Teoría del desencanto
Pensaba que la vida le había jugado una mala pasada y que luego las cosas serían diferentes. Miraba absorto su cerveza en el balcón, esperando fervientemente que esta vez sus anhelos se cumplieran.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que…? Eso ya no importa. Es absurdo pensar en el pasado, imaginar posibilidades alternas. Es absurdo pensar ahora, se repite.
La gente pasa por las calles; no debe ser el único, vuelve a pensar. Uno suele creerse el personaje principal de la historia de la humanidad. Pero no es así: no somos protagonistas ni secundarios. Tomaba un sorbo y sentía cómo su cuerpo iba cediendo a la embriaguez. Quizá nada de esto tiene sentido, quizá todo sea una artimaña de su propia mente en su contra. Odiarse un poco cada día fue algo que aprendió con el tiempo, no como una carrera o un seminario, sino como un estilo de vida: odiarse para aprender a resistir.
¿Cuánto puede durar una mala pasada? Había perdido la cuenta. Su vida estaba llena de microrrelatos con finales abiertos o de los que se arrepentía. Los pájaros a su alrededor volaban en círculos haciendo ruidos extraños, pero ese sonido era opacado por los motores de los autos que pasaban apresurados. Todos tenemos un destino, vuelve a pensar: llegar a casa y descansar, descansar para seguir la rutina. Cuánta determinación, cuánta paciencia, cuánto cuidado. ¿Serán virtudes que nacen de la necesidad o por acción divina?
Le hablo a un Dios, no sé quién es, lo busco, le canto, le cuento, lo imagino, lo re-imagino, le confieso; finalmente, me burlo de mí mismo.
He ahí mi fe.
La decisión
Había llegado el momento; no podía seguir postergándolo. Lo había pensado durante mucho tiempo. Estaba cansada de intentar, de reparar, de insistir. Su cuerpo había empezado a temblar y las náuseas eran cada vez más intensas. Quizá lo que más la asustaba era lo que dirían sus padres: ¿debería llamarlos, explicarles la situación? Ya no podía seguir dudando ni jugando a los falsos arrepentimientos; había llegado el momento, se repetía. Pronto sintió una calma extraña y recordó que esta ciudad le había arrebatado todo: su infancia, su juventud, su matrimonio, su hogar. No quedaba nada por rescatar; era inútil seguir intentándolo. Años atrás lo hubiera creído imposible; aún se resignaba a lo indescifrable de la vida y a su indulgencia progresiva.
Con firme determinación, regresó al pequeño cuarto que había estado alquilando las últimas semanas. Observó la cama tendida: cualquiera pensaría que nadie había dormido ahí en los últimos días. Todo estaba en su lugar; se había dedicado a ordenar y limpiar la noche anterior. Tomó su abrigo y el libro que había estado leyendo esos días. No necesitaba más. Salió hacia la estación de trenes; todavía era de día. Ya no había marcha atrás, estaba decidido. No podía continuar con la falsa disposición ni seguir aferrándose a la esperanza y a los consuelos fingidos. Ahora todo cambiaría: su vida sería otra, lejos, muy lejos de la ciudad. Comenzaría de nuevo, sería todo lo que no pudo ser.
Mientras pensaba en todo esto, su cuerpo comenzaba a temblar nuevamente; sus manos sudaban y de sus ojos brotaban lágrimas.
De pronto sintió cómo el tren se iba acercando; las personas comenzaban a esperarlo detrás de la línea. Se incorporó con rapidez y se acercó a la línea de espera; había olvidado su libro en la banca, pero ya no había tiempo de recogerlo. Este era el momento: no había pasado ni futuro, solo el instante presente; la decisión estaba a punto de cumplirse.
Los golpes
La habitación era bastante pequeña, así que no había duda: tenía que ser su puerta. Pero ¿cómo era posible? Había pasado los últimos meses escondido allí; apenas salía para comprar lo indispensable y siempre iba encubierto. No tenía sentido. La dueña de la casa solo se comunicaba con él por teléfono y jamás se había cruzado con algún vecino; todos debían pensar que nadie habitaba ese viejo cuarto del quinto piso.
Intentó imaginar quién querría ubicarlo, y lo más inquietante: quién podría hacerlo. Había dejado atrás su trabajo, su ciudad, a sus amigos. Había desaparecido.
Tock, tock. Los golpes en la puerta se sucedían uno tras otro. No eran desesperados, sino pausados, casi metódicos. Seguía preguntándose quién podía ser. ¿Julián? Habían trabajado juntos los últimos cinco años y fue su confidente, pero ¿buscarlo ahora? Ya no tenían nada que resolver ni nada que decirse, ni siquiera sobre aquellos trabajos sucios para el gobierno. No, imposible.
¿Martha, tal vez? Pero lo último que ella le había dicho fue que no quería volver a verlo jamás, que deseaba el divorcio y que regresaría a su país. No habían tenido hijos que justificaran una búsqueda por asuntos económicos y, además, ella no podría encontrarlo: no había dejado una sola pista.
¿Juana? Había dejado a su madre enferma en la ciudad; era impensable que lo buscara. Además, le había pagado un extra a la enfermera para que se encargara de ella hasta sus últimos días. En su mente desfilaban rostros de su pasado, pero ninguno podía alcanzarlo ahora. Todo lo había calculado antes de marcharse; no había dejado asuntos inconclusos.
Lo haría. Abriría la puerta y descubriría quién —quién— estaba buscándolo. Nervioso, tomó su arma y se acercó lentamente. Pensó en preguntar quién era, pero decidió que era mejor abrir sin rodeos, sin margen para la duda.
Cuando por fin abrió, no había nadie. Ningún rastro, ningún ruido. Pensó entonces que quizá lo había imaginado. Cerró la puerta y volvió a sentarse en el sofá, ensimismado, observando la única fotografía que había llevado consigo. Un poco más calmado, decidió servirse un whisky.
Unos minutos después, volvieron a tocar la puerta.















