A ningún Gobierno en ninguna parte le agrada que se lleven a cabo marchas en su contra, sobre todo, cuando se trata de la expresión de un descontento social generalizado hacia él y sus medidas. Menos aún, si se trata de una convocatoria amplia, de carácter nacional, en donde confluyen sectores diversos e incluso encontrados, que se agrupan para expresar la molestia, precisamente, contra las políticas que son la bandera gubernamental. Por eso, al presidente colombiano Iván Duque no le complació mucho la marcha del 21 de noviembre.

Un Gobierno débil es un peligro fuerte

Un punto de partida al que se le agregan otros factores determinantes. Por ejemplo, la evidente debilidad del Gobierno y la gobernabilidad en picada, de lo que, entre otras cosas, da constancia la baja popularidad del presidente. La desaprobación de su gestión, según la última encuesta Gallup, alcanzó el 69%, la más alta desde que él llegó a la Casa de Nariño y en veinte años.

Se añade, también, el desgaste discursivo del partido que lo respalda, que se sustenta en lemas más huecos cuanto más repetidos, y por unas tesis cuyas razones de ser son un invento, o hace rato que desaparecieron o se transformaron, como la guerrilla de las FARC, el castro-chavismo, el comunismo, el Foro de Sao Paulo. ¡La Unión Soviética!

Un Gobierno aferrado al poder perdido y a las figuras almidonadas de los cacicazgos regionales y locales, que conjuró la representación política de los socios y de paso atomizó la artificiosa coalición oficialista en el legislativo.

Un partido recalcitrante detrás, el Centro Democrático, montado con seguidores obsesos que quedaron nadando entre dos aguas turbias: el Duque que ayer prometía y todos creían que sería como el Uribe recio del pasado y aún no asoma, y un Duque persistente que no es más que una copia deficiente del Uribe malparado del presente.

De todos modos, como ya se ha dicho por doquier, habrá que agradecerle por siempre a Iván Duque, el elegido de aposta, el detalle no pequeño de conseguir lo que tantos adversarios políticos, socios resentidos y acérrimos enemigos nunca pudieron, desde Daniel Coronel, Gustavo Petro e Iván Velázquez, hasta las comunidades de paz de San José de Apartadó; de los exjefes paramilitares extraditados de súbito y a medianoche al vilipendiado proceso de paz: ponerle punto final a Álvaro Uribe y a su insana actividad política de varias décadas.

Algo que ni el mismo Uribe logró con su gobernación y presidencias siempre yendo por el filo de la navaja entre lo legal e ilegal; ni unos hijitos que al soplar no hacían botellas, pero sí fortunas; ni un hermano con cara de malo que no parece bueno, acolitado por doce discípulos que no eran apóstoles sino matones; ni unos pésimos senadores, pero buenos muchachos, a los que el susto de ir a la cárcel los guió por las trochas de la Ley y votaron raudos los «articulitos» que después los librarían; ni la estrategia de morderse la cola con acusaciones mal ideadas y testigos mal habidos que apenas le está sirviendo para soportar la defensa propia por los delitos de fraude procesal y compra de testigos.

Hay que tener en cuenta, por supuesto, esa erosión del expresidente, durante años el gran elector de Colombia, ahora convertido en un barco fantasma que deambula de los pasillos del Congreso a la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia, con algunas escalas en el puerto roto de la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes. Un expresidente que en vez de portar bajo el brazo las dignidades de sus significativos cargos lleva a cuestas los abultados legajos de las defensas contra él mismo.

A un Gobierno inmóvil no le gusta que la gente se mueva. Y que se movió por más que presidente, ministra y funcionarios de variadas pelambres, y la totalidad de los grandes medios de comunicación, amenazaran a los organizadores de la marcha, a los marchantes y hasta a los simpatizantes con aplicarles todo el peso de la Ley. Y lo que eso puede representar en Colombia es cualquier cosa.

Porque asusta el historial de los nueve años largos (ocho de Uribe y más de uno de… ¡Vaya, también de Uribe!) de un gobierno empapado de falsos positivos, protestas infiltradas, montajes judiciales, testigos impostados, paramilitares y sicarios por contrato, enmascarados con estipendio, un SMAD que impone su ley salvaje exento de cumplir la Ley, sabotajes fraguados por las autoridades y ejecutados por ellas o con ellas, en fin. Se respeta el derecho a la marcha, pero, claro está, se la espolvorea debidamente con pánico y amenazas, y se la deslegitima con ardides criminales.

¿Por qué no atacar las razones de la marcha y no a la marcha?

Muchos buitres rondan los fondos de pensiones, donde es un fastidio Colpensiones; gruesos capitales husmean por las universidades privadas y las de garaje, donde las públicas sólo son un criadero de jóvenes pensantes; a unos cientos de poderosos terratenientes no les agrada la actualización del catastro rural de sus parcelitas; a más de un calculador le ha de convenir la quiebra de la industria nacional y a otros la importación de los productos que los campos ya no producen. Negociados y comisiones promete la privatización de las docenas de empresas rentables que aún le quedan al Estado, y algo los seis billones de pesos (más de tres mil millones de dólares) que urgen para los gastos de bolsillo burocráticos. Sí, es indudable que unos cuantos paisanos tuvieron razones de peso para oponerse a la marcha reciente y a las que vendrán, y que algunos de esos cuantos las tienen por hartos pesos y dólares.

Pero más, muchísimos más, somos quienes tenemos sobrados motivos para marchar, y para que los sentimientos de enojo de los ciudadanos contra el saqueo, la corrupción, las injusticias y los destrozos callejeros de este Gobierno y de la élite económica que representa dejen de ser emoticones en redes sociales y sean más bien una sociedad sin enredos que se expresa en manifestaciones multitudinarias y firmes.

Los motivos para marchar y gritar son demasiados, y todos y cada uno de los sectores, las regiones, los grupos y los individuos tienen los suyos y su validez. Marchar para expiar culpas, sí, es probable, pero también para exteriorizar la rabia en contra de lo que comete el actual gobierno en nombre de una institucionalidad pervertida y secuestrada por sujetos sin escrúpulos.

Una marcha por la vida, la paz y contra la muerte, que se justifica sólo por haber asustado tanto a un gobierno al que le importa tan poco la vida de sus gobernados y nada la muerte ni las matanzas de etnias y poblaciones a las que considera prescindibles, o, más exactamente, un estorbo.

Una causa común

Los estudiantes no marcharon por los nuevos menoscabos a la deplorable Ley 30, por los incumplimiento a lo recién pactado o por toda la educación embolatada. Ni Fecode ni los maestros lo hicieron por lo que el estado les adeuda desde que no les quedó más remedio que ser maestros, o por aumentar el salario de ricos que tienen en un país en el que, con excepción de Sarmiento Angulo y su club de dueños del país, el techo permitido es la miseria o su disimulo.

Los cincuenta mil funcionarios de la rama judicial no salieron a la calle a exigir que le quiten a la Justicia su acreditada lentitud, y que a ambos, a la Justicia y a ellos los saquen de la inopia con que operan. O los campesinos porque se han creído el cuento de que los holgados latifundios que habitan son un encogido terruño y desfilaron contra la desprotección que los cobija, o en resistencia al abono con deudas y glifosato de sus cultivos. Los artistas no caminaron porque con la economía naranja Duque los volvió un cítrico podrido: ni empresarios ni artistas, pero, desde luego, sujetos dignos de la desconfianza y la persecución policiales.

Ni los jóvenes marcharon porque les metieron el futuro al banco o los viejos porque aún pagan intereses por los años que dejaron de vivir ahorrando centavos o los enfermos porque el sistema de salud los mata. Y ninguno marchó por unos minutos, unas horas sin paga o miles de días sin prestaciones, ni por diez o veinte mil pesos de menos ni por uno o dos pesos de más, en un sistema feudal en el que los dueños son incapaces de comprender por qué no todos los esclavos son felices, y a éstos no se les terminan de aclarar los motivos de la inquina de los amos hacia ellos.

Ninguno de nosotros marchó contra uno solo de los responsables de la desventura nacional, contra el presidente bailarín de mentiras o el gagá monotemático de verdad, o contra el Centro Democrático o esas fracciones de las élites políticas, empresariales y militares, que son las más taimadas y peligrosas en varios miles de kilómetros a la redonda.

Porque no se trata de movilizarse por esto o aquello, un asunto u otro en particular, sino por todas esas cosas fusionadas y por las reivindicaciones de todos juntos, reclamos que son conjunciones y no disyunciones. Y tampoco se trató de marchar contra este o aquel sujeto o poder, sino contra todos y cada uno de quienes han transformado estos 1 142 748 kms2 de territorio de portentos y maravillas en un país de mierda.

Es cierto que los grandes causantes del desbarajuste de hoy fueron los gobiernos de ayer, de hace uno o dos siglos siendo quisquillosos, o de hace unos lustros cuando menos. Es una fatalidad plantada de tiempo atrás. Pero también es cierto que, de una parte, nuestro pasado es una abstracción histórica plagada de embustes, y, de otra, más sencilla y palpable, resulta que el gobierno y los cogollos de hoy son los mismos de ayer; otros nombres, invariables los apellidos, similar la maledicencia.

Así que no hay lugar a la distracción, la marcha no ha sido contra una conceptualización o unos u otros gobiernos pretéritos, sino contra el actual, que es la desembocadura de los sucesivos y que, además, se esfuerza por preservar la destrucción intacta: Duque, que es decir Uribe, que es decir Centro Democrático, con sus rencillas y gánsteres internos, y lo que ese partido de gobierno en pleno representa como pasado siempre en remojo y poderes avezados en lo subrepticio, el autoritarismo y las arbitrariedades.

El descontento ganado a pulso

Un Gobierno que lo único que hace es presentar una y otra vez, con nombres diferentes, los mismos proyectos de ley contra las poblaciones vulnerables, y que la Corte Constitucional ni siquiera tumba por los contenidos retrógrados y malintencionados, sino por mal hechos o por vicios de procedimiento.

A la reforma tributaria naufragada la llamó Ley de Financiamiento, nada más y nada menos que la norma emblemática y su pilar económico, que no coronó (¡no le da ni pena!) y que ahora vuelve y juega con el nombre de Ley de Promoción del Crecimiento. La reforma pensional, no sin sorna, la bautizó como Reforma de Protección a la Vejez. Un Gobierno que denomina reforma a lo que sigue igual y que declara que conserva, por ejemplo, lo beneficios laborales que, precisamente, son la base de lo que tumba.

Si los títulos de las leyes burlan lo que en realidad son, imagínense la clase de estafa que encarnan los respectivos articulados. Este país no está peor gracias a que los ministros de medio pelo de Duque y su meritocracia de dedo parado no saben ni gestionar ni redactar. Y si la ministra del Interior está convencida de que el país tiene frontera con Chile, cómo no va a creer el de Hacienda, Alberto Carrasquilla, que es saludable llevar el país a que repita las desgracias legislativas de 2018: «Vamos a hacer lo mismo que hicimos el año pasado, llevaremos la iniciativa con carácter de urgencia y se surtirá el debate tradicional». Otra vez, de nuevo, lo mismo. ¡Qué pena va a darles, si creen que somos más estúpidos de lo que en verdad no podríamos llegar a ser!

Doscientos años de soldedad

No fue una marcha de retirada, como la hubieran preferido quienes no querían ninguna, sino que es una resistencia que apenas está llegando. Y, sinceramente, los que de verdad deberían asustarse ahora son aquellos que trataron de acobardar a una sociedad inconforme y hasta el cuello con espantos ridículos. Unos genios a los que se les ha ido el tiro por la culata y las culatas quién sabe por dónde. Esos genios como Duque.

Tampoco fue una marcha de uribistas intolerantes y feroces, que durante los ocho años de Juan Manuel Santos jamás marcharon por algo, sino en contra de todo lo que tuviera que ver con abrirle aunque fuera un resquicio a la paz.

Los brotes de violencia surgieron horas después de concluidas las marchas gigantescas en las distintas ciudades. Los violentos, con excepción del SMAD (escuadrones de choque de la Policía colombiana) y sus tanquetas, no tuvieron cabida en las calles atestadas de marchantes tranquilos y fiesteros ni hicieron parte de los potentes conciertos de cacerolas escuchados en Bogotá y las capitales departamentales, al comienzo, y, casi de inmediato, inclusive en las poblaciones más pequeñas. Cacerolas que se oyeron, oyen y oirán hasta que el gobierno las oiga.

¿Y por qué esos estallidos de violencia? Las causas posibles son cuantiosas. Hay que partir por preguntarse por qué han sido tan intensos en zonas como Ciudad Bolívar, Usme, Bosa, en Bogotá, precisamente, los de clases populares fastidiadas y arrinconadas. ¿Grupos coordinados?

¿Desestabilizadores por contrata? Nada raro. Hubo sectores duros a disgusto con la marcha del 21, a los que tampoco les apetece su repetición. Congregaciones de derecha y ultraderecha que intentaron derrotarla esparciendo el miedo, intimidando a trabajadores y ciudadanos, y hasta mediante demandas (LA FM). Grupos que siempre han estado dispuestos a todo, y que a todo han recurrido para salvaguardar lo mal habido y lo robado.

Al dañar la imagen de esta marcha no sólo le cortan alas a la próxima, no sólo le hacen daño a las organizaciones promotoras, sino también al gobierno, que por el lado que sea sale mal librado. En todo caso, es probable que no se trate de una o dos clases de causantes, sino de varias, radicales, crueles, y con los recursos y los talentos bajo la manga.

Y lo que los opositores a la marcha dieron como argumentos contra ella no eran otra cosa que los elementos con los cuales siempre se procura justificar la negación del derecho a la protesta social, las abusivas acciones de amedrentamiento y las medidas de represión sin contención ni proporción.

En Chile no protestaron por el aumento de 30 pesos en el metro, sino por los 30 años de una democracia con todavía ataviada con los ajuares viejos de la dictadura de Pinochet. En Colombia ni siquiera se ha marchado por las miles de razones que es posible deletrear una por una, sino por esos doscientos años de soledad que el gobierno de Duque encarna de cabo a rabo.

Se marchó contra lo que no marcha

La incapacidad del Gobierno para interpretar la complejidad de la Colombia que gobierna y de las élites para comprender el país que explotan y someten son la principal razón por la cual vieron fantasmas donde no los había y por la que se atacó de manera tan despiadada una expresión pacífica de la inconformidad social. Masiva y rumorosa, eso sí.

Porque fue y se mantendrá como una resistencia contra lo que no construye sociedad, lo que asesina y masacra, frustra y castra, engaña y despoja; lo que no anda ni sirve: todo lo que no marcha.

Quizás haya sido una tan infernal como la que atormenta al señor José Félix Lafaurie, el presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedegan), y la hayan conformado las huestes de demonios que habremos de ser quienes nunca fuimos uribistas y los cientos de miles de ángeles caídos y pobres de derecha que alguna vez creyeron serlo.

Pero así es y toca en este país en que el depravado es probo; los abyectos, boyantes; los míseros en misa; los perversos, versátiles; los viles, involucrados; el congresista, incongruente. El presidente, presidido.

Una élite y un Gobierno que tienen tantas razones para espantarse con la propia sombra, ¡cómo no se van a alarmar con jornadas colectivas y populares de protesta!

Bibliografía

RCN Radio. (2019). Gobierno adoptará medidas de seguridad especiales para marchas del 21 de noviembre, 16 de noviembre.
Caracol Radio. (2019). ¿De ritual satánico a excusas? Esposo de Cabal acepta su error, 11 de noviembre.
LA FM. (2019). Buscan suspender las marchas del 21 de noviembre mediante una demanda, 16 de noviembre.