Caso I: resignarse a perder el asombro

Si bien prometió que jamás recurriría a sus dotes actorales para evadirse ante la mesa examinadora, Virginia lo está haciendo de nuevo… ¡no imagina otra defensa posible frente al fracaso inmerecido que presiente!

Es que cada vez que se dispone a concluir su tesis y graduarse en arquitectura, brota de sus dedos una obra de teatro… entonces, decide comenzar con los ensayos, olvidando por completo su proyecto anterior.

Se esfuerza tanto, que atraviesa las corrientes contra las que remaron quienes la precedieron en el río voraz de los mandatos. Los psicólogos le diagnostican procrastinación y algunos profesores la acusan de irresponsable. Ni unos ni otros notan cómo su vocación auténtica pugna por revelarse sobre el escenario, nunca entre números, escuadras o planos.

De manera que hoy presenta, en lugar de una maqueta, su obra de tres actos. Cuando llega el lógico desaprobado, finge un infarto y contiene el aliento hasta que el camillero la aleja del aula. Mientras, en el centro de estudiantes, se apuran a redactar sus innecesarias condolencias para una fallecida que aún respira.

Después de todo, no están tan equivocados...

En unos meses se recibirá de arquitecta para no desilusionar a la familia. Colgará el diploma y archivará su pasión en una caja herméticamente cerrada, sabiendo que –a partir de ese día– ya no asombrará a nadie del modo en que le hubiese gustado hacerlo. Y que ni siquiera volverá a sorprenderse a sí misma…

Caso II: el anuncio

Mario abre la puerta con una expresión extraña y recibe a los que llegan puntuales a la cita.

Un retrato de alguien que ya no habita la casa sorprende, por su belleza, a los primeros invitados. El asombro se acrecienta a medida que recorren el pasillo y se topan con magníficas pinturas desprovistas de firma.

El festejo comienza sin que el anfitrión cuente la razón del encuentro. Todos dan por sentado que la cena celebra el ascenso que ayer recibió en esa empresa que sus padres le legaron sin preguntarle nada: una pujante fábrica de tornillos y tuercas que habían fundado un día sus ancestros y que hoy se ha convertido en la principal marca alrededor del mundo.

Veintitrés visitantes elevan sus copas dando por supuesto que aquel es el motivo de esta reunión formal.

Entre ellos: el hijo mayor del médico del pueblo (cirujano, por cierto). Las nietas abogadas del único escribano al que siempre recurren los vecinos cercanos. Las dos hijas mujeres del mejor arquitecto que ha vivido en el barrio (ambas han terminado esa misma carrera y comparten su estudio familiar desde entonces). Y Marito, el sobrino guitarrista de Mario –y su mano derecha– quien, en silencio, brinda, aunque sin entusiasmo. Sabe que esta semana dejará los ensayos, su horario de oficina se extendió demasiado, más no puede quejarse, aumentó su salario.

La sala está plagada de futuros truncados…

Por un lado, los de quienes trabajan tan sólo por dinero en algo que no aman. Por otro, los de los que se empeñan en sufrir cada día, representando apenas, sin vocación alguna, el rol que le asignaron y únicamente cumplen (sin contradecir nunca a la familia) para ir sobreviviendo.

La única excepción a esa regla perversa es el dueño de casa: amarrado a un empleo heredado –al que cualquiera querría acceder, dadas las excelentes condiciones de contratación– no puede dejar de sentirse frustrado... no por su generoso sueldo, claro está, sino por no estar haciendo más que seguir un mandato, mientras se desespera por ser libre y dedicarse, al menos, a pintar en el lienzo de su propia nostalgia.

Por eso, una vez que pronuncia a desgano unas breves palabras de rigor y que tanto él como el resto de los presentes mojan sus labios con champagne… se quita la corbata, bebe una copa más casi sin respirar, toma un pincel a modo de micrófono y anuncia que a partir de mañana cambiará su escritorio de caoba por un simple caballete rodeado de acuarelas.

Orientación vocacional con propósito

(Para no resignarse a perder el asombro)

Al finalizar la escuela, se les pide a los adolescentes que definan aquello a lo que quieren dedicarse durante buena parte de su vida. Cuando no se les ha brindado la oportunidad de preguntarse1, cuestionar, sorprenderse y tomar decisiones en las fases evolutivas previas, esta tarea se vuelve una odisea y se complica aún más, si –como en el caso de Virginia, protagonista de la historia con la que dimos comienzo a este artículo– el entorno familiar no tolera que esa vocación difiera de lo esperado.

¿Cómo alguien lograría elegir un camino sin haber tenido tiempo y permiso para explorar lo que le conmueve? ¿Cómo podría reconocer la propia vocación si antes no se le ha permitido cultivar el asombro capaz de originarla?

Una elección saludable sólo puede existir en un clima de libertad, en el que se hayan brindado suficientes recursos para ejercerla responsablemente.

Sin embargo, algunas familias desean que los hijos se acomoden en los casilleros que se conservan para ellos…

Como orientadora vocacional, en las dos últimas décadas he visto una gran cantidad de casos en los que padres, abuelos y bisabuelos comparten profesión y dan por hecho que sus descendientes seguirán el mismo camino. Si eso no ocurre y dicha “rebeldía” es percibida como traición, quien intenta seleccionar de acuerdo a sus preferencias, siente angustia, culpa e inseguridad. Esto no sólo le impide planificar su futuro, sino que, además, lo lleva a una actitud de adaptación pasiva, apatía o resignación y, como consecuencia, dicha imposibilidad de elegir daña su autoestima.

Mario, el segundo caso presentado, se encuentra en esa encrucijada, de la que consigue escapar.

Cuando una persona acepta las expectativas ajenas como propias, sin animarse a cuestionarlas, vivencia una sensación de ahogo, indecisión y encierro.

Por eso, los orientadores vocacionales ofrecemos un sitio seguro en el que cada consultante logre preguntarse por sus capacidades, temores, sueños e inquietudes y –luego de superar el desconcierto o asombro inicial– construya un propósito que colme su futuro de sentido...

Notas

1 En los encuentros de orientación vocacional que coordino online (y en diversos espacios), compruebo, a menudo, que los jóvenes que fueron incentivados a preguntar con libertad en su infancia, son mucho más propensos a realizar elecciones vocacionales maduras que aquellos a los que se les impidió expresarse abiertamente.