En un artículo publicado en el diario El País,1 Eliane Brum, escritora y periodista brasileña, nos recuerda que, según datos publicados por la ONU en 2024, en el mundo «al menos 137 mujeres y niñas fueron asesinadas cada día por sus parejas o familiares: una cada 10 minutos». La cifra, por sí sola, produce escalofríos. Más todavía si nos detenemos en la lectura de los detalles y circunstancias en que muchos de esos asesinatos han sido cometidos.
Paradigma de esa violencia es la novela de Roberto Bolaño 2666, la cual da cumplida cuenta, en esa parte que se adentra en la ciudad fronteriza de Santa Teresa —nombre ficticio asociado al de Ciudad Juárez—, de los múltiples feminicidios que quedan impunes.
Territorio inhóspito donde se han instalado las maquiladoras, el desierto que favorece el montaje de esas industrias que rodean Santa Teresa, es el escenario donde tienen lugar toda clase de crímenes contra mujeres, a cual más horrible. El lector de esa obra de Bolaño tiene la sensación, a medida que se adentra en el alma de su relato, de asistir a la revelación del Mal: un semblante sin rostro que muestra, en todos y cada uno de los actos cometidos, la marca indeleble de su carácter; raíz que no puede sino rastrearse hasta perderse en las tinieblas de su origen. Como si una entidad misteriosa, dotada de una fuerza destructiva inimaginable, tuviera la capacidad de concentrar sobre sí, para distribuirla gratuitamente al amparo del azar, toda la potencia de una entropía universal ilocalizable.
Es la misma sensación que registramos al leer, en la crónica de sucesos que nos perturba a diario, el cuento repetido hasta la náusea del asesinato en la persona del más débil.
Eliane Brum señala, a lo largo de su trabajo, la creciente necesidad de ampliar y reforzar los programas públicos que tratan de prevenir esa violencia que se ceba, sobre todo, con las mujeres; pero que no se queda ahí, pues puede tomar como objeto al niño o al anciano. También, como últimamente se manifiesta con mayor virulencia, si cabe, contra los animales que conviven con el hombre.
Citando, sin embargo, los trabajos del filósofo Wilson Gomes, la escritora considera la cuestión desde otro ángulo: la violencia contra la mujer como un déficit democrático. Falta estructural que atenta directamente contra la noción de autonomía. Así pues, y de acuerdo con este análisis, mientras haya un cabestro que pueda decidir sobre el cuerpo, las condiciones de vida o el destino de una mujer, la presunta igualdad de libertades quedará gravemente comprometida. Y, en este sentido, el feminicidio queda tipificado no tanto como un problema de género sino como una cuestión que atañe, más bien, a los términos bajo los cuales se despliegue la democracia realmente existente en un lugar determinado.
En otras palabras: nos hallamos ante un problema que afecta a toda la comunidad en que vivimos. Un conflicto cuya resolución exige, ante todo, un nuevo modelo de educación que desemboque en una escuela que incluya la autonomía del sujeto (hombre o mujer) como uno de los valores irrenunciables de la sociedad dentro de la cual se desarrolla nuestra existencia. De ahí que el lenguaje, la forma en que abordemos este asunto, sea crucial para superar el muro de incomprensión que obstruye, aniquilándola en no pocas ocasiones, la relación hombre/mujer.
El poema de Antoine Tudal, París en el año 2000, citado por Jacques Lacan cuando éste impartía su Seminario en la capilla del hospital de Sainte-Anne, nos recuerda que…
Entre el hombre y el amor,
Hay la mujer.
Entre el hombre y la mujer,
Hay un mundo.
Entre el hombre y el mundo,
Hay un muro.Los fuertes derriban el muro,
Los hábiles lo escalan,
Los pacientes lo rasgan.
Para otros, un muro es un muro.
Ellos lo bordean sin mala intención…
…ni buena.El bien y el mal
Existen, sin embargo, para ellos,
Es un muro como el otro
Que les da su sombra.Para los amurallados todo es muro
Incluso una puerta abierta.
Así es. Para los «amurallados» todo es muro, lamento, reproche, culpa. Y la culpa, desde el Antiguo Testamento bíblico, ya sabemos en quién recae. Eva es la receptora del fruto de la tentación, la pecadora por ser portadora —aun sin saberlo— del Mal. Por consiguiente, desde la aurora de los tiempos cargará con las consecuencias de esa lacra indecible. Pasará, pues, por desplazamiento, a ser aquello que el hombre no es ni puede encontrar porque nunca fue ni estuvo. Y todo castigo será poco para tratar de restituir el orden anterior a la falta cometida ante un Dios tan cruel como colérico: hoguera, lapidación, desmembramiento… Su destino no será otro que aquel que sufrió la mujer de Lot, quien, al echar la vista atrás, quizá, como un último intento por comprender la causa de su desgracia, quedará convertida en una estatua de sal. Sal sin sol y sin salida. Arrojada al páramo frío de un discurso sin palabra que simbolice el vacío, el desamparo de «los desterrados hijos de madre […] condenados al miedo y al tiempo»2.
Este agujero en lo simbólico, esta imposibilidad de decir lo indecible, que no cesa de no escribirse, y que recae como falla orgánica en la mujer con agravante de culpa, es, en esta civilización que nos desvive y destruye por la acción predatoria de un capitalismo sin freno ni medida regulatoria alguna, el que condena a la mujer al papel de depender, como un objeto más, del capricho del hombre. Necio que confunde virilidad con machismo inveterado e impotente. Se comprende mejor, entonces, aquello que Lawrence Durrell subrayara en su monumental obra, El quinteto de Avignon, como crítica acerba a una civilización que todo lo reduce a consumo, es decir, a desecho: «Antes, las mujeres eran sucesos singulares en la vida del hombre; ahora, la mujer es una simple mercancía, como el forraje. La disponibilidad nutre el desdén»3.
Eliane Brum, preocupada por la acción erosiva del cambio climático, relaciona el colapso hacia el cual nos dirigimos con la creciente agresividad de la que es objeto la mujer en todo el mundo. Afirma que, si dispusiéramos de varios decenios por delante, aún estaríamos a tiempo de revertir esta tendencia que se alimenta de esa idea tan extendida según la cual la mujer es propiedad del hombre, quien, al ser cuestionado en aquello que considera como «un derecho de sexo y género», suele responder mediante la violencia a las demandas de libertad y autonomía femeninas.
Mas el tiempo apremia; su aplastante lógica no concede aplazamiento alguno. Y ante escenarios cada vez más complejos, como los derivados del cambio climático, con las secuelas que vamos conociendo de guerras y enfrentamientos en pos de hegemonías imposibles, las antiguas pulsiones que tratan de reducir el mundo a una idea de dominio sobre la naturaleza y la mujer se deshacen como los témpanos de hielo en los mares polares que se están muriendo. Por supuesto, orates hay que nos prometen el regreso al mundo de antes. Pero ese mundo no existe ni puede existir; carece de la base material necesaria para sostenerse y prolongarse sobre la tierra.
La predicción ante lo que nos aguarda, por parte de esta autora brasileña, es, más que pesimista, sombría: «Es duro decir esto en lugar de limitarme a repetir la legítima demanda de más políticas públicas y más acogida, pero es necesario: no hay perspectiva de que se reconozca la autonomía de las mujeres sobre su cuerpo y su destino sin abordar el problema desde la experiencia sin precedentes que supone el colapso de la vida tal y como la conocemos. Es duro decirlo, pero lo peor aún está por llegar»4.
No es preciso estar de acuerdo con la señora Brum para intuir que la razón la asiste en todo cuanto dice a propósito de este problema central, que atañe tanto a los fundamentos de nuestra civilización como al desarrollo de nuestra vida diaria. Sin embargo, uno no puede sino apelar al optimismo de la voluntad; esa semilla gramsciana que lucha por encontrar un suelo fértil donde pueda germinar, en mejores condiciones, la vida futura. Y aquí es donde hay que invocar la urgente necesidad del diálogo creador entre hombres y mujeres. Ese diálogo sin el cual no podremos derribar la muralla que todavía nos separa. Aun con las puertas abiertas de par en par, como en el poema, ya citado, de Antoine Tudal.
Notas
1 Eliane Brum, «¿Por qué hay hombres que matan a las mujeres?», El País, edición del 17/12/2025.
2 Agustín García Calvo, «Oda triunfal en el primer aniversario de la muerte de Marilyn Monroe», en Canciones y soliloquios, La Gaya Ciencia, Barcelona, 1976, p. 91.
3 Lawrence Durrell, El quinteto de Avignon. Sebastian, Ediciones Versal, Barcelona, 1985, p. 14.
4 Eliane Brum, Op. cit.















