Debí tirar más fotos…

(Bad Bunny)

A los 82 años, volví a visitar a Puerto Rico. La última vez fue hace 7 años. Volví a caminar en mi viejo San Juan. Hace ya cincuenta años que me fui, y de los anteriores treinta y dos, pasé cinco años estudiando afuera. Así que el 70 por ciento he estado afuera de la tierra donde nací y crecí. Se me pegaron al alma otras partes del mundo, y aprendí a entender y a sentir lo que sentía la gente de otras culturas. Y lo que antes eran cosas escritas, imágenes y cuentos contados, cobraron vida.

Protestando como estudiante en las calles de México en 1968, sentí el himno mexicano en mis venas. Y caminando por la India, en Kenya o en la China, me identificaba con tradiciones y escenas totalmente inentendibles de lenguaje y costumbre, pero que sentía en el corazón. Y ni se diga en el resto del Caribe, América Latina o Europa, donde el idioma y las vibraciones se parecían a los ritmos del comienzo de mi vida, y las diferencias culturales eran como distintos puntos de asomo desde un mismo balcón.

A través de sufrir esa dilución planetaria, comencé a apreciar la belleza de la diversidad, del jardín de la humanidad, y a descubrir nuestra humanidad común.

Desde que me fui de Puerto Rico, volví por ratos muchas veces —de vacaciones, para bodas, funerales o conferencias— a esta hermosa isla del Caribe donde nací. Y siempre sentía su esencia en mí, porque allí crecí y me hice consciente de mi humanidad. Allí descubrí esta humanidad que después reconocí en el resto del mundo, vestida de otros colores, salpicada de otros sabores y tocando diferentes instrumentos musicales, pero que era una orquesta tocando la misma sinfonía, aun sin saberlo.

Hoy, después de esta larga vida, mis amigos —esos con quienes uno anda, comparte, sufre y canta— están dispersos por todo el planeta; algunos viviendo en el aposento de tierra donde nacieron y otros, como yo, en otras partes del barco. Pero estamos todos en el mismo barco.

Siento que es en el punto de origen, al aprender a tocar el instrumento musical particular del aposento donde uno nace y crece, donde uno aprende a escuchar esa canción universal. Ahí se forja la capacidad de sintonizar y de lograr la armonía con el concierto sinfónico global, y de darnos cuenta de que somos parte de una sola orquesta. Es en ese punto de partida donde uno aprende a amar la música y a tocar su propio instrumento.

A mis 82 años volví a visitar al San Juan que me vio nacer y crecer. Solo por tres días, pero esta vez acompañado de una de mis hijas y uno de mis nietos. No sé si era el hecho de las tres generaciones, la profundidad de estas o el estar con “músicos” locales y de otros lugares que tocaban diferentes instrumentos pero que sabían la misma canción. Estuve un tiempo breve, pero profundo, con mi hermana de 90 años, con amigos del alma también oriundos de allí y con una querida amiga tica y su amiga.

Y algo se desató allá adentro, más allá de las palabras, donde se escucha la música, la sinfonía. El primer día, acabando de llegar, fuimos a caminar al viejo San Juan a ver el atardecer. Recorrimos las calles adoquinadas; las mismas calles que caminé de niño, adolescente y adulto antes de irme de la isla. Y algo pasó.

Mi percepción de aquel atardecer derramándose mágico en los viejos edificios, la bahía, los adoquines, las calles de siglos, los transeúntes... Me sentía en un teatro tridimensional y con los tiempos entremezclados, como viendo capítulos de una película en serie simultáneamente, sintiéndome adentro de las distintas etapas, reviviéndolas desde mi momento octogenario y, al mismo tiempo, desde los momentos de infancia, adolescencia y juventud. Las vidrieras de Navidad cuando era niño en la tienda de González Padín, las rondas nocturnas de mi adolescencia, mi tiempo de vivir en la calle Luna, la Plaza de Armas, la vida y el amor.

Estaba viendo la película, siendo parte de ella a la vez y dándome cuenta de cómo se iba revelando esa música silenciosa de todos en mí, de cómo fui aprendiendo a escuchar y a tocar la canción de la humanidad con los instrumentos de la tierra en que nací. Estaba allí con mi hija, que lleva más de la mitad de su vida viviendo de gitana trotamundos como yo; con mi nieto, que nunca vivió ahí, y con mi amiga del alma, la tica que se enamoró de mi país como yo del suyo.

Fue todo un viaje externo e interno. Un volver y un despertar; un darme cuenta de lo caminado y lo aprendido, olvidado o desperdiciado en ese tiempo pasado, cuyo valor no reconocí en su momento.

Debí tirar más fotos… de cuando estuve en esa escuela que me enseñó no solo a tocar en los instrumentos disponibles en mi entorno la música humana que nos hace ser, sino también a reconocer esa música en otros lados cuando suena desde otros instrumentos.

Como un viaje a Punta Islita en Guanacaste, Costa Rica. O el Teatro Nacional y las calles de San José; las calles de Coyoacán en México y las de Guadalajara, Taxco, Guanajuato, y los más remotos lugares como Ahmednagar, Shanghái, y los hutongs y la plaza de Tiananmén en Beijing. Y tantos, tantos otros sitios hermosos: Lima, Río, Buenos Aires, Santiago, Antigua, Nairobi, Barcelona, Vicenza y Dublín, y todavía aún más. Todos tocando en su propio ritmo y con sus instrumentos únicos la misma canción de humanidad que aprendí en mi isla.

De alguna manera me di cuenta allí en este viaje, disfrutando del sabor local, de los ritmos del Caribe, que la próxima etapa de la humanidad no es el modelo antiguo del melting pot (un fundidor donde varias culturas se disuelven en una cultura dominante), sino el modelo del jardín, donde muchas tradiciones y culturas coexisten y enriquecen el conjunto.

¡Si ya se ven hasta australianos y japoneses bailando juntos con Bad Bunny los ritmos del Caribe!

Vi un nuevo mundo donde la conectividad y la integración nos están llevando a una conversación planetaria; donde la gente aprende la música de otra cultura al instante, se casan a través de continentes, mantienen lazos familiares a través de las diásporas y comparten tradiciones locales a nivel global. Hoy la humanidad empieza a compartir su identidad más allá de las nacionalidades.

Cuando superemos esta etapa de los dolores de parto asociados con el nacimiento de una nueva civilización, la humanidad superará su adolescencia. Y habrá una ética humana global con expresiones culturales regionales, donde las familias interculturales que están creciendo vertiginosamente actuarán como puentes. Una civilización con muchos ritmos e instrumentos, pero con una sola melodía.

Sentí, al ver las películas repetidas de mi lugar de nacimiento, un futuro con una nueva ética civilizacional; una humanidad dándose cuenta de que su supervivencia y florecimiento dependen de reconocer y sentir que realmente estamos todos en el mismo barco.

Sí, la humanidad está hoy en plena transformación. De un mundo globalizado en tecnología, en abundancia de dispositivos, con gran algarabía de redes electrónicas y consumismo desenfrenado, donde la vida se presenta como si fuera un esfuerzo materialista de competir para adquirir cada uno lo más que pueda y de sobrevivir. Un mundo que por siglos ha estado estructurado en tribus, reinados, naciones, imperios y distancias.

Pero hoy, silenciosa e inevitablemente, está cambiando a un mundo integrado donde nos sentiremos todos humanos, parte de una sola familia. Donde el espíritu humano se conectará desde adentro; donde los recuerdos, la inspiración, la compasión, lo sublime y el amor sentido nos llevarán a reconocernos unos a otros con todos nuestros diversos ritmos, pero bailando la misma melodía.

Y nos salvaremos de estar aferrados cada uno a nuestras ideologías, palabras, nacionalismos, avaricias y religiones; sobreviviremos a la confusión y al miedo que nos genera esta soledad de menospreciar a los demás.

Y cuando este sentimiento se difunda —y eso sin duda pasará, porque sobreviviremos a los actuales berrinches de los que siguen enamorados del pasado y a sus arrebatos de supremacía adolescente y egoísta—, entraremos en una nueva fase de cultura planetaria: una transformación comparable a una metamorfosis biológica que implicará nuevas formas de inteligencia colectiva, nuevas narrativas culturales y nuevos marcos éticos basados en la empatía y la vulnerabilidad mutua.

Como dijo Ernesto Sabato en San Juan de Puerto Rico en ocasión de una conferencia anticipando una nueva humanidad que amanecerá: “…cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia. Y muchos ya lo están haciendo. Son hombres y mujeres que, anónimamente, sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad. Unidos, en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, son ellos los que ya han comenzado a generar un cambio, arriesgándose en experiencias hondas, como son el amor y la solidaridad”.

Y así, viendo a mi hija, a mi nieto, a mi hermana de 90 años, a mis queridas amigas ticas y a mis queridos amigos del patio, los mezclé a todos en esas películas viejas repetidas de San Juan, Coyoacán, Tiananmén, San José, Nairobi, Ahmednagar, etc., y mi corazón enfermo se curó con una nueva magia, resucitado por una canción que surgía de adentro en silencio, por un nuevo florecimiento humano. Debí tomar más fotos…

Tenemos mucho que aprender. Todos cometemos errores y tenemos alegrías y sinsabores, pero estamos aprendiendo a compartirlos. La nueva civilización que ya amanece nos traerá una mayor oportunidad de conocernos, de perdonarnos, de amarnos. Porque, como decía la pantalla detrás del último evento del Super Bowl: El amor es más poderoso que el odio.

Encontrémonos ahí.

El verdadero amor es inconquistable e irresistible. Y continúa acumulando poder y esparciéndose hasta que finalmente transforma a todos los que toca.

(Meher Baba)