Como idea y sueño, fue de las ideas más grandiosas que concibió: la creación de una confederación de todos los pueblos hispanoamericanos, que venían saliendo de sus luchas nacionales independentistas.
En Centroamérica, el patriota, líder independentista, quien llegara a ser también Presidente de la República Federal de Centroamérica, José Cecilio del Valle, había propuesto, en 1822, igual idea que por declarada la Independencia, la que en Centroamérica se logró en 1821, debía constituirse las “Provincias de América” para que las regiones independientes dejaran de estar aisladas y así poder “fortalecer sus relaciones y apretar los vínculos que deben unirlas”. Antes de la Independencia, las provincias estaban unidas e integradas en la Capitanía General de Guatemala o Reino de Guatemala, como también se conoció.
En ese momento, José Cecilio del Valle sabía que Europa se estaba constituyendo en un congreso, lo que consideró “cuestiones de importancia: ¿La América no sabrá unirse en cortes cuando la necesidad de ser, o el interés de existencia más grande le obliguen a congregarse?”
Valle proponía que, por declarada la independencia, para que tuviera mayores efectos, por la identidad de las “provincias de América”, deberían dejar de estar aisladas, “fortalecer sus relaciones y apretar los vínculos que deben unirlas”.
Esto motivó a José Cecilio de Valle a dirigirse a los americanos expresándoles sus deseos, “inspirados por el amor a la América, que es vuestra cara patria y mi digna cuna”, para:
Que se instalara un Congreso General en Costa Rica o León de Nicaragua, más espectacular que el de Viena, más importante que las dietas donde se combinan los intereses de los funcionarios y no los derechos de los pueblos.
Que cada provincia americana enviara sus diputados o representantes plenipotenciarios.
Que estos diputados llevaran un estado político, económico, militar y fiscal de las provincias, para formar, con la suma de todas, la valoración del estado general de América.
Para que los diputados trazaran planes eficaces para evitar invasiones externas y divisiones intestinas.
Para que, resuelto lo anterior, trabajaran en el plan para elevar a las provincias de América al grado de poder y riqueza a que pueden subir.
Para formar una federación de todos los estados de América y elaborar un plan económico que deba enriquecerla.
Para realizar un pacto solemne de mutua ayuda, con fijación de contingentes de hombres, dinero para la defensa común y resolución pacífica de las diferencias internas.
Para lograr un tratado general de comercio, creación y fomento de la marina.
Así visualizaba José Cecilio del Valle la unión americana que podría crear un “poder que uniendo las fuerzas de 14 o 15 millones de individuos haría a la América superior a toda agresión, daría a los estados débiles la potencia de los fuertes… se comenzaría a crear el sistema americano o la colección ordenada de principios que deben formar la conducta política de la América, ahora que empieza a subir la escala, que debe colocarla un día al lado de Europa, que tiene su sistema y ha sabido elevarse por todas las partes del globo”.
La Asamblea Nacional Constituyente de Centroamérica, de 1823, conoció y discutió la idea de José Cecilio del Valle. En la Asamblea del 6 de octubre de 1823 se leyó la propuesta para excitar e impulsar la idea de “una y otra América, a una Asamblea General en el punto que designen, y declarada de urgencia, se pasara a la comisión diplomática”.
El patriota centroamericano Pedro Molina, el 3 de noviembre de 1823, insistió y leyó el dictamen sobre esta propuesta de reunión de los representantes para que la Confederación General se reuniera, “en el punto que ellos mismos acordaren”.
Nuevamente, el 6 de noviembre, Pedro Molina desarrolló la tesis de “las grandes ventajas que nos serían consiguientes a concentrar la causa común de la libertad e intereses políticos recomendables” y pidió “ que se recomendara la mayor facilidad en las comunicaciones con dichas potencias, y los deseos de Guatemala, en hacer efectiva la Gran Confederación Americana, y así se acordó”.
El Decreto Nº 44 de La Asamblea Nacional Constituyente señaló, en su inicio, el interés “general y esencial de las repúblicas del nuevo mundo que consiste en mantener su independencia, paz y libertad”, y que nada ayudaría “más a este importante fin como la reunión de todos los estados independientes del continente americano por medio de un Congreso de representantes”, por lo que la Asamblea Nacional Constituyente decretó a “que se excite a los cuerpos deliberantes de ambas Américas a una Conferencia General, debiendo reunirse sus diputados en el punto que ellos mismos se sirvan designar… con los siguientes objetos:
Representar unida a la gran familia americana
Garantizar la independencia y libertad de sus estados; auxiliarlos
Mantenerlos en paz; resistir las invasiones del extranjero
Revisar los tratados de las diferentes repúblicas entre sí y con el antiguo mundo
Crear y sostener una competencia marina
Hacer común el comercio a todos los Estados arreglando el giro y los derechos, y además acordar medidas que la sabiduría de los representantes crea oportunas para la prosperidad de los Estados”.
Se vivía el momento del reconocimiento de la Santa Alianza europea, resultante del Congreso de Viena de 1815, que trataba de reconfigurar el mapa político de Europa, después de las derrotas sufridas por Napoleón, de devolverle el poder a las monarquías, restituyéndoles el poder quitado por la Revolución Francesa y por las acciones de Napoleón, restableciéndose de esa manera el absolutismo monárquico, como sucedió en España, con la suspensión en 1814 de la Constitución de 1812, permitiendo, además, la expansión de las potencias europeas y despertando el interés de ellas en la América española, lo que favoreció el financiamiento y apoyo económico que algunos países europeos dieron a las luchas de la Independencia de América.
La Santa Alianza debilitó la hegemonía española en el continente. Inglaterra especialmente se proyectó en Suramérica al tiempo que España dejaba de lado su papel hegemónico y principal.
España trataba en la Santa Alianza de buscar apoyo para recuperar las colonias americanas que habían iniciado el camino de la independencia, al tiempo que el imperio británico las reconocía.
El mundo colonial español se desbordaba en América. El Vaticano se ligaba más a los intereses de políticos de la Santa Alianza invitando a los obispos americanos a restablecer el viejo orden político colonial, desconociendo con ello el importante papel que habían tenido en la lucha por la Independencia decenas de sacerdotes, que también dieron su vida por la libertad de las colonias españolas.
Frente a la posibilidad de que en España se sumaran los otros países europeos a su alrededor, lo correcto era oponerle la unidad y la suma de las naciones americanas. Así lo creía José Cecilio del Valle y también Simón Bolívar.
La Asamblea Nacional Constituyente de la República Federal de Centroamérica, en febrero de 1824, discutió un documento donde claramente se señalaba, como situación grave, que la lucha no era interna de partidos, sino que la lucha era la que trataba de imponer en el mundo entero la Santa Alianza e indicaba que, desde España, la Santa Alianza procuraba nuevamente invadir América, para dividírsela entre ellos.
A finales de 1824, Pedro Molina había sido comisionado para representar a Centroamérica, compuesta por doce departamentos, ante el gobierno de la Gran Colombia, en medio de situaciones de conflictos limítrofes, que empezaban a surgir tanto en Chiapas como en Chagres, pero también en otras regiones del continente y en víspera de la convocatoria del Congreso Anfictiónico de Bolívar. Colombia el 9 de junio de 1824 reconoció la independencia de Centroamérica.
Por su parte, Bolívar, a mediados de 1824, envió un comisionado, José María Carreño, a Guatemala, donde se planteaba la posibilidad de que se le ayudara con hombres y empréstitos para enfrentar contratiempos y deserciones que estaba teniendo. Por su parte, Carreño comisionó a Manuel María Ayala, quien finalmente llegó a Guatemala. A mediados de junio. La misión de Ayala fue, en su opinión, alentadora.
En 1824, con una América prácticamente liberada, Bolívar retomó la idea de la unidad y el federalismo para concretarla, con lo cual enfrentó a quienes combatían o saboteaban la convocatoria del Congreso Anfictiónico.
En la Carta de Jamaica, Bolívar visualizó y concretó Panamá como el punto de confluencia, de reunión de los pueblos y naciones americanas, para la realización de su Congreso Anfictiónico.
En la Carta de Jamaica, de 1815, expuso: “¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate de St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones”.
Aquí mismo hizo el parangón con los griegos, con Corinto y con la anfictionía. La anfictionía era en la antigua Grecia la asociación que hacían los pueblos o las tribus vecinas, que nombraban a su vez anfictiones o representantes de esos pueblos o tribus ante la Asamblea, y actuaban como diputados de ellos. La anfictionía era a la vez una confederación donde se trataban los asuntos de interés común.
Bolívar justificó la elección de Panamá como punto para el Congreso. Dijo: “Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está, en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por la otra el África y la Europa. El Istmo de Panamá ha sido ofrecido por el gobierno de Colombia para este fin en los tratados existentes. El Istmo está a igual distancia de las extremidades y por esta causa podría ser el lugar provisorio de la primera asamblea de confederados.
El Congreso lo piensa desde 1822, probablemente por el impulso que José Cecilio del Valle le había comunicado, considerando entonces la participación de México, Perú, Chile y Buenos Aires, para reunir una asamblea “que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”.
Pero fue hasta 1824 que logró materializar su convocatoria, cuando dos días antes de la Batalla de Ayacucho, actuando como Jefe de Estado de Perú, hizo la convocatoria a los gobiernos de la Gran Colombia, México, el Río de la Plata, Chile, Guatemala, que en este caso representaba las cinco Provincias Unidas de Centroamérica, a Guatemala misma, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica.
El 7 de diciembre de 1824, Bolívar convocó para instalar una Asamblea de Plenipotenciarios en Panamá, para “obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino…”, con los siguientes objetivos:
Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, al que pertenece el ejercicio de una autoridad sublime que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre sólo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios, nombrados por cada una de nuestras repúblicas y reunidos bajo los auspicios de la victoria obtenida por nuestras armas contra el poder español.
Al mismo tiempo hizo una propuesta de objetivos concretos, para aprobarse en el Congreso: que las naciones independientes estarían ligadas por una “ley común que fijase sus relaciones externas”; lo cual forzaría a España a reconocerlas y hacer la paz; la conservación del orden interno, dentro de cada estado y entre sí, de modo que “ninguno sería más débil”, manteniendo un “equilibrio perfecto”; que la fuerza de todos concurran en auxilio de un ataque externo o de “facciones anárquicas”; se alcanzaría así la “reforma social” bajo un “régimen de libertad y paz”; no habría diferencias “de origen y de colores”; aunque agregaba, que “tampoco temería la preponderancia numérica de los primitivos habitadores” (indígenas).
A inicios de 1826, Bolívar, en unas notas tituladas “Un pensamiento sobre el Congreso de Panamá”, agregó: “Este Congreso parece destinado a formar la liga más vasta, o más extraordinaria o más fuerte que ha aparecido hasta el día sobre la tierra. La Santa Alianza será inferior en poder a esta confederación…”.
Además, de las naciones americanas mencionadas, al Congreso asistió una delegación de Gran Bretaña, aspecto que ha servido para denigrar a Bolívar o para vincularlo a supuestos intereses imperialistas y hasta para tratar de debilitar su hispanoamericanismo.
Bien podría ser también el reconocimiento que Gran Bretaña prestó durante las luchas de Independencia a quienes acudieron en su auxilio y ayuda financiera.
En su condición de gran estratega, su relación con Inglaterra la ubicaba como parte de una lucha y de una concepción estratégica. Consideraba que la relación con Inglaterra podía consolidar la independencia de las repúblicas americanas, así como contribuir a crear las bases de un desarrollo económico y comercial, siendo Inglaterra la potencia en este sentido; y por otro lado, admiraba en Inglaterra sus instituciones políticas no monárquicas.
Para el momento de la convocatoria y reunión del Congreso Anfictiónico, España seguía siendo una amenaza para las naciones americanas, aun bajo el reinado de Fernando VII, monarquía que había recibido apoyo de la Santa Alianza. Todavía en 1829, España hacía planes invasivos de reconquista colonial en América. Bolívar así trataba de confrontar o equilibrar a España y a la propia Santa Alianza.
Bolívar hasta llegó a considerar la posibilidad de tener a Gran Bretaña como miembro constituyente de la Federación que podía surgir del Congreso, obligando a España a hacer la paz “por respeto a Inglaterra”, y forzando a la Santa Alianza a reconocer a las repúblicas hispanoamericanas. De esta manera, “la América se convertiría en un opulento dominio de comercio” y en un centro de sus relaciones entre Asia y Europa.
En este contexto, James Monroe, en 1823, teniendo intereses semejantes a los de Gran Bretaña, lanza su famosa doctrina de “América para los americanos”, lo que es una amenaza directa a los estados europeos, para controlar especialmente sus intereses económicos en la región, así como para controlar su presencia política o geopolítica en el continente.
Bolívar, el 28 de junio de 1825, en una carta dirigida a Santander, desde Cuzco, le indica que con Inglaterra no se adquiría un estado permanente de supeditación, como era evidente con Estados Unidos en los planteamientos de Monroe.
Dice así Bolívar: “… nuestra federación americana no puede subsistir si no la toma bajo su protección la Inglaterra; por lo mismo no sé si sería muy conveniente, si la convidásemos a una alianza ofensiva y defensiva. Esta alianza no tiene más que un inconveniente y es el de los compromisos en que nos puede meter la política inglesa; pero este inconveniente es eventual y quizás remoto.
Yo le opongo a este inconveniente esta reflexión: la existencia es el primer bien y el segundo es el modo de existir; si nos ligamos a la Inglaterra existiremos y si no nos ligamos nos perderemos infaliblemente. Luego es preferible el primer caso. Mientras tanto, creceremos, nos fortificaremos y seremos verdaderamente naciones para cuando podamos tener compromisos nocivos con nuestra aliada. Entonces nuestra propia fuerza y las relaciones que podamos tomar con otras naciones europeas nos pondrán fuera del alcance de nuestros tutores y aliados”.
Mientras Inglaterra fue invitada al Congreso Anfictiónico, Estados Unidos no lo fue. Igualmente, creía que no debía formar parte de la Confederación.
Santander, por su parte, fue el que invitó a Estados Unidos, bajo el gobierno de John Quincy Adams, y no de Monroe, quien tenía la tesis de divide y vencerás. Sin embargo, los delegados que nombró Estados Unidos al Congreso no pudieron hacerse presentes.
Los representantes ingleses enfatizaron que el Congreso Anfictiónico debía respetar las leyes marítimas inglesas e impedir a toda costa una confederación encabezada por Estados Unidos. Uno de los representantes ingleses insistió en que Hispanoamérica debía indemnizar a España por la independencia alcanzada. Por invitación de Santander, un delegado del Reino de Holanda, llamado Jan Ververr, militar de carrera, quien en 1831 en Guatemala, además, trató el tema de la construcción del canal a través de Nicaragua.
Por el Perú asistieron el Dr. José María Pando, acompañado del Dr. Manuel Lorenzo Vidaurre y Encalad, luego sustituido por el Dr. Manuel Pérez de Tudela, quienes tuvieron destacada participación. Los peruanos fueron los primeros en llegar. Los segundos fueron los representantes de Colombia, don Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez.
Los representantes de Centroamérica fueron Monseñor Antonio Larrazábal, quien presidía la delegación y estaba acompañado del Dr. Pedro Molina. Por lo demás, la delegación centroamericana contaba con el apoyo de José Cecilio de Valle, quien estaba ejerciendo la presidencia de Centroamérica.
Los representantes de México fueron el general José Mariano Michelena y el Dr. José Domingo Manso. El gobierno de México, junto al de Colombia, fue los pilares fundamentales de la convocatoria del Congreso de 1826.
Chile, que había respaldado la idea durante el mandato de O’Higgins, finalmente no asistió. Brasil, que también fue invitado y que había aceptado, no concurrió, aunque sí lo hizo el patriota José Ignacio Abreu, en Lima, “o General das Massas”. El Paraguay, presidido por el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, iniciaba su política de aislamiento y autarquía. Argentina resistió el Congreso y, por representar a las Provincias Unidas del Río de la Plata, ésta tampoco lo hizo, y cuando Argentina intentó participar, llegó tarde.
Lamentablemente, el Congreso fue pobre en su realización. Tuvo diez sesiones, con un resultado pobre de cuatro resoluciones, sin lograr la unidad continental que se quería, fortaleciéndose de esa manera el autonomismo de cada república. Las resoluciones que se lograron no eran vinculantes, ni se pudo constituir un gran ejército en capacidad de enfrentar a Europa o Estados Unidos si fuera necesario. Para Bolívar, el Congreso fue una sombra y sus resoluciones simples consejos. En 1829 Bolívar consideraba que la situación de América era deplorable.
¿Al cumplirse los 200 años del Congreso, qué podemos concluir?
América sigue dividida y quizá más profundamente dividida políticamente. Sufre la amenaza directa de una agresión militar por parte de los Estados Unidos y la decisión tributaria unilateral que impone Estados Unidos de nuevos aranceles a los países, violatorios incluso de los tratados comerciales con los mismos Estados Unidos.
Los bloques políticos existentes se han debilitado. La OEA y el CELAC son simples organismos de representación política. No tienen fuerza política ni moral sólida. Con más asidero para todos sus efectos está la OEA, pero está gravemente cuestionada.
El TIAR, como aspiración que quiso justificarse en defensa de los países, de hecho, actuó como el ejército al servicio de los intereses coloniales e imperialistas de los Estados Unidos, que se expresaron en el conflicto de las Malvinas, cuando los Estados Unidos se pusieron al lado de Inglaterra, y no actuó a favor de Granada cuando fue invadida por los Estados Unidos. No es tampoco un organismo en capacidad de actuar contra acciones militares de los Estados Unidos contra un Estado latinoamericano, como se evidenció el 3 de enero de 2026 en Venezuela, donde ni siquiera pidió la OEA esa intervención contra el régimen del presidente Nicolás Maduro.
El mismo presidente de Estados Unidos ha desarrollado, el pasado 5 de marzo, un nuevo organismo político militar denominado Escudo de las Américas como parte de una nueva geopolítica de seguridad estadounidense. Los países integrantes de este Escudo son Estados Unidos (impulsor de la alianza), Argentina, Bahamas, Belice, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana y Chile, como país observador. Además, se impulsan por Estados Unidos alianzas estratégicas bilaterales para fortalecer su presencia militar en los distintos países.
Así está ocurriendo con Costa Rica, donde se pretende establecer un emplazamiento militar, violando la Constitución Política, por cuanto Costa Rica tiene abolido el ejército y por ello no puede haber emplazamientos de este tipo, y menos de carácter extranjero. Este, probablemente, se quiere instalar como un soporte militar para el caso de una invasión estadounidense en Nicaragua, como se gestionó similarmente en Colombia, bajo el gobierno de Petro, para asegurar la invasión que se hizo en enero en Venezuela, sin que Colombia lo autorizara. Los organismos económicos regionales, por su parte, son débiles en general.
Se impone brutalmente la política de los Estados Unidos en el continente, en sus aspectos políticos, económicos y militares, cada vez más amenazante frente a gobiernos progresistas, de la llamada izquierda democrática, haciendo campear las políticas de derecha y populistas de derecha.
El gobierno de Estados Unidos constantemente amenaza a México y Canadá con arrebatarles territorios e incorporarlos como parte integral de los Estados Unidos, como acaba de publicar el mapa de la Gran América del Norte.
Estados Unidos ha usurpado y delineado a su gusto e intereses el Golfo de México y el Gran Lago de Ontario, cambiándoles sus nombres. Amenaza con ocupar Groenlandia, provocando a la Unión Europea y a la misma OTAN, en tanto con ello amenaza a Dinamarca.
El gobierno de Estados Unidos ha impulsado invasiones directas como la del 3 de enero de este año en Venezuela con el propósito real de controlar las riquezas naturales de Venezuela, imponiendo de hecho una condición de protectorado político, decidiendo la ruta política de lo que venga en los próximos meses en ese país.
Igual amenaza pende sobre Nicaragua y Cuba, que constantemente advierte su interés en invadirlos y cambiarles sus gobiernos. El ejemplo de Venezuela lo usa como amenaza real de actuación.
Los problemas sociales en el continente latinoamericano siguen siendo graves, pobreza, extrema pobreza, desempleo, desactivación económica, reducción de la inversiones extranjeras directas, problemas de salud y desnutrición, de vivienda, de infraestructura, de analfabetismo creciente, de poblaciones cada vez más viejas, de endeudamiento externo, de poco acceso a la cultura, de bajos salarios y pensiones, de procesos inflacionarios, de desmantelamientos de los estados y debilitamientos de los servicios públicos, abandono de las políticas de productos tradicionales, de privatización de los servicios públicos, de altos niveles de corrupción administrativa, y de altos niveles de vínculos con grupos narco productores y narco traficantes por parte de grupos políticos que han creado condiciones de desarrollo de narco estados.
Estados Unidos interviene en todo el continente obligando a los gobiernos a no comerciar con la República Popular China y a no comerciar con países que los Estados Unidos considera lesivos a sus intereses comerciales y lesivos a sus intereses geopolíticos regionales.
Los ideales de José Cecilio del Valle y de Simón Bolívar siguen latentes y presentes para rescatar no solo la identidad latinoamericana, sino para constituir instancias de organización y participación de países latinoamericanos desde las perspectivas propias de la América Latina.
La unidad política regional nueva de Latinoamérica no está hoy en el orden del día. Ni la OEA ni CELAC son esa alternativa. A la vista no hay otra.
La visión política de Valle o de Bolívar es en lo inmediato sueños y esperanzas, sin fuerzas motoras capaces de impulsarla.
El 200 aniversario del Congreso Anfictiónico lamentablemente ha pasado de lado. No ha habido un interés político ni académico, hasta donde estoy enterado, en su significancia y en la valoración política que puede seguir existiendo.
Aunque las organizaciones, y partidos populares, no son hoy en el continente las fuerzas políticas vitales, los ideales bolivarianos de la unidad de los pueblos del continente, de la unidad de las naciones y repúblicas de América para poder enfrentar de mejor manera, y como único camino los retos y desafíos que han impuesto, imponen y tratan de mantener los Estados Unidos en sus relaciones con las naciones hispanoamericanas, siguen siendo las banderas de la dignidad latinoamericana, sin astas nacionales donde colocarlas.
Urge hoy replantear los ideales de los centroamericanos José Cecilio del Valle, Pedro Molina y Bolívar. Con más urgencia hoy tenemos que oponer a los afanes neoimperialistas y hegemónicos norteamericanos la unidad de los pueblos latinoamericanos.
La aspiración legítima a la unidad latinoamericana, el “sueño” de estos próceres y de Bolívar, no ha muerto; sigue presente y activo en la lucha de los oprimidos del continente, de sus clases trabajadoras. Ella ha sido la base de un antiimperialismo siempre presente en nuestros países, hoy más activo y necesario. Las nuevas formas de colonialismo, de neocolonialismo y de imperialismo que impulsa Estados Unidos hay que combatirlas y detenerlas. De los actuales países latinoamericanos, México es el que mejor planteamiento tiene en este sentido, por la amenaza directa que sufre en su frontera común con los Estados Unidos.















