Le decían así por chapucero. Me caía mal, más que mal. De chico era un escuincle consentido, de grande era un tramposo de marca. A su madre le tembló la mano para corregirlo y a su padre le faltó fuerza para ponerlo en su lugar. Ya sabes el tipo de persona que es El Chapuzas porque de esos hay muchos. De los que siempre andan gorroneando los cigarros, los que te quitan el lugar de estacionamiento, los que se quedan con el cambio, los que no devuelven lo prestado. Son de los que se creen tan inteligentes y ni cuenta se dan de lo estúpidos que son. Era mi vecino.

Dicen que nació con los puños apretados y gritando fuerte, como si su primer acto de vida hubiese sido un berrinche. Llegó con los dedos cerrados pero con los ojos abiertos, como si estuviera azorado. Era un bebé grandote porque pesó más de tres kilos al nacer. Me cuesta mucho trabajo pensar que era una criatura bella, pero mi tía me cuenta que era lindo. Claro que a esa edad en la que comen y duermen, todos, hasta los burros son lindos.

Cuando creció, todo fue poniéndose feo. Más que sus rasgos, lo que le daba una apariencia fea eran sus modos. Hubo algunas que hasta lo veían guapo, yo jamás. Así pasa: entre arrumacos de la mamá y mimos del padre, el nene se fue descomponiendo. En medio de tanta complacencia, El Chapuzas se empecinaba en mantener el alarido alto a pesar de que las disposiciones celestiales ordenaran que ya se callara. De niño era como un tañido discordante, algo así como a lo que suena una desgracia; de grande, peor. Cada juego en el que perdía terminaba en berrinche. «Dáselo, ¿qué no ves que está chiquito? Déjalo, ¿qué más te da dejarlo ganar?».

Si jugábamos a la guerra y no sabía contar los pasos, se tiraba al suelo a patalear; si no le tocaba el color que él quería, había que dárselo; si llegaba al último en las carreritas, había que simular que él era el ganador. «¡Ay, no pasa nada! ¿Qué más les da?», y así se le resolvían todos los problemas a El Chapuzas. Mamá interviniendo en los líos de niños; papá repartiendo justicia a favor de su hijo.

«¡Ay, pobrecito, no le carguen la mano! Jueguen con él, ¿por qué son así? Ya, no abusen y denle oportunidad». Esas eran las cantaletas de sus padres. Por eso ya nadie lo quería llamar a jugar. Era el invitado incómodo de las fiestas infantiles. Nosotros lo queríamos atravesar con la mirada. Encima, era acusón. Había adquirido una personalidad dominadora: logró transformar sus berrinches en amenazas, a pesar de que era como una especie de arbusto cargado de frutos de imprudencia y sombra de habilidad. Lo que le faltaba para ganar, lo rellenaba con gritos, llantos y lamentos. «¿Por qué todos pueden y yo no?».

Sus soluciones siempre convergían en el mismo punto: un desacato a las reglas, a la razón, al juego; y después, conforme fuimos creciendo, ese descomedimiento se desarrolló en atrevimientos demenciales. Nunca entendí por qué no decíamos: ya basta. Arrastrábamos la mirada por el suelo y el agobio colectivo que provocaba su presencia nos llevaba a respirar cortito.

Lo curioso es que cada vez que alguien quería poner a El Chapuzas en su lugar, salía alguien a defenderlo. Los primeros eran su papá y su mamá, pero también sus tías y luego hasta sus primas. Incluso ellas, por las que no sentía nada de cariño, se ponían de panza y hacían lo que él les ordenaba.

Lo que pasaba en los juegos se trasladó a la escuela. Cada tarde era una guerra para que hiciera la tarea. Nunca la quería hacer. Por lo general, eran sus hermanas las que la terminaban haciendo para no desobedecer a su mamá. Si la tarea salía mal, las reprimendas eran para ellas. Si mandaban llamar a los papás a la escuela, los señores regañaban a la maestra por no tenerle la suficiente paciencia. La gente terminaba cediendo.

Nunca lo he entendido. Fueron muchos los que se llenaron la boca de anécdotas en contra de El Chapuzas, muchos los que de tanto haberlo aguantado y haber experimentado el efecto de sus andanzas debieron haber actuado en su contra; sin embargo, lo defendían. Ya desde niño se preveía que sus chapuzas iban a coronar su destino.

Era como si El Chapuzas fuera un ser estrafalario, mitad diablo y mitad ángel. Atacaba a la gente con sus tormentas, cuyas dimensiones habrían desbordado todas las medidas de tolerancia, para que luego sus propias víctimas olvidaran sus fechorías y cayeran redondos en sus brazos. En esos brazos espinosos, hay que reconocerlo. Creo que de tanto padecerlo, iban perdiendo fuerza. Pero la intensidad de El Chapuzas no bajaba de tono. Decían: «Es que tiene buen carácter, pero en el fondo es bueno». Ha de ser bueno en el fondo del mar.

Conmigo siempre fue malo. Una vez me empujó tan fuerte que perdí el equilibrio y me pegué en la frente. Por eso tengo esta cicatriz. Me dieron más de siete puntadas. Nunca me ofreció una disculpa y terminé creyendo que la culpable del incidente era yo por haberlo provocado. Aún hoy, cuando me indigno, cuando oigo hablar de él, cuando lo defienden, se me enciende la cicatriz y me duele la cabeza. «Eres fea. Ya eras fea antes de tener eso a media cara y ahora quedaste peor», me decía. Nunca reuní el valor de darle un empujón o un puntapié.

Recuerdo todas las fiestas que se pasaba viendo a la gente bailar o platicar, parado solo en un rincón, fumando. Cómo algunas de mis amigas se acercaban —las que todavía no lo conocían— y salían corriendo. Apretaba el vaso y se empujaba las cubas como si fuera agua simple. Ya borracho, siempre se quejaba de que no había tenido la infancia que le hubiera gustado. Imbécil.

Muchos se reían, otros chismeaban y podías oír un coro de críticas en su contra como si fuera el zumbido de un enjambre de abejas. A pesar de eso, siempre había un incauto que caía en sus redes. Alguien que le compraba algo falso o le daba un adelanto de cualquier cosa que jamás iban a ver, que les sacaba la participación para un negocio inexistente; y yo no entendía qué le daba motivo a la gente para creer en El Chapuzas si ya lo conocían.

Pero mi abuelo solía decir que una cosa es ser listo y otra es pasarse de listo. Los listos caminan en el filito; los que se pasan se despeñan por el barranco del desprestigio, cometen un suicidio social. Y, claro, a toda capillita le llega su fiestecita. Siempre hay alguien más inteligente, más fuerte, más preparado que llegará a poner orden. Vendió un coche robado a una mujer que resultó tener la fuerza suficiente para meterle un sofocón y tirarlo de pompas.

No, no me refiero a que le haya dado un puñetazo, ojalá. Lo denunció y lo metieron a la cárcel. Y yo pensaba: por fin, después de tanta chapuza, hubo quien lo pusiera en su lugar. Creo que en ese momento mi cicatriz empezó a borrarse. Siempre he creído que alguien que le hace daño a la sociedad debe ser puesto a un lado. Y me atoro de coraje con la gente que lo favorece. Por supuesto, cuando se supo que El Chapuzas estaba tras las rejas, hubo voces que sostenían que al pobre Chapuzas había que darle otra oportunidad, que meterlo a la cárcel era una exageración.

¿Oportunidad? ¿A costa de quién?, les decía tan furiosa, porque esas actitudes me dan coraje. Yo pienso así: si una persona es maldosa, si hace daño con premeditación, si la alevosía es evidente y si no tiene pudor para tomar ventaja, lo más práctico y por el bien de la sociedad es encerrarlo.

Hubo quien me dijo: «Pobre de El Chapuzas, ¿qué no ves que está roto, que nació destruido, que siempre ha sido el derrotado?». ¡Qué nació roto ni qué nada! Se destruyó solo, nadie lo ayudó. «Es un insensible, ¿qué no fue El Chapuzas el que te tranzó? Sí, pero creo que hay que apiadarse y perdonar».

Elevo los ojos al cielo y siento que las manos me hormiguean y la cicatriz me vuelve a saltar. Quiero meter aire a los pulmones para inhalar profundo y exhalar. No, pues yo no. Yo no creo que haya que apiadarse de esas personas, eso va en contra del bien común. Tenerlo en las calles es tanto como dejar a un niño jugar con una pistola u ofrecerle una margarita a un alcohólico. Hay cosas que están bien y otras que no lo están, así funciona el mundo.

Los defensores de El Chapuzas me argumentaban que la peor tormenta puede convertirse en un día luminoso y el peor de los hombres puede transformarse. Nada es estático, hay quienes enmiendan el camino. Sí, y hay los que han demostrado que no tienen intención de regenerarse. Por mí, que El Chapuzas se corrija en el infierno.

Me ven con ternura, aprietan la mandíbula y mueven la cabeza de lado a lado, como diciendo que no. Yo no los comprendo. Pero lo que sí sé es que si le doy rienda suelta al desprecio, si alimento la antipatía y dejo que se convierta en tirria, odio y rencor, me comerá y me arrebatará todo. Empezando por la libertad de pensar por mí misma. Además, se me altera la cicatriz y yo ya quiero que se me borre.

Chapuza: Sustantivo (Del español chapuza ‘obra hecha sin arte ni esmero’.) f. Trampa, embuste. hacer chapuza.: loc. Hacer trampas. Término popular utilizado en México, Centroamérica y el suroeste de Estados Unidos para describir algo que fue hecho sin honor. Se usa coloquialmente (Gómez de Silva, Guido, [2001] Diccionario breve de mexicanismos, FCE, México). [Recuperado de la Academia Mexicana de la Lengua].