El 4 de septiembre de 1973, noventa y tres jovencísimos campesinos chilenos partieron hacia la lejana localidad soviética de Akhtyrskiy. Debían aprender a reparar tractores y regresar, tres años después, para contribuir a modernizar la agricultura de Chile.
1. Akhtyrskiy
Nunca regresaron al país que habían dejado.
Siete días después de su partida, el gobierno de Salvador Allende fue derrocado por un golpe de Estado. Esos muchachos quedaron atrapados en un rincón de la historia, en un país desconocido, dentro de una lengua que no comprendían, frente a un futuro que nadie había previsto para ellos.
Habían partido para volver.
Quizás sea este el detalle más difícil de olvidar.
2. Akhtyrskiy, septiembre de 1973
Uno de ellos camina por una calle de Akhtyrskiy.
No conoce ese lugar. No conoce a la gente que pasa a su lado. No comprende una sola palabra de lo que dicen. El frío le cae sobre los hombros con una naturalidad que nunca había imaginado.
Solo unos días antes el aire tenía otro olor.
Solo unos días antes estaba en otro lugar.
O quizás en otro tiempo.
Camina sin rumbo. No hace nada extraordinario. Escucha el ruido de sus propios pasos.
Alguien le ha dicho que Allende ha muerto.
Todavía no sabe del todo qué significa esa frase.
No sabe que, junto con ese hombre, acaba de desaparecer también el país al que pensaba regresar tres años después.
Sigue caminando.
Y el tiempo comienza a rebobinar.
Antes de descubrir la Unión Soviética, habían tenido que descubrir Santiago.
Muchos de ellos apenas conocían la ciudad. La política era una palabra que pertenecía a otros. Venían del campo, de un mundo donde el tiempo seguía el ritmo de la lluvia y de las cosechas, no el de los discursos. Venían de familias que durante generaciones habían vivido ligadas a la tierra y a los grandes fundos, en un Chile rural que, lejos de la capital, conservaba todavía la respiración lenta de la colonia.
Por eso el 4 de septiembre permaneció en su memoria como un relámpago.
3. El bus atravesaba la Alameda
Santiago celebraba el tercer aniversario del gobierno de la Unidad Popular. Miles de personas ocupaban las calles. Había banderas, canciones, murales. También estaban los enfrentamientos, las Molotov, los Carabineros; el guanacoque lanzaba agua sobre la multitud, lo que terminó alcanzando también su bus.
Ellos miraban.
Santiago pasaba frente a las ventanas como algo que pertenecía al mismo país y, al mismo tiempo, a un mundo desconocido.
Miraban los edificios.
Los balcones.
Las ventanas una sobre otra.
Alguno habrá levantado la vista hacia un décimo piso, preguntándose cómo era posible vivir tan arriba.
Venían de lugares donde la luz no llegaba de los postes.
La luz nacía de la tierra.
Primero, el olor húmedo.
Después los pájaros.Finalmente el amanecer.
Quizás creían que el mundo entero despertaba así.
No podían saber que aquel Santiago, visto desde la ventana del bus, quedaría grabado en su memoria como la última fotografía de un país.
Después vino el avión.
La Habana.
Rabat.
Moscú.
La Plaza Roja.
El Kremlin.
Un tren que parecía no terminar nunca, atravesando una geografía que ninguno de ellos habría sabido imaginar.
Y finalmente un bus.
Akhtyrskiy.
4. Los esperaban flores, música y rostros sonrientes
Miraban y eran mirados.
Habían llegado desde el otro extremo del mundo con el pelo largo, los pantalones pata de elefante, su manera de hablar fuerte, de estar juntos, de reír.
En medio de todas esas miradas, alguna se detuvo sobre alguien.
Y quien era mirado, sin saberlo, miraba a su vez.
Quizás una joven, asomada a una ventana, se preguntó quién sería uno de esos muchachos.
Quizás uno de ellos levantó los ojos y se preguntó quién sería ella.
No conocían la misma lengua.
Ni siquiera conocían sus nombres.
Y, sin embargo, algo quedó adherido a la retina.
Muchos años después, una mujer de Akhtyrskiy recordaría a esos muchachos diciendo que habían llegado al pueblo como un rayo de sol.
No podía saber que ellos también estaban buscando exactamente lo mismo.
Un poco de luz.
5. Eran noventa y tres
Ochenta y nueve muchachos y cuatro muchachas.
Cada uno llevaba consigo una casa, una madre, un padre, hermanos, un pedazo de tierra dejado al otro lado del mundo. Cada uno había creído en la misma promesa: tres años.
Aprender un oficio y volver.
Aldo nunca había estado en un aeropuerto. Nunca había subido a un avión. Su madre y su hermana lo habían acompañado a la partida.Quién sabe cuántas veces habrá vuelto a pensar en aquella despedida.
En una madre que ve partir a un hijo sabiendo que regresará tres años después.
Tres años son largos.
Pero tienen un final.
Después ocurre algo y ese final desaparece.
Myriam era una de las cuatro muchachas.
Muchos años después sería la primera del grupo en regresar legalmente a Chile. Volvería en 1984 y trabajaría precisamente en la agricultura, una de las pocas que lograría utilizar aquello que había partido a aprender.
Pero en septiembre de 1973 Myriam no podía saber nada de todo eso.
Nadie podía.
Solo existía el presente.
El frío.
Una lengua incomprensible.Las imágenes que llegaban desde Chile.
Las familias al otro lado del mundo.
Y una pregunta que quizás entonces ninguno de ellos habría sido capaz de formular:
¿Cómo sigue viviendo alguien cuando el mundo que conocía ya no existe?
Quizás uno no decide seguir.
Quizás simplemente sigue.
Se despierta por la mañana.
Aprende una palabra.
Después otra.
Reconoce una calle.
Espera una carta.
Juega al fútbol.
Canta.
Discute.
Alguien se enamora.
Alguien es amado.
Y sin darse cuenta, deja, durante algunas horas, de esperar el regreso.El tiempo vuelve a comenzar así.
No con un gran acontecimiento.
Con algo pequeño.
Una palabra pronunciada correctamente.
Una mano que busca otra mano.
Una muchacha que ríe.
Un muchacho que, por primera vez después de muchos meses, imagina algo que ocurrirá mañana y no dentro de tres años, cuando finalmente regrese a Chile.
Quizás sea ese el momento preciso en que una vida vuelve a comenzar.
Cuando el futuro vuelve a tener la duración de un día.
No era el exilio.
No era el golpe.
Ni siquiera era la nostalgia.
Era el despertar.
6. Al otro lado del mundo, alguien esperaba
En una casa de campo, una madre seguía levantándose a la misma hora.
Encendía el fuego.
Ponía el agua a calentar.
Salía a mirar el cielo para saber cómo sería el día.
Los animales no sabían que había habido un golpe de Estado.
Los árboles tampoco.
La tierra seguía pidiendo las mismas cosas de siempre.
Agua.
Manos.
Tiempo.El hijo había partido el 4 de septiembre.
Tres años, habían dicho.
Se iría lejos. Muy lejos. A un país que, en esa casa, quizás nadie habría sabido señalar en un mapa.
Unión Soviética.
Dos palabras enormes.
Él iría allá a aprender a reparar tractores.
Después volvería.
Eso lo habían entendido.
Y era suficiente.Una semana después, algo ocurrió en Chile.
Las noticias llegaron mal.
Una radio encendida en una casa vecina.
Una voz escuchada en la feria.
Alguien que, al volver del pueblo, dijo que en Santiago había ocurrido algo grave.
Allende.
La Moneda.
Los militares.
Palabras que entraban en esa casa sin conseguir todavía formar una historia.La madre escuchaba.
Quizás preguntaba solamente:
—¿Y el muchacho?
Nadie sabía responder.
La vecina, en cambio, algunas respuestas se las había dado desde hacía tiempo.
Esa familia nunca le había gustado.
Rojos.
Siempre lo habían sido.
Y ese muchacho, además.
Cuando habían comenzado a decir que era uno de los mejores jóvenes del pueblo, uno de los elegidos para ir hasta la Unión Soviética a estudiar, había sentido algo que nunca habría llamado envidia.Envidia no.
¿Por qué habría de envidiarlos?
Ella era la profesora.
En el pueblo era una persona importante. La gente la saludaba, le pedía consejo, le confiaba a sus hijos. Su marido era camionero; conocía los caminos, a los hombres, lo que se decía en los pueblos vecinos.
Habían criado a sus hijos enseñándoles a andar derecho, a trabajar, a no pedirle nada a nadie.
Sus hijos no se habían ido a ninguna parte.
No habían necesitado que un gobierno los mandara al otro lado del mundo a aprender quién sabe qué cosa.
Ese, en cambio, había sido elegido.
Uno de los mejores.
¿Mejor que quién?
Después había llegado septiembre.
El muchacho había partido el cuatro.
Siete días después, los militares habían tomado el poder.
Ella no había llorado.
Su marido tampoco.Desde hacía tiempo él se reunía con otros hombres. Hablaban en voz baja, se organizaban, decían que había que mantenerse firmes. Que el país no podía seguir así. Tarde o temprano alguien tendría que poner las cosas en su lugar.
Y al final había ocurrido.
El país había sido liberado.
Eso decían.
Eso creían.
Cuando el hombre que venía haciendo preguntas llegó a la zona, pasó primero por su casa.
Por supuesto que lo recibió.
Ella sabía recibir.
Lo hizo pasar. Le ofreció una silla. Quizás algo para tomar.
¿El muchacho?
Sí.Había partido el 4 de septiembre.
A la Unión Soviética.
Decían que había que estudiar.
Tractores, al parecer.
Mecánica agrícola.
Pero esa familia seguramente sabía más de lo que contaba.
De eso estaba segura.
—Son comunistas —dijo.
El hombre escuchaba.
Quizás ya lo sabía.
Quizás precisamente por eso había ido.
—¿Y reciben noticias?
Eso no podía afirmarlo con certeza.
Pero mantendría los ojos abiertos.
Nadie se lo pidió.
No hacía falta.
Unos días después pasó frente al jardín de los vecinos.Desde una ventana abierta llegaba el sonido de una radio.
Siguió caminando.
Después oyó dos palabras.
Radio Moscú.
Se detuvo.
Le temblaron las piernas.
Radio Moscú.
Entonces era verdad.
De alguna manera se comunicaban.
Recibían noticias.
Quizás instrucciones.
El muchacho estaba allá.
Con otros chilenos.
Noventa y tres, había oído decir.
Noventa y tres.¿Qué estaban haciendo realmente en la Unión Soviética?
¿De verdad solo estaban aprendiendo a reparar tractores?
¿Y si en cambio los estaban preparando?
¿Si algún día regresaban?
Pensó en sus hijos.
En la escuela.
En la casa.
En la familia.
En todo lo que para ella significaba orden.
Acababan de salvar Chile.
¿Y si alguien ya estaba preparando la manera de recuperarlo?
No sabía casi nada de la Unión Soviética.
No sabía dónde quedaba Akhtyrskiy.
De esos noventa y tres solo conocía al muchacho que había visto crecer a pocas casas de la suya.
Pero para sospechar no necesitaba saber.
Le bastaba creer.
7. En la casa de al lado, mientras tanto, la madre realmente había encendido la radio
No estaba organizando nada.
No esperaba instrucciones.
No conocía códigos.
Buscaba a su hijo.
Giraba lentamente la perilla con la esperanza imposible de que, entre los silbidos y las interferencias, una voz del otro lado del mundo pudiera decirle solamente:
Está vivo.
Está bien.
Llegó.
Tres frases.
No pedía nada más.
Quizás fue precisamente así como la dictadura llegó a esos campos.No solamente con los militares, con los arrestos o con las noticias que llegaban desde Santiago.
Llegó poniendo una casa contra la otra.
Convirtiendo una radio en una prueba.
Un viaje de estudios en una sospecha.
Un muchacho que había partido para aprender a reparar tractores era una posible amenaza.
Y una madre que solo buscaba la voz de su hijo en una mujer a la que había que vigilar.
Al otro lado del mundo, ese muchacho no sabía nada.
No sabía que su madre buscaba Moscú dentro de una radio.
No sabía que la vecina escuchaba al pasar frente a su ventana.
No sabía que un hombre había ido a hacer preguntas sobre él.Él estaba aprendiendo una palabra nueva en ruso.
Quizás estaba comiendo.
Quizás reía con los demás.
Quizás, esa misma noche, miraba desde la ventana la nieve caer sobre Akhtyrskiy.
Y pensaba en su casa.
La misma casa que, a miles de kilómetros de distancia, acababa de empezar a tener miedo.
8. Unos días después se encontraron en el almacén del pueblo
La madre había entrado a comprar harina, azúcar, quizás jabón.
La profesora ya estaba ahí.
Hablaba con la dueña detrás del mesón. Cuando la vio entrar, dejó de hablar por un instante.
Solo un instante.
Después sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días.
Se conocían de toda la vida.En un pueblo la gente se conoce incluso cuando no se frecuenta. Se conocen los hijos de los demás, las enfermedades, las cosechas, quién compró una vaca, quién vendió un pedazo de tierra, quién tiene un hijo bueno para los estudios y quién, en cambio, tomó un mal camino.
La profesora miró a la madre acercarse al mesón.
—¿Noticias del muchacho?
La pregunta llegó con una naturalidad casi perfecta.
La madre negó con la cabeza.
—Todavía nada.
—¿Nada?
—Nada.
La profesora permaneció en silencio.
Ella sabía que un hombre había ido a hacer preguntas.
Sabía que había preguntado por el muchacho.
Sabía también lo que ella le había contado.La madre no sabía nada.
Solo esperaba.
—Pero por lo menos sabrán si llegó.
—Dicen que sí.
—¿Quién lo dice?
La madre la miró.
Quizás fue en ese momento cuando sintió algo.
Todavía no tengo miedo.
Algo más pequeño.
Una molestia.
Una palabra puesta en el lugar equivocado.
—Eso me dijeron.
La profesora asintió.
—Claro.
La dueña pesaba la harina.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaba el ruido de la balanza.Entonces la profesora preguntó:
—¿Y la radio?
La madre levantó los ojos.
—¿Qué radio?
—Nada. Me pareció escucharla el otro día, cuando pasaba frente a su casa.
La madre siguió mirándola.
—Escuchamos la radio.
—Claro. Todos escuchamos la radio.
La profesora volvió a sonreír.
—Decía Radio Moscú.Esta vez la madre entendió.
No todo.
No sabía del hombre.
No sabía de las preguntas.
No sabía que esa mujer ya había hablado de su hijo.
Pero entendió que alguien escuchaba lo que ocurría dentro de su casa.
Tomó el paquete de harina y lo apretó contra el pecho.
—Busco noticias de mi hijo.
La profesora bajó apenas la mirada.
—Yo no he dicho nada.Era precisamente la frase que no debería haber pronunciado.
La madre se quedó inmóvil.
No la había acusado.
No había pedido explicaciones.
Solo había dicho que buscaba a su hijo.
—Yo no he dicho nada —repitió la profesora.
La dueña dejó de ordenar las cosas detrás del mesón.
Ahora nadie miraba a nadie.La madre pagó.
Tomó el azúcar.
El jabón.
La harina.
Después se dirigió hacia la puerta.
—Salúdame a tu marido —dijo la profesora.
La madre se volvió.
—Salúdame a tus hijos.
Nada más.
Salió.La calle era la misma de siempre.
Las mismas casas.
El mismo polvo.
Los mismos árboles.
Pero algo había cambiado.
Mientras caminaba hacia su casa, la madre volvió a pensar en las palabras de la profesora.
¿Y la radio?Decía Radio Moscú.
Yo no he dicho nada.
¿A quién no le había dicho nada?
¿Y por qué alguien tendría que haber preguntado?
Por primera vez, el pensamiento del hijo lejano cambió de forma.
Hasta ese momento había tenido miedo por él porque estaba al otro lado del mundo.
Ahora comenzaba a tener miedo por él también ahí.En el pueblo.
Dentro de su nombre.
Cuando llegó a casa, miró la ventana por donde salía el sonido de la radio.
Entró.
La radio estaba apagada.
No la encendió.
Ese día no.
Quizás ese fue el primer resultado obtenido por la profesora.
No había hecho arrestar a nadie.
No había gritado.
No había amenazado.
Solo había conseguido que una madre, dentro de su propia casa, tuviera miedo de encender una radio para buscar noticias de su hijo.Al día siguiente volvieron a encontrarse en la calle.
—Buenos días.
—Buenos días.
Como siempre.
Solo que ya no eran dos vecinas.
Una esperaba a un hijo.
La otra esperaba descubrir qué escondía esa familia.Esa noche la madre esperó.
Después cerró la ventana.
No porque tuviera frío.
La cerró para que la vecina no escuchara.
Volvió a la radio y bajó el volumen.
Giró lentamente la perilla.
Silbidos.
Voces.
Una música lejana.
Palabras que no comprendía.Buscaba Radio Moscú.
Pero no buscaba Moscú.
Buscaba a su hijo.
Al otro lado del mundo, una mujer rusa había abierto una ventana para ver llegar a esos muchachos.
Ella cerraba la suya para poder seguir escuchando.
Entre esas dos ventanas había miles de kilómetros.
En medio, un muchacho.
Y un poco de luz.















