¿Cuánto es mío?

Si lo hago con mis propios medios, es mío. Si creció en mi terreno, es mío. Si pagué por ello, es mío también. Todas estas frases nos llevan al mismo problema. Sí. ¿Pero cómo llegaron a ser tuyos o míos los medios? ¿Cómo llego a ser propiedad tuya o mía la tierra? Y si yo lo compré, es porque era tuyo y de nuevo preguntamos: ¿cómo es que llegó a ser tuya? Siempre se llega a este punto: es fruto de mi trabajo. Pero ¿quién hace algo sin ayuda de nadie sin materia? Debe explicar cómo se hizo esta y con quiénes más la trabajó.

Si tomo un pedazo de tierra y digo que es mío y lo defiendo por la fuerza, tengo la posesión, pero no la propiedad. “Propiedad” es el nombre que damos a un derecho sobre las cosas. Supone que no hay gente, sino personas, es decir, individuos con existencia legal. Supone que no hay cosas, sino bienes. Supone, además, que dicha propiedad es legítima. Y si hablamos de derecho, requerimos un Estado, garante suyo.

El derecho concede la propiedad "como derecho". Dice cómo puede cambiar de manos, pero no se pregunta por el origen último de la propiedad. Yo puedo heredar a mis hijos mis bienes, así como yo los heredé. Para ello no se me exige ir al origen de los tiempos, cuando el primero de mi familia reclamó como suya tal casa o terreno.

Esta discusión, que algunos dicen vieja, se nos impone de nuevo con el desarrollo de la inteligencia artificial (IA). La amenaza que representa para nosotros no viene de su potente capacidad de procesamiento ni de una eventual toma de conciencia de las máquinas, sino de que supone una novedosa pero masiva privatización que afecta todas las esferas de la vida.

Los modelos multimodales grandes (LMM) se entrenan con la información disponible del planeta. Su efectividad está basada, enteramente, en el aprendizaje de materiales públicos mundiales. Se trata del sistema de piratería más grande que jamás ha existido, comparable sólo, por su función estratégica, a la piratería inglesa. Todo lo que produce se basa en otros productos, los cuales provienen del trabajo colectivo de millones de personas a lo largo de miles de años, pues en internet se encuentran desde manuales de teléfonos celulares hasta el código de Hammurabi. Hay que añadir a este sistema de piratería, también, el más grande sistema de espionaje hasta la fecha, que rebasa con creces las prácticas del mundo capitalista y del comunismo durante la Guerra Fría. Los datos que nutren los productos de la inteligencia artificial, así como su desarrollo, provienen no solo de internet público, sino de la información privada de correos electrónicos, chats, publicaciones en grupos cerrados de redes sociales y mensajes.

En el Capítulo XXIV de El Capital, Marx se refiere a la “así llamada” acumulación originaria. Se busca explicar no el capitalismo como sistema, sino cómo fue posible que, en cierto punto de la historia, algunos poseyeran un excedente (un capital, en sentido amplio), que podían invertir en la producción de mercancías, mientras que otros no tuvieron más que su fuerza de trabajo para vender. La explicación es que los primeros habrían sido ahorradores y los segundos, derrochadores inconsecuentes. Marx dice, en cambio, que la acumulación diferencial se debió más bien a:

la conquista, la esclavitud, el robo y el asesinato.

Las empresas de inteligencia artificial no proceden de otro modo. Han hecho del robo más descarado del patrimonio intelectual de la humanidad un producto privado.

En primer lugar, han privatizado el código para la construcción de los LLM (Large Language Models). Sabemos que el saber computacional surgió de matemáticos, lógicos y cibernéticos trabajando en universidades públicas. Ésas, como siempre, se nutrieron del intercambio de investigaciones e ideas en clases, seminarios, papers y coloquios, ninguno de ellos con fines de lucro (hasta que llegaron las plataformas editoriales académicas como Elsevier, ScienceDirect, Wiley, Sage, etc.). Sabemos que dichos investigadores fueron financiados por el Estado y que el fuerte interés militar en sus trabajos no despojó a las universidades de su poder para seguir investigando y diseñando software y hardware. El proyecto sigue aún hoy vigente, aunque con muchas dificultades, a través de UNIX y Linux, y el proyecto de código abierto. Pero, amparados en la ley de “propiedad intelectual”, OpenAI, Anthropic, Google o Meta borran la deuda con sus antecesores y se dicen creadores únicos y absolutos de ese modelo. Con ello violan, además, los preceptos de la sociedad liberal capitalista que los produjo al crear el más grande oligopolio jamás creado y, con ello, una clase oligarca de escala planetaria.

Ahora, la contradicción más grande de la IA es que:

si se amparan en la propiedad intelectual para proteger sus modelos, la pisotean al piratear la información del planeta en su favor.

La única razón por la cual dichas compañías poseen la infraestructura para captar, almacenar y procesar toda la información del mundo es porque se han servido del saber de científicos precedentes, universidades y subsidios gubernamentales. He aquí una apropiación originaria in actu.

La siguiente forma de privatización que tenemos es que todo lo que circule por las plataformas principales será captado, almacenado y procesado por sus compañías. Pierda yo o no la propiedad exclusiva sobre mis fotos, videos y creaciones de todo tipo, así como de datos personales; todo ello será propiedad de alguien. Yo mismo no puedo tener información del comportamiento de mi cuenta respecto a otros usuarios, metadatos, cruces de bases de datos, etc. La información se atesora como se atesoraba el oro, sólo que por su naturaleza aquella no generará inflación del mismo modo. Finalmente, los LMM utilizan millones de datos de la humanidad no sólo para entrenar sus modelos, sino para procesar información que después emplearán con fines comerciales y políticos. La afrenta es igual a la economía y a la democracia, incluso en su definición más pobre. Ahora bien, la idea de apropiación originaria, así como la extensión de la propiedad privada, no pueden comprenderse, en toda su amplitud y complejidad, desde un enfoque únicamente materialista. Es preciso restituir la función y el valor de lo inmaterial para comprender lo que hacen las grandes empresas con la información.

En un artículo llamado Sobre la naturaleza del capital (1908), Thorstein Veblen se pregunta en qué consisten los bienes productivos. En la economía intervienen la tierra, el trabajo y el capital, pero también un patrimonio inmaterial (immaterial stock). Privatizamos la materia y la energía, pero también la información. Esta última no es un hecho “mental”. La información es un elemento fundamental en la descripción de la naturaleza. En la historia humana adquiere una potencia distinta; en cualquier caso, debemos admitir que en la producción intervienen conocimientos tecnológicos (y no sólo máquinas y medios de producción en general) que permiten inventar, reparar y perfeccionar las máquinas.

Existen también “la experiencia, la experimentación, el hábito, el conocimiento y la iniciativa”, todos ellos parte de un patrimonio común de la comunidad. Todo esto puede verse como un patrimonio virtual construido de manera común más allá de los individuos y las naciones a lo largo de grandes periodos de tiempo. Éste tiene su propio proceso de creación, transmisión, almacenamiento, interpretación y aplicación de la información.

No es, por tanto, exterior al proceso global económico el momento por el cual la producción se sirve del patrimonio de una cultura o del saber humano en su conjunto. El trabajo es social por naturaleza porque implica siempre una relación de intercambio. La cultura es el sitio donde el intercambio sucede de manera más compleja y generalizada. Producción e intercambio son momentos del mismo ciclo. Hay, al lado de una historia de los medios de producción, otra de los modos de intercambio (como propone Karatani). Igualmente debemos considerar la producción material y su relación con el haber inmaterial. Las máquinas, por ejemplo, se derivan del saber científico, el que se deriva de las instituciones, las estructuras y el trabajo intelectual que lo hacen posible. Ya solamente saber qué cosas son útiles y qué se puede hacer con ellas es parte de un saber.

La propiedad de los medios de producción se expande a la propiedad intelectual. Mercancía que puede servir para la producción de otras muchas mercancías. No todo lo que podríamos saber termina en una teoría. No toda teoría es aplicable en la producción de mercancías. No todo lo aplicable a la producción de estas se realiza. De todo el saber que tenemos, muy poco se emplea en la producción de máquinas. Y del universo de mercancías útiles e incluso imprescindibles para el bienestar de millones no se producen. Existe pues una capacidad privada de actualizar e individualizar el haber común. Existe no sólo propiedad de los medios de producción ya existentes, sino una propiedad de los medios de actualización del patrimonio inmaterial humano.

La inteligencia artificial adquiere el poder económico y político, así como los derechos de propiedad para tomar el control sobre la información, sumándola a los otros “factores de producción”, como tierra, trabajo y capital. Como en los otros casos, la información es confiscada de manera masiva e ilegítima por manos privadas; se asegura su propiedad y rendimiento económico en la ley; y, como activo (asset), se inserta en un sistema global de enriquecimiento masivo y brutalmente desigual.