencia.

Boris se alista voluntariamente al ejército ruso. La muchacha, ajena a los asuntos de la guerra, comparte la preocupación de la familia del joven: su padre, el doctor Fiódor Ivánovich Borodzin (Vasili Merkúryev), esperaba un futuro distinto para su hijo; su hermana Irina (Svetlana Jaritínova) estaba por recibirse de médica, y su primo Mark (Aleksandr Shvorin) aspiraba a ser concertista de piano.

A pesar de vivir en un entorno profesional y artístico, el patriotismo de Boris lo impulsa a enrolarse como voluntario. Es un reflejo del sentido del deber colectivo propio de su generación. Estaba en su ADN social.

La tragedia íntima y el lenguaje visual

Cuando estalla la guerra, todos fueron movilizados. A partir de entonces, la historia se torna más dramática y humana y se desencadenan los momentos más enriquecedores de la narrativa.

Durante un bombardeo aéreo, Verónika pierde su hogar y sus padres. El padre de Boris la acoge en su casa, le ofrece la habitación de su novio. Le pide a Mark que haga su estancia amable, por el estado emocional de la joven. El hombre sabe que junto con su hija Irina, estarán todo el tiempo en el hospital. Mark está enamorado de Verónika, pero se termina convirtiendo en ser obsesivo, y en la desgracia de la joven.

A partir de aquí, se nos presenta la escena más impactante de la película, de las más intensas. Esta ocurre cuando el primo de Boris está tocando el piano plácidamente para Verónika, tirada sobre un sillón con su mirada perdida, hundida en su desesperación, perdió todo en poco tiempo. Suenan las alarmas de bombardeo, Mark le ruega dirigirse al refugio, pero ella se niega rotundamente. Alterado, se sienta frente al piano y comienza a tocarlo cada vez más enajenado, algo se está gestando en su interior, está perturbado.

Comienza el bombardeo y la joven aterrada corre hacia sus brazos, como un instinto primitivo de protección. La mirada de Mark es penetrante, lasciva, asusta. Verónika intenta correr, pero no puede escapar. En medio del estruendoso bombardeo, vidrios rotos, sirenas y cortinas que vuelan, la joven es abusada.

No hay ninguna secuencia que muestre explícitamente el hecho, sin embargo, las miradas lo cuentan todo. Kalatozov logra una elipsis visual magistral, un visionado intenso y crudo.

Roland Barthes afirmaba que la omisión de detalles y la economía de palabras lograban una conexión más íntima con el espectador. En esta escena, el director adopta los recursos propios del cine expresionista, uso de cámaras y luces que potencian los gestos de los actores, proyectan la interioridad de los personajes y transmiten la violencia interna del suceso.

Este hecho provoca un antes y un después en el desarrollo de Verónika.

Al día siguiente, Mark anuncia su casamiento a la familia de Boris. Movida por la vergüenza o por miedo, la joven ha aceptado casarse.

Otro momento cumbre en la narrativa, se desarrolla en el frente de guerra. Boris es herido gravemente. Abrazado a un árbol, va cayendo en espiral. Esta “película final” sugiere el tránsito hacia lo desconocido. Ve pasar su vida, los momentos vividos con su novia y el casamiento planeado.

Un flashback recorre la fiesta que nunca fue, su boda soñada, las alegrías de sus seres queridos y su primo Mark que lo besa en la mejilla, símbolo de la traición de Judas, que ha roto la confianza de su sangre.

El humanismo de Kalatozov y su ruptura con el realismo socialista

Cuando vuelan las grullas rompe el estilo de las películas soviéticas de posguerra que exaltaban el sacrificio patriótico de un pueblo y la heroicidad de sus soldados. En la opinión pública soviética era llamada La Gran Guerra Patria, porque lograron sacar a los nazis de su territorio. Kalatozov muestra, en cambio, el rostro humano de la guerra: el sufrimiento, las separaciones, los sueños truncos y la corrupción que se oculta tras el fervor nacionalista.

Otro punto rupturista es revelar la corrupción. Para no ser reclutado, Mark abusa de la posición de su tío, Dr. Fiódor Ivánovich, a quien le roba medicamentos usándolos como moneda de cambio, sobornando a un oficial del ejército ruso.

Mostrar la corrupción, la negativa de que un hijo vaya a la guerra y una enamorada que traiciona a un héroe, era considerado inapropiado en la cinematografía oficial soviética, razón por la que la película tuvo una recepción más cálida en Occidente que en su propio país.

Recordemos que la Unión Soviética fue el país que más bajas humanas tuvo, se estima en 30 millones de personas, todo era un tema sensible en el espíritu colectivo.

La fotografía, obra del legendario Sergei Urusevsky, se destaca por su movimiento fluido y sus encuadres subjetivos.

En la escena de despedida, un largo traveling muestra a los amantes intentando encontrarse entre la multitud. Abrirse paso entre la gente, los empujones, la desesperación de no encontrarse, se palpan más dramáticas.

Pero entre tantas fotografías maravillosas, destaco dos que se dan en un mismo escenario que carece de elementos, muy minimalista. Lla toma es angulada, y se suceden en pocos minutos. Ambas fotografías son muy bellas y muy descriptivas de la evolución emocional de Verónika.

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La primera es con Boris. Se puede sentir la unión del vínculo, hay libertad y profundidad. Por primera vez pasa la bandada de cigüeñas, símbolo de libertad, esperanza y la conexión que une a los amantes.

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En el mismo escenario y con la misma angulación, se da el encuentro con Mark, creando el efecto contrario. Las barricadas de hierro dan un marco que funciona como prisión, y del cual la joven desea alejarse.

En Cuando vuelan las grullas Kalatazov nos cuenta historias de gente común y las devastadoras consecuencias de la guerra en sus vidas cotidianas. Verónika y Boris personifican esta desgracia. Un amor joven y lleno de ilusión, pero que la fragilidad de la vida, arrasa con sus sueños y en un abrir y cerrar de ojos se convierte en tragedia, dejando solo desolación, pero también, una luz de esperanza en la resiliencia del espíritu humano.