Vivimos una época que celebra la aceptación como si fuera una nueva religión. El discurso social se llenó de palabras que oponen, por supuesto, nobles: diversidad, tolerancia, empatía, apertura. Todas las mencionadas parecen banderas de un progreso moral indiscutible, pero debajo de esa superficie brillante late algo más complejo: la impostación de la aceptación, la necesidad de parecer abiertos, de simular comprensión, de abrazar al diferente, siempre y cuando ese acto no nos incomode demasiado.
No pogo
La sociedad actual tolera el conflicto solamente como una simplificación del comportamiento apto para espacios virtuales, que suelen estar repletos de pseudo pujas del intelecto. La armonía se volvió una forma de marketing. Todos quieren mostrarse sensibles, atentos, “despiertos”, pero rara vez aceptan lo que verdaderamente implica un desafío de tolerancia.
En esa tensión se define gran parte del ser y de la interacción contemporánea: se finge tolerancia para pertenecer. Lo distinto se permite solo si está estéticamente administrado, si encaja en el discurso correcto.
El cono del intenso
Las redes sociales amplificaron esta lógica hasta volverla estructura. Ya no alcanza con ser compasivo; hay que demostrarlo, hay que decirlo, hay que postearlo. No existe si no se exhibe públicamente.
¿Le regalé de verdad un abrigo a un desprotegido social si no lo grité a los cuatro vientos, si no lo viralicé?
La consideración de la importancia del otro como individuo se convirtió en un acto performativo, un nuevo modo de ganar aprobación. ¿Pero qué sucede cuando esa aceptación es nada más una pose? ¿Qué queda de la humanidad detrás de la máscara del aplauso?
Las instancias de moralidad se imponen por cálculo de conveniencia, más que por convicción. La aceptación del sujeto/reflejo se vuelve, entonces, un modo simbólico de autoprotección. En esta cultura de la imagen y del consenso especulativo, la voz en desacuerdo asusta, porque pone en peligro la pantomima. La afirmación que no encaja o que se atreve a desafiar es cancelada, reeducada o silenciada.
A ese punto se suma, además, el ocultamiento de las inseguridades personales que, tras la cortina de la falsa tolerancia, significa la apropiación de una nueva forma de poder que funciona a la vez como autodefensa, y que golpea también a los que provienen del mismo redil (y que no se animaron a tanto en la construcción de una nueva forma de comportamiento maquiavélico). Se habla de la relevancia del otro como individuo, pero se impone uniformidad y chatura emocional e ideológica. La corrección política, que nació como un gesto de respeto, funciona muchas veces como censura elegante. Y detrás de esa moral impostada, hay una profunda inseguridad: la de los integrantes de una sociedad que temen mirarse al espejo, ante la amenaza de lo que podrían ver.
El cine, tanto como los nuevos formatos de series para plataformas (a la manera de espejos lúcidos de la conducta colectiva), expone esta trampa con precisión. 13 Reasons Why mostraba cómo una adolescente, ignorada en vida, se vuelve objeto de compasión masiva tras su suicidio. El reconocimiento llega tarde, cuando ya no compromete a nadie.
Esa es la clave del nuevo gesto empático: se presenta cuando se sabe que todo el mundo va a aceptarlo. En World’s Greatest Dad, Robin Williams encarna a un padre que falsifica el suicidio de su hijo y escribe una carta póstuma que conmueve a todos. De pronto, el chico que era despreciado se convierte en un mártir al que todos adoran. La sociedad, tan moral como hipócrita, transforma la tragedia en espectáculo. Es la aceptación como gesto de corrección social, no como verdadera comprensión.
Esta forma de impostación no es solo emocional; también es intelectual. En American Fiction, el escritor afroamericano Thelonious Ellison solo triunfa cuando reproduce los clichés que el mercado espera de él. La ironía es brutal: el sistema premia la caricatura del diferente, no su verdad. Lo distinto, para ser aceptado, debe presentarse de una forma digerible, casi decorativa.
De ahí que la egolatría generacional —esa obsesión por mostrarse virtuoso— sea apenas una forma renovada del viejo egoísmo. El yo se disfraza de causa, la vanidad se viste de justicia. Es más importante parecer bueno y justo que serlo realmente.
En ese sentido, Thomas Hobbes sigue siendo incómodamente actual. En Leviatán, el filósofo afirmaba que el hombre es malo por naturaleza, movido por el miedo y la ambición, y que solo se civiliza para sobrevivir. Este punto, en paralelo, funciona como la comprobación desprendida de un experimento de control en el que una manera de organizar a un conjunto de individuos es mejor que la otra. Tal vez, en nuestra era digital, el contrato social se haya transformado en algo más perverso: fingimos bondad para evitar la exclusión.
El filósofo coreano Byung-Chul Han, en otro registro, diría que vivimos hoy en la era de la transparencia, donde todo debe mostrarse, y la intimidad desaparece bajo la exposición constante. Así es que esa transparencia no trae verdad, sino espectáculo: todo se vuelve visible, menos la sinceridad. En ese mundo, aceptar al diferente no es una práctica ética, sino una performance social, como una especie de acto circense. Se acepta para ser aceptado. Se incluye para no quedar afuera.
La impostación de la aceptación no surge de la maldad, sino del miedo. Miedo a la soledad, al juicio, a la irrelevancia. Por eso cada gesto solidario tiene hoy algo de autopromoción. Y, sin embargo, ese miedo no deja de tener una raíz hobbesiana: la conciencia de que la convivencia solo se sostiene por la apariencia de la bondad. La moral se vuelve un contrato temporal, un disfraz necesario.
El resultado es una sociedad fatigada de sí misma, saturada de discursos, vacía de escucha. Nos rodeamos de mensajes sobre empatía, pero nadie se detiene a escuchar lo que realmente moviliza el pensamiento y las emociones. Como ya se dijo, se acepta al diferente solo cuando esa diferencia es fácil de aplacar, decorativa y rentable. Un show de circo romano que, luego de concluido, lleva a su protagonista a dormir bajo sábanas de mil hilos. Todo lo demás se descarta.
Pero quizá haya esperanza en esa misma contradicción. Tal vez reconocer la impostación sea el primer paso hacia una aceptación genuina. Una que no necesite mostrarse ni justificarse ni convertirse en consigna. Porque aceptar de verdad implica renunciar al control: dejar de actuar para los demás, dejar de fingir virtud, soportar la real incomodidad de lo distinto.
En una sociedad que teme el conflicto, el desafío es volver a dialogar con lo que no comprendemos. Aceptar al otro no es aprobarlo todo, sino permitir que exista sin domesticarlo. Solo entonces la diferencia deja de ser una pose y recupera su fuerza transformadora.
Y entonces, quizás, podamos de verdad decir que empezamos a ser honestos con nosotros mismos.















