Sócrates: ¿En adelante no creerás en otros dioses que en los nuestros: el Caos, las Nubes y la Lengua; esos tres?
Estrepsiades: Ni siquiera conversaría con los demás, ni aunque me encontrara con ellos, ni les ofrecería sacrificios ni libaciones ni incienso.

(Las nubes, Aristófanes)1

Según Alfred Edward Taylor, Sócrates destacó en su juventud por su valentía probada en varias batallas como hoplita, su temple para enfrentar la adversidad incluso ante la derrota y las hostilidades, y por su solidaridad con compañeros guerreros2. Los hoplitas fueron soldados griegos que debían ser ciudadanos libres, solventes para participar en la guerra defendiendo a su ciudad-Estado. Constituyeron la infantería del ejército, formaban falanges cerradas y solventaban su armadura y armas que, a veces, los esclavos las cargaban hasta el campo de batalla, sin participar en la contienda. Hasta pasados sus 40 años, Sócrates tomó parte en varias batallas, especialmente, en la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta (431-404) que acabó con la derrota ateniense.

Decía escuchar una voz interior, un oráculo privado cuya desobediencia podía ocasionarle consecuencias peligrosas e indeseables. Ocasionalmente, Sócrates caía en trance perdiéndose en el éxtasis motivado por dicha voz durante cortos periodos, aunque se cuenta que en una batalla le habría durado más de un día. Desde muy joven, evidenció razonamientos agudos, facilidad de oratoria y recursos irónicos que estimulaban análisis acuciosos. En torno a él se generó un ambiente de misticismo; más, porque la respuesta de la pitia interpretando los mensajes de Apolo en el oráculo de Delfos a la pregunta de quién sería el hombre más sabio, habría sentenciado: “Ninguno es más sabio que Sócrates”. El filósofo reproducía tal afirmación popular, interpretando que él sería el más sabio.

En Apología de Sócrates, Platón dice que su maestro se asumía como el sabio que se hacía mejor a sí mismo, que la pregunta a la pitia fue si existiría alguien más sabio que él, y que la respuesta fue: nadie. La obra platónica3 y otros diálogos4 atribuyen a Sócrates la expresión: “solo sé que no sé nada y, al saber que no sé nada, algo sé”. En realidad, Sócrates expresó que en comparación a las personas que dominan un campo de conocimientos, poetas o artesanos, por ejemplo, él no sabría casi nada de esos campos; pero estaría consciente de su ignorancia. Criticaba a poetas y artesanos porque, conociendo muy bien un determinado campo, presumían que sabrían todo de todo. Comparado con ellos, que no aceptaban que existiría mucho saber que ellos no conociesen, Sócrates sería más sabio, porque estaría consciente de que lo que sabrían los demás que se reputasen sabios, sería casi nada.

Sobre la ironía socrática se han desarrollado más críticas que elogios; debido a que fue recurrente en el mundo antiguo, que ser irónico refería a quien eludía sus responsabilidades mentando la imposibilidad de cumplirlas; en general, esgrimiendo ficticia humildad y la depreciación de sí mismo. Sócrates afirmaba que, como el arte de su madre, la mayéutica, le facilitaba a ella ayudar al nacimiento de seres humanos, a él le serviría para alumbrar la verdad, preguntando a sus interlocutores e inspeccionando con ellos, los múltiples errores, las falacias, falsedades e inconsistencias que se descubrirían en sus opiniones.

En el contexto griego de tolerancia de la pederastia; Sócrates tuvo relaciones amorosas y sexuales con su mujer, Jantipa, y con Alcibíades, su erómeno. No exento de cierta burla, el filósofo se definía a sí mismo como una víctima perpetua del dios Eros y como un maestro en el arte de amar. Sin embargo, la alocución de Sócrates en el diálogo platónico El banquete comienza aseverando lo siguiente.

Os referiré pues, unas palabras que acerca del amor oí en cierta ocasión de una mujer mantinea, Diótima, sabia en estas y muchas otras cosas [...] ella fue mi maestra en cosas de amor. Intentaré pues relataros las palabras que me dijo. 5

Diótima enseñó a los concurrentes, Fedro, Aristófanes, Apolodoro, Erixímaco, Alcibíades y otros, en qué consistía el amor. Se trata de alguien del mundo femíneo, asociada con la sensualidad y que evidencia que Sócrates no fue misógino y que cultivaba actitudes como conocer escuchando y valorar la experiencia táctil y sensible. Gracias a que Diótima comprendería qué es el amor, se inferiría el sentido de la filosofía; patentizándose, sin embargo, otras ironías socráticas, no como sarcasmo, sino como paradojas incisivas. Que el amor homosexual masculino en un banquete dé la palabra indirectamente a una mujer para que explique qué es el amor sería tan irónico como que, ante el pensamiento racional, duro y frío, se visualizarían las esencias, relacionándolas con la subjetividad y las emociones; tanto como que los sofistas cobraban por enseñar contenidos retóricos prescindiendo de la verdad y cuanto que la condena y la muerte de Sócrates se habría dado durante la tiranía de Critias que fue su discípulo.

Contra el mundo de las sombras, Diótima es experta en temas de radical importancia, como son la filosofía, el amor y la verdad. ¿Qué es la filosofía y qué significa que para conocer se necesita amar? Quien lo sabe es una mujer, la que descubre la filosofía como una carencia, quien puede explicar el mito de la caverna como el impulso vital por poseer lo anhelado por el filósofo. Como todo amante, quien ame a la sabiduría enfrentará las dificultades para conquistarla y seducirla, ascenderá hacia la luz en medio de la oscuridad, aún sin saber si existe o no, y abandonará lo convencional, despreciándolo, motivado por una fuerza interna imparable. Al final, descubriría la luz del Sol y al astro como metáforas del bien que se irradiaría sobre el mundo, tiñendo y mostrando al amor como algo bueno y bello.

En El banquete, Sócrates participa de varias presentaciones con alocuciones retóricas que rebosan imágenes míticas y poéticas, con giros metafóricos y metonímicos, con figuras alegóricas que pueblan los discursos de pletórico simbolismo, abundando las formas y los colores variopintos y anfibológicos, y las creencias religiosas y suposiciones cosmológicas.

Presumiblemente, varios sofistas que se enteraron de la condena y muerte de Sócrates el año 399 a. C., aplaudieron el acontecimiento, a pesar de que no participaron en la tramoya urdida por quienes fueron sus acusadores: Anito, Meleto y Licón. Es recurrente considerar a Anito como el político que odiaba a Sócrates, ocupándose de tareas artesanales; a Meleto como el poeta que urdió y expuso las acusaciones en su contra y a Licón, como el orador mediocre que dio inicio al juicio.

Especialmente, quienes quedaron expuestos por Sócrates; sea por las contradicciones de sus discursos o por la ligereza irreflexiva de sus aseveraciones; sea por sostener posiciones dudosas y cuestionables, cuando no, falacias, sofismas y argumentaciones arbitrarias y absurdas; se habrán regocijado cuando el hombre feo de 70 años fue condenado a beber la cicuta. Él les enrostraba el precepto délfico: ¡Conócete a ti mismo! (γνῶθι σεαυτόν) por lo que, finalmente, su desagradable presencia, su escasa higiene y su origen deleznable de una partera y un picapedrero,6 eliminarían democráticamente por decisión su ciudad.

Los sofistas no eran los únicos enemigos de Sócrates. En su obra Las nubes, Aristófanes argumentó que el filósofo atentaba contra la educación de los jóvenes; al grado que puso en su boca, expresiones de impiedad introduciendo dioses distintos a los de Atenas. Además, el comediógrafo que escribió más de 40 obras, caricaturizaba al filósofo mofándose de él; de su estatura pequeña, su vientre prominente, sus ojos saltones y su nariz arremangada. Lo denigraba acusándole de pedante pensador y nigromante; comparándole con Sileno y los silenos por su extraordinaria capacidad para beber sin embriagarse. Sileno (Σιληνός) fue el más importante sátiro del séquito de Dioniso, dios menor de la embriaguez que en momentos extáticos por el exceso de vino, hacía gala de una sabiduría especial y del don de la profecía.

Por su parte, Antifón, el sofista, criticaba la suciedad de Sócrates, la desaprensión con la que se vestía y el descuido en su alimentación. En cuanto a Anito, siendo acérrimo adversario de los sofistas, también fue enemigo personal de Sócrates; pero no por discrepar con sus ideas o posiciones filosóficas; aunque impugnaba que el filósofo ateniense habría criticado a su hijo por continuar sus negocios. Enriquecido por curtir y trabajar las pieles, Anito fue del partido democrático y dirigió con Trasíbulo, el ataque al puerto de Pireo el año 403, contribuyendo a la caída de la oligarquía de los treinta tiranos impuestos por Esparta para que gobiernen Atenas después de la Guerra del Peloponeso.

Los atenienses odiaban a los treinta tiranos, por sus tropelías que cuentan el ostracismo de los atenienses demócratas, la expropiación de bienes para su propio peculio y las tácticas crueles y opresivas contra la democracia. La mayoría de los treinta fue oligarca, aunque alguno tenía simpatía por la democracia restringida a los hoplitas. Estaba entre ellos el sofista Critias, tío de Platón, dedicado a la escritura, la enseñanza y la poesía y que fue discípulo de Sócrates. Asociando los dos filósofos atenienses, con Critias y con los treinta, es verosímil el odio que Anito profesaba contra Sócrates, Platón, la oligarquía de los tiranos y contra los sofistas. Atentar contra el filósofo representaba también atacar a sus demás enemigos.

Meleto se ocupaba de la poesía trágica y erótica, pero no se lo recuerda como autor de alguna obra célebre, sino por su argumentación contra Sócrates, habiendo sustanciado la acusación de impiedad y de corromper a la juventud. Acusó al filósofo siendo muy joven, seguía las órdenes de Anito, mostraba odio porque el filósofo criticó en distintas ocasiones a los poetas, pero también era un fanático religioso de deplorable oratoria. Sócrates, aparte de burlarse de su nariz en el juicio, lo muestra como un tonto, incapaz de argumentar sobre la causa de la supuesta impiedad, sin que comprenda que, si Sócrates haría el mal, no fuese a sabiendas. Respecto de los espíritus extraños a los dioses, el filósofo constriñó intelectualmente a que Meleto afirme que aquellos provendrían de estos; así, que Sócrates rinda tributo a los espíritus implicaría también adorar a los dioses. El silencio de Meleto ante las réplicas del acusado, evidenció la debilidad de su argumentación.

El tercer acusador, Licón, siendo orador, varias veces fue objeto de burla evidenciada en poesías cómicas. Como parte del círculo de Anito, le apoyaba en reuniones, en procesos judiciales y en otras actividades. Velaba, ante todo, por sus propios intereses; odiaba a los treinta tiranos porque condenaron a muerte a su hijo e incoó el juicio con los cargos de impiedad y corrupción como indicativos de tres delitos: i) Sócrates no adoraba a los dioses de Atenas; ii) introdujo nuevas divinidades en la ciudad, y iii) corrompía a los jóvenes.

El temple filosófico de Sócrates le permitió cumplir su deber cívico y su entereza moral, rechazó escapar a pesar de que su fuga fue preparada auspiciosamente; refirió su muerte como un tránsito de una buena vida a otra mejor, y expresó que, a sabiendas, siempre procuró el bien y la justicia.

Notas

1 Comedias II: Las nubes, Las avispas, La paz & Los pájaros. Trad. Luis Macía Aparicio. Biblioteca Gredos, Barcelona, 2007; §420, p. 50.
2 Véase El pensamiento de Sócrates. Trad. Mateo Hernández Barroso. Fondo de Cultura Económica, Breviarios, México, 1980; capítulos II y III.
3 En Diálogos: Apología, Critón, Eutifrón, Ion, Lisis, Cármides, Hipias menor, Hipias mayor, Laques & Protágoras. Trad. de Apología de Julio Calonge Ruiz. Editorial Gredos, Biblioteca Clásica N° 37. Vol. I, 2ª reimpresión, Madrid, 1985, §21a, p. 154 & §22d, pp. 156-7.
4 Se trata de los diálogos: Menón, §80d, y Teeteto, §161b.
5 Diálogos: Fedón, Banquete & Fedro. Trad. de Banquete de Marcos Martínez. Editorial Gredos, Biblioteca Clásica N° 93. Vol. III, 1ª reimpresión, Madrid, 1988, §118-a, p. 141.
6 Taylor afirma que se trataba de Fenarete, que siendo de buena familia era comadrona, y de Sofronisco, que podía haber sido artesano o estatuario. Sócrates habría tenido un medio hermano mayor por madre, Patrocles. Op. Cit., p. 32.