Claro que la imaginación siempre puede abrir cualquier puerta, girar la llave y dejar paso al terror.

(Truman Capote en «A sangre fría»)

Veintidós años antes de los hechos trágicos que narraremos aquí, el presidente Jesús Jiménez Zamora, inauguraba el edificio del colegio de San Luis Gonzaga, templo de la educación costarricense en el siglo XIX.

En la época que nos ocupa, año de 1892, Cartago, la antigua capital de Costa Rica, vivía un palpitante desarrollo cultural y comercial, gracias a la llegada del ferrocarril. Pese a ello, seguía siendo una urbe tranquila e idílica, como lo fue desde su fundación, en 1563. Sin embargo, cada cierto tiempo, un cataclismo la sacudía como un trapo, dejándola en escombros. El cataclismo humano que estaba a punto de ocurrir no llegaría al punto de desarmarla, pero sí de propinarle una estrepitosa sacudida moral.

A esta ciudad arribó, en el año 1891, el joven profesor español Manuel Montorio Pérez, de 28 años, procedente de Honduras. Por problemas de contrato en el hermano país, se vino a buscar trabajo a Costa Rica, acompañado de su joven esposa doña Leonor Domínguez, una bella dama aragonesa. Al mismo tiempo, a la humilde escuelita de la Puebla de los Ángeles, llegó a trabajar otro maestro español llamado Felipe González. Ellos tres son los personajes centrales de esta historia, pero antes de explicar su lamentable destino, recorramos brevemente la ciudad en aquel año y, particularmente, el principal teatro de los hechos: el colegio de San Luis Gonzaga.

Cuando el Dr. Montorio descendió del tren con sus maletas, ignoraba que esta sería la última plaza de su equipaje, y que nunca más pondría un pie en su patria ni en ningún otro destino, y que su vida acá, abarrotada de ilusiones, sería fugaz y brutal como un rayo. Sin embargo, constató, desde el principio, lo que muchos le habían advertido. Que, además de frío, este era un pueblo chico, y aunque su corazón albergaba la esperanza de no toparse también con un infierno grande, muy rápido lo encontró.

En este Cartago, que apenas superaba las tres mil almas en 1892 (Brenes Tencio, G. Reminiscencias de Cartago. Inédito. 2011), muchas cosas eran nuevas. El mercado, inaugurado apenas cuatro años atrás; el cuartel principal y el palacio municipal, ambos de 1865, y los colegios San Luis Gonzaga y Sagrado Corazón de Jesús, así como hoteles, restaurantes, cafés, boticas, cantinas, etc. En fin, un pueblo chico, pero bien amueblado.

Desde 1873 hay un tren que viaja de San José a la vieja ciudad y viceversa, y apenas dos años antes se inauguró la ruta Limón-Cartago. A su vez, desde 1888 se cuenta con un moderno servicio de tranvía, cuyo fin primordial es llevar turistas hasta el nuevo balneario de aguas termales en Aguacaliente.

Ha transcurrido menos de un año de la inundación más grave de Cartago en toda su historia, cuando los ríos Reventado y Molino, en una noche tormentosa y cruel, se salieron de su cauce, provocando destrozos inimaginables en el occidente de la vieja Metrópoli y en parte del centro.

Desde 1887 se trabaja para convertir la plaza principal en parque y, en julio, un mes antes de la tragedia del Dr. Montorio, se empezó a instalar la famosa verja de hierro forjado traída de Europa, gracias al apoyo del presidente José Joaquín Rodríguez. En el centro del parque, vemos la enorme pila de piedra construida por el cantero croata don Juan Orlich; pero la gran fuente de hierro, instalada en 1873 para inaugurar la primera cañería, ya ha desaparecido o sus piezas andan desperdigadas por acá y por allá, en un espectáculo atroz.1.

El Dr. Montorio

Manuel Montorio Pérez, nació en Pamplona, provincia de Navarra. Era hijo de Faustino Montorio de Roa, capitán del regimiento de infantería de Saboya, y Paulina Pérez y Velio. El pequeño Manuel fue bautizado en la parroquia de San Saturnino de Pamplona, el 24 de diciembre de 1862.2 Allá hizo sus estudios de primaria y secundaria y continuó, después, en la Universidad Literaria de Zaragoza, donde se graduó de licenciado en ciencias.

En Zaragoza contrajo matrimonio con doña Leonor Domínguez, hija de un coronel de Canarias, y luego se trasladó a Madrid, donde obtuvo el doctorado en ciencias fisicoquímicas.

Por fortuna, el archivo de la Universidad de Zaragoza conserva su expediente académico, y gracias a él supimos que en el período de 1882-1883, como estudiante en la facultad de Ciencias en la sección fisicoquímica, obtuvo matrícula de honor en geometría analítica; asimismo, poseía gran maestría para el dibujo por lo que ganó premios ordinarios en dibujo lineal topográfico y en dibujo aplicado a las ciencias.3.

Dotado de un amplio talento, Montorio era un erudito de las ciencias, con especialidad en química, que cultivó en las oficinas de higiene y sanidad de Madrid. Era de maneras fáciles y distinguidas, atento y cortés, amable y de amena conversación.

También amaba la literatura, y su destreza para el dibujo lo llevó a realizar excelentes acuarelas, de las cuales, lamentablemente, no se conoce ninguna. Don Juan Fernández Ferraz, hizo el mejor elogio posible de él en una hermosísima frase: «Montorio era hombre que descansaba estudiando».

Al llegar a Costa Rica, el destino pareció sonreírle, pues de inmediato obtuvo cátedras en los colegios de Cartago y Alajuela, así como la dirección de las bibliotecas de ambas ciudades. A fines de 1891 formuló el plan de estudios para el Liceo de Costa Rica bajo el sistema de enseñanza bifurcada. Más tarde participó en la redacción de los programas de segunda enseñanza y normal, aprobados ese mismo año por el gobierno.

El colegio de San Luis Gonzaga y su viejo edificio

Llamado por Abelardo Bonilla Baldares «nuestra primera y verdadera universidad del siglo XIX» (Brenes Tencio, G. 2011), el colegio de San Luis Gonzaga fue el primer colegio de secundaria del país. Luis Felipe González Flores, el venerable pensador costarricense, agregó que «con la fundación de la enseñanza secundaria y, en especial del colegio de San Luis Gonzaga, del que se ha dicho es el establecimiento clásico de nuestra cultura, el señor Jiménez sacó a Costa Rica de su edad media» («El Centenario del nacimiento de don Jesús Jiménez». Revista de Costa Rica. Junio de 1923).

Para conocer el origen del viejo edificio del colegio debemos retroceder dos siglos en el tiempo y remontarnos al fatídico 7 de mayo de 1822, en que Cartago fue destruida, por primera vez en el siglo XIX, a causa del terremoto de San Estanislao. El terremoto pulverizó muchos edificios, entre ellos el cuartel colonial, construido hacia 1804, y ubicado donde hoy está la Botica Central (frente al costado sur de «Las Ruinas de la Parroquia»). Muchas vicisitudes hubo para construir allí un nuevo cuartel, por lo que se buscó intensamente otro lugar. Poco tiempo después, en cabildo abierto, alguien se acordó de una vieja casona, abandonada desde tiempo inmemorial, que perteneció a doña Ana Victoria Morales Céspedes (Actas y correspondencia del Ayuntamiento de Cartago, 1820-1823. Impr. Nacional. 1972). Aquella casa colonial de adobes, cubierta de tejas y con amplio solar rodeado de tapias, ocupaba un cuarto de manzana, al este de la iglesia San Nicolas Tolentino,4 es decir, en el mismo sitio donde hoy está el Paseo San Luis, y que anteriormente se llamó Mercadito de Carnes o Bazar San Luis. Doña Ana Victoria, nació hacia el año 1720 y falleció a finales del siglo XVIII o inicios del XIX. Quizás aprovechando la construcción de la vieja casona,5 el cuartel funcionó poco tiempo aquí, pues para 1837 ya no servía como tal, sino como Casa de Corrección, es decir cárcel para mujeres (Protocolos de Cartago, T. VI, 1818-1850). Esta también tuvo corta vida en el lugar, pues el terremoto de San Antolín (1841), destruyó cientos de casas y muchos edificios públicos.

Una vez muerta su dueña, la propiedad quedó en manos de doña Ana Céspedes, sobrina nieta de doña Ana Victoria. Finalmente, ella o sus descendientes, hacia el año 1855, vendieron la propiedad, donde luego se construiría el primer edificio del colegio (Protocolos de Cartago, T. VI).

El diseño del edificio fue encargado al ingeniero alemán Francisco Kurtze, que llegó a Costa Rica hacia 1848. Al inaugurarse en 1870, ocupaba el cuarto de manzana noroeste (unas 50 varas en cuadro) y su entrada estaba al oeste, precedida de una escalinata de piedra. Luego, seguía la portería, custodiada por don Bartolomé Montoya. Enseguida el vestíbulo, y a la derecha un salón de aulas. A la izquierda, en la esquina noroeste, estaba la biblioteca, que también era biblioteca pública, donde ocurriría la tragedia que nos ocupa.

Una parte del claustro estaba bordeada de arcos tipo carpanel, que descansaban sobre gruesos pilares de madera con capiteles toscanos, quedando únicamente al descubierto el patio central, en cuyo centro lucía una pequeña fuente con plantas acuáticas. El flanco derecho (sur) del claustro estaba compuesto por tres salones de aulas; y en el flanco izquierdo (norte), además de la biblioteca, estaba el extenso salón de actos, con un amplio portalón, que daba a la calle del mercado. Tenía, además, del lado este, los cuartos del internado, la dirección, cocina, baños, así como la casa del director, con un pequeño patio, que se comunicaba con el patio central.

El colegio: profesores y vecindario

En junio de 1892, solo dos meses antes del asesinato del Dr. Montorio, el pedagogo suizo don Juan Rudín renunció a la dirección del colegio, que fue asumida por don Federico G. Salazar, el 18 de julio. Los otros cargos eran: don Carlos C. Pumonterry, subdirector; don Ramón Matías Quesada, secretario; don Patrocinio Salazar, inspector y administrador; Dr. Alejandro Pirie, médico; don Bartolomé Montoya, conserje y portero. El personal docente, entre otros, lo conformaban el Dr. Manuel Montorio, Dr. Federico Pizarro, Ramón M. Quesada, Pedro Ulloa M; Federico G. Salazar (Prospecto del Instituto de Cartago. 1892. Biblioteca Nacional de Costa Rica).

Alrededor del colegio encontramos el Mercado Municipal, también el hotel Estrella del Norte (donde hoy está el Centro de Cultura Cartaginesa); la propiedad de la sucesión de don José Ramón Rojas Troyo, acaudalado comerciante y padre del poeta Rafael Ángel Troyo; la casa de las niñas Espinach y el Palacio Municipal: la casa de doña Ana Cleta Arnesto (ya fallecida), así como la de doña Natalia Sancho y la barbería de don Basilio Paniagua. En donde está hoy el Banco Nacional, se encuentra la recién establecida «Botica de Cartago» del Dr. Alejandro Pirie,6 que llegó procedente de Canadá, hacia 1887. En la manzana al oeste del colegio está el ábside de la iglesia San Nicolas Tolentino, y frente a la biblioteca, en la esquina (donde hoy están la tienda «Irazú» y un almacén «Gollo») la cantina y refresquería «La Eureka» de don Francisco Laporte, lugar muy visitado por profesores y alumnos del colegio.

La biblioteca

El colegio nació con biblioteca, tal como lo dispuso el primer reglamento de la institución (1869). Su colección se inició con un donativo hecho en 1866, por el presidente Jesús Jiménez Zamora, consistente en un juego de mapas y las obras completas de Alfonso de Lamartine (Archivo Nacional. Gobernación. 26332).

Tenía una sala de lectura con mesas individuales, a manera de pupitres y también amplios libreros de madera. Su piso era de maderas finas y poseía, como todo el edificio, gruesos ventanales, que prodigaban torrentes de luz y de frescura a todo el aposento.

El establecimiento era relativamente pequeño. Medía unos 15 metros de largo por 6 de ancho, y se ubicaba en el extremo superior izquierdo del edificio, o sea, en la esquina noroeste. Correspondería, en la actualidad, al lugar donde está la panadería francesa Granier (esquina noroeste del Paseo San Luis), y antaño la panadería y cantina La Palma.

¿Crimen y castigo o un plan perfecto?

Una sumaria criminal completa habría permitido conocer las causas del crimen y de los graves hechos posteriores; pero tristemente, en el año del suceso no se realizó ese trámite o al menos no se conoce evidencia de ello. En el Archivo Nacional de Costa Rica solo encontramos el «Inventario de causas criminales de Cartago en 1892» (Corte Suprema, 3624). Aunque fue frustrante no hallar en él ninguna referencia al crimen, por fortuna quedó una cantidad importante de crónicas periodísticas, pues la tragedia tuvo gran resonancia en Costa Rica. Por consiguiente, los sucesos que narraremos a continuación se basan, principalmente, en datos del Diario del Comercio, 29 y 30 agosto; La República, 30 de agosto; La Prensa Libre, 31 de agosto y 29 septiembre, el Heraldo, 31 de agosto, y El Día, 3 de septiembre, así como un maravilloso obituario escrito por don Juan Fernández Ferraz, en La Prensa Libre, el 27 de agosto de 1893.

El domingo 28 de agosto de 1892, el Dr. Manuel Montorio se dispuso, como de costumbre, ir a trabajar a la biblioteca del colegio, ignorando que este sería el último día de su vida. Convino con doña Leonor que regresaría, pasadas las siete de la noche, para asistir juntos a un evento especial, en el salón teatro del colegio, donde actuaría un grupo de prestidigitadores y humoristas europeos, llamado «Balabrega y los tres bemoles», acompañados de Emma Lynden, una bella y talentosa maga sueca, que dejaba hechizados a todos los caballeros.

Aunque es domingo, la biblioteca permanece abierta hasta las siete de la noche, por disposición del mismo Montorio, para entretener a los poquitos lectores de Cartago.

Unas horas antes, al promediar la tarde, se le vio junto a Felipe González, el maestro de escuela, caminando alrededor del parque, a una cuadra del colegio. Luego, se separaron tomando cada uno su camino y conviniendo verse de nuevo en la noche, en el salón teatro.

Son casi las siete de la noche, ha oscurecido y la constante bruma ha hecho aparición. Aunque con grandes penurias, ha vuelto la luz eléctrica, después de prolongada ausencia, a causa de la terrible inundación de octubre. No llueve, pero amenaza lluvia, y se acerca el momento de cerrar la biblioteca.

Una de las crónicas indica que casi al cierre de la biblioteca, el Dr. Montorio atendía a una chica con la que conversaba animadamente. Esta niña sin nombre, sin rostro y sin destino, fue una de las últimas personas que lo vieron con vida. Al llegar González —diciendo que se había quedado de ver allí con uno de los artistas de los tres bemoles— Montorio le abrió la puerta, antes de despedir a la pequeña, que seguro se marchó con alguno de sus padres. Otra crónica indica que Montorio se encontraba sentado en una mesa, leyendo tranquilamente un libro llamado La marquesa de Bellaflor, novela de Wenceslao Ayguals de Izco,7 cuya lectura interrumpió para atender a González. Otro periódico señala que González entró subrepticiamente a la biblioteca y llamó a Montorio por su nombre, antes de disparar. Otro señala que González llegó por detrás, cuando el profesor estaba distraído en la lectura y, sin advertencia alguna, le soltó toda la munición a quemarropa. Aquellos fogonazos arrancaron el silencio a la noche y de paso la apreciada vida de Montorio, que solo pudo gritar «¡que me matan!». Sin saberlo él ni nadie, segundos antes de llegar su asesino, Montorio leía su pena de muerte, arropado en su mortaja y, por compañía, sus grandes pasiones: el conocimiento, la ciencia, el arte. Todo estalló por los aires en aquel instante cruel.

Casi todas las crónicas coinciden en que González, a sangre fría, disparó la carga completa de cinco disparos, dos de ellos a la cabeza de Montorio. «Dos balazos disparados sobre la nuca le perforaron el cerebro; el primero lo mató instantáneamente». En seguida, una luz medrosa iluminó el rostro del profesor, tendido sobre la mesa, salpicado de sangre y ya sin hálito de vida.

Un italiano y otro hombre que conversaban afuera del negocio de Francisco Laporte, oyeron las descargas y, casi de inmediato, vieron la silueta oscura de un individuo sin sombrero, saltando por la ventana de la biblioteca y huyendo a gran velocidad, al oeste, por la calle del comercio. En la foto de portada del artículo se aprecian dos ventanas del edificio del colegio, detrás de la mujer de falda clara que está de pie. Creemos que González pudo salir por cualquiera de estas dos ventanas, porque estaban más bajas que las otras y, por tanto, más cercanas al nivel de la acera que las del oeste; quizás con más probabilidad, salió por la ventana de la derecha. Varios testigos agregaron que vieron a González, sin sombrero, pasar por la calle del comercio y cruzar frente al establecimiento de Gorgonio Herrero,8 en dirección norte, es decir, hacia el barrio El Carmen.

Al ruido de los disparos y de voces, los alumnos del internado acudieron en tropel a la biblioteca; pero no pudieron entrar, por impedirlo sus tutores. Un agente de policía, que estaba en la esquina sur, al ver la multitud corriendo hacia el colegio, entró de inmediato a la biblioteca y fue el primero en ver el cuerpo sin vida del doctor, sentado en una silla, con la cabeza inclinada hacia atrás, y un charco enorme de sangre, extendiéndose como aceite, casi hasta la puerta. No había otra persona en el recinto y una brisa fuerte golpeaba la ventana abierta, por donde acababa de huir el asesino. En el piso de madera quedaron el revólver y un sombrero extra que, evidentemente, no era el de Montorio.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara el Dr. Alexander Pirie, médico del pueblo y del colegio. Con él también llegó el juez del crimen, que de inmediato inició la indagatoria. Luego se sumaron el director, don Federico G. Salazar y el gobernador, don Alejandro Guzmán. En minutos, el más famoso y antiguo colegio de Costa Rica fue rodeado por una muchedumbre compacta de cartagineses, pues la noticia corrió como pólvora. Un tránsito de susurros, voces bajas conmocionadas, era todo lo que se podía oír.

Naturalmente, los lamentos no se hicieron esperar. La prensa indicó que Montorio gozaba de una imagen impecable de caballero sin enemigos, y se había granjeado las simpatías de todo Cartago, lo mismo que su esposa. «Dios quiera que sea un extranjero el asesino» decían todos. Era imposible que un hijo de Cartago hubiera dado muerte tan alevosa al mejor y más querido de los maestros españoles.

De inmediato, con el consentimiento del juez del crimen, el Dr. Pirie solicitó materiales y ayuda para preparar el cadáver, que al filo de la media noche fue velado en el salón de actos del colegio.

¿Cómo se supo que González era el presunto asesino? Las crónicas indican que el gobernador, don Alejandro Guzmán, giró órdenes a la policía de buscar en todas direcciones, pues él creía saber quién era el homicida y que probablemente estaba escondido en algún solar del barrio El Carmen. También se cuenta que alguien logró reconocer el sombrero de González, y que se presentaron varios educadores españoles a deplorar el suceso; pero en dicha reunión, estaban todos menos el maestro y el profesor.

Todos los relatos coinciden en señalar que Felipe González se dirigió a toda prisa a la casa donde se hospedaba últimamente, frente al cuartel,9 mientras la lluvia empezaba a aparecer. Provisto de otro sombrero y de una navaja de afeitar, se dirigió a un solar abandonado, muy cerca de allí.

En la absoluta tiniebla y por compañía solo la lluvia y el crepitar de las hojas de plátano, González se propinó un corte de medialuna en el cuello, del que brotó un oscuro chorro de sangre. Su cuerpo sin vida fue encontrado cerca de las diez de la mañana del lunes, con el rostro desfigurado por el barro y chorreando una indescriptible sanguaza. El corte en su cuello probablemente fue errático, pues se cree que sufrió una dolorosa agonía, porque entre su cuerpo y la navaja mediaba una distancia de más de tres metros. Sin embargo, el acta de defunción indica que murió a las 8 de la noche.10 Se encontraron dos cartas en sus bolsillos, una dirigida al presidente de la república, y otra para su compañero, el educador español Marcelino Bárcena Pinedo. Las cartas evidenciaban un complejo de persecución y la constante necesidad de permanecer encerrado en su cuarto; sin embargo, según las crónicas, en ninguna de ellas menciona la intención de matar ni suicidarse.

El lunes, ambos cadáveres fueron conducidos a la iglesia de San Nicolás Tolentino, enfrente del colegio. El padre Juan de Dios Trejos, cura y vicario de Cartago, imperturbable como era, ordenó sacar el cadáver de González de la iglesia, y solo hacer las exequias de Montorio, justificado en que aquél era un suicida, y que para estos no hay redención.

La concurrencia del entierro fue numerosa y acudió gente de todo el país. En el cementerio, a reventar, pronunció un mensaje don Rigoberto Centeno, y en nombre de los alumnos del colegio, el joven Ernesto Martín Carranza, leyó un emotivo discurso.

La muerte del Dr. Montorio adquirió dimensión nacional, al punto que el presidente de la república ordenó destinar 150 pesos de fondos de la Secretaría de Instrucción Pública, para gastos del entierro. Asimismo, el señor Garcillán (maestro de dibujo en la Sociedad de Artes y Oficios de San José, amigo y compatriota del doctor) diseñó una hermosa lápida para la tumba del ilustre maestro.11

Del presunto asesino se desconoce prácticamente todo dato biográfico. Gracias a las crónicas se supo mucho de su estado mental; pero nada de su origen, familia, etc. Solo sabemos que era español, que trabajaba en la escuela de la Puebla de los Ángeles, y su edad (30 años al morir), casi la misma edad que Montorio.

Después de la tragedia, el colegio y la biblioteca siguieron su curso con normalidad. El 6 de septiembre se nombró a don Manuel Serrano como nuevo bibliotecario, cargo que ocupó hasta 1897. Cuando sobrevino el terremoto de 1910, el edificio del colegio, aunque con muchos daños, permaneció en pie. Sin embargo, las autoridades decidieron dinamitarlo, para construir un nuevo y amplio edificio para el colegio, en otro lugar.12 En ese momento, para protegerlos, se decidió trasladar todos los libros a la biblioteca de Heredia, y en el año 1915 las autoridades heredianas, ante solicitud formal de alumnos del colegio y del profesor Félix Mata Valle, devolvieron la colección a Cartago (Obregón, C. La realidad de un sueño, el Colegio de San Luis Gonzaga 1869-1956. 2006. p. 262).

¿Cuál fue el móvil del crimen y del suicidio?

¿Qué pudo provocar la doble tragedia? ¿Un arrebato de ira por una enemistad súbita entre González y Montorio? ¿Era verdad que Montorio no tenía enemigos? ¿Hubo algún cómplice? ¿o todo obedeció, como apuntan las crónicas, a una conmoción de la mente de González? ¿Se degolló el homicida o fue vengado por sus perseguidores, un linchamiento por la muerte del querido profesor Montorio? ¿o todo, incluyendo el suicidio, formó parte de un plan maestro de González, para «liberar» su espíritu atormentado, y alcanzar una catarsis?

En el «Inventario de causas criminales» (Corte Suprema 3624), creímos encontrar respuesta a todas estas preguntas. Sin embargo, en tal documento no aparece ninguna mención al caso, lo cual se explica, porque no hubo persona viva a quien culpar y porque, en opinión del experto en criminalística, Roy Rojas Pereira, entrevistado para este artículo, el frágil sistema judicial de Costa Rica en esa época, más proclive a las causas militares que a las policiales, así como una justicia fácilmente manipulable por la elite que ostentaba el poder político, económico, religioso y militar, deja abierta la posibilidad de otras explicaciones distintas a las indicadas en las crónicas periodísticas.

Pese a ello, las crónicas son, sin duda y por el momento, el único material que posibilita sostener el hilo narrativo de los hechos, y las que ayudarán a completar la historia. Gracias a ellas sabemos que González, en los últimos tiempos, vivía en un lamentable estado emocional, divinizando sus tristezas, sin que se sepan las causas. Desorientado por una anarquía mental, y aferrado a un torcido destino, caminaba por las frías calles de Cartago, como marioneta, dominado por «aquellas fuerzas oscuras y peligrosas que empujaban a su corazón», como afirmaba Stephan Zweig refiriéndose a Dostoievski.

Una crónica afirma, sin ambages, que:

El crimen fue originado por la locura. Era tímido, humilde y respetuoso, pero lo dominaba últimamente la nostalgia. El clima frío de Cartago lo hacía sufrir. En el cuartito donde vivía hace poco, entapizado de periódicos de arriba abajo, se le veía con frecuencia sentado en una silla, con la cabeza entre las manos, y así pasaba las horas enteras. Distraía sus ratos de ocio con la lectura hasta altas horas de la noche y sufría de insomnios.

Uno de los relatos más fantásticos que testimonia su estado mental, apareció en El Heraldo de Costa Rica (31 de agosto). Dice que González, padecía de «enajenaciones maravillosas» y que, en medio de su delirio, había contado a varios allegados que «ya tenía poca pólvora y escasas balas para defenderse», que durante la noche veía demonios acechándole el cuello y que dos lechuzas agoreras, desde las torres del convento franciscano, salían en aleteo triste, gritando como almas malditas para romperle las venas; y, para rematar, con gran nerviosismo, contaba que una multitud de gallos flacos rodeaban su lecho, a la vez que varias escobas barrían solas, desde la medianoche hasta el amanecer.

¿Será cierto que, dominado por el insomnio, al igual que don Quijote, se pasaba «las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio» y sería esta una de las causas de su locura? ¿Pero qué era exactamente lo que leía?

Por fortuna, una de las crónicas periodísticas nos cuenta que iba todas las tardes a la biblioteca, y que últimamente leía María o la hija de un jornalero,13 obra del mismo Ayguals de Izco, que curiosamente es el libro complementario al que leía Montorio, en el momento del crimen. Nunca podremos saber si el doctor —como González—, realmente estaba interesado en esa novela, desde un punto de vista literario o más bien la escrudiñaba para tratar de entender el comportamiento perturbado del maestro.

Las novelas de este autor si bien no alientan el suicidio, tampoco lo censuran con rigurosidad, pues es un acto presente en el romanticismo, movimiento literario al cual pertenece su obra. «Sorprende la cantidad de suicidios en las novelas de Ayguals, si sabemos que era uno de los escritores que levantaron la voz contra este mal social y proponía vías para su solución», indica la investigadora Snezana Jovanovic (El costumbrismo en la narrativa de Wenceslao Ayguals de Izco. 2016). Por su parte, el capítulo IV de la parte 6ª de la novela, sorprendentemente, está dedicado completo al suicidio. Por un lado, el autor lo condena, pero por otra parte describe los daños sociales y morales, que pueden llevar a una persona a este fatal desenlace. ¿Y todas estas reflexiones, acaso no pudieron también influir en González, ayudando a incubar en él, el deseo del suicidio?

Conclusión y cierre

Con base en las fuentes existentes, casi todas repartidas en periódicos antiguos, no es posible saber si en la atormentada cabeza de González anidó, producto de lecturas o de traumas pasados, un plan de crimen y suicidio. Tampoco podemos saber si dominado por el arrepentimiento, decidió finalizar su vida, o previamente ya tenía el guion detallado de los hechos, incluyendo su propio desenlace. Y finalmente, es imposible saber, con total certeza, si González se suicidó o fue ajusticiado por sus perseguidores.

En el año de los hechos, en la Costa Rica independiente mucho estaba por construirse, y la institucionalidad del país, en materia judicial, carecía de madurez. Con los métodos actuales de investigación criminal, aun muerto el homicida, la investigación se agota para encontrar posibles cómplices y conocer los verdaderos móviles del delito. En el caso que nos ocupa, por haber muerto el presunto homicida y por carecer de fuentes oficiales, la mayoría de las interrogantes permanecen sin respuesta. Solo nos es dado repetir, por el momento, lo que la prensa informó.

Finalmente, muchos se preguntarán ¿qué ocurrió con la viuda? Los relatos indican que fue terrible prepararla para contarle la tragedia, pues minutos antes, los vecinos la vieron, despreocupada, cantando en su casa. En un instante, de la alegría pasó a la depresión más profunda, en medio de lamentos, mientras su casa se llenaba de almas compasivas: miembros de la familia Espinach, la señora de Collado, la esposa del doctor Moisés Castro, y otras distinguidas personas que, sin lograrlo, se empeñaban en mitigar el dolor y el drama de la desolada viuda que, viéndose en la más absoluta soledad, solo pedía la ayuda del cónsul de España.

Después del funeral, Leonor Domínguez abandonó su casa en Cartago, y en estado anímico lamentable, se trasladó a San José, a la casa de don Federico Díaz Fragoso. Un mes después, la compañía canadiense de seguros El Sol pagó 2000 pesos a la viuda, por una póliza de vida que el Dr. Montorio había tomado un año atrás. A partir de este momento, la desconsolada doña Leonor no tuvo ningún motivo para permanecer más en Costa Rica y emprendió el regreso a Zaragoza, dejando acá, para siempre, el cuerpo de su ilustre marido.

¿Hay certeza de que el cuerpo del Dr. Montorio quedara en Cartago? Efectivamente, gracias a un bello texto de Ramón Matías Quesada acerca del Cementerio de Cartago (La República, 2 de noviembre de 1901) se sabe que Montorio quedó durmiendo el sueño eterno en nuestra tierra, y nadie en España reclamó su cuerpo; ni siquiera su viuda.

Durante mucho tiempo no se habló de otra cosa más que de la tragedia. Seis años después, en diarios nacionales se seguía recordando al querido doctor Montorio. Sin embargo, con el pasar de los años y con la llegada de dramas naturales, como el terremoto de 1910, muchos hechos previos a este fueron cubiertos por el polvazal del olvido. Pero por fortuna, la misma historia, lenta y justa como suele ser, sopla con fuerza, reivindicando la memoria de personajes valiosos y olvidados. En el año 2016, buscando información de los libros de la biblioteca de Cartago llevados a Heredia después del terremoto de 1910, cayó en mis manos una crónica antigua donde se hablaba de un crimen en la biblioteca del colegio San Luis Gonzaga.

Dominado por la intriga, rápidamente una crónica se hilvanó con otra, hasta formar, juntas, el tejido del drama contado acá, así como una parte de la vida de los personajes que compartieron, con el ilustre doctor, sus placeres y tristezas, sus sueños y pesadillas; en fin, la alegría de su vida y el drama de su muerte. Fue así como fueron apareciendo, uno tras otro, sus colegas y alumnos, sus antológicas clases de química, el Dr. Pirie y su famosa botica, la bella Emma Lynden y los tres bemoles, el verdugo González, así como la desventurada viuda doña Leonor y, por supuesto, el colegio de San Luis Gonzaga, uno de los más grandes templos de la educación costarricense, profanado ingratamente, en la noche de aquel domingo fatídico.

Notas

1 Para más información acerca de la historia de las fuentes de Cartago y del resto del país, consulte el artículo: Orozco-Abarca, S. (2016). Delfines, leones y tritones; fuentes victorianas de hierro en plazas y parques de Costa Rica (1868-1880). Revista Herencia. Universidad de Costa Rica. Vol. 29. Núm. 1.
2 Datos facilitados al autor por el Centro de Historia Familiar de Pamplona.
3 Expediente académico de Manuel Montorio Pérez y expediente de premio ordinario para la asignatura de dibujo lineal topográfico. Obtenidos ambos en el Archivo Universitario de la Universidad de Zaragoza. Sección Archivo Histórico.
4 Archivo Nacional de Costa Rica. Mortual de Ana Victoria Morales Céspedes. No. 999. Mortuales Coloniales. Año 1798.
5 José María Figueroa Oreamuno, en el plano de Cartago de 1821-1841 (Álbum de Figueroa), lo llama «Cuartel viejo o Cupo».
6 En sociedad con el doctor David Inksetter y el farmacéutico H. L. Hanssamen, el Dr. Pirie creó la botica y se instaló en este lugar. Posteriormente, hacia el año 1900, adquirió el edificio conocido hoy como Casa Pirie, a donde trasladó su casa y su botica.
7 Wenceslao Ayguals de Izco (1801-1873) fue un escritor y editor español, del romanticismo. Fue militar y diputado a Cortes por Castellón. Fundó en 1843 su propia editorial, La Sociedad Literaria. Colaboró en algunos periódicos y fundó varias publicaciones. Escribió una serie de novelas por entregas de marcado anticlericalismo y compromiso social. La más conocida y exitosa fue María, la hija de un jornalero (1845), que alcanzó numerosas reimpresiones y fue traducida a varios idiomas. Su segunda parte es La marquesa de Bellaflor o El niño de la inclusa (1847-1848). Ayguals predica la igualdad de oportunidades, la justicia social e igualitaria, la libertad de prensa y la separación de la iglesia y el estado. Información tomada de Wikipedia.
8 G. Herrero y Cía. era un almacén de San José, con sucursales en Cartago y Alajuela. Vendían: pañolones de seda y de burato, regalos, géneros para señoras, máquinas de coser, etc.
9 El cuartel estaba en el mismo sitio donde hoy está el Museo Municipal, dos cuadras al norte de la Plaza Mayor.
10 Felipe González.
11 Lamentablemente esa lápida con toda probabilidad se destruyó a causa del terremoto de 1910, de manera que hoy no es posible saber en qué sitio se enterró al Dr. Montorio, porque, además, después del terremoto, el cementerio fue rediseñado casi en su totalidad.
12 El edificio nuevo, mucho más amplio y cómodo, se levantó dos cuadras al sur, frente a la Plaza Iglesias, sobre las bases del edificio de la Corte Centroamericana de Justicia, que fue totalmente derribado por el terremoto de 1910. Es uno de los edificios más bellos de la ciudad, y ya supera los 90 años. Fue declarado Patrimonio Histórico Arquitectónico de Costa Rica, el 16 de mayo de 1989.
13 «María, la hija de un jornalero se sitúa históricamente en el Madrid de la revolución liberal y narra la historia de María Godínez, una joven virtuosa cuya honrada familia sufre todo tipo de penalidades. Su honor se ve amenazado por las crapulosas intenciones de un fraile malvado, fray Patricio, que es además uno de los cabecillas de una sociedad secreta absolutista que conspira en favor del carlismo y promueve la discordia entre los liberales. A lo largo de la novela se nos refieren los intentos del fraile y de sus adláteres por forzar a la doncella con todo tipo de artimañas, que resultan inútiles ante la virtud y abnegación de ésta. Paralelamente, María se enamora del joven demócrata Luis de Mendoza, marqués de Bellaflor. Ambos amantes consiguen finalmente reunirse y derrotar a sus enemigos» (Xavier Andreu Miralles. Articular la nación. La María de Ayguals de Izco y la nacionalización española, 1845-1850. Universitat de València. 2017).