La historia de los países de América Latina se desglosa en varias capas, con cada cultura que dio forma a la realidad que vivimos ahora. La parte más familiar probablemente sea la conquista española, pero quienes habitamos estos países sabemos que la historia se remonta mucho más atrás. El siguiente hito más conocido fue la cultura Inca, la cual, al ser un imperio, logró prevalecer de alguna manera ante la conquista española. Sin embargo, conocer los rastros que les antecedieron se vuelve mucho más difuso y es el viaje que pretendo emprender con este artículo.

Desde pequeña, cada vez que iba a un complejo arqueológico me asombraba por su historia, quería conocer más sobre esas personas que habían habitado el territorio, qué hacían, por qué desaparecieron y, en especial, por qué sabemos tan poco sobre ellos.

Mi primer encuentro con la tradición oral fueron las leyendas que contaban sobre construcciones mágicas de una iglesia. Cuenta la historia que un indígena llamado Cantuña logró construir la iglesia de San Francisco en una noche con la ayuda del diablo. La viveza criolla le permitió salvarse de entregar su alma gracias al robo de un ladrillo que permitió que la construcción no estuviera completa y no se cumpliera el trato.

Caminar por el centro histórico de Quito es recorrer cada una de sus siete iglesias y preguntarse, ¿qué hubo antes aquí? Cuando construyeron el metro de la ciudad, encontraron restos de vasijas e instrumentos precolombinos que formaban parte de un cementerio indígena; otra capa de historia mostraba el paso del Imperio Inca y finalmente las bases de una construcción española.

Cada rincón del país encierra una historia de las culturas que nos construyeron. A media hora de la ciudad de Quito se encuentra el monumento a la mitad del mundo: una atracción turística que da el nombre al país por la línea ecuatorial que lo atraviesa. Allí, una serie de visitantes acuden para sentir la fuerza magnética de los hemisferios y descubrir la posibilidad de equilibrar un huevo en un clavo gracias a las coordenadas geográficas.

Muchos de los visitantes quedan sorprendidos con esta prueba, así como por la dificultad de caminar en una línea recta por el espacio que divide un hemisferio del otro. Sin embargo, hay un dato que no es tan conocido y es que el gran monumento no está ubicado en la verdadera mitad del mundo. Unos metros más adelante de la atracción principal se encuentra un museo de sitio, en el que la exactitud geográfica es mayor y las actividades características del lugar son más precisas.

Es increíble imaginar cómo los pobladores de hace miles de años tenían un conocimiento tan exacto de los astros y latitud. El sector de la mitad del mundo fue clave para sus prácticas y rituales. Existen varias ruinas arqueológicas que nos permiten ver parte de su legado. A pocos kilómetros del monumento se encuentra el cerro de Rumicucho: un centro ceremonial que acogió a los incas y caranquis. Consta de cinco terrazas que cumplían diferentes funciones rituales, observación astronómica y defensa militar.

Nuestros antecesores buscaban las montañas para estar cerca de sus dioses y mantener la conexión con la naturaleza. En un país que está atravesado por montañas, hay muchos lugares donde podemos encontrar sus huellas.

Uno de mis primeros acercamientos a las culturas originarias fue Ingapirca: una fortaleza inca de gran belleza ubicada en la provincia de Azuay. Fui con ocho años de edad y no comprendía muy bien qué significaban todas esas piedras. La entrada tenía un efecto misterioso. La boletería estaba llena de mariposas de gran tamaño, conocidas en Ecuador como payacuchas. Se dice que estos insectos son de mal agüero, porque anuncian la desfortuna o muerte de alguien cercano. En el momento de cruzar la puerta hacia el interior de la fortaleza Inca, todas las mariposas desaparecían, como si percibieran la cualidad sagrada del lugar. Una de las técnicas de los Incas era conformar alianzas matrimoniales y este fue el caso de los cañaris, con quienes cohabitaron el espacio de Ingapirca que inicialmente se construyó como un templo para la diosa Luna.

Otro complejo arqueológico que podemos visitar es Cochasquí. Quizá este sea una de las representaciones más importantes de los Quitu-Caras, un cacizago indígena que resistió a la llegada de los Incas. Los estudios indican que hubo una pelea tan sangrienta que tiñó un lago de sangre, ahora lo conocemos como Yahuarcocha. El resultado de la batalla concluyó en el dominio del imperio Inca. Previo a la conquista española, la princesa Quilago, principal representante de la cultura caranqui gobernaba el complejo arquitectónico junto con sus prácticas rituales y observaciones astronómicas increíblemente precisas. Actualmente se puede visitar estos sitios arqueológicos para observar fenómenos como el equinoccio y solsticio donde la luz solar se alinea con las estructuras piramidales.

Las pirámides de Cochasquí son enormes, con una rampa importante para su ascenso, calendarios para seguir la cosecha y un alto conocimiento astronómico. También dominaban el cultivo de plantas, domesticación de animales y alfarería. Desafortunadamente, gran parte de esta historia queda en nuestra imaginación, ya que las quince pirámides están cubiertas por césped y asemejan más a una montaña. Los guías locales indican que es para preservar las estructuras hecha de cangahua, una combinación de paja y tierra que se convertía en bloque pero es susceptible al agua, por lo que es preferible mantener el secreto en lugar de invertir en una estructura que proteja las pirámides.

Quizá es lo que ocurre en gran parte del país, nuestra historia permanece oculta, entre montañas y es nuestro reto valorarla. Algunos museos procuran preservar los vestigios y pistas que tenemos de quienes nos antecedieron. Están en medio de la ciudad, esperando a que los descubramos. El centro arqueológico Rumipamba y el Museo de sitio de la Floresta son lugares donde podemos encontrar gran parte de la historia que nos representa y la sabiduría ancestral que nos heredan.