Hay algo particularmente atractivo en la premisa de Lo dejamos acá: un psicoanalista decide que escuchar ya no alcanza. Después de años frente a pacientes que hablan, repiten conflictos, vuelven sobre las mismas obsesiones y parecen avanzar a paso de tortuga, Ulises Verón toma una decisión que contradice buena parte de aquello que sostiene su profesión. Si quiere resultados concretos, tendrá que intervenir. Y si para conseguirlos debe meterse de lleno en la vida de sus pacientes, lo hará.

La película de Hernán Goldfrid parte de ese desplazamiento para construir una comedia oscura en la que la práctica profesional, el ego y las propias contradicciones del protagonista se mezclan hasta volver bastante borrosa la frontera entre quien analiza y quien necesita ser analizado. Ricardo Darín interpreta a Ulises, un hombre que parece haber encontrado una fórmula para resolver los problemas ajenos. El asunto cambia cuando aparece un paciente interpretado por Diego Peretti, un escritor atravesado por un bloqueo creativo que termina por convertirse en un desafío mucho mayor de lo previsto.

La reunión entre Darín y Peretti es uno de los atractivos más evidentes de la película. No solo porque ambos ya compartieron pantalla en Música en espera, porque existe entre ellos una química que permite que buena parte de las situaciones encuentre un tono particular. Goldfrid conoce bien ese terreno. Ya había trabajado con Peretti en su debut, Música en espera, y con Darín en Tesis sobre un homicidio. En Lo dejamos acá vuelve a reunirlos dentro de una historia que necesita precisamente de esa tensión entre dos personalidades fuertes.

Ulises es un personaje que se cansó de la pasividad. La terapia, para él, se convirtió en un territorio demasiado previsible. Escuchar, interpretar, esperar y volver a escuchar ya no le produce ninguna satisfacción. Quiere resultados. Quiere comprobar que sus intervenciones tienen un efecto visible. Por eso cruza límites que, en principio, deberían permanecer intactos.

Pero ahí aparece una de las cuestiones más interesantes del personaje: su aparente vocación de ayuda tiene una relación bastante estrecha con su propio ego. Cada vez que consigue modificar la vida de alguien, Ulises obtiene algo a cambio. Hay placer en esa capacidad de intervenir, una sensación de poder que excede cualquier intención terapéutica. Resolver los problemas de los demás empieza a ser también una manera de alimentar una imagen favorable de sí mismo.

Goldfrid utiliza esa contradicción para instalar el humor. Lo dejamos acá tiene una mirada bastante irónica sobre determinados comportamientos humanos, pero nunca necesita convertir a sus personajes en simples caricaturas. El conflicto funciona porque existe algo reconocible en ellos. Las obsesiones, las inseguridades, las pequeñas miserias y las decisiones equivocadas pueden producir risa precisamente porque no resultan completamente ajenas.

La película también encuentra una forma interesante de trabajar la relación entre terapeuta y paciente. Al principio, Ulises parece ocupar una posición de ventaja. Él observa, escucha y establece diagnósticos. El otro queda del lado de quien expone sus problemas. Esa distribución de poder comienza a alterarse cuando el vínculo avanza y el paciente deja de ser un objeto de observación tan sencillo.

A partir de allí aparece una especie de duelo. Dos hombres que, en apariencia, ocupan lugares diferentes empiezan a descubrir rasgos propios en el otro. Lo que Ulises pretende corregir en su paciente también toca algunas de sus propias zonas incómodas. La situación adquiere entonces una dimensión más personal, porque el protagonista pierde progresivamente la distancia que había intentado conservar.

Ese cambio resulta fundamental para que la película no quede encerrada en una sucesión de intervenciones extravagantes de un psicoanalista dispuesto a cualquier cosa. El verdadero conflicto aparece cuando el profesional deja de controlar por completo las reglas del juego. Quien acostumbraba mirar desde afuera queda obligado a mirarse a sí mismo.

Hernán Goldfrid encuentra en esa situación un terreno fértil para combinar distintos registros. Hay humor negro, incomodidad y momentos en los que el comportamiento de los personajes genera una reacción cercana al «por favor, no hagas eso». El director busca que el espectador acompañe las decisiones de Ulises con cierta tensión, porque sabe que detrás de cada intervención existe la posibilidad de una consecuencia que el protagonista no podrá manejar.

Ese componente de imprevisibilidad es importante. Ulises está convencido de que su método funciona porque todavía puede medir sus resultados. Su problema aparece cuando la persona que tiene enfrente no responde como espera. Allí la película empieza a desarmar la seguridad inicial del personaje.

Ricardo Darín aprovecha muy bien ese perfil. Su Ulises tiene autoridad, inteligencia y una seguridad que por momentos roza la arrogancia. Pero debajo de esa confianza existe una necesidad bastante evidente de comprobar que todavía tiene algo para demostrar. Darín no necesita exagerar esa característica. Una mirada, una pausa o una respuesta alcanzan para que el personaje deje ver que su seguridad también puede ser una forma de defensa.

Peretti, por su parte, trabaja desde un registro diferente. Su personaje tiene una vulnerabilidad que entra en tensión con la personalidad de Ulises. El escritor bloqueado puede parecer, en principio, otro caso para resolver. Sin embargo, la relación entre ambos modifica esa primera impresión. Lo que parecía un paciente difícil se transforma en una presencia capaz de alterar el equilibrio del protagonista.

La elección de Goldfrid de ubicar buena parte del conflicto alrededor de la escritura tampoco resulta casual. Un escritor que no puede escribir representa una forma bastante particular de parálisis. Para alguien como Ulises, obsesionado con los resultados concretos, esa imposibilidad debe resultar casi insoportable. No alcanza con decirle a una persona que tiene un problema: él necesita encontrar una solución y verla aparecer delante de sus ojos.

Allí reside buena parte de la gracia de Lo dejamos acá. La película pone en cuestión esa necesidad contemporánea de solucionar todo de inmediato. Ulises no soporta la espera. Quiere intervenir porque la intervención le permite sentirse útil, pero también porque le evita enfrentarse con la posibilidad de que algunas cosas no tengan una respuesta sencilla.

El film, sin embargo, tiene un problema en su zona central. Después de un comienzo que instala con rapidez el mecanismo de Ulises y su particular forma de ejercer la profesión, el relato necesita un quiebre capaz de renovar el interés. La ruptura del fluir inicial debería producir una vuelta más fuerte, algo que modifique de manera clara las reglas que la propia película había establecido. Ese movimiento aparece, pero no alcanza toda la potencia que podría tener.

Es un detalle importante porque Lo dejamos acá tiene elementos suficientes para sostener una película atractiva. El problema no está en la premisa ni en los actores. Está en ese punto intermedio en el que la historia debe cambiar de marcha para evitar que el mecanismo resulte demasiado conocido. Cuando eso ocurre con menor intensidad de la esperada, algunos pasajes pierden fuerza.

Aun así, Goldfrid consigue sostener el interés gracias a la relación entre sus protagonistas. La película encuentra su mejor material cuando deja de preguntarse cómo resolver el problema del paciente y empieza a observar qué sucede con el terapeuta. El título adquiere entonces una resonancia particular. «Lo dejamos acá» puede funcionar como una frase de cierre, como una forma de poner un límite, pero también como la expresión de alguien que necesita detener una situación antes de que se vuelva imposible de controlar.

La trayectoria del director también ayuda a entender el lugar de esta película dentro de su obra. Desde Música en espera hasta Tesis sobre un homicidio, pasando por su trabajo en El jardín de bronce, Goldfrid mostró interés por personajes sometidos a situaciones que alteran su equilibrio. En esta oportunidad, el conflicto parte de un hombre que cree haber encontrado una respuesta para los demás y termina frente a una situación que lo obliga a revisar esa certeza.

Hay algo más que la película plantea de manera bastante simpática: nadie está completamente a salvo de sus propias neurosis. Ni siquiera quien se dedica profesionalmente a detectar las de los demás. El psicoanalista puede conocer las herramientas, dominar el lenguaje y reconocer determinados comportamientos, pero eso no significa que tenga una relación más saludable con sus propios conflictos.

Por eso la elección de Darín y Peretti resulta tan adecuada. Uno representa la seguridad de quien cree saber qué hacer; el otro, la dificultad de quien parece necesitar ayuda. Con el avance del relato, esas posiciones comienzan a mezclarse. El que observa queda expuesto. El que necesita una solución termina teniendo algo para decirle a quien supuestamente posee todas las respuestas.

Lo dejamos acá llegó a Netflix el 16 de octubre con un atractivo que excede su historia: vuelve a reunir a dos actores con una química ya probada y pone esa relación al servicio de una comedia de tono oscuro, incómoda por momentos y bastante más interesada en las contradicciones de sus personajes que en entregar una moraleja.

Goldfrid no necesita convertir el psicoanálisis en una explicación de manual ni transformar a sus protagonistas en ejemplos de una teoría. Le alcanza con ponerlos frente a frente y dejar que la disputa avance. Allí aparece lo mejor de la película: en ese momento en que ya no queda del todo claro quién analiza a quién, quién tiene el control y quién debería, en definitiva, sentarse en el diván.