Señor, haz de mí un instrumento de tu paz
(San Francisco de Asís)
El miércoles 24 de junio de 2026 quedará para siempre grabado en mi alma. Con esta oración comencé una de mis entregas anteriores para Meer sobre mi vida de piedad. Al aceptar este hecho, no puedo retomar el relato de mi espiritualidad sin referirme a cómo el doble terremoto sigue determinando mis días y los de miles —¡quizás millones!— de venezolanos. Y, al mismo tiempo, cómo esta realidad debe seguir siendo “mirada” desde nuestra condición de seguidores de Cristo.
¿Podría San Francisco ayudarnos a transformar todos estos sentimientos en un camino a las bienaventuranzas? Porque desde ese día se agregó otro problema más a los que ya tienen décadas en Venezuela. Entonces: ¿cómo ser buscadores y constructores de paz en medio del dolor y el miedo que han predominado en los últimos 40 años en Venezuela? Y me refiero al franciscanismo porque, en mi biografía, representa la tercera religiosidad que me conforma.
Desde el 24 de junio, en mi oración diaria tengo nuevos motivos para dar gracias, pero también nuevas intenciones. Rezo porque Dios tenga piedad de los que más han sufrido. En mi mente vuelven las imágenes del apocalipsis que fue La Guaira envuelta en una nube de polvo, de edificios caídos y de los gritos de terror y desesperación de cada una de las personas que perdieron todo lo que significaba su vida hasta ese momento (sus seres queridos y el esfuerzo de años e incluso décadas) en tan solo segundos.
No hay palabras, solo lágrimas y el ruego de la misericordia divina: ¡Señor, que la compasión mueva nuestros corazones para hacer el milagro de la reconstrucción! ¡Señor, es el momento de los milagros!
Me da vergüenza decirlo ante el sufrimiento de tantos, pero desde ese entonces he incrementado los momentos al día en que doy gracias. No es que no lo hiciera antes, sino que ahora lo hago más. Desde los “años del hambre” (emergencia humanitaria compleja del 2014 al 2019) aprendí a dar gracias con más frecuencia y valorar la belleza de lo sencillo. En medio de la caótica Caracas, miraba al cielo y al Ávila, el verdor de nuestros árboles y el canto de los pájaros, y daba gracias a Dios una y mil veces. Ahora, a todo ello he agregado dar gracias porque se nos conservó la vida, el hogar, la familia y porque en este momento no está temblando.
¿Y qué relación tiene todo esto con el mensaje de San Francisco de Asís? Que el “poverino” me enseñó a ser contemplativo de la belleza y bondad de toda la creación (“Hermano sol, hermana luna”, tal como el título del biopic del santo dirigido por Franco Zeffirelli en 1972). Pero esto no ocurrió cuando lo conocí por primera vez en mi niñez a través de su fiesta, la cual en Venezuela está relacionada con un fuerte aguacero con tormenta eléctrica conocida como “el cordonazo de San Francisco”, sino en mi adolescencia, al ver con mayor atención la película de Zeffirelli.
Quedé fascinado con la sencillez y pureza que transmite el actor que lo representa, Graham Faulkner, y todas las escenas y canciones (de Donovan y Riz Ortolani) que muestran el anhelo de seguir a Cristo de manera radical y auténtica. San Francisco encuentra la paz cuando se desprende de todo lo material y descubre la riqueza en la creación y el amor a los demás, en especial en los que sufren. Desde ese momento, me he sentido como el personaje bíblico Nicodemo tal y como nos muestra la serie The Chosen (Dallas Jenkins, 2017-2026). Reconoces al mesías y te llenas de alegría porque tu búsqueda ha terminado, pero eres incapaz de seguirlo porque no puedes dejar tus comodidades.
Y de esta forma, a lo largo de mi vida, cada cierto tiempo vuelvo a las enseñanzas de San Francisco. Después de haberme alejado de la fe, atraído por la utopía materialista, el franciscanismo me recordó que la respuesta ante el sufrimiento humano y las injusticias que lo generan es el trabajo sencillo en una pequeña obra. Es la reconstrucción de la capilla de San Damián con los más humildes, con un Cristo vivo (de ojos abiertos en la cruz) en el centro. Un esfuerzo lento y sin casi recursos, pero constante y caritativo.
¿Acaso la docencia y la escritura no tienen algo de esa misma capacidad de poner piedra sobre piedra que poseía la primera fraternidad franciscana en torno a San Damían? Es probable, pero también puede ser una forma de ser como Nicodemo. En un momento del filme se muestra cómo uno de los primeros seguidores, Gerónimo, no puede vivir la castidad, a lo que Francisco le dice que son un grupo de hombres que aman a Dios, pero “cada quien según su capacidad”. Seguidamente le pide que se case, aunque, al final, lo mira con tristeza.
No voy a negar que sentí algo de alivio ante mi anhelo de vivir la vocación al matrimonio. Fundar una familia me exigiría otra forma de desprendimiento, de pobreza. El problema es que te exige un constante discernimiento en el trato con los bienes materiales luchando contra la tentación de acumular.
La radicalidad de San Francisco en su pobreza y caridad le ha ganado su fama más allá de la Iglesia Católica. Es un santo que pertenece a toda la humanidad. Así nos los recuerda Carlo Carretto en Yo, Francisco (1981). A este autor le descubrí a principios del siglo XXI; es inspirador para el cultivo de la vida espiritual.
Para ser santos debemos atrevernos a ser radicales, como nos enseña Francesco. Lamentablemente, y más en los tiempos de las redes, olvidamos que, para lograrlo, debemos cultivar el silencio y la oración, acciones inseparables. Es probable que muchos al escuchar la palabra radical la relacionen con el fanatismo. Nada más alejado del santo de Asís, el cual tolera y comprende a los que no le siguen, y de la Iglesia de su tiempo, cuyas autoridades tendían a corromperse y apegarse al poder y las riquezas. ¡Todo lo contrario a su prédica, la cual pedía volver a los orígenes!
No propuso una revolución, una reforma-separación a lo Martín Lutero 300 años después, sino “reparar la casa”. Creo que el Cántico de las criaturas no solo responde a la alegría que genera toda la creación, sino también a la tolerancia con aquello que no comprendemos. Nos llama a amar este misterio como nuestro Señor nos manda a amar a nuestros enemigos. Francisco mostró la gran capacidad que posee el catolicismo de renovarse y de ser un hogar de puertas abiertas.
En mi casa de San Bernardino, que recuerdo por su nombre, Cerro Norte, los baños eran enormes. En el baño que tendía a usar había al lado del espejo un pequeño cuadrito de madera (de dos por tres pulgadas) que reproducía la pintura de Giotto, San Francisco de Asís predicando a los pájaros. Cuando nos mudamos, yo me lo quedé como una preciada reliquia.
También me acompaña en mi escritorio una pequeña imagen de seis pulgadas de alto que me regalaron los dos años (2011-2012) aproximadamente que estuve compartiendo todos los domingos con la Orden Franciscana Seglar (OFS) de la iglesia La Chiquinquirá de La Florida, en Caracas. Siempre les estaré agradecido a los capuchinos como fray Rui Pestana, entre otros, y a la OFS, con figuras como Igor Almario y “Chelito” Núñez por todas las enseñanzas que me han ayudado —¡espero!— en mi crecimiento espiritual.
No podemos finalizar sin recordar que estamos en un año jubilar franciscano hasta el 10 de enero de 2027, porque el próximo 3 de octubre (aunque su fiesta es el cuatro) se cumplen 800 años de su tránsito al Cielo.
La muerte es parte de la vida y, para nosotros los venezolanos, se ha hecho tan palpable en estos últimos años de terrible crisis —primero generada por otros seres humanos y ahora por la naturaleza. San Francisco nos recuerda el papel de la muerte en nuestra vida cristiana porque “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Romanos 14, 8). Amar la creación con todo lo que ella nos da, siempre de la mano de Dios y a través de su amor.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre vivo puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal. Load y bendecid a mi Señor, y dadle gracias y servidle con gran humildad.
(San Francisco de Asís, Cántico de las criaturas)















