En mi país, Costa Rica, me entretengo escribiendo artículos de política y otros temas en un blog personal que tengo. Acostumbro a compartir el contenido de esos artículos en redes sociales como Twitter y Facebook. Por respeto a quien escribe o comenta; suelo contestar a todos los comentarios que me hacen y a veces son muchos; sobre todo cuando quien comenta es un fanático: político, ideológico, religioso. Suelo hacerlo (responder) con enlaces que conducen a mi propio blog o a resultados de búsqueda en Google. En ambos casos, con frases que generan contenido de búsqueda intrínsecamente relacionado con el comentario expuesto por el interlocutor. Lo hago porque sé que los fanáticos no suelen buscar; mucho menos responder a algo en lo que tienen que analizar o saber de qué se trata lo que están buscando. Eso por cuanto el fanático responde a la inmediatez, a lo visual, al calor del momento. Nunca se detiene a meditar o analizar y por eso sale con cualquier babosada y responde lo primero que se le ocurre. O peor aún, lo que ha memorizado de vox populi de otros fanáticos; dicho a través de adoctrinadores. Y efectivamente así es, el fanático suele responder que él no está para seguir enlaces, que sea concreto, que diga cuál es mi opinión. Entonces, maliciosamente concreto y respondo con uno de los enlaces de búsqueda en Google que demuestra que está equivocado en su apreciación y por qué está equivocado. Maliciosamente porque sé que lo segundo que va a hacer; al verse desenmascarado en su falacia; es el ataque personal y pedirme de nuevo mi opinión. Y, efectivamente, así lo hace. Entonces le respondo con una frase que conduce a la búsqueda de artículos relacionados con ella en mi blog. Eso enciende aún más el ánimo del fanático; ya que, tampoco obtiene lo que busca; un enfrentamiento directo; e igual tiene que buscar algo que, fuera de lo que dicta su fanatismo; no entiende, ni comprende. Y por tercera vez; ya colérico; me pide que le responda con mi propia opinión; como si lo que escribo en mi blog, no lo fuera; y esta vez, que sea directo. Entonces lo remito a un artículo que específicamente analiza, cuestiona y refuta su o sus comentarios anteriores. Entonces, al quedarse desarmado, acorralado y sin salida; como todo fanático empieza en ataque falaz y malicioso, al contrario, al rival; en este caso yo. Y ahí me han dicho y llamado, de todo.

Cuando he criticado al gobierno me han llamado anarquista o revolucionario y cuando he criticado el anarquismo, servil del gobierno o de las élites del poder. Cuando he criticado a la derecha política me han llamado: izquierdista, socialista o comunista; y cuando he criticado a la izquierda política: derechista, capitalista o imperialista. Cuando he criticado a la Iglesia en mi país; Costa Rica es un país católico y uno de los pocos que sigue siendo confesional; me han llamado ateo; y cuando les digo que no soy ateo; que creo fervientemente en la existencia de Dios; más no en la religión; en ninguna de ellas; se quedan sin saber que responder; supongo que pensando que soy alguna especie de bicho raro. Cuando he criticado al neoliberalismo económico y comercial me han salido con toda clase de teorías económicas; en su mayoría del siglo XX; incluso algunas del siglo XIX y exaltando como los países que aplicaron esas teorías se hicieron ricos y prósperos.

Noticia: ya no estamos en el siglo XX; mucho menos en el siglo XIX y lo que funcionó en ese entonces; ya no funciona en siglo XXI y seguramente lo que funciona en este siglo; dejará de funcionar en el próximo; si es que llegamos a él; por algo nos hemos globalizado. En ese sentido lo más divertido que me ha pasado es cuando he criticado las políticas económicas que defienden el cambio climático. Me han dicho que parezco una sandía: verde por fuera y rojo por dentro: en referencia a ecologista por fuera y comunista por dentro. Porque por increíble que parezca, aún hay fanáticos que siguen negando que el cambio climático es un hecho y que si no hacemos algo ahora por combatirlo; en un futuro no muy lejano; ya no habrá vuelta atrás; habremos alcanzado el Antropoceno.

Pero, sin duda alguna, lo peor de lo peor, han sido los fanáticos extremistas y radicales: políticos, ideológicos y religiosos. Del lado político están los antipartido político: los hay antipartido oficialista, antipartidos de izquierda, antipartidos de centro, antipartidos de derecha, antipartidos religiosos y anti cualquier tipo de partido político. Todos y cada uno de ellos(as) simple y sencillamente se oponen por oponerse a cualquier propuesta política que haga ese partido político; no importa si es buena o definitivamente es mala; por el simple hecho de ser ese partido político y no comulgar con su ideología o tradición política. También están los antis y pro presidentes: anti y pro presidente actual, anti y pro presidente pasado, anti y pro presidente específico. Para los antis y pro presidentes; no importa lo que haya hecho el presidente; si son anti: todo lo que hizo, lo hizo mal y si son pro: todo lo que hizo, lo hizo bien. Para ellos(as) no hay punto medio, no hay balance entre lo que hizo bien y lo que hizo mal; solo ven el blanco o el negro de lo que hizo.

Con los extremistas y radicales religiosos es algo parecido: para ellos(as) no hay ciencia, realidad o hecho verificado y comprobado que valga ante el dogma religioso. Para ellos(as) lo que diga la Biblia o el representante de la Iglesia es santa palabra; es palabra de Dios. Sin cuestionarse de que la mayoría de lo que se les cuestiona, no está escrito en la Biblia, no es la palabra de Dios; sino la de los representantes de la Iglesia y son justamente esos representantes los que crean y difunden los dogmas religiosos y adoctrinan a los fieles para que crean ciegamente que son ciertos. ¡Pero no lo son!

Conclusión y corolario: ver, hablar y pensar con fanatismo, ¡no hay nada peor!