Desde hace algunos años, el fenómeno de las series de televisión está muy de moda: regularmente, se estrenan cantidades, en las que ahora los protagonistas no son caras desconocidas, sino los grandes actores de Hollywood, lo cual ha fomentado su popularidad.

Más que sentarnos ante la gran pantalla para disfrutar de dos horas de planteamiento, nudo y desenlace, preferimos someternos al placer sostenido a lo largo de jornadas, lo que se ha dado en llamar “maratón de series”, por un precio mucho más módico.

Las series llevan coexistiendo con nosotros desde siempre, aunque no despertasen la misma expectación. Todos nos acordamos de los culebrones interminables que seguían nuestras madres, como Santa Bárbara, de los dramas épicos a la altura de Falcon Crest o de aquellas que reunían a toda la familia, como Farmacia de guardia.

Hoy es tal la oferta de la multitud de plataformas existentes que la mayor parte pasa desapercibida si no se menciona por la crítica u otro canal de consumo. Normalmente, se trata de productos muy de temporada, que se consumen en el momento de máximo apogeo y después pasan a la historia; a excepción de unos pocos, con los que todos nos hemos vuelto locos, que permanecen en el imaginario colectivo como referentes absolutos.

Sin embargo, mucho antes de que este fenómeno se concibiese como lo que ha llegado a ser, hubo una serie que hizo las delicias por encima de todas, hasta el punto de que veinte años después de que sus guionistas, muy a nuestro pesar, pusieran punto final, se siguen emitiendo sin tregua sus reposiciones.

Estamos hablando de Friends.

El capítulo piloto se emitió en 1994, con muy buenas perspectivas, aunque sin ninguna garantía de nada. Sin embargo, la respuesta fue tan buena que supuso el germen del producto que se emitiría a lo largo de diez temporadas, hasta llegar a su fin en 2004.

Son muy pocas, poquísimas, las personas en este mundo que no la hayan visto o, peor, que admitan que no les ha gustado. Casos muy excepcionales. Fue tal la acogida que incluso en los rincones más remotos del planeta quisieron emularla, con la esperanza de saborear un pastel parecido, aunque los resultados fueron muy diversos, nunca parecidos.

Y es que lo que sucedió con Friends es muy difícil de explicar. La fórmula mágica pasa por unos guionistas estupendos y unos actores brillantes en perfecta sintonía, que solo estando juntos lograron lo que nunca han vuelto a repetir por separado. Así como el hecho de que el protagonismo no recayese sobre un único actor, sino que todos ellos lo eran en el mismo grado.

Los guionistas, Marta Kauffman y David Crane, ya llevaban cerca de veinte años de amistad y trabajo creativo en común.

Los actores, por su parte, tenían experiencias muy dispares en lo relativo a la interpretación, aunque todos eran caras muy poco conocidas con pequeños papeles a sus espaldas.

  • Matthew Perry, cuyo padre era actor, llevaba en la industria desde una edad muy temprana.

  • Lisa Kudrow se decantó por la interpretación ya estando en la universidad.

  • David Schwimmer había montado su propia compañía de teatro;

  • Matt LeBlanc llegó por casualidad mientras buscaba la manera de sacar dinero extra.

  • Jennifer Aniston, también con un padre actor, llevaba años interpretando papeles en series que nunca arrancaban. Y, por último;

  • Courteney Cox, que tenía experiencias algo más reseñables, incluso había protagonizado el videoclip Dancing in the Dark, de Bruce Springsteen.

Aunque el argumento era bien sencillo (un grupo de seis amigos entre los 20 y los 30 que pasa gran parte de su tiempo en la cafetería de abajo o en la casa de la vecina), nos atrapó hasta el punto de que se pusieron de moda las cafeterías tipo Starbucks, nos cortamos el pelo como Rachel y copiamos los modelitos que vestían las chicas, accesibles a los gustos y bolsillos de todos.

Pese a que lo que retrataba no se salía de la normalidad, se mostraba ante nuestros ojos como una realidad de lo más apetecible: unas circunstancias que podrían ser las mismas que las de cualquier otro joven adulto que se enfrenta a la inestabilidad constante, ocasionada por los vaivenes amorosos, económicos, laborales y familiares. Todo aquello con lo que era muy fácil identificarse, pero mejor, porque siempre había un perfecto grupo de amigos para sostenerse los unos a los otros, y un repertorio infinito de ocurrencias desternillantes.

Lo que los creadores de la serie plasmaron era un momento muy concreto en la vida, el proceso en el que uno pasa de ser joven a convertirse en adulto, así como las alegrías y sinsabores que conlleva. Algunos denominan esta etapa como “momento dulce”: se goza de cierta independencia, familiar y económica, sin ataduras o grandes responsabilidades, lo que permite, por encima de todo, disfrutar del tiempo junto al grupo de amigos, que se han convertido en la red a la que aferrarse ante las adversidades que surgirán por el camino.

Y es que se trata de un momento vital muy bueno, en la mayor parte de los casos. Disfrutas de tu libertad, a la vez que comienzas a adquirir responsabilidades y a experimentar importantes cambios vitales. Los amigos están siempre presentes, van con nosotros de la mano en el descubrimiento del mundo y forman parte de nuestra propia realización personal; con ellos compartimos la ilusión ante el futuro y el desconcierto del presente.

Friends goza de tanta popularidad por mostrar a la perfección ese momento dulce, tan maravilloso y fugaz, que añoramos al recordar o que desearíamos haber tenido. Pero nada es eterno, y hacerse mayores implica romper con lo que éramos, cambiar las prioridades y formar nuevos vínculos. Metas profesionales, boda, hijos, hipoteca: nos adentramos en una nueva fase que también puede ser emocionante, pero que supone dejar atrás la otra. Por eso un día te das cuenta de que ya no caminas de la mano de tus amigos, que, aunque sigan estando ahí, ahora vas solo en busca del resto de tu vida.

Ese es el motivo por el que tenía que terminar Friends. Todos los personajes habían evolucionado; se habían convertido en otras personas. El momento dulce había pasado. Podrían contarnos otras historias, pero ya no serían aquellas con las que los conocimos.

Estiraron el chicle todo lo que se pudo, con amenazas previas debido a bajadas en la audiencia que, por motivos diversos, volvieron a remontar, arriesgándose con lo de una más. El propósito siempre fue terminar con un buen cierre y el buen sabor de boca de los espectadores, pero cuando los beneficios son tan elevados, es difícil acabar en el momento oportuno y no cuando el público ha comenzado a retirarse.

Una concatenación de logros personales y profesionales con los que desde hacía tiempo nos estaban contando que la historia tocaba a su fin, el fin de una era. Y, de paso, terminar de una vez con los tira y afloja Rachel-Ross. Un cierre redondo.

Desde entonces, allá por 2010, la pregunta recurrente, basada en lo sucedido con otras series (véase Sexo en Nueva York), era para cuándo un reencuentro (una película, una temporada extra). Nunca se tuvo en mente; para los nostálgicos ya estaban las reposiciones. Sin embargo, sí llegó a darse un “reencuentro”, en 2021, aunque con un formato muy distinto del que cabría esperar: los seis protagonistas reunidos en una sala rememorando los días de rodaje. Emotivo, aunque nada reseñable.

Tantos años después, algunos críticos echan mano de argumentos muy de hoy para sacarle pegas a una serie que a los ojos de muchos es perfecta. Aluden al hecho de que todos los personajes fuesen blanquísimos, a excepción de las dos fugaces e interraciales relaciones de Ross. También mencionan los chistes y bromas sobre homosexuales, así como la escasa presencia del colectivo que, además, las pocas veces que hace acto de presencia, es de un modo muy “heterosexual”.

Los tiempos han cambiado notablemente. Ahora estamos mucho más sensibilizados con respecto a qué cuestiones: hace 30 años nos escandalizábamos con mucha facilidad y el solo hecho de pasar de puntillas por algunos temas ya era muy transgresor. Es preciso interpretar aquello que cae en nuestras manos de acuerdo a la época en la que fue concebido.

Parece que en su día escandalizaba en algunos sectores lo abiertamente que se hablaba de sexo y, por otro lado, se hacían patentes algunos estereotipos, como la diferencia a la hora de percibir a hombres y mujeres que alternaban diversas parejas sexuales.

El sexo hoy ha dejado de ser tabú; es por eso que no llaman la atención las alusiones; de hecho, resultan bastante discretas. Sin embargo, en lo relativo a estereotipos, puede que hoy haya más libertad y menos miedo a la hora de confrontar opiniones, pero sigue habiendo estereotipos.

En resumidas cuentas, claro que será posible encontrar algún punto ciego, un capítulo más flojo, una trama de más de absurda, un secundario de sobra, pero ello no hará que la serie deje de ser perfecta. No importan las veces que la veas, o que te sepas los diálogos de memoria, la media hora de risas está asegurada; pero risa de la buena, la espontánea que sale de las bobadas inocentes dichas sin pensar, no las bromas elaboradas ni los chascarrillos rebuscados de contenido político (qué pereza), risa de la que te llena la boca.

Por otro lado, hay algo de melancolía: volver a la serie es reencontrarse, de algún modo, con esos días pasados en los que vivías despreocupadamente y el futuro aún era una sorpresa por descubrir. Y con tantas personas que hoy no están, o están de otra manera, pero que entonces fueron el centro absoluto de mi universo; ellas formaron mi momento dulce.

Nos gusta tanto Friends porque, por encima de todo, es un canto a la amistad.