Llegué a Ciudad de México en septiembre de 2021. Al principio, viví en la periferia de la ciudad, al norte, colindando con el Estado de México, en una zona que llamaría popular y a la que le sobraban taquerías, papelerías y lugares para comprar licor, por nombrar algunos productos. Entre todos los establecimientos comerciales, faltaba una librería. Lo más cercano a mi hogar de ese momento, era un establecimiento donde los libros de autoayuda, medicina alternativa y negocios comparten estantería con el más reciente lanzamiento literario, el más comercial. Es decir, no era lo que yo buscaba: me encanta descubrir ejemplares que no planeaba leer, que desconocía por autor o editorial.

Todos tenemos proclividad a algún sitio o negocio: el restaurante, el café, el bar, el gimnasio o la tienda de ropa favorita. Para los que somos adictos a comprar libros, ese lugar es una librería; una que cumpla con los requerimientos particulares del cliente. Nunca me han gustado esos grandes espacios como el mencionado en el párrafo anterior. Claro, siempre serán más rentables y suelen tener más de una sucursal: no hace mucho leí un texto traducido en la revista Letras Libres1 donde se muestra cómo las listas de los más vendidos en Estados Unidos ya no tienen literatura. Y sí, el nuevo texto del gran gurú de los negocios o las confesiones de los influencers suelen tener más mercado; el libro se convierte en otra manera de monetizar. Para quienes nos dedicamos a la literatura puede ser, en ocasiones, lo que menos dinero da. Es decir, no busco librerías que solo se guíen por la venta fácil.

Regresando a la búsqueda diré que aquí, de momento, ninguna me flecha tanto como lo hace La Valija de Fuego en Bogotá: cada vez que viajo a mi país procuro visitarla al menos una vez para chismear y llevarme alguna ―algunas― compra. Además del catálogo, con libros nuevos y de viejo, cuenta con una sección mínima, pero existente, de libros de deportes. Aguardo el momento en que hablar de literatura de deportes ―y dejo aquí afuera las autobiografías y los secretos de éxito de los exatletas o entrenadores― se convierta en algo común.

La Valija es un espacio pequeño si lo comparamos con una librería comercial, pero cada centímetro se nota pensado; todo lugar posible se convierte en estantería. Es por ese detalle que cualquier pérdida o robo se siente en el inventario, en el ambiente y en el bolsillo. Un reportaje de El Malpensante2 habla de los robos de libros en Bogotá y cuenta el peso de cada texto perdido: “Visto desde afuera, un libro menos entre miles no parece gran cosa. Pero en una librería pequeña todo se cuenta a mano: no hay seguro, tampoco un distribuidor que asuma la pérdida, (...). El libro robado lo paga quien resiste detrás del mostrador”.

Las librerías de mi gusto tienen una economía frágil en la que también se incluyen las editoriales independientes. He sido testigo de cómo se quejan los editores de la tardanza de las librerías para pagar los ejemplares vendidos. ¿Y si fue un ejemplar robado? Cómo no querer a Amazon o Buscalibre cuando su porcentaje de venta es menor al que te pide la librería. Y aquí el autor también pierde, es otra pieza en este delicado ecosistema, tal como lo evidenció un escritor colombiano, Juan Fernando Hincapié, en su artículo “Hablemos de emprendimiento: la ilusión de las editoriales independientes”3. La cifra tradicional por ejemplar es del 10% para el autor.

¿Dónde estaba? Sí, en la librería que busco. Por un momento creí que me sería fácil dar con un lugar preferido en la capital mexicana, tal como lo hice cuando viví en Querétaro (2018) y encontré la Librería Pessoa. Pero ese es el problema de generalizar: omito las dinámicas específicas que permiten encontrar ciertos lugares en el mundo. No es lo mismo tener una librería en la CDMX que tenerla en Bogotá, como no es igual tener una editorial independiente en España que en Colombia o México; tampoco podemos entrar a hacer una comparación con Argentina. Hace poco se anunciaron las novelas ganadoras de la convocatoria Tierradentro para Sudamérica del Fondo de Cultura Económica: mientras que en mi país participaron poco más de 80 manuscritos, en la tierra de Leila Guerriero fueron más de 800, ¡800! El número no asegura calidad, pero aumenta la posibilidad de encontrar mayor variedad y talento.

Cuento todo esto porque al final no es fácil dar con ese lugar predilecto. Desde que me mudé, las probabilidades de éxito en mi búsqueda han aumentado, pero sin concretarse aún. No desistiré en mi tarea, espacios como La Polilla o El Desastre o la Rosario Castellano o La Murciélaga han cumplido su cometido en un momento específico: brindarme un sitio para encontrar un libro que no estaba buscando. ¿Tienen ustedes un lugar así? Cuídenlo, por favor.

Postre

Este mes leí El periodista deportivo, novela de Richard Ford y que hace parte de su pentalogía con el mismo personaje, Frank Bascombe. El Día de la Independencia ―segunda novela― ganó los premios Pulitzer y el PEN/Faulkner de Ficción. Por momentos pensé en leer las otras cuatro; sin embargo, el trabajo de construcción del personaje, quien es el narrador del libro, me hizo dudar si soportaría a ese sujeto en mitad de los treinta ―como yo― en otras situaciones donde demuestre su inmadurez emocional y, por momentos, su agudeza mental para juzgar a quienes lo rodean. Además el libro me dejó con una sensación extraña: la lectura me atrapó en el último tercio, fue ahí cuando tomaron sentido y fuerza las 250 páginas anteriores.

A la fecha que envío este texto, no he terminado Away Days de Álvaro de Grado, libro sobre la Premier League. Lo acumularé para el próximo mes.

Notas

1 Acceso a la publicación de Letras Libres, El declive cultural de la ficción literaria.
2 Acceso al reportaje de El Malpensante, La biblioteca negra: anatomía del robo de libros en Bogotá.
3 Acceso al artículo de Juan Fernando Hincapié, Hablemos de emprendimiento: la ilusión de las editoriales independientes.