Los laberintos han fascinado a escritores, artistas y filósofos de todas las épocas. En su doble condición de espacio físico e imagen mental, como itinerario iniciático, trampa arquitectónica o metáfora del lenguaje, se han convertido en un símbolo para pensar lo enigmático, lo múltiple y lo no lineal.
Han inspirado desde los paisajes míticos de Liliana Bodoc, Pablo de Santis u Olga Orozco hasta las luminosas e inolvidables canciones de María Elena Walsh o Gustavo Cerati, entre otros. Ni la oscura fragilidad de Pizarnik, ni el rigor conceptual de Borges han logrado resistirse a ellos.
Los invito a compartir un breve recorrido literario por las obras de algunos de los autores y autoras que han evocado laberintos físicos, culturales o emocionales.
Jorge Luis Borges: el cartógrafo de lo infinito
El más célebre de los escritores-laberinto es Jorge Luis Borges. En su poema “Laberinto”, incluido en Elogio de la sombra (1969), se lee:
No habrá nunca una puerta. Estás adentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.
Para Borges, el laberinto carece de salidas; tampoco posee un centro. Es una forma de ser, de estar en el mundo.
En cuentos como “El jardín de senderos que se bifurcan” o “Los dos reyes y los dos laberintos”, la estructura misma de la narración se vuelve laberíntica: sendas que se duplican, futuros que se ramifican e historias dentro de otras historias.
María Elena Walsh: emociones en zigzag
“En el país del ‘no me acuerdo’ doy tres pasitos y me pierdo…”, canta María Elena, quien, más allá de haber ganado un sitio innegable en el recuerdo popular con sus maravillosas canciones destinadas al público infantil, dejó estrofas y párrafos sin edad, en los que supo abordar, con admirable maestría, temas demasiado complejos.
Aquí el laberinto no es una construcción de piedra, sino una emoción enmarañada. En textos como “La víspera”, la ternura, el absurdo y la crítica social van hilando una poesía que se interna por veredas silenciosas, parques ensimismados e inesperados pasadizos del alma.
Liliana Bodoc: mitologías interiores
Bodoc coloca el acento en el recorrido sin planos y el trayecto como muestra de sabiduría. En su saga “Los Confines”, crea un universo fantástico donde culturas milenarias, paisajes de leyenda y personajes con dudas profundas trazan rutas iniciáticas. En el poema “Yo en el laberinto”, la autora nos dice:
Como la vida, el laberinto
se envuelve sobre un eje misterioso…
Parecido a la vida, el laberinto
no está señalizado.
A diferencia de Borges, Bodoc sugiere que el laberinto no es castigo ni prisión… es, en cambio, un modo de crecer.
Alejandra Pizarnik: los pasillos del silencio
En los poemas de Árbol de Diana, Pizarnik describe el laberinto sin nombrarlo: “Anduve por pasillos de silencio…”.
Sus densos versos breves, evocan una arquitectura emocional en la que el yo se busca, se pierde, se encierra, se fragmenta.
Los pasillos no llevan a ningún lado: simplemente obligan a caminar hacia dentro, en dirección a la herida, siempre en espiral.
Pablo de Santis: el juego como enredo
En su novela juvenil El juego del laberinto, De Santis crea un territorio urbano y simbólico donde los personajes deben resolver misterios a medida que exploran terrenos físicos y mentales. El laberinto –en este caso, de plantas– es aquí un concurso, una prueba, un enigma y una manera de entender el mundo.
Gustavo Cerati: perderse para sentir
Su canción Laberintos de cristal incluye una línea clave:
En el centro del laberinto me pierdo y te encuentro (…)
En el centro del laberinto te espero.
La música, como la poesía, permite transitar laberintos sin instrucciones. En Cerati, el amor, la memoria y el deseo constituyen una trama emocional donde perderse no es error, es necesidad.
Olga Orozco: identidad y simbolismo
Dice Orozco en Detrás de aquella puerta: “En algún lugar del gran muro inconcluso está la puerta, aquella que no abriste”.
En su obra, el laberinto expresa la lucha interior: la palabra poética organiza el caos, deshace nudos, permite avanzar o señalar que no hay salida, como leemos en otro de sus poemas (cuyo título es, justamente: En el laberinto): “Girando en redondo alrededor de la misma prisión, del mismo asilo, de la misma emboscada (…). Sospecho que soy monstruo y laberinto”.
Epílogo
Desde sus primeras apariciones en los mitos griegos hasta sus múltiples encarnaciones literarias contemporáneas, los laberintos han sido símbolo de lo incierto y lo profundo. Emocionales –como en Pizarnik, Walsh, Cerati u Orozco– o de piedra y tiempo –como en Borges, De Santis y Bodoc– las posibilidades de perderse y de encontrarse en ellos, son inagotables.
Cada autor nos ofrece un modo de recorrer lo incomprensible y cada lector traza su propio camino. Porque, como escribió Borges: “el laberinto no está fuera, sino adentro”.
Caminar por un laberinto, escribirlo o imaginarlo es adentrarse en un viaje de autoconocimiento y, a veces, descubrir que el mapa, el hilo o la brújula que tanto habíamos deseado hallar, ya estaba en nuestras manos… sólo teníamos que animarnos a abrirlas.