El primer número de la revista cultural Off the Record, que edito con mi amigo Arturo Carranza, salió a circulación en junio de 2007. En ese momento era en papel: todas las páginas en cuatricromía. Hoy son 91 números. Al igual que la gran mayoría de los 28 años del programa de TV del mismo nombre, también fueron realizados sin contar con auspicios.

Sin auspicio ni fondos concursables. Sin recursos de papá Estado. Simplemente con las ganas, la actitud, la constancia, la voluntad de aportar con un grano de arena al mundo de la cultura local. Naturalmente que sin la colaboración de artistas, poetas, escritores, pintores, músicos, fotógrafos, cineastas y amigos, no podríamos haber sobrevivido.

Al leer artículos de prensa internacional, encontré uno interesante de Paul Auster que expresa que el truco de la escritura radica en el confinamiento y el vagabundeo: estar en movimiento por el espacio o confinado en un área circunscrita, sentado en una habitación escribiendo o pintando, actividades que sustituyen el desplazamiento físico. Y también estar sentado en una habitación, escribiendo o pintando. Escribir y pintar sustituyen al movimiento por el espacio. Llego hasta ese punto de su texto. He tenido la oportunidad de vivir experiencias muy diversas, que alimentan mi serie de escritos titulados Relatos cinematográficos.

Recuerdo como si fuera hoy el comentario de don Pancho Coloane luego de mostrarle las pinturas del que sería mi largometraje Horcón, al sur de ninguna parte, que se exhibían en el Instituto Goethe, a la vuelta de su departamento del Parque Forestal. Me expresó que la pintura era un arte que siempre le sobrecogía por sus posibilidades de abstracción. Y se preguntaba por qué yo, que era un disciplinado y persistente cineasta, no le dedicaba más tiempo a la pintura. Recuerdo que por mi cabeza rondaba una opinión contraria, la de mi tío Gustavo Poblete, destacado pintor constructivista, quien, a pocos días de yo haber regresado al país en 1991, a la hora de nuestro frecuente tea time, me aconsejó que debía tomar una decisión: decidirme por la pintura o el cine. Está más que claro que no hice caso al tío Gustavo; ahora he sumado la escritura y me encanta.

Mientras hago la pega de escribir, me entretengo pintando y trabajando en cuatro videoartes. Acabo de estar dos días en Valparaíso filmando; digo así, filmando, a pesar de hacerlo en digital, simplemente porque los videoartes que realizo los catalogo de cine digital, o sea, filmes digitales. Mi amado taller de 3 x 3 metros es el lugar donde van surgiendo esporádicamente las pinturas relacionadas con los mencionados cuatro videoartes, que abordan la creación de los poetas Juan Cameron, Carlos de los Ríos Möller, del escritor Omar Pérez Santiago, y el cuarto está relacionado con mi trabajo cinematográfico y pictórico.

La serie la he titulado Sur-Realismo Social de Mercado, una especie de apelo a los artistas para crear de forma colectiva, reflexionando en conjunto sobre la realidad real. A falta de utopías, creo que es necesario lavarnos de la ceguera partidista que nos limita e intentar ser un reflejo del sentir del ciudadano de a pie. De aquellos que no se atreven o se motivan a entrar a un museo o una galería, ya que en la feria encuentran mejores plátanos o cetáceos frescos con que se alimentan. Ciudadanos que viven el mundo real.

Los videoartes que estoy realizando con los que pretendo motivar a otros a crear de forma colectiva buscan sensibilizar a la people en pro de lograr cambios que permitan humanizar y sociabilizar la realidad.

Otro momento relacionado con esta disyuntiva fue cuando inauguraba en La Habana la exposición de mis pinturas sobre el que, en aquel momento, sería mi futuro largometraje Horcón, al sur de ninguna parte; exposición que fue exhibida también en el Instituto Cervantes de Chicago, en el marco del Festival de Cine de Valdivia y de Viña del Mar. La presentación la realizó el director de cine cubano Humberto Solás. A Solás yo lo había invitado a Chile para que escribiéramos el guion de mi futuro largometraje y se empapara de la idea, conociera Horcón, futura locación del rodaje. Su visita coincidió con mi exposición en el Instituto Goethe. En su discurso en La Habana comentó: "La génesis de mi cine se inicia lentamente, en la soledad de mi taller donde los pinceles sustituyen la cámara. Se podría decir que mis pinturas aportan ese aspecto recóndito e impensable, aquella zona que difícilmente se logra transmitir, que es el alma del autor, muy difícil de manifestar en palabras, donde solo la escritura es capaz de revelarlas a través de la poesía".

Paso muchas horas en mi taller junto a mi viejo pero clásico escritorio de múltiples cajones y cortina de madera. Bello y noble mueble que compré inmediatamente a mi regreso a Chile hace 36 años. Nunca más lo abandoné. Somos cómplices. Juntos escuchamos jazz, blues y clásica. A diferencia de Auster, que escribe y al parecer no se levantaba del escritorio, yo juego mucho tenis, dos y tres veces en la semana.

En uno de los muros de mi taller tengo cuarenta fotografías enmarcadas que son imágenes al interior de mi disco duro mental, que reflejan diversos momentos de mis vivencias: experiencias de rodaje de mis filmes, de lugares del mundo que he visitado, colegas de estudio de cine en Suecia o Mozambique, con el uniforme de árbitro de la final de la Copa Davis entre Chile e Italia en el 76, jugando torneos ITF de tenis, múltiples personajes con quienes he compartido, luciendo como garçon en el Cabaret Bijoux de Tomás Vidiella en el Teatro Hollywood en los años setenta. En resumen, ahí, en un abrir y cerrar de ojos, tengo mi pasado. Pasado indispensable para construir mi presente. Caldo de cultivo que alimenta mis creaciones. Muy importantes también son mis cerca de treinta libretas de apuntes donde emergen notas sobre filmes, libros, pinturas, anécdotas, frases sabias, entre otros apuntes que he almacenado desde diciembre de 1977, cuando partí de Chile.

No tengo la más mínima duda de que todo lo que realizo, ya sea en el cine, en la revista, en la TV, la pintura o en mis escritos, está influenciado por la realidad. Realidades muy diversas y crudas que he tenido el privilegio de vivir, de experimentar y conocer, no solo en nuestro continente —durante los años previos y posteriores al golpe de Estado en Chile, los dos filmes que vine a realizar clandestino durante la dictadura—, sino también mis seis años viviendo en Suecia y recorriendo Europa, o quizás los siete años más enriquecedores vividos en Mozambique y África Austral.

Cuando me planteo estos videoart como obras de creación colectiva, significa que ya no soy solo yo el dueño de ellas. Al ser una creación colectiva desaparece el ego, la obra se sociabiliza. Recuerdo que me costó mucho asimilar esto de no ser yo el dueño de tu film. En Mozambique realicé el film Mozambique, imágenes de un retrato. El film fue enviado por el Ministerio de la Información de Mozambique para que los representara en el Festival de Cine de Moscú. Mi film fue financiado por el Instituto Nacional de Cinema. El film ganó el Festival de Cine de Moscú en documentales. El premio quedó en el INC. Me tuve que conformar enmarcando la tapa del periódico Noticias, en cuya portada aparece Laura Cardoso, representante mozambiqueña, recibiendo el premio junto a Federico Fellini, ganador en ficción. Esa imagen cuelga en la pared de mi taller, a mis espaldas.

Pero este tema tiene como antecedente una triste historia que me sucedió con mi largometraje Horcón, al sur de ninguna parte. Después de que Camilo Vives —jefe de producción del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos)—, Humberto Solás y el director de Canal+ de España, el Sr. Pérez Estremeras, me robaran el premio en dinero que gané en el concurso de guiones en el Festival de Cine de La Habana, tuve que partir de cero nuevamente. Fue entonces cuando me empaté con dos amigos, un escritor/guionista y un productor, ambos chilenos de trayectoria. Creamos una sociedad con todas las de la ley, con responsabilidades compartidas por partes iguales. La producción tomó el nombre de Intolerancia Films.

Una vez terminado el periodo de exhibición del film en salas, luego de esos días felices, llegaba el momento de asumir las deudas con Chilefilms por la confección de las copias en 35 mm, entre otros trabajos. Fue en ese momento cuando mis socios me informaron solemnemente que los filmes son siempre de los directores. No tuve más remedio que asumir y visitar durante un par de años Chilefilms para dejar cheques a mi nombre para saldar las deudas de mi film.

El film tuvo una escasa participación en algunos festivales como el de La Habana, Chicago y Viña del Mar. En el de Viña ganó el primer lugar a la mejor banda musical. Luego ganó el Premio Pedro Sienna a la mejor dirección de fotografía.

Estas experiencias vividas alimentan aún con más fuerza mi propuesta de proyecto de creación colectiva titulado Sur-Realismo Social de Mercado.

Durante el desayuno con mi mujer acostumbramos ver diversos podcasts nacionales e internacionales. Nuestra televisión abierta mayoritariamente solo sirve para deprimirse. Es algo que no me lo permito. Soy un agente positivo, un entusiasta de la vida, ferviente creyente de la inteligencia humana, a pesar de todo lo que se diga y suceda. No me asustan los pesimistas, los negativos, los que creen tener la verdad, los que predican desastres, los que intentan imponer su verdad dogmática, los que se decían ser diferentes y terminan enceguecidos ocultando la verdad que perjudica sus ideales. Siempre vamos hacia adelante, desarrollándonos, avanzando a pesar de los Hitler, Mussolini, Mao, Castro, Pinochet, Netanyahu, Trump, Putin, Ortega; hemos llegado a la Luna, hemos creado la TV y telefonía satelital, el internet, lo digital y la IA.

Entre los podcasts recurrentes está el de Longobardi, un destacado periodista argentino de larga trayectoria, no solo en el país vecino, sino también en la CNN de los EE. UU. Fue por esta vía que tuve la oportunidad de saber del Tratado de París de 1951, acuerdo que buscaba poner fin a la eterna rivalidad, conflictos y guerras entre Alemania y Francia. Tratado que finalmente llegó a buen puerto, logrando que Europa durante los últimos 81 años haya logrado sostener la paz en gran parte de su territorio. Y, naturalmente, entre Francia y Alemania.

El detalle más destacado y sorprendente para mí del acuerdo, por lo ingenioso, práctico y, sobre todo, de sentido común, fue creado por dos sujetos: Robert Schuman y Jean Monnet.

La fórmula ideada por estos verdaderos genios fue que, para dejar de matarse entre alemanes y franceses, había que firmar un acuerdo comercial. Acuerdo que propuso poner bajo una Alta Autoridad común la producción de carbón y acero de Francia y de la República Federal de Alemania, más un par de países. El objetivo: unificar la producción del carbón y el acero, materias primas indispensables para la industria armamentística y de defensa. Cualquier enfrentamiento bélico entre esas potencias históricas enemigas pasaba a ser no solo impensable, sino materialmente imposible.

Todo esto calza perfectamente con aquello que escribí al principio de este relato, eso de integrarse al sistema y trabajar desde su interior para ser un aporte.

No son pocos quienes piensan que la actual realidad excluye soñar con la utopía. Por supuesto que no es así. Es fundamental partir de la afirmación de que el hombre no solo está en el mundo, sino que está con el mundo; estar con el mundo es el resultado de su apertura a la realidad que lo hace ser un ente de relaciones.

Ser realista significa querer conocer el mundo como es para poder cambiarlo y acercar lo máximo posible las utopías y los deseos. No parece haber otro modo de cambiarlo. Conocer las fricciones de la realidad, las dificultades de las transformaciones y, sobre todo, la estrepitosa imbecilidad humana, como solía decir mi querido amigo Armando Uribe: «la estupidez del hombre no se pasa con los años». Estar dentro del sistema es la única manera de poder transformar la realidad.

Se me viene a la mente una frase de Humberto Maturana, a quien entrevistamos varias veces en el programa de TV Off the Record —del cual también tengo más de cinco horas grabadas en estado original—, que dice más o menos así: "Ser oposición por ser opositor simplemente es no haber aprendido nada del pasado. Me encantaría que los partidos lucharan por apoderarse del concepto de colaboración".

Sería beneficioso para el país que los políticos mal evaluados por la ciudadanía usaran el poder de la palabra, del diálogo y el sentido común, tal como lo hicieron en su momento Schuman y Monnet.

Si los artistas interrogaran o interpelaran la realidad, el título de este relato podría dejar de tener sentido.