Michelle Bachelet es una mujer que conoce la adversidad y la resiliencia. Siendo estudiante de medicina en Chile, con solo 21 años, tuvo que enfrentar el golpe de Estado de 1973, la detención de su padre, un distinguido general de la Fuerza Aérea que falleció en la cárcel de un infarto al corazón como consecuencia de las torturas a las que fue sometido. En 1975, su madre, Angela Jeria, y ella misma fueron apresadas durante casi dos semanas por la DINA, en la tenebrosa Villa Grimaldi, donde permanecieron vendadas escuchando los gritos de dolor de mujeres y hombres torturados, para luego ser enviadas al campo de concentración de Cuatro Álamos. Ahí las mantuvieron presas a Michelle otros diez días mientras que a su madre la dejaron durante un mes, para luego expulsarlas a ambas del país con destino a Australia.

Michelle Bachelet (73 años), médico pediatra, se convirtió en la primera mujer en alcanzar la presidencia de Chile en 2004. Al término de su mandato fue elegida en 2010 por el entonces secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, como la primera directora ejecutiva de ONU Mujeres, en Nueva York, y subsecretaria general adjunta hasta el año 2013. Entre los años 2014 y 2018 ocupó por segunda vez la presidencia de Chile y al término de su mandato asumió como Alta Comisionada para los derechos humanos de Naciones Unidas, con sede en Ginebra, cargo que cumplió hasta el año 2022.

Hoy Bachelet es la candidata de los gobiernos de Chile, Brasil y México para ocupar el cargo de secretaria general de Naciones Unidas que deberá elegirse a finales del presente año. Seguramente otros países se sumarán para ampliar su apoyo. La Carta del organismo establece en el artículo 97 que es la Asamblea General la que debe aprobar al candidato recomendado por el Consejo de Seguridad, que está compuesto por 15 países de los cuales solo cinco tienen el estatus de permanentes y cuentan con el derecho a veto: China, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido y Rusia.

En otras palabras, estos países deben acordar el candidato. Dos normas no escritas podrían facilitar el camino de Bachelet: la rotación de continentes y el hecho de que en 80 años de existencia de Naciones Unidas y de nueve secretarios generales que han dirigido el organismo, nunca una mujer ha ocupado el cargo de secretario general. Los últimos cuatro han sido Boutros Boutros-Ghali (Egipto, 1992-1996), Kofi Annan (Ghana, 1997-2006), Ban Ki-moon (Corea del Sur, 2007-2016) y el actual, António Guterres (Portugal) quien concluirá su mandato el 31 de diciembre de 2026.

¿Contra quién deberá competir Bachelet? En el entendido de que la secretaría general debería quedar en manos de América Latina, aunque no esté en los estatutos, pero que respeta la rotación de continentes, los candidatos oficiales inscritos de la región son el argentino Rafel Grossi (64 años) politólogo, diplomático del servicio exterior de Argentina y ex director general del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), con sede en Viena, cargo en el que fue reelegido en 2023.

Otra candidata es la costarricense Rebeca Grynspan (70 años), economista, fue vicepresidenta de su país entre 1994-1998, bajo la presidencia de José María Figueres. En 2021 fue elegida secretaria general de la Conferencia ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Así mismo ha sido formalizada la candidatura de Ivonne Baki, (75 años) nacida en Ecuador y con nacionalidad también libanesa. Su postulación tiene el respaldo del gobierno del Líbano. Por ahora Ecuador no ha oficializado su apoyo. Baki Estudió Arte en Francia y Administración en Estados Unidos. Ha sido ministra de comercio exterior de Ecuador y ocupado cargos diplomáticos como embajadora ecuatoriana ante los gobiernos de Francia y los Estados Unidos.

Gryspan y Grossi, al igual que Michelle Bachelet, cuentan con una larga experiencia en el mundo de Naciones Unidas. Todavía pueden surgir nuevos candidatos de la región, pero el trabajo que ya se inició y que se intensificará en los próximos meses es buscar el endoso o apoyo de los gobiernos latinoamericanos, así como del resto del mundo. El despliegue se efectuará en los foros multilaterales y organismos regionales como CARICOM, OEA y CELAC en el continente americano. En el resto del mundo son importantes organismos como ASEAN que reúne a 10 países en Asia, también la Unión Africana que agrupa a 55 estados y los 27 países que conforman la Unión Europea donde Francia, es uno de los cinco miembros del Consejo de Seguridad. El trabajo que deben desplegar los candidatos es grande y pasa a ser vital el apoyo que entreguen aquellos países más influyentes como la India, el Reino Unido, Canadá o el mundo árabe, entre muchos otros.

Un escollo para vencer de Bachelet es la resistencia de sectores ultraconservadores de Chile que consideran que el nuevo gobierno del presidente electo José Antonio Kast, que se inicia el 11 de marzo próximo, debiera retirar su apoyo. Ello es solo muestra de una pequeñez extrema, de políticos menores con cierto resentimiento o revanchismo, que probablemente serán ignorados por Kast, quien deberá anteponer el interés nacional por sobre la contingencia política doméstica.

¿Cómo actuarán los cinco grandes países del Consejo de Seguridad? No lo sabemos, pero el escenario mundial ha sido fuertemente sacudido con la segunda presidencia de Donald Trump y su deseo de cambiar el orden mundial y de Naciones Unidas. A su vez, este organismo se ha debilitado en los últimos años debido a su conducción, así como problemas estructurales de su funcionamiento que se han acumulado y que corresponden a un mundo totalmente diferente al del año 1945, cuando fue creado en la Conferencia de San Francisco. Basta con señalar que África, que tenía solo tres países independientes al término de la Segunda Guerra Mundial, hoy tiene 55; Europa, que contaba con alrededor de 30, hoy son 51, los miembros fundadores de Naciones Unidas fueron 51 países, hoy cuenta con 193 estados. India, el país más poblado del planeta, potencia económica y nuclear y que logró su independencia dos años después de la creación de Naciones Unidas, no forma parte del Consejo de Seguridad.

Desde el inicio de Naciones Unidas las normas de la Carta han sido violadas por países miembros permanentes del Consejo de Seguridad sin sanción alguna. Ello se ha repetido a lo largo de los 80 años de existencia actuando militarmente sin el consentimiento del Consejo de Seguridad o aplicando el veto para proteger intereses propios o de sus aliados. Las resoluciones masivas y casi unánimes de la Asamblea General, muchas de las cuales se repiten año tras año, no tienen efecto alguno y solo son un testimonio simbólico, pero que demuestra lo alejado que se encuentran de la opinión pública global quienes dirigen el organismo. Todo ello ha contribuido a deslegitimar a Naciones Unidas y su mandato que en el preámbulo de la Carta señala que: “Nosotros los pueblos resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles”.

Hoy la humanidad se enfrenta de nuevo al peligro de una conflagración que nadie puede medir las consecuencias que tendría. Ha crecido en la opinión pública mundial la desconfianza en una institución que no entrega respuesta a los graves problemas y desafíos de la humanidad como las crisis climática, alimentaria, migratoria o humanitaria, entre muchas otras. Las esperanzas puestas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), proclamados con solemnidad y esperanza en 2015 en Nueva York para ser alcanzados en 2030, están lejos de poder cumplirse. La mantención de la paz y la seguridad están gravemente amenazadas hoy, por lo que se requiere de un liderazgo capaz de iniciar un nuevo diálogo entre potencias y países secuestrados aún por problemas no resueltos que se arrastran desde el siglo XX y cuya sombra oscurece el futuro de las nuevas generaciones. Serán éstas las que deberán concluir los conflictos para enfrentar los nuevos desafíos que amenazan la vida humana y del planeta.

Michelle Bachelet deberá sortear los cuestionamientos de varios de los “cinco grandes” con alguno de los cuales ha tenido roces por su voluntad de ejercer plenamente los mandatos asignados, de conformidad con la Carta y mandato recibidos. Nadie puede poner en duda su integridad moral y política, así como su profundo compromiso con el respeto de los derechos humanos, la democracia y las normas del derecho internacional.

Su figura, mundialmente reconocida y valorada en todos los continentes, la han elevado por su sencillez, carisma, simpatía y cercanía con la gente. Todos concuerdan en la necesidad de reformar Naciones Unidas y los países saben que para ello se requiere la voluntad política de quienes detentan el poder real. La reforma de Naciones Unidas pasa necesariamente por el Consejo de Seguridad, pero también por racionalizar el funcionamiento y los altos presupuestos. Un liderazgo fuerte, consecuente de una mujer que se ha sobrepuesto a las mayores adversidades que puede enfrentar un ser humano, es una carta que puede abrir un camino de diálogo en los temas más sensibles como facilitar canales con los países miembros permanentes del Consejo de Seguridad para iniciar su democratización y adaptar la organización a la realidad del siglo XXI.