Give me a hand where it is needed and enjoy the island.

Es necesario aclarar que este artículo no tiene como finalidad denunciar a la(las) entidad(es) que realizan este tipo de actividades, pero sí hacer un llamado a todas las manifestaciones humanas a ser conscientes de esta realidad. Claramente, este al ser una experiencia propia, el objetivo es usar dicho aprendizaje, tomar cierta distancia y analizarlo a través de una metodología auto-etnográfica, de la cual me daré licencia para estudiar un fenómeno que mi ser-persona ha atravesado, permitiendo reflexionar en torno a lo acontecido.

Este es un tema extremadamente amplio y depende de múltiples factores para lograr una perspectiva acercada, por eso, este artículo es un “abrebocas” para pensar, reflexionar, preguntarse y dialogar, no solo alrededor del tema, sino que esta misma, pueda tener varias derivas y similitudes con la vida diaria, el trabajo, el empleo o los mismos voluntariados, es decir, es una invitación a pensar juntxs, en colectividad.

La palabra “voluntario” deriva de latín voluntarius, que significa “acto que se hace porque uno quiere, sin que nadie lo obligue, que no necesariamente está ligada al tener”, es decir, desde una perspectiva etimológica, se refiere a un servicio por la cual una persona dona su tiempo, conocimiento, energía y su vida a una causa, sin que esta sea retribuida.

Desde una perspectiva capitalista-extractivista son pocas las personas que donan sus servicios a favor de un “bien mayor”, es decir, es decir, con un impacto que trascienda los límites fronterizos, sociales, culturales…, entre otros; una forma de aportar o “dejar huella” en la sociedad y en las personas. Bajo esta lógica, dicho impacto no puede medirse en un formato cuantitativo, porque atañe a las subjetividades.

Desde hace varios siglos atrás existe el voluntariado, no es nada nuevo, solo que las sociedades y las culturas se han apropiado de estos espacios para crear cambios significativos y en algunos otros casos, para hacer un abuso y malinterpretar el término. Esta última persiste hasta la actualidad. Lamentablemente, la palabra voluntariado resulta muy llamativa para estas lógicas capitalistas, ya que, al no existir una retribución económica, inmediatamente se asume que es un voluntariado. Esto sería acertado y sin discusión si se tratara de una organización sin fines de lucro o una ONG, pero ¿qué sucede cuando la entidad “contratante” lucrara, tuviera trabajadores a sueldo y respaldara su actividad en una organización empresarial? Sucede una explotación encubierta.

En marzo de 2024, viajé a las Islas del Rosario, en Cartagena, Colombia, para realizar un “voluntariado” en uno de los múltiples hostales que bordeaban la isla. La forma en que se consigue este tipo de voluntariados es a través de una plataforma virtual, es decir, una página web o aplicación donde el interesado debe pagar una tarifa para poder acceder a los servicios, en este caso, las ofertas de voluntariado. Por otra parte, el anunciante o, mejor dicho, el contratante (entidad privada) publica ofertas con algunos “beneficios” adicionales.

“Give me a hand where it is needed and enjoy the island” es el título de la convocatoria a la que apliqué. Una vez postulado en el programa, el/la sponsor se encarga de revisar las solicitudes, aceptar, declinar o contra-ofertar la postulación. Se agenda una reunión, en mi caso fue una llamada en inglés… luego de eso fui aceptado para participar.

En la reunión informativa y en la solicitud de postulación, siempre se mantuvo la referencia a “ayudar en el servicio”, es decir, ser camarero al igual que un empleado a sueldo, pero sin sueldo. Este último detalle lo descubrí una vez que ya estaba en la isla, dentro del voluntariado.

Organicé mi viaje y todos los planes necesarios. Cabe recalcar que toda la movilización corrió por cuenta propia; el anunciante solo brinda ciertos “beneficios”, por ejemplo: estadía, alimentación (una, dos o tres comidas diarias), actividades recreativas, entre otros.

¿El voluntariado como trueque?

Cuando se habla de voluntariado, se piensa en un acto altruista, una donación de tiempo y habilidades sin esperar nada a cambio. Sin embargo, cuando el voluntariado implica recibir alojamiento, comida u otros beneficios, ¿sigue siendo voluntariado o se transforma en otra corriente? Para entender esto, es útil hacer una analogía con el concepto de trueque.

El trueque es una de las formas más antiguas de intercambio y precede a un medio de pago estandarizado o moneda oficial de cada nación. Su etimología ha tenido mucha controversia, algunos sabedores del tema consideran que deriva del latín tropicare, que significa cambiar, otros afirman que proviene del catalán trucar, que significa golpear o chocar (choque de manos para cerrar un trato); en cualquier caso, ambas teorías hacen alusión al acto de intercambio acordado entre dos partes.

Desde tiempos prehistóricos, las sociedades han practicado el trueque como una manera de obtener lo que necesitaban sin utilización de un instrumento financiero (dinero). En las primeras civilizaciones, las personas intercambiaban bienes y servicios directamente: alimentos por textiles, tejidos por minerales, trabajo por refugio. Este sistema permitió el desarrollo de comunidades y economías locales antes de la aparición de la moneda como herramienta de intercambio.

En la sociedad contemporánea, el trueque no ha desaparecido. De hecho, ha adoptado nuevas formas en el sistema capitalista como: el intercambio de habilidades, los bancos de tiempo o las plataformas de intercambio de bienes y servicios. En dichas dinámicas, las personas acuerdan intercambiar algo de valor monetario, afectivo, social o histórico, sin que intervenga el dinero, pudiendo ser estas de manera presencial o digital.

Con lo ya mencionado, surge una cuestión innegable: ¿sigue siendo un voluntariado cuando se recibe algo a cambio? Si bien no existe un intercambio monetario, sí existe una retribución que se parecen más al formato trueque que al voluntariado, alejándose del acto altruista y acercándose a una transacción. Con esto, me gustaría aclarar que un voluntario puede recibir ciertas consideraciones como: descuentos en restaurantes, acceso a actividades recreativas, alojamiento temporal, transporte local, materiales de apoyo…, entre otras. Sin embargo, estas no deben interpretarse como una forma retribución por los servicios prestados, sino como un gesto de agradecimiento en formato de donación, cuya existencia es opcional y no garantizada.

Por eso es importante reconocer los límites existentes en un voluntariado. Cuando una organización/establecimiento comercial ofrece servicios (como alojamiento, comida y actividades recreativas) a cambio de trabajo o “ayuda”, se está estableciendo una relación de mutuo beneficio no monetario, pero sí transaccional, que lo vuelve trueque. En algunos casos, dicha interacción entre voluntario y empleador puede acercarse más a un modelo laboral precarizado que a un verdadero voluntariado. En estos escenarios, es riesgoso ya que la experiencia del voluntariado puede convertirse en una forma de trabajo encubierto sin las protecciones y derechos que un empleo debería garantizar a sus subordinados.

En mi caso, el voluntariado consistía en trabajar 30 horas semanales, distribuidas en 5 horas diarias y un día libre a la semana. La promesa de intercambio cultural no era prioridad, fue desplazada a segundo plano y dicho “intercambio” acontecía en la interacción entre el voluntario y huésped (mientras el voluntario realizaba su trabajo). Lamentablemente mi experiencia no fue del todo positiva, ya que las condiciones en las que vivía el servicio eran precarias: habitaciones en mal estado, colchones con ácaros, sabanas manchadas, baños sucios/dañados y comida carente de esmero (no había una verdadera preocupación por la alimentación de los empleados, y mucho menos por la de los voluntarios).

Lastimosamente, este tipo de voluntariado, promovido a través de aplicaciones y plataformas digitales, se presenta como una opción atractiva para jóvenes viajeros que buscan experiencias nuevas. Sin embargo, detrás de esta aparente interacción, se esconde una dinámica que raya en la explotación, reduciendo al voluntario a una especie de mercancía inter-cambiable, en función de lo que puede aportar en el momento, sin considerar su dignidad, seguridad o bienestar.

Al no haber una entidad gubernamental o una organización formal que respalde al voluntario, este queda completamente desprotegido. No existen contratos, seguros médicos, ni garantías de ningún tipo, si algo sale mal, el voluntario está desamparado por la entidad receptora (sponsor). En este contexto, es inevitable preguntarse si este tipo de voluntariado es realmente una forma de solidaridad o si, por el contrario, es otra forma más de explotación contemporánea.

Mi experiencia en este voluntariado me dejó una sensación ambivalente. Por un lado, me permitió conocer nuevas realidades y desafiar mis propias preconcepciones sobre el trabajo y el valor que le asignamos. Por otro, me hizo consciente de las formas en las que el sistema puede aprovecharse de la buena voluntad de las personas, transformando lo que debería ser un acto de solidaridad en una forma más de explotación. Asimismo, ser consciente de estas realidades sobre el voluntariado me incentivó a buscar derivas que atañen a la sociedad, es así como llegué la comunidad que habita en la isla llamada Orika y con la fabulosa labor que realiza Lavinia Fiori con el Museo de la Memoria Viva, con las que paralelamente pude colaborar.

Finalmente, es necesario recalcar que este artículo es un abrebocas que hace un llamado a la sociedad a cuestionar y re-pensar las formas en las que se organiza, promueve y ejecuta el voluntariado. No se trata de desacreditarlo, sino de asegurar que estos tipos de programas se realicen en condiciones justas y dignas para todas las partes involucradas. Los voluntariados no deberían ser excusa para eludir responsabilidades, ni mucho menos una forma de obtener mano de obra barata, en cambio, debe ser una expresión genuina de apoyo mutuo y compromiso con el bien común perdurable en el tiempo. Solo así podremos rescatar su esencia y evitar que se convierta en otra maquiladora del sistema capitalista.