Érase una vez un lejano país donde la gente se abrazaba y hablaba alto. El amor y los mensajes en alta voz corrían junto al vino y la cerveza. No sospechaban sus gentes felices que un enemigo invisible estaba a punto de encerrar su felicidad y de cercenar el medio de vida de muchos de sus ingenuos habitantes.

Es por vuestro bien, les decían, es por salvar vuestras vidas, escuchaban una y otra vez. Y entre estados de alarma, aplausos, y recetas, pasaron dos largos y tristes años.

Entre luces navideñas que animaban la temprana oscuridad de las calles, cuando llegó la navidad, un oscuro marbete comenzó a brillar con tétrica y tenaz luz: la depresión.

El reconocimiento a la enfermedad mental ha copado titulares en prensa y televisión, infiltrándose de forma abrupta en los hogares españoles. La pandemia parece haber dado color a esta enfermedad transparente que permanecía presente pero silenciosa, como una sombra que se sabe que está, pero se ignora.

La depresión, ese amante obsesivo y silencioso, aumentó en 2020 hasta situarse en 246 millones a nivel mundial, lo que supone un 28% más de las cifras anteriores.

En concreto, en España, el número de personas que sufrieron cuadros de depresión o ansiedad aumentó entre un 25% y un 30% en 2020 a causa del coronavirus, según un estudio publicado en The Lancet en 2021.

«A causa del coronavirus». Siempre que aparece la depresión en medios de comunicación lo hace de la mano del coronavirus, como si de un síntoma más se tratase. Los autores del estudio señalan, no obstante, que los países más afectados por la pandemia, tanto por el número de casos graves y muertes de covid como por las restricciones que adoptaron, son los que han sufrido un mayor impacto en la salud mental de sus ciudadanos.

Cuando escuchamos de forma repetitiva que el coronavirus ha producido un aumento de las enfermedades mentales, en concreto de la depresión, podemos caer en el error de creer que es el propio coronavirus el que causa la depresión. Pero esto no es así. Si queremos buscar un chivo expiatorio que entone el mea culpa por la epidemia de depresión que asola nuestro país deberíamos apuntar a aquellos que han impuesto restricciones, toques de queda, práctica imposibilidad de relacionarse a los ciudadanos, cierres que han devenido en más paro con las consiguientes consecuencias económicas para los afectados.

Dos estados de alarma declarados ilegales nos indican que tampoco la justicia apoya la consabida de consigna de «estábamos salvando vidas».

Si queremos simplificar las cosas, en lugar de decir que el coronavirus ha aumentado los casos de depresión, bien podríamos decir que más bien los problemas económicos causan depresión, el encierro causa depresión, el miedo causa depresión, la imposibilidad de relacionarte con tu círculo más cercano causa depresión en un animal tan puramente social como el ser humano.

Y mientras esa antaño vigorosa España, descubridora de tierras incógnitas y paridora de hombres valientes inasequibles al desaliento, se sumía en el pozo de los lamentos, ha habido quien ha sonreído con dentadura de oro. No en vano, ha habido un gran aumento de la venta de psicofármacos; en concreto, de un 20% en España.

Si tenemos en cuenta que España ya se situaba antes de la pandemia como el segundo país europeo en consumo de ansiolíticos, cuarto en consumo de antidepresivos y sexto en consumo de hipnóticos y sedantes, según la Agencia Española del Medicamento (2015) y la Oficina Estadística de la Organización para la Cooperación Económica y del Desarrollo, los mercaderes de la tragedia deben de estar frotándose las manos haciendo muy suyo eso de alegrarse de la desgracia ajena.

El último domingo que puse en la televisión un conocido programa que se emite de noche, un doctor señalaba como uno de los tratamientos para la depresión, la medicación. Puedo imaginar a las farmacéuticas frotándose la dentadura de oro con la publicidad gratuita (asumo que así lo es) de un programa de tanta audiencia.

Lo cierto es que poco se sabe de los verdaderos efectos de los antidepresivos. La terapia psicológica también trata la depresión y no tiene efectos secundarios. Lo cierto es que quizá asombre a más de uno el dato de que entre los efectos secundarios de los antidepresivos se encuentra el suicido.

Sí. En un país ultra medicalizado a través de psicofármacos, hundido en la miseria de la depresión y en la depresión por la miseria, donde el suicidio es la primera causa de muerte no natural, cuya tasa se han incrementado un 250% entre los jóvenes, la solución es una pastilla.

Porque tener un gobierno cuya gestión provoque una resaca de depresión, tras el tsunami de cierres, pérdidas de empleo, aislamiento, no se soluciona con una pastilla.

La depresión económica tampoco se soluciona con una pastilla. La perspectiva de futuro opacada durante generaciones venideras no se soluciona con una pastilla. La pobreza causa depresión y el gobierno que causa pobreza...terminen ustedes la oración.

Érase un país antaño alegre y desenfadado, de gentes prontas a brindar y a celebrar, cuyos malvados gobernantes sumieron en la ruina económica y moral. Érase un país hundido en la tristeza al que le vendieron que la pastilla de la felicidad solucionaría su agonía. Pobres pero alegres. Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado.

Referencias

Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the COVID-19 pandemic, The Lancet.